Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 18: Del origen de las sustancias espirituales según la fe católica

CAPÍTULO 18

Del origen de las sustancias espirituales según la fe católica

Una vez que expusimos lo que pensaron los principales filósofos Platón y Aristóteles acerca de las sustancias espirituales en cuanto a su origen, condición natural, distinción y orden del gobierno, y en qué otros filósofos discreparon erróneamente de ellos, nos queda exponer lo que sostiene acerca de cada uno de esos puntos la religión cristiana. Para lo cual nos serviremos principalmente de los escritos de Dionisio, quien expone lo tocante a las sustancias espirituales de manera más excelente que nadie.

Así pues, en primer lugar, acerca del origen de las sustancias espirituales la tradición cristiana enseña de manera firmísima que ellas, lo mismo que las demás criaturas, fueron producidas por Dios. Y esto se prueba por la autoridad de la Escritura canónica. El Salmo dice, en efecto: Alabadle todos sus ángeles, alabadle todas sus potestades (Sal 148,2), y, enumerando todas las demás criaturas, añade: Porque él dijo y fueron hechas, él lo mandó y fueron creadas (Sal 148,5).

Pero también Dionisio, en el capítulo IV del De caelesti hierarchia, explica sutilmente el origen de los ángeles diciendo: Lo primero que hay que decir en verdad es que, por su bondad universal, la divinidad superesencial, para dar consistencia a las esencias de las cosas, las condujo a la existencia. Y poco más adelante añade que ellas –las sustancias celestes– fueron hechas en primer lugar y mediante una participación múltiple de Dios. Y en el capítulo IV del De divinis nominibus dice que todos los entes inteligibles e intelectuales, con sus sustancias y facultades y operaciones, fueron instituidos por los rayos de la divina bondad, y que en virtud de estos rayos viven y tienen una vida indeficiente.

Que además todas las sustancias espirituales fueron producidas inmediatamente por Dios, y no sólo las supremas, es lo que se afirma expresamente en el capítulo V del De divinis nominibus con estas palabras: Las santísimas y dignísimas virtudes que existen y que están como colocadas en el dintel mismo de la supersustancial Trinidad, tienen por ella y en ella el ser y el modo deiforme de ser; y las que están sometidas a éstas –es decir, las inferiores a las supremas– lo reciben de modo subordinado –es decir, reciben de Dios el ser de un modo inferior– y las últimas –o ínfimas– de modo extremo –es decir, reciben el ser de Dios de la ínfima manera– con respecto a los ángeles, aunque con respecto a nosotros de modo supramundano. Con lo cual da a entender que todos los órdenes de las sustancias espirituales son instituidas por disposición divina y no porque unas sean causadas por otras. Y es lo que se afirma más claramente en el capítulo IV del De caelesti hierarchia: Es propio de la causa universal y de la bondad suprema convocar a la propia comunión las cosas que existen, de modo que cada una de ellas se defina en proporción con su propia medida, ya que coloca a cada una en el orden que le corresponde por su naturaleza.

De modo semejante repugna también a la doctrina cristiana que las sustancias espirituales reciban de distintas causas la bondad, el ser, la vida y demás atributos que pertenecen a su perfección. Porque en la Escritura canónica se atribuye al único y mismo Dios el ser la esencia de la bondad, en la expresión de Mateo (19,17), Uno solo es bueno, Dios; y que es el Ser mismo, cuando el Señor responde a Moisés que le pregunta cuál es su nombre: Yo soy el que soy (Ex 3,14); y que es la vida misma de los que viven, como se dice en Dt 30,20: Él es la vida de los vivientes.

Y esta misma verdad la transmite Dionisio de manera más explícita en el capítulo V del De divinis nominibus, al sostener que la sagrada doctrina dice que no son cosas diversas el bien, el ser, la vida y la sabiduría, ni hay muchos principios o divinidades superiores e inferiores que produzcan estas y aquellas cosas. Con lo cual rechaza la opinión de los Platónicos, según los cuales la esencia misma de la bondad era el sumo dios, bajo el cual había otro dios que es el ser mismo, y así en lo demás, como arriba dijimos. Pero añade Dionisio: De uno solo, que es Dios, proceden todos los bienes, es decir, de la Deidad, provienen todas las producciones buenas, puesto que el ser y el vivir y todo lo demás de este tenor es comunicado a las cosas por la suma Deidad.

