Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 14: Perfección de amor al prójimo necesaria para la salvación

CAPÍTULO 14

Perfección de amor al prójimo necesaria para la salvación

Después de lo dicho acerca de la perfección de la caridad en cuanto amor de Dios, ahora es necesario exponer lo relativo a la perfección de la caridad en cuanto amor del prójimo.

En el amor del prójimo hay grados diversos, como los hay en el amor de Dios. Hay, en efecto, una perfección que, siendo necesaria para la salvación, cae bajo necesidad de precepto. Hay también perfección ulterior o de sobreabundancia, que cae bajo consejo.

La perfección de amor al prójimo necesaria para la salvación ha de ser medida de acuerdo con el modo como se nos propone el precepto de amar al prójimo; ese modo es el que está expresado en las palabras amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 19,19; 22,39). La perfección del amor divino requería que todo el corazón del hombre en algún modo se convirtiera a Dios, pues Dios es el bien universal que existe sobre todos nosotros, como se dijo antes. Por eso, el modo del amor divino se expresa correctamente cuando se dice Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón. En cambio, nuestro prójimo no es el bien universal que está sobre nosotros, sino el bien particular que está bajo nosotros, por lo cual no se nos obliga a amar al prójimo de todo corazón, sino más bien como a nosotros mismos.

Para que este modo de amor del prójimo sea efectivo, se requieren tres cosas. En primer lugar, que el amor sea verdadero. Al amor es esencial que alguien desee el bien a la persona amada. De aquí procede que el impulso de amor se orienta hacia dos términos: hacia aquel a quien se desea el bien y hacia el bien que para él es deseado. Aunque de ambas realidades se diga que son amadas, el amor dice referencia ante todo a la persona para la cual se desea un bien; en cambio, el bien mismo que le es deseado entra en el acto de amor como consecuencialmente. No sería acertado decir que es amado con propiedad y verdad aquello mismo cuya desaparición se busca. Son muchas las cosas que consumimos al usarlas, como el vino cuando es bebido y el caballo envuelto en el combate. Es claro, por tanto, que cuando ponemos estas cosas a nuestro servicio, el objeto del amor, con propiedad y verdad, somos nosotros mismos; aquellas cosas, en cambio, las amamos como ocasionalmente y en sentido, hasta cierto punto, abusivo. Cuando se trata de la persona que ama, la naturaleza misma y la verdad requieren que desee para sí misma bienes, como la felicidad, la virtud, la sabiduría y todo lo necesario para la conservación de la vida. Lo que uno toma para usarlo no es propiamente objeto de amor, sino muestra del amor que la persona tiene a sí misma.

Nosotros tomamos para nuestro uso no solamente otras cosas, sino también a los hombres mismos. Si amamos al prójimo tan sólo en cuanto puede prestarnos un servicio, es manifiesto que a ellos no los amamos como a nosotros mismos ni de verdad. Es lo que ocurre en el caso de la amistad basada en lo útil y en lo deleitable. Quien ama a otro porque éste le es útil o le proporciona deleite, muestra con evidencia que el objeto del amor es él mismo. La persona del otro le es amada a la manera como decimos amar el vino o el caballo. Son cosas que no amamos como a nosotros mismos, deseando bienes para ellas; lo que deseamos es, ante todo, disfrutar de esos bienes.

Por consiguiente, el precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos implica, ante todo, amor verdadero, el cual es inherente a la caridad. Como dice el Apóstol (1 Tim 1,5), la caridad procede de un corazón bueno, de una conciencia limpia y de una fe sin fingimiento. Por lo cual, como dice también el Apóstol, la caridad no busca cosas suyas (1 Cor 13,5), sino que desea el bien para aquellos a quienes ama. De esto el Apóstol mismo se presenta como ejemplo. Busco no lo que es útil para mí, sino lo que es provechoso para muchos a fin de que se salven (1 Cor 10,33).

En segundo lugar, el modo como es dado el precepto requiere de nosotros también que el amor al prójimo sea justo y recto. Esto, a su vez, exige que un bien mayor sea antepuesto a un bien menor. Siendo esto así, es evidente que, entre todos los bienes humanos, el bien del alma es el principal; viene después el bien del cuerpo y, por último, el bien que consiste en las cosas exteriores. Cuando se trata del amor a uno mismo, el orden señalado es connatural. Nadie dejaría de preferir el ser privado de un ojo corporal a perder el uso de la razón, que es el ojo de la mente. Igualmente, para defender la vida corporal y para conservarla, el hombre se desprende de todo lo demás, de acuerdo con las palabras para conservar la vida, dará el hombre piel por piel y todo cuanto posee (Job 2,4).

