Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 19: Contra los religiosos que frecuentan la corte de reyes y de poderosos

CAPÍTULO 19

Contra los religiosos que frecuentan la corte de reyes y de poderosos

Ahora, en séptimo lugar, hay que ver cuánto empeño ponen en demostrar que los religiosos no deben mantener trato con familias de príncipes y de magnates.

[Argumentos de la impugnación]

Está escrito: Quienes llevan vestiduras delicadas están en las casas de los reyes (Mt 11,8). Ahora bien, a los religiosos no les cuadra este modo de vestir, puesto que profesan estado de penitencia. Por tanto, los religiosos no deben acudir a casas de reyes ni de príncipes. La Glosa sobre el pasaje citado dice: La vida de rigor y la predicación deben evitar los palacios de las blanduras que son frecuentados por quienes visten con regalo, es decir, los que saben adular. Y con esto volvemos a lo de antes.

En relación con las palabras les hablaba del reino de Dios (Lc 9,11), dice la Glosa: El alimento de la gracia celestial es otorgado no a los ociosos, no a los que tienen su morada en la ciudad de la sinagoga o de la dignidad secular, sino a quienes, en el desierto, buscan a Cristo. Dado que la vida religiosa está ordenada a que alguien consiga de Cristo el alimento de la gracia celestial, los religiosos no deben acudir a la morada de quienes disfrutan de dignidad secular.

Jerónimo, escribiendo al presbítero le dice: Multitudes de personas, oficios, saludos y banquetes: huye de todo eso; son las cadenas de los deleites. Ahora bien, en la corte de los príncipes se reúnen multitudes y son frecuentes los banquetes. Por consiguiente, los religiosos no deben estar allí.

Según Boecio, quienes se glorían del poder, buscan o reinar o estar cercanos a los que reinan. Ahora bien, es reprobable que los religiosos, después de elegir vida humilde, se gloríen del poder. Por lo tanto, no deben juntarse con gobernantes.

Los honores pertenecen a la soberbia de la vida, que es una de las tres cosas reprobadas acerca del mundo (1 Jn 2,16). Puesto que los religiosos han renunciado al mundo, deben privarse de todo lo relacionado con el honor. Ahora bien, un signo de honor es predicar en la corte de reyes o de príncipes, o en los sínodos donde se reúne multitud de personas. Los religiosos, pues, no deben intervenir en nada de eso.

Sobre esta base, sacan la conclusión de que los religiosos no deben, en modo alguno, mantener trato con la corte de reyes o de príncipes.

[Exposición doctrinal]

Esto es manifiestamente falso. Muchos santos mantuvieron trato con reyes y príncipes. José vivió en la corte del faraón, de quien se dice en un Salmo [104,21] que lo hizo señor de su casa y gobernador de todas sus posesiones. Moisés fue criado en la casa de la hija del faraón, y allí fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios (Hch 7,10). El profeta Natán se cuenta entre los ‘familiares’ de David y de Salomón. Daniel, en la corte del rey de Babilonia, fue hecho príncipe sobre todas las provincias de Babilonia. Pidió y obtuvo del rey que pusiera sobre los negocios de las provincias de Babilonia a Sidrac, Misac y Abdénago. Y Daniel mismo estaba en la corte del rey (Dan 2,48-49). Y la Glosa dice: No se separó del lado del rey y honrado como un familiar. Nehemías fue copero del rey de los Persas (Neh 1,11). Mardoqueo fue hecho príncipe en la corte del rey Asuero (Est 8,19).

En el Nuevo Testamento se dice de algunos santos que moraron en palacios de reyes. Por eso Pablo dice: Os saludan todos los santos, especialmente los de la casa del César (Flp 4,22). De Sebastián se dice que estaba entre los primeros en la corte de Diocleciano. De manera semejante Juan y Pablo estaban entre los ‘familiares’ de Constantino Augusto. Y Gregorio refiere que, morando en palacio terreno, se ejercitaba en vigilias, de modo que muchos hermanos que están en el monasterio, unidos a él con genuina caridad, lo siguieron. Por tanto no es ilícito, ni para varones perfectos ni para religiosos, morar en la corte de reyes.