Aunque más difusamente, explica también esto en el capítulo XI del De divinis nominibus, diciendo: Aunque de una sustancia divina o angélica se pueda afirmar que existe de por sí, no por eso la consideramos causa de que existan todas las cosas. Solamente el ser mismo (ipsum esse) supersustancial –es decir, el sumo Dios– es el principio, la sustancia y la causa de que tengan ser todas las cosas que existen. Es, en efecto, `principio’ efectivo, ‘sustancia’ a manera de forma ejemplar y ‘causa’ final. Pero añade: Ni llamamos generadora de la vida a otra deidad que a la vida sobredivina, que es la causa de cuantas cosas viven e incluso dela vida en sí misma, es decir, la que es formalmente inherente a los vivientes; ni tampoco admitimos, en resumen, como existentes principales a las sustancias creadoras y las personas a las que [los Platónicos] llamaron dioses y creadores autónomos de los seres.

Para excluir también esta posición expresamente dice Dionisio que en las sustancias espirituales su ser, su vivir y su entender, y todos los atributos semejantes pertenecientes a su perfección, proceden de la bondad esencial que los Platónicos consideraban como el sumo dios. Y otro tanto repite en cada capítulo mostrando que si existen es gracias al ser divino, y si viven es gracias a la vida de Dios, y así en todo lo demás.

También es contrario a la doctrina cristiana el sostener que, teniendo su origen en la suma deidad, las sustancias espirituales existen desde la eternidad, tal como afirmaron los Platónicos y los Peripatéticos. Pero la enseñanza de la fe católica sostiene que comenzaron a ser después que no eran. Y así se dice en Is 40,26: Levantad vuestros ojos a lo alto, y ved quién ha creado esto, es decir, todas las cosas superiores. Y para que no se lo refiera solamente a los cuerpos, añade: Quien los hace marchar ordenadamente como una milicia. Y es de notar que la Sagrada Escritura suele llamar ‘milicia celeste’ al ejército celeste de las sustancias espirituales, en atención a su orden y a la virtud que tienen para ejecutar la voluntad divina. Por eso se dice en Lc 2,13 que apareció con el ángel un ejército numeroso de la milicia celestial.

Se da, pues, a entender que no sólo los cuerpos, sino también las sustancias espirituales fueron educidas del no ser al ser mediante la creación, según aquello de Rom 4,17: Que llama a las cosas que no son como a las que son. Por lo cual dice Dionisio en el capítulo X del De divinis nominibus que no siempre la Sagrada Escritura llama eternas a las cosas que son absolutamente ingénitas y verdaderamente eternas, sino que (llama eternas) a las cosas incorruptibles, inmortales e invariables que siempre existen del mismo modo, como cuando dice: Alzaos puertas eternas, y cosas semejantes, lo cual parece que primordialmente se dice de las sustancias espirituales. Y después añade: No todo lo que llamamos eterno se ha de considerar sin más tan eterno como Dios, que es anterior al evo.

Pero como la Sagrada Escritura (Gén 1), en el relato de la creación, no hace mención expresa de la producción de las sustancias espirituales, para no dar al pueblo rudo, a quien se proponía la ley, ocasión de idolatría si la palabra divina introducía numerosas sustancias espirituales superiores a las creaturas corpóreas, no podemos averiguar por las Escrituras canónicas cuándo fueron creados los ángeles. Que no fueron creadas después de las cosas corporales, lo manifiesta la razón misma, porque no era decoroso que lo más perfecto fuera creado después, y también se colige de la autoridad expresa de la Sagrada Escritura cuando dice en Job 38,7: Ya que me alababan a la vez los astros matutinos y se alegraban todos los hijos de Dios, por los cuales se entiende las sustancias espirituales.