Este natural orden del amor a uno mismo, por lo que se refiere a los bienes naturales que han sido puestos como ejemplo, rara vez o nunca falla. Pero en cuanto al bien sobrenatural, hay quienes lo contrarían; así ocurre, por ejemplo, cuando alguien para asegurar la salud o el deleite del cuerpo, rechaza el bien de la virtud o de la ciencia. Hay también quienes por el afán de conseguir bienes exteriores exponen el propio cuerpo a peligros o a esfuerzos exagerados. En ninguno de estos casos el amor es recto. Más aún, y yendo al fondo, diré que tales personas muestran no amarse siquiera a sí mismas de verdad. Cada cosa es, ante todo, lo que en ella tiene primacía. Por este motivo decimos que la ciudad hace lo que hace el príncipe. Evidentemente, en el hombre lo principal es el alma; y, entre las facultades, la razón o entendimiento. Quien desecha el bien del alma racional por apego al bien del cuerpo o de la sensibilidad, da evidente prueba de que no se ama de verdad a sí mismo. Por ello se dice en un salmo (10,6): quien ama la iniquidad aborrece su propia alma.

Así, pues, la rectitud del amor al prójimo queda establecida por el hecho de que lo mandado es amar al prójimo como a uno mismo; el orden en el deseo de bienes para el prójimo es el mismo con que cada uno debe desearlos para sí: en primer lugar, los bienes espirituales, después los bienes del cuerpo y, finalmente, los que consisten en cosas exteriores. Si alguien, por tanto, desea para el prójimo bienes contra la salud del cuerpo, o bienes del cuerpo con detrimento del alma, no lo ama como a sí mismo.

El modo de amor al prójimo requiere, en tercer lugar, que ese amor sea santo. De una cosa se dice que es santa por estar ordenada a Dios. Decimos que el altar es santo por estar dedicado a Dios; esto mismo se aplica a cosas semejantes consagradas al culto divino. El motivo de que uno ame a otro como a sí mismo es que entre ambos existe alguna comunión, en virtud de la cual la caridad entre uno y otro es semejante a la que cada uno tiene consigo mismo.

Dos cosas pueden convenir entre sí de muchas maneras. Se da conveniencia en naturaleza, fundada en la generación corpórea, como es el caso de quienes nacen de los mismos padres. En otros casos la conveniencia es cívica o consiguiente al hecho de estar domiciliados en la misma ciudad, vivir bajo el mismo príncipe y estar gobernados por unas mismas leyes. Cualquier oficio o profesión establece alguna comunión entre quienes lo practican, los cuales se asocian para el comercio, para la vida militar, para una forma de artesanía o para cualquier cosa semejante. Todas estas expresiones de amor al prójimo pueden ser rectas. Pero el motivo de llamarlas santas no es ése. Las expresiones de amor son santas solamente cuando el amor al prójimo está ordenado a Dios. Los hombres que son miembros de una misma ciudad convienen entre sí por ser súbditos de un mismo príncipe con cuyas leyes son gobernados. De modo semejante, todos los hombres, por estar naturalmente orientados a la bienaventuranza, tienen entre sí universal unidad, en cuanto dicen orden a Dios como al supremo soberano de todos, como a la fuente de bienaventuranza y al legislador de toda justicia.

Sobre esta base, la recta razón muestra que el bien común debe ser antepuesto al bien propio. De aquí procede que cualquier parte de algo, por un cierto instinto natural se ordena al bien del todo: una señal es que cualquiera expone su mano al golpe para conservar el corazón o la cabeza, de los que depende la vida humana. En la susodicha comunión, por la que todos tienden a una misma bienaventuranza, cada hombre viene a ser como una parte. El bien común del todo es Dios mismo, en quien está la bienaventuranza de todos. Así, pues, la recta razón y el instinto natural requieren que cada uno se ordene a Dios de modo semejante a como la parte está ordenada al bien del todo. Esto es obra de la caridad, mediante la cual el hombre se ama a sí mismo por Dios. Por consiguiente, cuando alguien ama al prójimo por Dios, lo ama como a sí mismo. Y con esto, el amor queda santificado, de acuerdo con lo que está escrito: Hemos recibido de Dios este mandamiento, que quien ama a Dios ame también a su hermano (1 Jn 4,21).

El modo del precepto requiere, en cuarto lugar, que el amor al prójimo sea operante. Evidentemente, cuando uno se ama a sí mismo, no sólo desea alcanzar algún bien y evitar algún mal, sino que también cada uno, en cuanto puede, se procura el bien y evita el mal. Por tanto, uno ama al prójimo como a sí mismo, cuando respecto de él tiene no solamente afecto para desearle el bien, sino que muestra ese afecto con la obra realizada, de acuerdo con la sentencia: No amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,18).

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