Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 13: Respuesta a las razones alegadas por la opinión errónea

CAPÍTULO 13

Respuesta a las razones alegadas por la opinión errónea

Con lo dicho, es fácil responder a las dificultades.

La primera se basa en palabras, ya citadas, de Próspero que señalan esta norma: Debemos ayunar, pero sin someternos a la necesidad de hacerlo. Se refiere a la necesidad de coacción que anula el voluntario. Por este motivo dice a continuación: No sea que, perdida la devoción, tengamos que hacer contra nuestra voluntad lo que, de suyo, es voluntario. No se refiere a la necesidad del voto, por medio de la cual se acrecienta la devoción: que es palabra derivada precisamente de voto.

La segunda dificultad dice que lo necesario es menos meritorio. Esto se cumple, cuando la necesidad es impuesta por otro contra la voluntad de uno mismo. Pero cuando alguien se impone a sí mismo la necesidad de obrar bien, merece más alta aprobación, porque con esto se hace, en cierto modo, esclavo de la justicia, de acuerdo con la recomendación del Apóstol en Rom 6,19. Por este motivo, Agustín, en carta a Paulina y Armentario, dice: Feliz necesidad que fuerza a lo que es mejor.

La tercera dificultad afirma que los judíos que se convierten, deben convenirse por propia voluntad. Esto es cosa que no viene a propósito. El hecho de que la voluntad sea fortalecida para practicar el bien no se opone a la libertad; de lo contrario, ni Dios ni los bienaventurados tendrían voluntad libre. Lo que se le opone es la necesidad de coacción, causada por violencia o miedo. Por eso el canon sobre los judíos dice intencionadamente: El santo Concilio mandó que, en lo sucesivo, nadie sea forzado a abrazar la fe. Ahora bien, con el voto o el juramento nadie sufre coacción, sino que tanto el uno como el otro dan a la voluntad del hombre mayor firmeza en el bien. El hombre no se hace refractario, sino que actúa con más firme voluntad; y, en cierto sentido, cuando se obliga a hacer ya comienza a hacer. De manera semejante, nadie en su sano juicio diría que es ilícito inducir a los judíos a que, por propia voluntad, se obligasen con voto o con juramento a recibir el bautismo.

[4]-5. La quinta dificultad se basa en que algunos, después de haberse obligado con voto o juramento a entrar en religión, se vuelven atrás y, cayendo en desesperación, se entregan a una vida perversa, con lo cual se hacen hijos de la gehenna doble que aquellos que los inducen. A esto hay que responder con las palabras del Apóstol: ¿Acaso su incredulidad invalida la fidelidad de Dios? (Rom 3,3). El hecho de que algunos abusen de los bienes no causa perjuicio alguno a quienes perseveran en el bien. La Glosa sobre las palabras citadas se expresa así: La incredulidad de algunos judíos que no quisieron creer no prejuzga que los otros judíos no sean dignos de recibir lo que prometió a quienes permanecen fieles. De manera semejante, el hecho de que algunos de los que se obligan con voto o juramento a entrar en religión, después cambian y se hacen peores, no causa perjuicio a quienes perseveran en el cumplimiento del voto. Por consiguiente, quienes inducen a otros a prometer la entrada en religión no los hacen doblemente hijos de la gehenna, sino más bien, por lo que a ellos se refiere, hijos del reino, sobre todo teniendo en cuenta que entre ellos son más los que progresan mediante el cumplimiento del voto que quienes flaquean y se apartan del voto. A no ser que, ‘contra todo lo que se puede pensar, con sus malos ejemplos los indujeran a pecar, como Jerónimo y Crisóstomo explican en sus respectivos comentarios.

