Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 10: Respuesta a las razones antes alegadas

CAPÍTULO 10

Respuesta a las razones antes alegadas

Es fácil refutar las razones en que se apoyan quienes afirman lo contrario.

Se dice que asuntos arduos y difíciles son los que más exigen pedir consejo. Así es, fuera de los casos en que la verdad está clara. Cuando lo que es mejor está determinado ya por un designio más alto, resulta injurioso ponerlo en duda con pedir consejo una y otra vez.

La segunda dificultad habla de dar firmeza al voto con la deliberación. Es cosa que no viene a propósito. La deliberación consiste en un propósito interior por el que alguien escoge un bien mayor, al que intenta obligarse con voto. Todo lo que se hace escogiendo o eligiendo se hace con deliberación o consejo; la elección recae sobre aquello acerca de lo cual se tomó consejo, como dice el Filósofo. Dado que este propósito es inspirado por el Espíritu Santo que es Espíritu de fortaleza y de piedad, él es quien otorga el don de la deliberación interior, porque él es también Espíritu de consejo y de ciencia.

La tercera dificultad, que trata de la probación de espíritu, no viene a propósito. Se requiere hacer pruebas cuando no se tiene certeza. Por lo cual, acerca de las palabras citadas de 1 Tes 5,21, dice la Glosa: Las cosas ciertas no necesitan discusión. La incertidumbre puede estar en aquellos a quienes compete recibir en religión, pues no les consta el espíritu con que vienen: si con el deseo de aprovechamiento espiritual, o con la intención de curiosear o de hacer mal, como a veces ocurre. A ellos les está mandado por estatuto y por edicto de vida regular someter a prueba a los que han de ser admitidos. Pero quienes llevan el propósito de entrar en religión no tienen duda alguna acerca de la intención con que lo hacen. Ellos, por consiguiente, no tienen deber de deliberar, sobre todo si no hay motivo para que desconfíen de sus fuerzas. Para examinar si las tienen, a quienes entran en religión se les concede un año de prueba.

Es verdad que a veces Satanás se transfigura en ángel de luz y que sugiere cosas buenas con intención de engañar. Pero, como dice la misma Glosa antes citada, cuando el diablo engaña los sentidos corporales, pero no es capaz de apartar la mente de la decisión correcta y verdadera, el error ni es peligroso ni es nocivo. Pero cuando por medio de esto, que le es ajeno, empieza a conducir hacia lo suyo, para no ir detrás de él se requiere mucha atención. Demos que el diablo incita a alguien a entrar en religión: esto es una obra buena y bien propia de los ángeles buenos; por lo cual no hay peligro le dé su consentimiento. Pero hay que estar vigilantes y resistir, cuando lleva a la soberbia o a otros vicios. Ocurre con frecuencia que Dios se sirve de la malicia de los demonios para bien de los santos, para quienes el diablo, contra su voluntad, prepara coronas. Y así es burlado por los santos.

Sin embargo, se ha de tener en cuenta que, si el diablo u otro hombre sugiere el proyecto de entrar en religión, por el que alguien accede al seguimiento de Cristo, la susodicha sugestión no tiene eficacia, si la persona no es atraída interiormente por Dios. Dice Agustín: Todos son instruidos por Dios, no porque todos vengan a Cristo, sino porque nadie puede venir de otro modo. Así, pues, el propósito de religión, cualquiera que sea la condición de quien lo sugiere, viene de Dios.

La quinta dificultad dice que se requiere tomar consejo en aquellas cosas que pueden tener mal resultado. Hay que distinguir. El mal resultado puede proceder de la cosa misma que va a ser asumida, o puede proceder de la persona que asume. Si procede de la cosa misma y ocurre con frecuencia, se requiere seria deliberación para hacer frente a los peligros o para desechar totalmente la cosa. Pero si el peligro se presenta rara vez, no se requiere mucha deliberación, pero sí vigilancia y cautela, no sea que alguna vez, por descuido, se caiga en el peligro. De otro modo, se daría pretexto para pasar por alto y dejar incumplida cualquiera de las dedicaciones humanas. Quien se fija en el viento no siembra y quien contempla las nubes no siega (Eclo 10,4). Dice el perezoso: hay un león en la calzada, una leona en el recorrido (Prov 26,13). A propósito de lo cual dice la Glosa: Muchos, al escuchar palabras de exhortación, dicen que quieren iniciar la senda de la justicia, pero que son estorbados por Satanás para no llegar a cumplir.

A veces, la cosa misma, siendo segura en sí, da mal resultado, porque el hombre cambia su inicial propósito. Por este motivo, el hombre no debe ser apartado de entrar en religión ni aplazarla bajo capa de más cuidada deliberación, aunque algunos, por haber cambiado designio, se hagan peores apostatando de la vida religiosa. De otro modo, se podría alegar una razón semejante en relación con la fe y los sacramentos de la fe. Está escrito: Mejor era no conocer el camino de la verdad que volverse atrás después de conocido (2 Pe 2,21). El Apóstol, por su parte, dice: Merece más graves tormentos el que profanó la sangre de la alianza y causó ultraje al espíritu de la gracia (Heb 10,29). Ni se podría permitir, universalmente hablando, ocuparse en obras de justicia, porque está escrito: Si alguien pasa de la justicia al pecado, Dios tiene la espada preparada contra él (Eclo 26,27).

La sexta dificultad cita las palabras bíblicas: Si este designio es de Dios no podréis impedirlo (Hch 5,38s). Se requiere una cierta reflexión, porque lo repiten muy a menudo y porque en él está latente el virus de la herética pravedad. Los herejes de nuestro tiempo, entendiendo mal esta palabra, quieren sacar en conclusión dos errores. El primero es que los cuerpos corruptibles no vienen de Dios; el segundo es que si alguien recibe de Dios la gracia o la caridad, ya no puede perderla. Añadamos otras cosas: Si el diablo pecó, no fue obra o criatura de Dios; si Judas se degradó del coro de los apóstoles, su elección no fue debida a Dios; si Simón Mago, después del bautismo, cayó en herejía, no fue obra de Dios el hecho de que Felipe lo hubiese bautizado. A todo esto añadamos uno de sus maravillosos argumentos, cuyo valor es parecido al de los anteriores: Si éste que entró en religión, después sale de ella, se debe a que el designio de entrar no venía de Dios o que no procedía de Dios el empeño puesto por quienes lo impulsaron hacia la religión.

Contra ellos, sirvámonos de las palabras de Agustín, refutando a aquel Juliano que decía: La raíz del mal no puede ser colocada en lo que es don de Dios. Frente a él dice Agustín: el maniqueo saldrá vencedor, si no se hace oposición a él y a ti. La verdad de la fe católica vence al maniqueo, porque te vence también a ti. Por consiguiente, para que nosotros seamos vencidos juntamente con los maniqueos, digamos que el designio de Dios nunca es anulado, de acuerdo con lo escrito: Mi designio permanecerá y haré todo lo que quiero (Is 46,10). En virtud de este designio, también inmutable, así como da a las cosas corruptibles un ser temporal y no las hace sempiternas; así también a algunas concede una justicia temporal, pero no las otorga el don de la perseverancia, como dice Agustín. De este modo, son vencidos los maniqueos, puesto que por eterno designio de Dios son creadas las cosas corruptibles para existir temporalmente; y son vencidos también éstos, porque, en virtud de un inmutable designio divino, a algunos es concedido el propósito de entrar en religión según el eterno designio de Dios, a los cuales, sin embargo, no es concedido el don de la perseverancia.

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