Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 1: Qué es religión y en qué consiste la perfección de la vida religiosa

 

CAPÍTULO 1

Qué es religión y en qué consiste la perfección de la vida religiosa

Para conocer la naturaleza de la religión, veamos el origen del vocablo. El vocablo religión, como Agustín parece insinuar en el libro De vera religione, se toma de religar. Propiamente se dice que está ligado aquello que está unido a un extremo por tales vínculos de sujeción que ya no permiten volver atrás. Ahora bien, religión implica que el ‘ligamen’ se adquiere por vía de reiterado empeño: muestra que alguien quiere restablecer el ligamen con alguien a quien anteriormente había estado vinculado y de quien, en un cierto momento, empezó a estar distante. Puesto que toda criatura existe primero en Dios que en sí misma y que procedió o salió de Dios, en cierto sentido empezó siendo de Dios en razón de su esencia por virtud de la creación. Por lo cual la criatura racional debe establecer `relegación’ con Dios, con quien estaba unida incluso antes de existir, a fin de que los ríos retornen al punto de donde nacen (Eclo 1,7). Por eso Agustín dice: Que la religión nos religue con el único Dios omnipotente. El pasaje está en la Glosa sobre Rom 11,36, a propósito de a partir de y por medio de él, etc..

El primer ligamen con Dios se establece mediante la fe, como se dice en Heb 11,6: Quien se acerca a Dios debe creer que existe. Esta profesión de fe se llama latría, la cual tributa culto a Dios reconociendo que él es el principio. Por lo tanto religión significa, en primer lugar y principalmente, latría que da culto a Dios para hacer profesión de la fe verdadera. Es lo que dice Agustín en el libro X De civitate Dei. Dice, en efecto: Religión significa no un culto cualquiera, sino el de Dios. Tulio, por su parte, define la religión, en la Retórica antigua, diciendo: La religión es la que ofrece culto y reverencia a una cierta naturaleza superior que llaman divina Se ve, por tanto, que a la verdadera religión pertenece, en primer término y de manera principal, todo aquello que forma parte de la fe íntegra y el cumplimiento del deber de adoración. Pero, en segundo lugar, a la religión pertenecen todas aquellas cosas mediante las cuales podemos servir a Dios, porque, como dice Agustín en el Enchiridion, a Dios se le da culto no sólo mediante la fe, sino también con la esperanza y con la caridad; y desde esta perspectiva todas las obras de caridad son llamadas obras de religión. Por lo cual en Sant 1,27 se lee: Ante Dios Padre la religión pura y sin mancha consiste en atender a los huérfanos y a las viudas en sus penas, etc.

De todo lo dicho se sigue que hay dos acepciones de religión: una ajustada a su primer empleo, para significar que alguien, por la fe, se liga con Dios para tributarle el culto debido. De acuerdo con esta acepción, la persona se hace partícipe de la religión cristiana mediante el bautismo, con la renuncia a Satanás y a sus pompas. La segunda significa que alguien se obliga a un especial servicio de Dios, mediante determinadas obras de caridad, renunciando a la vida secular. Al presente [en este libro] usamos el vocablo religión en su segundo sentido. Ahora bien, la caridad presta servicio a Dios con actos de la vida activa y de la contemplativa. En la vida activa hay no pocas diversidades, de acuerdo con los diversos servicios de caridad que sean prestados al prójimo. De acuerdo con esto, hay religiones instituidas para entregarse a Dios en la contemplación, como las de índole monástica y eremítica. Otras, en cambio, sirven a Dios en sus miembros por medio de la acción, como las de aquellos que se entregan a Dios para atender enfermos, redimir cautivos, o que practican otras obras de misericordia. No hay obra de misericordia para cuya realización no pueda ser instituida una religión, aunque de hecho aún no haya sido instituida.

A la manera como en el bautismo el hombre, ligándose con Dios por la religión de la fe, muere al pecado, así también por el compromiso de vida religiosa muere a lo secular, a fin de vivir para solo Dios mediante la práctica de aquella obra en la cual prometió prestar servicio a Dios. Pues así como el pecado quita la vida [propia] de la fe, así también las ocupaciones seculares hacen imposible [la dedicación al] servicio de Cristo. Como se dice en 2 Tim 2,4, nadie que milita para Dios se enreda en asuntos seculares. Mediante el voto de religión se renuncia a todos esos asuntos, que son los que, dada la condición humana, atraen la dedicación de la inmensa mayoría y les ponen dificultad para servir a solo Dios. El primer y principal asunto que atrae la dedicación de las personas es el matrimonio. A este propósito, se lee en 1 Cor 7,32-33: Quiero que viváis sin preocupación. El célibe tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar a Dios. En cambio el que vive casado, se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y anda dividido. El segundo asunto es la posesión de riquezas terrenas. Respecto de esto se dice en Mt 13,22: El afán por las cosas de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y se hace infructuosa. Por lo cual una cierta Glosa acerca de Lc 8,14, comentando lo de la parte que cayó entre espinas etc., dice lo siguiente: Las riquezas, aunque parezcan deleitar, sin embargo para sus dueños son espinas; con los pinchos de las preocupaciones clavan sus mentes, porque crean la ansiedad de buscar y la inquietud para conservar.

