Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 12: Las tres indicadas vías de perfección pertenecen con propiedad al estado religioso

CAPÍTULO 12

Las tres indicadas vías de perfección pertenecen con propiedad al estado religioso

De acuerdo con la triple vía de perfección que ha sido señalada, las religiones tienen en común tres votos: el voto de pobreza, el voto de continencia y de obediencia hasta la muerte. Por el voto de pobreza, los religiosos asumen la primera vía de perfección, renunciando a toda posesión; por el voto de continencia se comprometen a la segunda vía, renunciando perpetuamente al matrimonio; por el voto de obediencia asumen de modo claro la tercera vía, negando la propia voluntad.

Estos tres votos se ajustan connaturalmente a la religión. Dice Agustín: Religión significa culto, no cualquiera, sino el de Dios. Tulio, por su parte, dice en la Retórica que religión es aquella [virtud] que ofrece culto y reverencia a una superior naturaleza que llaman divina. Ahora bien, el culto debido a solo Dios tiene su expresión en el ofrecimiento de sacrificio. A Dios le son ofrecidas en sacrificio las cosas exteriores cuando alguien las dona por amor a Dios. Está escrito, en efecto: No echéis en olvido la beneficencia ni la mutua asistencia, pues con tales sacrificios queda complacido Dios (Heb 13,16). Pero a Dios se le puede ofrecer también en sacrificio el propio cuerpo, como hacen quienes, perteneciendo a Cristo, crucifican una carne sujeta a vicios y concupiscencias, como dice el Apóstol (Gál 5,24). Por lo cual, él mismo dice también: Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios (Rom 12,1). Hay un tercer sacrificio, sumamente agradable a Dios, que consiste en ofrecerle el propio espíritu, de acuerdo con la palabra escrita: Un espíritu contrito es sacrificio para Dios (Salmo 50,19).

Es de advertir, como dice Gregorio’, que entre sacrificio y holocausto hay esta diferencia: todo holocausto es sacrificio, pero no todo sacrificio es holocausto. En el sacrificio es ofrecida una sola parte del animal; en el holocausto es ofrecido el animal todo entero [totum pecus]. Cuando alguien, de lo suyo, ofrece algo a Dios y deja algo sin ofrecer, le hace la ofrenda de un sacrificio. Pero cuando alguien hace ofrenda a Dios de todo lo que tiene, de todo lo que afecta a la vida, de todo lo que puede conocer, ofrece a Dios omnipotente un holocausto. Esto es lo que se realiza mediante los tres susodichos votos. Por consiguiente, quienes, en servicio de Dios, emiten estos votos, en razón de la superior excelencia del holocausto que implican, son llamados, por antonomasia, religiosos.

La oblación de sacrificio, de acuerdo con la ley, requiere la satisfacción por el pecado. De ello trata el Levítico, caps. 4-6. Otro pasaje, después de haber dicho vivid compungidos por las obras que practicáis en lo íntimo de vosotros mismos, hace de inmediato referencia a la satisfacción, añadiendo: ofreced sacrificios de justicia (Salmo 4,5-6). O sea, como explica la Glosa: Después del lamento penitencial, practicad obras de justicia. En consecuencia, así como el holocausto es sacrificio perfecto, así también, por medio de los susodichos votos, el hombre ofrece a Dios una satisfacción perfecta: le ofrece el holocausto de las cosas exteriores, el del propio cuerpo y del propio espíritu.

Queda, pues, claro que el estado religioso contiene no solamente perfección de caridad, sino también perfección de penitencia; tanto es así que no hay pecado alguno, por grave que sea, para cuya reparación pueda ser impuesta a alguien la obligación de asumir el estado religioso: el estado religioso rebasa toda satisfacción. Este es el motivo por el cual un pasaje del Decreto aconseja a Astulfo, asesino de su mujer, que entre en un monasterio, porque esto le será más saludable y más llevadero; de no aceptar esto, el castigo que deberá soportar es durísimo.

De los tres votos que pertenecen al estado religioso, el principal es el de obediencia, como se puede ver por diversas razones. En primer lugar, por la obediencia el hombre ofrece a Dios la propia voluntad; por el voto de continencia le ofrece el sacrificio del propio cuerpo, y por el voto de pobreza, el sacrificio de las cosas exteriores. Por consiguiente, así como entre los bienes del hombre, el cuerpo tiene preferencia respecto de las cosas exteriores, y el alma la tiene respecto del cuerpo; así también, el voto de continencia supera al de pobreza, y el de obediencia va más allá de uno y otro.

En segundo lugar, el hombre hace uso de las cosas exteriores y del propio cuerpo según su propia voluntad. Por consiguiente, quien entrega la propia voluntad lo entrega todo. El voto de obediencia tiene mayor alcance que el de continencia y que el de pobreza, y en cierto modo incluye a los dos. Por esto Samuel antepone la obediencia a todos los sacrificios; dice, en efecto: La obediencia es mejor que las víctimas (1 Sam 15,22).

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