Guarda relación con el tema lo que el Apóstol dice a Timoteo, cuando le recomienda: No aceptes a las viudas jóvenes (1 Tim 5,11). Y a continuación señala el motivo: Se hacen reprobables, porque han quebrantado su primera fidelidad (v.12), es decir, no mantuvieron la continencia que habían prometido a Dios. En carta a Geruquia sobre la monogamia, dice Jerónimo: El comportamiento de las que, por haber quebrantado el compromiso de continencia, ultrajaron al Esposo Cristo, es el motivo de que el Apóstol quiere otro matrimonio, prefiriendo la digamia a la fornicación como quien permite, no como quien manda, porque es mucho más tolerable estar casada segunda vez que ser libertina, tener un segundo marido que muchos adulterando. El Apóstol, por tanto, no prohíbe sin más que las viudas jóvenes prometan continencia. En 1 Cor 7,8, dice que para ellas es preferible permanecer en la viudez. A quienes prohíbe ser aceptadas para recibir subsidio de la Iglesia son aquellas que llevan vida lujuriosa. Por eso dice: A las viudas jóvenes no las admitas, porque cuando la pasión las aleja de Cristo quieren casarse otra vez (1 Tim 5,11).

La sexta dificultad dice que algunos, permaneciendo en vida secular después de haber emitido el voto de entrar en religión, fueron hechos buenos obispos. Es cosa manifiestamente contraria a la verdad, como consta por la decretal de Inocencio [III], que dice: En tu carta nos has hecho saber que en la Iglesia de Grenoble habías emitido voto solemne de recibir el hábito regular y que después prometiste en manos del prelado de aquella misma Iglesia que en el plazo de dos meses, a contar desde tu retorno de la Sede Apostólica, cumplirías el voto emitido. Pero, dado que, pasado el plazo, no te preocupaste de cumplir lo prometido, finalmente, siendo quebrantador del voto, fuiste llamado a gobernar la Iglesia de Gebenne. Y añade: Por nuestra parte, para bien de tu conciencia, te aconsejamos que renuncies al gobierno de dicha Iglesia y cumplas los votos que hiciste al Altísimo. Es, por tanto, evidente que no pueden retener, con buena conciencia, el obispado o el arcedíanato quienes prometieron entrar en religión. De modo que, si lo retienen, no son buenos obispos ni buenos arcedianos, porque la verdad es que son quebrantadores del voto.

La séptima dificultad dice que nadie debe ser inducido al culto de Dios por medio de regalos. La solución está en el capítulo mismo de donde toman esto. Después de las palabras ya citadas, continúa así: A no ser que se trate de los alimentos ofrecidos a los pobres, a ninguno de los cuales deben ser negados, cualquiera que sea la profesión a que pertenecen. Por donde se ve que son censurados sin razón quienes buscan bolsas de estudio para escolares pobres y les dan formación en los estudios con el fin de que después sean más idóneos para vida religiosa. Si se prestan a otro beneficios de orden temporal para que, ganada su amistad, sea estimulado a obrar mejor, no se comete nada ilícito; sería ilícito convertir esos beneficios en un pacto o contrato. Por eso en el mismo capítulo se añade: A condición de que esté totalmente excluido cualquier pacto o convención. Si no estuviese permitido estimular a alguien con beneficios temporales a practicar el bien espiritual, sería ilícito lo que se hace en algunas iglesias, como ofrecer una gratificación a quienes se ocupan en el oficio divino.

La octava dificultad dice que a los jóvenes se les echan encima cargas pesadas, como ayunar, pasar noches en vela y cosas semejantes, en todo lo cual ven una falta de lealtad. Pero esto es manifiestamente falso. Quienes son recibidos en vida religiosa o se obligan a entrar son instruidos, desde el principio, acerca de las cargas más pesadas de la vida religiosa. Pero no hay ninguna falta de lealtad en estimular a otros a la entrada en religión, cuyas austeridades son evidentes, presentando la perspectiva de consuelos espirituales. Es lo que hizo el Señor, el cual decía: Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11,29). En estas palabras está expresada la carga corporal simbolizada en el yugo y el consuelo espiritual que es el descanso. Es el motivo por el que Agustín dice: Quienes valerosamente echan sobre sí el yugo del Señor, sufren tantas pruebas que dan la impresión no de haber pasado de los trabajos al descanso, sino de haber sido llamados del descanso al trabajo. Pero se hace presente el Espíritu Santo que, con la abundancia de divinas delicias, con la esperanza de la bienaventuranza futura, ablanda las asperezas de la vida presente y levanta las cargas pesadas. Dan clara muestra de no haber experimentado las delicias divinas suponiendo que son engañados quienes aceptan soportar por Cristo duros sufrimientos corporales.

