Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 12: Censuras contra los religiosos por predicar con atrayente belleza

CAPÍTULO 12

Censuras contra los religiosos por predicar con atrayente belleza

Ahora, en quinto lugar, hay que ver cómo censuran a los religiosos por una bien ordenada y bella predicación.

[Argumentos de la impugnación]

Alegan, en primer lugar, el pasaje no con sabiduría de palabras, para que no quede frustrada la cruz de Cristo (1 Cor 1,17). La Glosa lo expone así: El predicador no busca la belleza y ornato de palabras, porque la predicación cristiana no necesita palabras pomposas ni da culto al discurso, para evitar la impresión de que se apoya más en los manejos y astucia de la sabiduría humana que en la verdad; esto hacían los falsos apóstoles, los cuales predicaban a Cristo con la sabiduría humana, muy apegados a la elocuencia. De esto pretenden concluir que los religiosos son falsos apóstoles, porque proponen la palabra de Dios con elocuente belleza.

En 1 Cor 2,1 se lee: Yo, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra y de sabiduría. La Glosa explica las diversas expresiones de este pasaje, diciendo: No fiado en la lógica, sirviéndome de razonamientos lógicos; tampoco de acuerdo con la física, buscando confirmación en las especulaciones físicas; la fuerza de persuadir que tenían mis palabras no era la que brota de la sabiduría humana, como en el caso de las palabras con que se expresaban los falsos apóstoles. De esto sacan la misma conclusión de antes.

En 2 Cor 11,8, el Apóstol dice de sí mismo: Aunque tosco en el hablar, no lo soy en el conocimiento. A este respecto, la Glosa dice: No atildaba las palabras; los falsos apóstoles, en cambio, ponían mucho cuidado en la elegancia del lenguaje. Los Corintios les daban la preferencia por la belleza del discurso, cuando lo que se requiere en la religión cristiana es fuerza de convicción, no sonoridad de voces acompasadas. Y de esto sacan la conclusión de antes.

En Neh 13,24 se lee lo siguiente: De sus hijos, la mitad hablaban asdodeo, o la lengua de uno u otro pueblo; pero ya no sabían hablar judío. Los reprendí y los maldije. Por ‘asdodeo’ la Glosa entiende el lenguaje retóricamente ajustado y filosófico. Por consiguiente, deben ser excomulgados quienes mezclan palabras de la Sagrada Escritura con el lenguaje retórico y la sabiduría filosófica. En Is 1,22 se dice: Tu vino está mezclado con agua. Ahora bien, el vino significa la doctrina sagrada, como consta por la citada Glosa. Luego quienes mezclan el agua de la elocuencia humana con la doctrina sagrada han de ser desaprobados.

En Is 15,1 se dice: De noche fue destruida Ar. La Glosa entiende que Ar significa el adversario, o sea, la sabiduría secular, que es contraria a Dios; su muro, construido con el arte de la dialéctica, es derribado durante la noche y todo queda en silencio. De lo cual se sigue que son reprensibles quienes, para exponer la sagrada doctrina, se sirven de sabiduría y elocuencia secular.

Un pasaje bíblico merece atención. Se dice, en efecto: Preparé mi dormitorio con alfombras pintadas al estilo de Egipto. La Glosa entiende que las alfombras pintadas significan el ornato de la elocuencia y el embrollo del arte dialéctica, la cual fue iniciada por los paganos; de ella se sirve la mente herética introduciendo una doctrina pestilente y gloriándose, como meretriz, de haber dispuesto así el lecho criminal. De lo cual se deduce igualmente que es pernicioso servirse de sabiduría y elocuencia secular para exponer la sagrada doctrina.

En 1 Tim 3, se dice: Es necesario que [el obispo] tenga buena reputación ante los de afuera, para que no caiga en descrédito. O, como dice la Glosa, para que no sea despreciado ni por los fieles ni por los infieles. Ahora bien, por el hecho de que algunos religiosos predican con elocuencia y elegancia, los obispos que no son capaces de predicar así, sufren desprecio ante el pueblo. Por consiguiente, esa predicación de los religiosos es peligrosa para la Iglesia de Dios.

