Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 11: Tercera vía de perfección: renuncia a la propia voluntad

CAPÍTULO 11

Tercera vía de perfección: renuncia a la propia voluntad

Para conseguir la perfección de la caridad, el hombre no sólo debe renunciar a las cosas exteriores, sino que también, en cierto sentido, debe desprenderse de sí mismo. Dice, en efecto, Dionisio: El amor divino produce éxtasis, es decir, pone al hombre fuera de sí mismo; no permite al hombre ser de sí mismo, sino que lo hace ser de aquello que ama. De esto, el Apóstol dio ejemplo en sí mismo, cuando dijo: Vivo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí (Gál 2,20). La propia vida no la consideraba suya, sino de Cristo, porque, despreciando todo lo que él mismo era, estaba totalmente entregado a Cristo.

El Apóstol nos muestra que esto se cumplía también en otros. Dice, en efecto: Habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). Exhorta igualmente a otros para que lo consigan, diciendo: Cristo murió por todos, para que quienes viven, no vivan ya para sí mismos, sino para Aquel que murió por ellos (2 Cor 5,5). Por lo cual, el Señor, después de haber dicho si alguien quiere venir en pos de mí, y no aborrece a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, como indicando una exigencia mayor, añade: Más aún, si no se aborrece a sí mismo, no puede ser discípulo mío (Lc 14,26).

Esto mismo lo enseña el Señor con otras palabras, diciendo: Si alguien quiere venir en pos de mí, tome su cruz y me siga (Mt 16,24).

La aceptación de esta saludable abnegación y caritativo aborrecimiento, en parte es necesaria para la salvación y común a todos los que se salvan; en parte, sin embargo, pertenece a la plenitud de la perfección. Como se puede apreciar por las palabras de Dionisio, que acaban de ser citadas, es inherente al amor divino [a la caridad para con Dios] que quien ama no siga siendo [dueño] de sí mismo, sino que sea del amado. Por tanto, los grados de amor a Dios dan el criterio para distinguir los de abnegación y aborrecimiento.

Para la salvación es necesario que el hombre de tal modo ame a Dios, que ponga en él el fin de su intención y que no admita cosa alguna que sea contraria a ese amor. Por consiguiente, también el aborrecimiento y abnegación de sí mismo es necesario para la salvación. Como dice Gregorio, en una homilía, evitamos lo que fuimos cuando vivíamos en la vetustez, y nos esforzamos por conseguir la novedad que nos da nombre. De este modo, nos desprendemos de nosotros mismos, nos abnegamos. Y como él mismo dice en otra homilía, entonces odiamos con rectitud nuestra alma cuando no damos asentimiento a sus deseos carnales, cuando quebramos sus apetencias, cuando resistimos a su voluptuosidad.

Para la perfección se requiere que el hombre, a impulsos del amor a Dios, se desprenda de aquellas cosas que podría usar lícitamente, para entregarse a Dios con mayor libertad. Miradas las cosas así, se sigue que el aborrecimiento y abnegación de uno mismo pertenece a la perfección.

Por el modo como el Señor se expresa, se echa de ver que todo esto pertenece a la perfección. A la manera como el Señor dice: si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes (Mt 19,21); así también dice: Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (Mt 16,24). El Crisóstomo lo explica diciendo: No emplea un lenguaje vinculante. No dice: queráis o no queráis, habéis de sufrir esto. De manera semejante, después de haber dicho: Si alguien viene a mí, y no aborrece a su padre y a su madre… (Lc 14,26-28), después añade: ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no echa cuentas sobre los gastos necesarios, para ver si podrá terminarla? Gregorio, en la exposición de este pasaje, dice: Una vez dados los preceptos supremos, se añade la analogía de una edificación muy alta. Y poco después añade: Estos recursos no pudo tenerlos aquel rico que, en cuanto oyó el precepto de dejarlo todo, se marchó entristecido. Por todo esto, se ve claro que esto de alguna manera pertenece al consejo de perfección.

