Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 19: La condición de las sustancias espirituales

CAPÍTULO 19

La condición de las sustancias espirituales

Después de lo dicho debemos considerar qué es lo que se ha de sostener sobre la condición de las sustancias espirituales según la sentencia de la doctrina católica.

Hubo, en efecto, quienes pensaron que los ángeles son corpóreos o compuestos de materia y forma. Y esto es lo que parece que sostuvo Orígenes en el libro I del Peri archon, donde dice: Sólo a Dios, es decir, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, le compete por su propia naturaleza ser considerado como existente sin sustancia material y sin consorcio de aditamento corpóreo.

Y para considerar corpóreos a los ángeles pudieron verse movidos por expresiones de la Escritura que parecen atribuirles ciertas condiciones corpóreas, como situarlos en un lugar corporal, según aquello de Mateo 18,10: Sus ángeles siempre ven en el cielo la cara de mi Padre que está en los cielos; o afirmar que se mueven, según lo de Isaías: Voló hacia mí uno de los serafines (6,6); y lo que es más significativo, los describe con figura corporal, como se dice en el mismo lugar acerca de los serafines: Uno, seis alas y el otro, seis alas; y de Gabriel se dice en Daniel: He aquí un varón vestido de lino, ceñida su cintura con cinturón de oro acendrado, cuyo cuerpo es como el topacio (10,5), y lo demás que a este respecto se dice en el mismo libro.

Y sobre que los ángeles, aunque no sean corpóreos, están compuestos de forma y materia, ya hemos visto arriba en qué razones tratan de apoyarlo.

Pero que los ángeles son incorpóreos se prueba por la autoridad de la Escritura canónica, que les llama espíritus. Lo dicen los Salmos: Que hace a sus ángeles espíritus (Sal 103,4). Y el Apóstol, cuando en su carta a los Hebreos dice hablando de los ángeles: Todos son espíritus administradores, enviados a servir a quienes han de recibir la herencia de la salvación (1,14). Pero la Escritura acostumbra a designar con el nombre de espíritu algo incorpóreo, según aquello de Juan: Dios es espíritu, y quienes adoran a Dios deben hacerlo en espíritu y verdad (4,24). E Isaías: El egipcio es un hombre y no un dios, y sus caballos son carne y no espíritu (31,3). Síguese, pues, que según la doctrina de la Escritura los ángeles son incorpóreos.

Pero si alguien quiere ahondar más en las palabras de la Sagrada Escritura, encontrará también en ellas que [los ángeles] son inmateriales. Porque la Escritura les llama ciertas virtudes. Y así se dice en los Salmos: Bendecid al Señor todos sus ángeles, para añadir enseguida: Bendecid al Señor todas sus virtudes (Sal 102,20s). Y en Lucas se dice: Las virtudes de los cielos se conmoverán (21,26). Y esto lo interpretan todos los doctores como referido a los santos ángeles, pues lo que es material, no es virtud, sino que tiene virtud; como tampoco es esencia sino que tiene esencia, y de ésta es de la que brota la virtud. Pero el hombre no es su humanidad ni su virtud, y lo mismo pasa con todos los compuestos de materia y forma. Concluimos, pues, que según la intención de la Escritura los ángeles son inmateriales.

Ahora bien, estas dos cosas son expresamente avaladas por Dionisio en el capítulo IV del De divinis nominibus, donde, hablando de los ángeles, dice que las sustancias intelectuales están limpias de todo lo que es corrupción y muerte y materia y generación, y son conceptuadas como incorporales e inmateriales. Y también en el primer capítulo del De caelesti hierarchia dice que la divina disposición nos manifestó la variedad de las inmateriales jerarquías angélicas mediante figuras materiales. Y en el capítulo II del mismo libro se pregunta por qué los santos doctores, al tratar de dar forma corporal a los seres incorporales –es decir, a los ángeles– no los representaron mediante figuras preciosísimas, sino que adornaron con figuras terrenas las sustancias inmateriales y las simplicidades deiformes. De todo lo cual se infiere que según la sentencia de Dionisio los ángeles son sustancias inmateriales y simples. Lo cual consta además porque con frecuencia les llama entendimientos celestes o mentes divinas. Siendo así que el entendimiento y la mente son algo incorpóreo e inmaterial, como prueba el Filósofo en el libro III Del alma.

También San Agustín afirma en el libro II del Super Genesim ad litteram que el primer día, en que fue hecha la luz, con ese nombre se designaba la condición espiritual e intelectual a cuya naturaleza pertenecen todos los santos ángeles y poderes. El Damasceno dice también que el ángel es una sustancia intelectual e incorpórea, pero suscita duda lo que añade después: Se llama incorpóreo e inmaterial con relación a nosotros, aunque en comparación con Dios todo resulta ser basto y material. Observación oportuna para que no se piense que el ángel por su incorporeidad e inmaterialidad iguala la simplicidad divina.

