Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 13: Conocimiento y providencia de las sustancias espirituales. Errores contrarios

CAPÍTULO 13

Conocimiento y providencia de las sustancias espirituales. Errores contrarios

Además de los errores en que incurrieron algunos acerca de la naturaleza de las sustancias espirituales y del orden que hay entre ellas al juzgarlas a la manera de las cosas inferiores, hay otras desviaciones que se refieren al conocimiento y providencia de las mismas. De hecho, al concebir la inteligencia y la operación de las sustancias espirituales al modo de la inteligencia y la operación humanas, sostuvieron que Dios y las demás sustancias inmateriales no tienen conocimiento de los singulares ni ejercen providencia sobre las cosas inferiores ni, principalmente, sobre los actos humanos.

Porque, dado que nosotros alcanzamos los singulares por los sentidos y, en cambio, el entendimiento, a causa de su inmaterialidad, no percibe los singulares sino sólo los universales, sostuvieron como la cosa más obvia que los entendimientos de las sustancias espirituales, al ser mucho más simples que el nuestro, no pueden conocer los singulares. Porque en las sustancias espirituales, que son completamente incorpóreas, no se dan facultades sensitivas cuya operación no se puede ejercer sin el cuerpo. Por eso les parece imposible que tengan alguna noticia acerca de los singulares.

Además, incidiendo en un desvarío mayor, sostienen que Dios con su entendimiento no conoce otra cosa que a sí mismo. De hecho vemos en nosotros que la cosa conocida es la perfección y el acto del que entiende, puesto que por ella el entendimiento se hace inteligente en acto. Pero con respecto a Dios no hay nada fuera de él que le supere en nobleza de modo que pueda perfeccionarle. De donde infieren como consecuencia necesaria que Dios no puede conocer otra cosa que no sea su propia esencia.

Por otra parte, lo que se debe a la providencia de un agente no puede ser casual. Y si todas las cosas que suceden en este mundo se deben a la divina providencia, nada habría en las cosas que fuera fortuito y casual.

127 .Además, apelan al razonamiento que pone Aristóteles en el Libro VI de la Metafísica, mostrando que si a todos los efectos les asignamos una causa que los produce de suyo, y que puesta la causa tiene que producirse el efecto, entonces hay que concluir que todos los futuros acontecen por necesidad: porque eso equivale a reducir cada efecto futuro a una causa, y ésta a otra, y así indefinidamente hasta llegar a una causa que ya existe o existió. Pero, ésta ya está puesta desde el momento en que existe actualmente o existió en el pasado. Luego, si puesta la causa el efecto se sigue necesariamente, todos los efectos futuros ocurrirán por necesidad.

Pero, si todas las cosas de este mundo están sometidas a la divina providencia, resulta que la causa de las mismas no sólo es presente o pretérita, sino que lo precede todo desde la eternidad. Y entonces es imposible que puesta la causa no se sigan los efectos: pues la divina providencia no es impedida ni por ignorancia ni por incapacidad del agente, en el que no cabe defecto alguno. Se seguirá por tanto que todo sucede por necesidad.

Además, si Dios es el bien mismo, el orden de su providencia tiene que desarrollarse de acuerdo con un plan beneficioso. Por tanto, o la providencia divina es ineficaz, o elimina universalmente el mal en las cosas. Pero vemos que en los singulares de las cosas generables y corruptibles acontecen muchos males; sobre todo entre los hombres, en los cuales a los males naturales, que son fallos de la naturaleza y reveses comunes a ellos y a las cosas corruptibles, se añaden además los males de los vicios y de los acontecimientos irregulares, por ejemplo, que a los justos les sobrevengan males y a los injustos, bienes.

Por esto algunos pensaron que la providencia divina se extiende a las sustancias inmateriales e incorruptibles y a los cuerpos celestes, en las que no encontraban ningún mal; pero que las cosas inferiores están sometidas a la providencia divina o de otras sustancias espirituales en cuanto a sus géneros, pero no en cuanto a los individuos.

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