Lo tercero es la propia voluntad, porque quien es dueño de su voluntad vive en la inquietud de cómo organizar su vida. Por eso se nos da el consejo de dejar la disposición acerca de nuestro estado al designio de la divina providencia. A este respecto, se lee en 1 Pe 5,7: Echad en él [en Dios] todas vuestras preocupaciones, porque él se cuida de vosotros. Y en Prov 3,5: Con todo el corazón pon la confianza en el Señor y no te apoyes en tu prudencia. De donde se sigue que la religión perfecta está consagrada por tres votos, que son: el voto de castidad, por el que se hace renuncia al matrimonio; el voto de pobreza, por el cual se renuncia a las riquezas; el voto de obediencia, por el que se renuncia a la propia voluntad. Mediante estos tres votos el hombre ofrece a Dios el sacrificio de todos sus bienes. Por el voto de castidad ofrece su cuerpo en sacrificio. Viene a ser lo que se dice en Rom 12,1: Ofreciendo vuestros miembros. El voto de pobreza ofrece en sacrificio los bienes exteriores. A esta oblación se aplica lo de Rom 15,31: Sea acepta la ofrenda de mi obsequio a los santos en Jerusalén. Por el voto de obediencia se ofrece a Dios el sacrificio del espíritu, acerca del cual se dice en el Salmo: El espíritu quebrantado es para Dios un sacrificio. Mediante estas tres cosas es ofrecido a Dios no un sacrificio cualquiera, sino un holocausto, que le era el más grato de todos. Por lo cual dice Gregorio: Cuando alguien, de lo suyo, algo ofrece a Dios y algo no ofrece, se tiene el sacrificio; en cambio, cuando todo lo que tiene, todo lo que vive, todo lo que gusta, lo ha ofrecido a Dios, se tiene el holocausto. De este modo, la religión, en su segundo sentido y en cuanto ofrenda de sacrificio, se acerca a la religión en su primer sentido.

Existen, además, otros modos de vivir en los cuales se prescinde de algunas de las cosas indicadas; son formas que no realizan la noción exacta de vida religiosa. Todas las demás cosas que se practican en las religiones [institutos religiosos] son como ayudas, sea para tomar precauciones frente a las cosas a que se renuncia por los votos religiosos, sea para cumplir aquello en lo cual la persona prometió a Dios, con voto, que le serviría.

Por lo dicho, se puede ver claramente cuál sea el criterio para juzgar en qué una religión es más perfecta que otra. La perfección última de una cosa consiste en la consecución del fin. Por lo cual, la perfección debe ser juzgada principalmente desde dos puntos de vista. Primero, en función de aquello a lo cual la religión se ordena, y así será más excelente la dedicada a actos de calidad más alta. Un caso concreto: la comparación entre vida activa y contemplativa, sea en cuanto a utilidad sea en cuanto a calidad, precontiene la comparación entre las religiones dedicadas a la vida activa y a la contemplativa.

El segundo criterio se toma de la comparación entre religión y realización de aquello para lo cual fue instituida. No basta que una religión esté instituida para un fin elevado; se requiere también que las observancias y modos de vida estén dispuestos de manera que alcancen su fin sin impedimento. En el caso de dos religiones instituidas para dedicación contemplativa, debe ser juzgada más perfecta aquella que hace a la persona más libre para dedicarse a la contemplación.

Agustín enseña que nadie puede iniciar una vida nueva a no ser arrepintiéndose de lo llamado vida vieja. Puesto que la religión da inicio a una vida nueva, es de por sí un estado de penitencia que tiende a la purgación de la vida vieja. Según esto, hay un tercer criterio de comparación entre las religiones: aquella será más perfecta que contenga mayores austeridades en el ayuno, en la pobreza, o en otras cosas semejantes. Sin embargo, las comparaciones primeras son más esenciales a la religión y de acuerdo con ellas ha de ser juzgada la perfección de una religión, sobre todo porque la perfección de vida consiste más en la justicia interna que en las privaciones exteriores. Queda, por tanto, explicado qué cosa sea la religión y en qué consista la perfección de la religión [vida religiosa].

Hecha la exposición, hay que dar pasos adelante a fin de rebatir los argumentos con que los adversarios de la religión pretenden aplastar la religión. He aquí el modo de proceder:

Primero, indagaremos si a un religioso le está permitido enseñar;

Segundo, si un religioso puede pertenecer legítimamente al colegio de los [maestros] seculares;

Tercero, si a un religioso le está permitido predicar y oír confesiones, aunque no tenga cura de almas;

Cuarto, si el religioso está obligado a trabajos manuales;

Quinto, si al religioso le está permitido abandonar todos sus bienes, de manera que no le quede posesión alguna, ni propia ni en común;

Sexto, si puede vivir de limosnas y principalmente de las recibidas mendigando.

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