Como respuesta general, valen las palabras de Jerónimo que, escribiendo a Magno, orador de Roma, le dice: A tu problema de por qué en nuestros opúsculos ponemos con frecuencia ejemplos tomados de la literatura secular y manchamos la blancura de la Iglesia con suciedades paganas, conténtate con esta breve respuesta. Jamás habrías planteado la cuestión si Tulio no te poseyera todo entero a ti, si leyeras las santas Escrituras, si tomases en consideración a sus comentadores, prescindiendo de Vulcacio. ¿Quién no sabe que en los libros de Moisés y de los profetas hay cosas tomadas de los libros de gentiles, y que Salomón propuso algunas cosas a los filósofos de Tiro, a quienes dio también alguna respuesta? Y por lo que sigue diciendo en toda la carta deja claro que tanto los escritores canónicos como sus expositores, desde los tiempos de los apóstoles hasta los de él, juntaron la sabiduría y la elocuencia secular con la sagrada doctrina. Por lo cual, después de haber nombrado a muchos doctores, añade: Todos pusieron en sus libros tanta doctrina y tantas sentencias de filósofos que ni siquiera serías capaz de saber qué es lo más llamativo, si la erudición secular o el conocimiento de las Escrituras. La carta concluye diciendo: Esto, para que, a quien considera fundado hacer censuras por motivos de este género, lo hagas situarse adecuadamente. Para que el desdentado no tenga envidia de la dentadura de quienes son capaces de comer, ni el topo desprecie los ojos de las cabras. Por donde se ve que merece ser encomiado quien ponga la sabiduría y la elocuencia secular al servicio de la sabiduría divina; como igualmente queda puesto en claro que quienes censuran esto se asemejan a los ciegos que tienen envidia de quienes ven, blasfemando de todo lo que desconocen: como se dice en la carta canónica de Judas.

Agustín, por su parte, escribe: Cuando alguien quiere hablar no sólo sabia sino también elocuentemente, puesto que hará más provecho si es capaz de ambas cosas, le doy este encargo: que lea, que oiga, que imite con ejercicios prácticos a quienes sobresalen por su elocuencia. Está claro, por consiguiente, que desde la Sagrada Escritura se ha de procurar que el hombre use un lenguaje elegante y atrayente para que el discurso sea más provechoso a quienes escuchan.

También, en el mismo libro, se lee lo siguiente: Alguien, tal vez, pregunte si nuestros escritores, los que, habiendo recibido el don de una salubérrima autoridad, nos entregaron el canon [de los libros inspirados], han de ser llamados solamente sabios o también elocuentes. Y hace ver que fueron elocuentes, que escribieron en un lenguaje cuidado, que se sirvieron de figuras retóricas. Concluye diciendo: Reconozcamos, pues, que nuestros escritores canónicos fueron elocuentes, además de sabios, y que se sirvieron del tipo de elocuencia adaptado a personas de su condición.

Todavía, en el mismo libro, Agustín dice: Se requiere que el ministro de la Iglesia sea elocuente cuando aconseja algo que debe ser hecho, de manera que no sólo enseñe para instruir y deleite para atraer, sino también que doblegue para vencer. Después sirviéndose de expresiones elegantísimas de los santos padres, muestra cómo ha de ser hecho efectivo cada uno de estos tres puntos. De todo ello se deduce que quienes, predicando o impartiendo lecciones, enseñan la Sagrada Escritura, deben servirse de la elocuencia y de la sabiduría secular.

Esto mismo se puede ver en Gregorio y Ambrosio y en otros que escribieron elegantísimamente. Agustín, y Dionisio y Basilio insertaron en sus libros muchas cosas tomadas de la sabiduría secular: como puede comprobar quien lea y entienda sus escritos. También Pablo, el Apóstol, en su predicación se sirvió de sentencias de los paganos, como se ve por Hech 17,28 y Tit 1,12.

A propósito del pasaje: hizo la Osa, el Orión y las Pléyades (Job 9,9), dice Gregorio: Los nombres de estos astros fueron dados por quienes cultivan la sabiduría de este mundo. Por consiguiente, en el lenguaje sagrado los sabios de Dios organizan su discurso sirviéndose de los sabios de este mundo. Más aún, el creador mismo de todas las cosas, Dios, se sirvió, para bien nuestro, de palabras propias de pasión humana. Por lo cual, una vez más, se hace evidente que quienes enseñan la Sagrada Escritura deben servirse de la elocuencia y de la sabiduría secular.

[Respuesta a los argumentos de la impugnación]

