Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 17: Los religiosos son censurados por el deseo de agradar a los hombres

CAPÍTULO 17

Los religiosos son censurados por el deseo de agradar a los hombres

Ahora, en quinto lugar, hay que ver los medios que usan en orden a demostrar esto: los religiosos no deben dar gusto a los hombres.

[Argumentos de los impugnadores]

Se dice: Dios esparció los huesos de quienes complacen al hombre. Quedaron avergonzados, porque Dios los desechó (Sal 52,5).

Se dice también: Si continuase agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo (Gál 1,10). Por tanto, los religiosos, que profesan ser siervos de Cristo, no deberían ocuparse en agradar a los hombres.

A propósito de las palabras hasta el presente pasamos hambre y sed (1 Cor 4,11), dice la Glosa: Quienes predican con libertad y sin adulación reprobando el perverso comportamiento de los malos, no encuentran gracia ante los hombres. Por tanto, si los religiosos han de predicar la verdad libremente y sin adulación, no han de buscar complacer a los hombres.

Gregorio dice: Aquel joven por medio del cual el esposo transmite sus dones, es culpable de un pensamiento adúltero, si pretende ser complaciente a los ojos de la esposa. Llama ‘esposa’ a la Iglesia y ‘joven’ al ministro de Dios. Por tanto, si los religiosos, que se proclaman ministros de Dios, buscan complacer a los hombres, son culpables de pensamiento adúltero.

El deseo de agradar a los hombres tiene su origen en el amor a uno mismo. Ahora bien, como dice Gregorio en el lugar citado, quien se ama a sí mismo se vuelve ajeno al Creador. Por tanto, quien busca complacer a los hombres, se vuelve extraño a Dios.

Los religiosos deben ser especialmente cautos para evitar todo lo que ‘suena’ a vicio. Ahora bien, el ser complaciente para con los hombres suena a vicio, como consta por el Filósofo. Por tanto, los religiosos no deben buscar el ser complacientes con los hombres.

De todo esto concluyen que nadie puede, en modo alguno, pretender dar gusto a los hombres.

[Exposición de la doctrina]

De muchas maneras puede mostrarse que esto es falso. Se dice, en efecto: Cada uno agrade al prójimo en lo bueno, para edificación (Rom 15,2).

Y también: No seáis tropiezo ni para judíos, ni para gentiles, ni para la Iglesia de Dios; como también yo, en todas las cosas, agrado a todos (1 Cor 10,32-33).

Y procurad lo bueno delante de todos los hombres (Rom 12,17). Ahora bien, nada de esto sería necesario, si no tuviésemos que estar cuidadosos de agradar a los hombres. Por consiguiente, cualquiera está obligado a intentar agradar.

Se dice también: Así, pues, brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16). Ahora bien, nadie se siente impulsado a glorificar a Dios por las buenas obras sino en cuanto que éstas le agradan. Por tanto, todos deben procurar que sus obras sean capaces de complacer a los demás.

Para esclarecimiento de todo esto, hay que tener en cuenta que son tres los motivos por los cuales se prohíbe complacer a los demás. Uno, para que nadie busque complacer por sí mismo, como poniendo la finalidad en el favor humano; cada uno debe dirigir el intento de agradar a los hombres a un bien ulterior, esto es, o a la gloria de Dios o a la salvación del prójimo. Y esto es lo que dice Gregorio: Se ha de tener en cuenta que los buenos gobernantes deben esforzarse en agradar a los hombres para que, con la dulcedumbre de su proceder, atraigan al prójimo a sentir el gusto de la verdad; no se trata de que deseen ser amados, sino de que conviertan su amor en una especie de camino por el que conducir el corazón de los oyentes al amor del Creador. Un predicador que no es amado, difícilmente será escuchado con gusto, cuando propone los caminos de la vida honrada. Y un poco después: Bien lo insinúa Pablo, cuando, para manifestarnos los secretos de su íntima ilusión, dice: Como también yo agrado en todo a todos. Y con esto, dice igualmente: Si todavía agradase a los hombres, no sería siervo de Cristo. Pablo, pues, agrada y no agrada, porque, en aquello en que quiere agradar, no se busca a sí mismo; lo que le gusta es que, por medio de él, los hombres se complazcan en buscar la verdad. Otro motivo es que alguien, por complacer a los hombres, haga alguna cosa con la que desagrada a Dios. Y esto es lo que dice Jerónimo en su exposición de la carta a los Gálatas, a propósito de las palabras si buscase agradar a los hombres…, como se indica a continuación: Si es posible agradar juntamente a Dios y a los hombres, hay que agradar a los hombres. Pero si no podemos agradar a los hombres más que desagradando a Dios, es preciso agradar a Dios antes que a los hombres. El tercer motivo se da cuando alguien realiza externamente algo que hace de corazón, pero que por otros es juzgado temerariamente. Entonces debe considerar suficiente el agradar a Dios en su conciencia, sin preocuparse de que no agrade a quienes juzgan perversamente. Y esto es lo que se contiene en la Glosa tomada de Agustín, en su exposición del pasaje citado de la carta a los Gálatas, la cual dice así: Entre los hombres, hay jueces temerarios, detractores, charlatanes, murmuradores que sospechan de lo que no ven, que buscan airear lo que no es materia de sospecha: contra esta clase de personas, basta el testimonio de nuestra conciencia. De acuerdo con esto, es fácil responder a las dificultades.

[Respuesta a los argumentos de los impugnadores]

Lo de que Dios ‘esparce los huesos’ se aplica a quienes desean agradar a los hombres, poniendo en esto su fin, sin preocuparse de que, por agradar a los hombres, desagradan a Dios.

De manera semejante hay que entender lo de Gál 1,10: Si todavía agradase a los hombres

Los que predican la verdad desagradan a los perversos, los cuales no quieren ser corregidos, pero con esto mismo agradan a los buenos, los cuales agradecen la corrección. Por lo cual se dice: Corrige al sabio y te amará (Prov 9,8).

Las palabras de Gregorio se refieren al caso en que uno quiere agradar a los hombres, poniendo en esto su fin, o sea, que ame esto del modo como Dios debe ser amado. Previene [San Gregorio] para que no se haga nada contra Dios, cualquiera que sea el modo de actuar. Eso es claro por lo que dice inmediatamente antes, o sea: Es enemigo del Redentor el que, en razón de las obras buenas que realiza, quiere ser amado por la Iglesia como en lugar de él.

Las palabras de Gregorio se refieren al desordenado amor de uno mismo, del cual nace la pretensión de agradar a los hombres por lo que uno es en sí mismo.

Según el Filósofo, ‘placentero’ no es el que quiere agradar a los hombres cualquiera que sea el modo, sino quien llega a excederse en esto, queriendo complacer más allá de lo debido. Quien se interesa por complacer a otro de manera conveniente, recibe, en aquel mismo pasaje, el nombre de amigo.

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