Para esclarecer la controversia, se ha de tener en cuenta que los santos o buscan algo para sí mismos o lo buscan para los demás. Para sí mismos piden vivir siempre unidos a Cristo por la contemplación, sea en este mundo, según la medida que la fragilidad humana permite, sea en la futura donde lo contemplarán en toda plenitud. Por atender a otros, a veces, se ven obligados a alejarse de la apetecida contemplación y a meterse en las agitaciones de la acción. Así, pues, su deseo está en la quietud de la contemplación; sin embargo, por el bien del prójimo, soportan con paciencia el trabajo de la acción. Por esto, Pablo decía: Me siento como forzado entre dos cosas, porque tengo deseo de partir para estar con Cristo; pero el permanecer aquí es necesario para vosotros (Flp 1,23). Gregorio dice también: Para quien ama fuertemente al Esposo hay un solo consuelo, a saber, si en espera de que llegue la visión, presta, con sus palabras, un servicio a los demás y los enciende en llamas de amor al Esposo celestial. Por razón de esta necesidad es conveniente, a veces, que los santos se lancen a encontrarse con las multitudes o que busquen el favor y la compañía de los magnates no con la mira puesta en interés o poder humano, sino para atraer mayor número al camino de la salvación. Es lo que dice Agustín: Quienes son conocidos de muchos, gozan de autoridad ante muchos y van delante de muchos que los han de seguir. Porque, como él dice allí mismo, un poco después, el enemigo sufre mayor derrota cuando se trata de aquel a quien tiene más sujeto y de aquello con que sujeta a mayor número. Ahora bien, a los soberbios los sujeta más por apego a la nobleza y, entre éstos, a mayor número por apego a la autoridad. Así, pues, los santos, urgidos por la caridad hacia los nobles y hacia quienes tienen autoridad, buscan su compañía, a fin de que por medio de ellos puedan beneficiar a un mayor número en orden a la salvación; y, si no hicieran esto, justamente merecerían ser reprendidos. Por esto mismo dice Gregorio: Quien tiene el ministerio de servir al prójimo, ¿cómo podría brillar para utilidad de los demás si da preferencia a su propio gusto de vivir en secreto? Muévale el Unigénito del Padre sempiterno que salió del seno del Padre para hacer vida pública entre nosotros. Ahora, después de todo esto, es fácil responder a las dificultades.

[Respuesta a los argumentos de la impugnación]

Lo relativo a quienes visten vestidos lujosos (Mt 11,8), manifiestamente se entiende de quienes viven en la corte de los reyes para satisfacer allí sus placeres.

De manera semejante, la Glosa de ‘no a los ociosos’ sobre Lc 9,11 se refiere a quienes, asentados en la ciudad o en la dignidad secular, tienen en ella su descanso. Los santos, por el contrario, descansan sólo en Dios y en él están de asiento. El hecho de que a veces tengan que morar en casa de dignatarios o mezclarse con la multitud, más bien lo consideran trabajo que descanso.

El ‘huye de las multitudes’, de Jerónimo, se refiere a quienes tienen el gusto de vivir entre la multitud, con lo que ésta lleva consigo, no para producir fruto de salvación, sino para su propio deleite. Lo cual es evidente por lo que añade: como si huyeras de las cadenas del placer.

Lo que dice Boecio acerca de quienes ‘se gozan con el poder’, es manifiestamente verdadero. Pero el hecho de que quienes ponen su gloria en el poder tratan de juntarse con los poderosos, no implica que, a la inversa, todos los que se acercan a los poderosos pongan su gozo en el poder. Esto puede obedecer a otros motivos, como quedó dicho.

De manera semejante, aunque el predicar a la multitud sea honroso, los santos no buscan con ello una gloria suya, sino la de Dios, imitando a aquel que dijo: No busco mi gloria, sino la de aquel que me envió (Jn 7,17-18).

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