La novena dificultad dice una cosa que no viene a propósito. Lo establecido por el papa Inocencio [III] se refiere al voto solemne que se emite en la profesión, no al voto simple con el que alguien, por sola devoción, se obliga a entrar en vida religiosa.

La décima dificultad objeta que los padres pueden anular los votos de los impúberes. Pero esto no tiene valor demostrativo. No todo lo que puede ser anulado presupone una actuación ilícita. De otro modo habría que decir que quienes no han cumplido aún los veinticinco años pecarían en todos los casos en que, con perjuicio para sí mismos, disponen de sus propios bienes, porque pueden exigir que les sean repuestos íntegramente. Por consiguiente los impúberes no pecan emitiendo el voto de religión o tomando el hábito religioso sin conocimiento de los padres, aunque los padres puedan anular todo eso. De otro modo, es decir, si fuese pecado, lo prohibirían los mismos cánones por los que es concedida a los padres la potestad de anular.

La undécima dificultad pretende fundamentarse en el aparato de las Decretales y en las Sumas de los juristas. Pero tampoco esto viene a propósito. Esos documentos hablan del voto solemne que convierte a uno en monje o en un profeso de instituto religioso, cualquiera que sea. Acerca de ello hubo diversidad de opiniones entre los maestros de derecho canónico. Aunque parece cosa desentonada y casi da risa el ver que los profesores de la sacra doctrina aleguen como autoridad las anotaciones de los juristas y las tomen como tema de disputa.

La duodécima dificultad no viene a propósito. El derecho canónico no prohíbe a los niños jurar. Prohíbe que sean obligados a jurar.

La dificultad decimotercera propone una falsedad. Los niños están ligados con la profesión de fe cristiana, que en el bautismo eligieron sacramentalmente; por consiguiente pueden ser ligados de nuevo y elegir el estado de perfección. Aunque desde otro punto de vista, en esto hay una cierta inexactitud, puesto que en el sacramento del bautismo los niños reciben la religión cristiana y se vinculan con Dios, eligiéndolo de nuevo a él mismo de quien se había separado por el pecado de los primeros padres.

Finalmente, oídos piadosos no pueden soportar la impía conclusión que acusa a los niños de estupidez. ¿Quién puede soportar que el niño Benito sea acusado de estupidez porque, habiendo abandonado la casa paterna y los bienes del padre, con el deseo de agradar a solo Dios, buscó el hábito de la santa vida monástica y el desierto? ¿Quién, a no ser un hereje, podrá injuriar a Juan Bautista por lo que está escrito de él, o sea que el niño crecía, se robustecía espiritualmente y permanecía en el desierto hasta que llegase el día de su manifestación a Israel? (Lc 1,80). Es evidente que quienes insultan por motivos de este género, dan prueba de tener criterio muy de carne, juzgando estupidez aquellas cosas que vienen del Espíritu de Dios, el cual, como dice Ambrosio, no está sometido a edades, no se extingue con la muerte, no está excluido del seno materno. Gregorio, en una homilía de Pentecostés, dice: El que llena a un niño que toca la cítara y lo hace salmista, llena también al niño que practica la abstinencia y lo hace juez de los ancianos. Usaré palabras del Apóstol, diciendo contra ellos: Si entre vosotros hay alguien sabio según los criterios del mundo, hágase necio para llegar a ser sabio (1 Cor 3,18). Es necio a juicio de la sabiduría del mundo, la cual, ante Dios, es necedad; pero no lo es juzgando de acuerdo con la sabiduría de Dios, la cual se dirige a los pequeños para decirles: ¿Hasta cuándo, pequeñitos, os deleitáis en lo infantil? (Prov 1,22). Y añade: Aceptad mi corrección y derramaré mi Espíritu sobre vosotros.

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