El uso de la sabiduría y de la elocuencia secular para exposición de la sagrada doctrina puede ser recomendado y puede ser reprendido. Merece reprensión cuando alguien se sirve de ellas por motivo de jactancia y cuando se aplica a ellas de manera principal. En esos casos se hace inevitable guardar en silencio o negar aquello que no es aprobado por la sabiduría secular, como, por ejemplo, los artículos de la fe, los cuales pertenecen a un nivel superior al de la razón humana. De manera semejante, quien se aplica principalmente a la elocuencia, no se propone orientar a los hombres hacia la admiración de las cosas que dice, sino a la de quien las dice. Así usaban la sabiduría y la elocuencia secular los falsos apóstoles, contra quienes habla el Apóstol Pablo en carta a los Corintios. Sobre el pasaje: no con palabras de sabiduría humana (1 Cor 1,17), dice la Glosa: Los falsos apóstoles, para no dar a los prudentes de este mundo la impresión de ser ignorantes, predicaban a Cristo con sabiduría humana bajo doble forma, o sea, poniendo en primer plano la elocuencia y evitando exponer las cosas que el mundo juzga necias. En cambio, el uso de la sabiduría y de la elocuencia secular es recomendable cuando se ordena no a la propia ostentación sino al bien de los oyentes, los cuales de este modo son instruidos más fácil y eficazmente, o son convencidos, si se trata de adversarios. El uso de esas ‘riquezas’ es también recomendable cuando no se pone en ellas la intención principal, sino que ésta se dirige a la ‘sacra doctrina’, a la cual está de tal modo adherida que lo demás lo emplea en servicio suyo, de acuerdo con las palabras sometiendo a cautividad todo pensamiento por obediencia a Cristo (2 Cor 10,5). Es así como los apóstoles se servían de la elocuencia. Por lo cual Agustín dice que en las palabras del Apóstol la sabiduría marcaba la dirección, mientras que la elocuencia la seguía como acompañante, y la sabiduría, yendo delante, no rechazaba a la elocuencia que iba en su seguimiento. Los doctores que vinieron detrás se sirvieron de la sabiduría y de la elocuencia secular en mayor medida por la misma razón por la cual al comienzo, en la predicación, no habían sido preferidos los filósofos y los oradores, sino los que, siendo plebeyos y pescadores, convirtieron a los filósofos y oradores. El tema de fondo, siempre el mismo: que nuestra fe no se fundamente en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios, a fin de que ante él nadie pueda jactarse (1 Cor 1,29). Es también lo que se encuentra en la Glosa acerca de las palabras fijaos, hermanos, en vuestra vocación (1 Cor 1,26). Y así se responde a las dos primeras objeciones.

Según Agustín, cuando el Apóstol se dice tosco en palabras pero no en conocimiento (2 Cor 11,6), habla como haciendo una concesión a sus detractores, no como quien reconoce el hecho y lo confiesa. Con lo cual se muestra que al doctor le presta mejor servicio la sabiduría que la elocuencia. Por este motivo, Agustín añade allí mismo: El Apóstol no vaciló un momento en proclamar su ciencia, sin la cual no podría ser doctor de los gentiles. Si esto es tomado como un aserto, no se ha de presuponer que el Apóstol no empleaba la elocuencia. Se quiere decir que su principal empeño no recaía sobre la elegancia del lenguaje, como es el caso de los oradores, o que, en sentido literal, se le trababa la lengua. Es así como la Glosa lo entiende: Esto obedece a que no adorno las palabras o a que mi lengua se traba. Los falsos apóstoles ponían su principal empeño en el ornato verbal, o, como allí se dice, ‘atildaban’ sus palabras y, por este motivo, los Corintios los anteponían al Apóstol.

Cuando una cosa pasa totalmente a ser otra, no se dice que haya mezcla; la mezcla tiene lugar cuando cada uno de los elementos que intervienen pasan a ser un tercero, como enseña el Filósofo. Cuando se añade a la Sagrada Escritura algo que, perteneciendo a la sabiduría secular, está al servicio de la verdad de la fe, el vino de la Sagrada Escritura no se mezcla, sino que mantiene su pureza. Sufre mezcla, cuando se añade algo que deforma la verdad de la Escritura. Por lo cual la Glosa dice 5,1: Quien, ante los preceptos de la Sagrada Escritura con los que debe corregir a los oyentes, opta por acomodarlos a la voluntad de estos oyentes, corrompe el vino, por haber mezclado su propia posición.

La Glosa aquella habla de la sabiduría secular que es contraria a Dios, lo cual ocurre cuando a la sabiduría le es dado el primer puesto. De aquí se sigue que alguien quiera regular la fe de acuerdo con los razonamientos de una sabiduría secular. Esto origina herejías contrarias a Cristo. En igual sentido habla la Glosa posterior en relación con Prov. Y así, queda respondida la sexta dificultad.

A los buenos no se les ha de impedir lo que hacen bien porque, en comparación con ellos, algunos merezcan reproche. Lo que se ha de prohibir es que éstos sigan en el nivel que los hace despreciables. Por lo cual, así como a los religiosos no se les han de prohibir las obras de perfección por el hecho de que algunos prelados, en comparación con ellos, viviendo en la comodidad, se vuelven merecedores de reproche, tampoco la bien cuidada predicación de los religiosos ha de ser impedida, aunque la desgarbada predicación de algunos prelados quede en mal lugar.

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