Este consejo lo cumplieron con toda perfección los mártires, acerca de los cuales Agustín, en un sermón sobre los mártires, dice: Nadie entrega tanto como quien hace entrega de sí mismo. Son los mártires quienes, por amor a Cristo, aborrecen, en cierto sentido, la vida presente, negándose a sí mismos. El Crisóstomo, en el pasaje ya citado, lo explica, diciendo: Es como si alguien niega a otro, a un hermano, a un siervo, a quien sea, y aunque lo vea azotado, o sufriendo cualquier otra cosa, no le presta asistencia ni lo ayuda; de semejante manera quiere que no tengamos consideración a nuestro cuerpo y sea que sufra flagelación o cualquier otra cosa, no nos rindamos al cuerpo. Para que no pienses que la abnegación de uno mismo queda completa con aguantar ultrajes, muestra que es necesario negarse hasta la muerte más ignominiosa, o sea, la de la cruz. Por eso sigue después y dice: Tome su cruz.

Hemos dicho que esto es lo más perfecto, porque los mártires, por amor a Dios, se desprenden de aquello en orden a lo cual se buscan las cosas temporales, o sea, la propia vida, cuya conservación es preferida a cualquier otra cosa, aunque implique la pérdida de todo lo demás. El hombre, antes que ser privado de la vida, prefiere perder las riquezas y los amigos; acepta tener que soportar enfermedad corporal o ser sometido a servidumbre. Los vencedores conceden a los vencidos el beneficio de que sus parientes conserven la vida, sometidos a servidumbre. Por esto Satán dijo al Señor Dios: Piel por piel. Todo cuanto tiene, lo dará el hombre para conservar la vida (Job 2,4).

En cuanto a otras cosas, tanto el desprendimiento, practicado por amor a Cristo, es más perfecto cuanto mayor es el amor que por naturaleza se le profesa. Ahora bien, para el hombre nada hay que merezca ser más amado que la libertad de la propia voluntad. Por la libertad el hombre es hombre y señor de los demás, por medio de ella usa o disfruta de los demás, por medio de ella tiene dominio sobre sus propios actos. Por lo cual, así como el que abandona las riquezas o a las personas allegadas practica la abnegación respecto de ellas; de manera semejante, quien se desprende de la libertad de la propia voluntad, por la cual es dueño de sí mismo, se niega a sí mismo. Según natural impulso del afecto, el hombre nada rehúye con tanta firmeza como la servidumbre. Después del hecho de que alguien se entregue a la muerte en bien de otro, no hay nada superior a esta entrega que consiste en someterse a su servicio. Esto es lo que Tobías, el joven, dijo al ángel: Aunque me entregue a ti como siervo, no seré digno de lo que haces (Tob 9,2).

Hay quienes se recortan algo de esta libre voluntad, haciendo un voto específico de realizar o de no realizar una determinada cosa. El voto impone a quien lo hace como una cierta necesidad, porque, en adelante, no le estará permitido algo que antes se le permitía. Por una cierta necesidad está obligado a hacer lo que prometió. Es lo que dice el Salmo: Te cumpliré mis votos, los que pronunciaron mis labios (Sal 65,13).

Está dicho también: Si hiciste algún voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque a él le desagrada la infidelidad y la ligereza en la promesa (Ecl 5,3).

Algunos, sin embargo, renuncian totalmente a la propia voluntad, sometiéndose a otros, por amor de Dios, mediante el voto de obediencia. Ejemplo principal de esta obediencia es el de Cristo; de él dice el Apóstol: Así como por la desobediencia de un hombre, todos quedamos hechos pecadores, así también por la obediencia de un solo hombre, todos serán hechos justos (Rom 5,19). La realización de esta obediencia es propuesta por el Apóstol, cuando dice: Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte (Flp 2,8).

Esta obediencia consiste en la negación de la propia voluntad; por lo cual, él mismo decía: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Mt 26,39). El Señor dice también: Bajé del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 6,38). Con esto nos dio ejemplo, para que, así como él negó su voluntad humana, sometiéndola a la divina, así también nosotros sometamos totalmente nuestra voluntad a Dios, y a los hombres que nos presiden como ministros de Dios. Por lo cual, el Apóstol dice: Obedeced a vuestros superiores y estadles sometidos (Heb 13,17).

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