Pero arguye San Agustín en el libro XI del De civitate Dei; Ya existían, pues, los ángeles cuando fueron hechos los astros. Éstos fueron hechos el día cuarto. ¿Diremos entonces que los ángeles fueron hechos el día tercero? De ningún modo. Pues está claro lo que se hizo ese día, al separar la tierra de las aguas. ¿No sería el día segundo? Tampoco esto, porque entonces fue hecho el firmamento. Y después añade: Por tanto, si los ángeles pertenecen a las obras divinas de estos seis días, ellos son aquella luz que recibió el nombre de día. Luego, según la sentencia de San Agustín, juntamente con las cosas corporales fue creada la criatura espiritual, que aparece significada por el nombre de cielo, ya que en Gén 1,1 se dice: Al principio creó Dios el cielo y la tierra. En cuanto a su formación y perfeccionamiento están significados en la producción de la luz, como se expone ampliamente en el libro Super Genesim ad litteram.

Sin embargo, como dice el Damasceno en el libro II, algunos sostienen que antes del conjunto de la creación, es decir, de la criatura corporal, fueron producidos los ángeles como dice el teólogo Gregorio: Primero pensó en las virtudes angélicas y celestes y su pensamiento se hizo obra. Y con esta sentencia está de acuerdo el Damasceno. Pero también Jerónimo, discípulo del sobredicho Gregorio Nacianceno, se adhiere a esta sentencia. Dice, en efecto, en su Super Epistola ad Titum: Todavía nuestro tiempo no ha alcanzado los 6.000 á años. Y ¡cuántas eternidades anteriores, cuántos tiempos, cuántos comienzos de nuevos siglos podemos calcular que existieron, en los cuales los ángeles, los tronos y las dominaciones sirvieron a Dios sin sucesión ni medida de tiempos, y subsistieron por mandato de Dios!.

Por mi parte entiendo que ninguno de los dos es contrario a la sana doctrina, pues parece presuntuoso pensar que tan grandes doctores de la Iglesia se hayan apartado de la sana doctrina de la fe. De todos modos, la sentencia de San Agustín parece depender más bien de su teoría, según la cual la producción de las cosas no se ajustó a la sucesión temporal de los seis días que la Escritura expone, sino que tales días los refiere a la presentación de los seis géneros de las cosas a la inteligencia angélica. A su vez la sentencia de Gregorio Nacianceno, de Jerónimo y del Damasceno se ajusta más a su postura según la cual la producción de las cosas se habría llevado a cabo mediante la sucesión temporal de los seis días. Según eso, si las criaturas no fueron producidas todas a la vez, es muy probable que las criaturas espirituales hayan precedido a todos los cuerpos.

Si a su vez se pregunta dónde fueron creados los ángeles, es claro que esta cuestión no tiene sentido si fueron creados con antelación a todas las criaturas corporales, puesto que el lugar es algo corporal, a no ser que por lugar entendamos la claridad espiritual con que son iluminados por Dios. Por eso Basilio dice en el libro II del Hexameron: Creemos que si hubo algo antes de la institución de este mundo sensible y corruptible, tuvo que ser en la luz. Pues no cabe que ni la dignidad de los ángeles ni de todas las milicias celestes o cualquier cosa nombrable o innombrable o cualquier poder racional o espíritu administrador pueda morar en las tinieblas, sino que disponía de una morada digna de ellos en la luz y en la alegría: en lo cual no creo que nadie me haya de contradecir.

Sí, en cambio, los ángeles fueron creados simultáneamente con la criatura corporal, la cuestión cobra sentido, aunque sólo bajo el aspecto en que compete a los ángeles estar en un lugar, de lo cual hablaremos luego. Acerca de esto dijeron algunos que los ángeles fueron creados en un supremo espléndido cielo, al que llaman empíreo, es decir, ígneo, no por el fuego sino por el esplendor. Y a este cielo piensan Estrabón y Beda que se refieren las primeras palabras del Génesis (1,1): Creó Dios el cielo y la tierra, por más que esta interpretación no aparece ni en San Agustín ni en los otros doctores más antiguos de la Iglesia.

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