En cuanto a las figuras y formas corporales que en la Sagrada Escritura se atribuyen a veces a los ángeles, hay que entenderlas con cierta aproximación. Porque, como dice Dionisio en el capítulo I del De caelesti hierarchia, que nuestra mente no es capaz de elevarse a la representación y contemplación inmaterial de las celestes jerarquías, sin servirse de alguna ayuda material. Como también acerca de Dios la Escritura nos dice muchas cosas por medio de semejanzas. Por eso Dionisio en el capítulo XV del De caelesti hierarchia expone qué significación espiritual se ha de dar a todas estas figuras corporales.

Y afirma que a los ángeles no sólo se les aplican alegóricamente estas formas corpóreas, sino también afecciones propias del apetito sensitivo, para dar a entender que los ángeles no solamente no son cuerpos, sino que tampoco son espíritus unidos a cuerpos, que se desenvuelvan por medio de la sensación, como si tuvieran operaciones propias del alma sensitiva. Y así dice en el capítulo II del De caelesti hierarchia que la ira se genera en los irracionales por un movimiento pasional, mientras que en los ángeles la actitud airada es un exponente de su racionalidad viril. Y de la misma manera afirma que la concupiscencia en ellos significa el amor divino. Sobre lo cual observa muy oportunamente San Agustín en el libro IX del De civitate Dei que los santos ángeles castigan sin ira a los que encuentran que deben ser castigados según la eterna ley de Dios; y que socorren a los miserables sin conmoverse por la miseria; que socorren a los amigos que se encuentran en peligro sin sentir temor; de modo que los nombres de estas pasiones se les aplican también a ellos como es habitual en el lenguaje humano, por razón de cierta semejanza en las obras, y no porque estén sujetos a la debilidad de las afecciones.

Sobre lo que se dice que los ángeles están en el cielo o en algunos otros lugares corpóreos, no se ha de entender en el sentido de que se encuentren ahí de modo corporal, es decir, mediante el contacto de su cantidad dimensiva, sino de modo espiritual, mediante cierto contacto virtual. El lugar propio de los ángeles es espiritual, de acuerdo con lo que dice Dionisio en el capítulo V del De divinis nominibus, de que las sustancias espirituales supremas se encuentran colocadas en el vestíbulo de la Trinidad. Y Basilio dice en el libro II del Hexameron que se hallan en la luz y en el gozo espiritual. A su vez afirma Gregorio de Nisa en el libro De homine que los seres inteligibles se encuentran en lugares inteligibles, puesto que o están en sí mismos o en inteligibles superiores. Porque cuando se dice que algo intelectual se encuentra en un cuerpo localmente, no quiere decir que esté allí como en un lugar corpóreo, sino mediante una relación, como cuando decimos que Dios está en nosotros. Y poco después añade: Así pues, cuando un inteligible se encuentra como en un lugar por su relación con un lugar o con una cosa, decimos abusivamente que está allí donde obra, tomando como lugar lo que es sólo una relación. Cuando debiéramos decir ‘está obrando allí’, decimos ‘está allí’. De acuerdo con esto precisaba el Damasceno que el ángel está allí donde obra. Y también San Agustín en el libro VIII del Super Genesim ad litteram: El Espíritu creador mueve al espíritu creado en el tiempo pero sin lugar; mueve en cambio el cuerpo creado en tiempo y lugar.

Con todo lo cual se da a entender que los ángeles no están en un lugar de modo corporal sino según cierto modo espiritual. Y, puesto que moverse en un lugar es correlativo al modo de estar en un lugar, síguese que los ángeles tampoco se mueven en un lugar de manera corporal, sino que el movimiento de los mismos, del que hablan las Escrituras, si se refiere a un lugar corporal, debe entenderse en el sentido de una sucesión de contactos virtuales en distintos lugares, o bien, de acuerdo con una versión mística, como la que ofrece Dionisio en el capítulo IV del De divinis nominibus: Se dice que las mentes divinas se mueven circularmente cuando están unidas por la iluminación de lo bello y lo bueno; en línea recta cuando proceden a la provisión de sus inferiores; y con movimiento en espiral cuando proveen a los menos dotados mientras permanecen en su inamovible estado cerca de Dios.

Con todo lo cual queda claro qué es lo que los santos doctores enseñaron acerca de la condición de las sustancias espirituales, es decir, de los ángeles, al sostener que son incorpóreos e inmateriales.

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