Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 2: A un religioso, ¿le es lícito enseñar?

CAPÍTULO 2

A un religioso, ¿le es lícito enseñar?

De muchas maneras intentan suprimir la enseñanza de los religiosos; es decir, ponen empeño en que no puedan enseñar.

En primer lugar alegan la autoridad del Señor que en Mt 23,8 dice: Vosotros no os hagáis llamar maestro. Es, según dicen, un consejo que debe ser cumplido por los perfectos. Ahora bien, los religiosos, puesto que todos profesan perfección, deben renunciar al magisterio.

Se basan también en Jerónimo en carta contra Vigilancio. Es una carta que tiene desarrollos en el Decreto. Es oficio del monje no enseñar, sino llorar. La vida del monje se define por palabra de sumisión y de discipulado, no por la de enseñar, o de presidir, o de apacentar a otros. Por este motivo, dado que los canónigos regulares y otros religiosos se rigen por el derecho de los monjes, se sigue que a ningún religioso le es lícito enseñar.

En relación con lo mismo, añaden que enseñar es contrario al voto de religión. Por el voto de religión se renuncia al mundo. Ahora bien, todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida que significan, respectivamente, deleites, riquezas, honores. Arguyen diciendo que ejercer el magisterio es un honor y se basan en una Glosa acerca de Mt 4,5 [lo colocó en el pináculo del templo etc.], la cual dice: En Palestina las cubiertas de los edificios eran planas por encima, y allí estaba la cátedra desde donde los doctores hablaban; allí el diablo se adueñó de muchos infatuados por la vanagloria y el honor. Por lo cual concluyen que enseñar es contrario al voto de religión.

Los religiosos están obligados a humildad perfecta lo mismo que a la pobreza perfecta. Ahora bien, de tal modo están obligados a la pobreza que no les está permitido poseer cosa alguna como propia. Por consiguiente deben practicar la humildad de tal manera que no gocen de honor alguno. Como quedó demostrado, el magisterio es un honor. Por consiguiente, el magisterio no les está permitido.

Dionisio hace distinción ternaria de nuestra jerarquía. Hay acciones sagradas, hay quienes las comunican y hay quienes las reciben. Las acciones sagradas son purgar, iluminar, perfeccionar. Para quienes comunican las acciones divinas se hacen tres grupos. Los agentes de purgación, cosa que pertenece a los diáconos; los que iluminan, y éstos son los sacerdotes; los que dan la perfección, o sea, los obispos. Para los receptores de dichas acciones hay tres grupos: los ‘impuros’ que reciben purgación de los diáconos; el pueblo sagrado que recibe de los sacerdotes el servicio de iluminación; el de los monjes, que pertenecen a un nivel más alto y son conducidos a perfección por los obispos. Queda, pues, claro que a los monjes no les incumbe el ministerio de comunicar a otros las cosas sagradas, sino que deben recibirlas. Ahora bien, quien instruye a otros en las cosas sagradas las comunica. Por consiguiente el monje no debe enseñar.

La tarea escolar está más distante de la vida monástica que la eclesial. Ahora bien, está dicho lo siguiente: Nadie puede desempeñar oficios eclesiásticos y mantener correctamente la disciplina de la regla monástica. Por consiguiente, mucho menos podrá el monje dedicarse a las tareas escolares, sean las de enseñar, sean las de oír.

Añaden todavía que es contrario a la enseñanza del Apóstol, que en 2 Cor 10,13 dice: Nosotros no nos gloriamos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida. Acerca del pasaje dice la Glosa: Usamos de aquel grado de poder que ha sido concedido por el autor, sin salirnos ni de la medida ni del modo. Dicen que cualquier religioso que rebasa lo que le ha sido concedido por el autor de su regla se sale de su medida y entra en oposición con la enseñanza del Apóstol. Ninguna religión [ningún instituto religioso] en sus comienzos tuvo maestros. Por consiguiente ningún religioso puede ser promovido lícitamente al magisterio.

[Nueva serie de argumentos]

También, incluso cuando no pueden impedir totalmente la enseñanza de los religiosos, se esfuerzan al menos en recortarla diciendo que en una comunidad de religiosos no debe haber dos doctores, alegando lo que dice Sant 3,1: Hermanos, no os hagáis maestros muchos de vosotros. A este propósito la Glosa comenta así: En una sola Iglesia no seáis muchos los que deseáis ser maestros. Ahora bien, una comunidad de religiosos es una Iglesia. Por lo tanto en una comunidad de religiosos no debe haber varios maestros.

De carta de Jerónimo al monje Rústico toman unas palabras que se pasaron al Decreto. Entre las abejas hay una sola reina; las grullas siguen a una sola en perfecto orden y un poco después: En la nave hay un solo piloto, en la casa un solo señor. Por consiguiente, en una comunidad religiosa no debe haber más que un solo maestro.

Dado que hay muchas comunidades de religiosos, si una comunidad tuviera más de un doctor, los religiosos docentes se multiplicarían tanto que los maestros seculares quedarían excluidos a causa del escaso número de oyentes [de alumnos]; y esto ha de ser tenido en cuenta principalmente cuando se requiere que en un solo estudio haya determinado número de maestros seculares para que la sagrada doctrina no caiga en descrédito por la multitud de docentes.

Los partidarios de este error siguen caminos semejantes a los de quienes defendieron los primeros. Como quienes difunden el error no pueden permanecer en el justo medio de la verdad, cuando quieren evitar un error, caen en el contrario: como en el caso de que, para evitar el error de dividir [en Dios] la naturaleza, que fue el error de Arrio, se cae en la confusión de personas, a la manera de Sabelio, según palabras de Agustín. De modo semejante, Eutiques, para evitar la distinción de personas en Cristo introducida por Nestorio, puso mezcla de las naturalezas, como dice Boecio. Lo mismo se puede comprobar en Pelagio, en el Maniqueo y en otros muchos herejes. Por ello la 2 Tim 3,8 habla de hombres perversos con mentalidad corrompida respecto de la fe. La Glosa comenta: Acerca de la fe y, sin embargo, nunca dentro de la fe. Los impíos dan vueltas por la cerca, incapaces de mantenerse en el centro.

En el pasado existió el error de algunos religiosos llenos de presunción; por el solo hecho de ser monjes, usurpaban por su cuenta el oficio de enseñar. Con esto la Iglesia sufría perturbación y se perdía la paz. Acerca de esta situación, se lee: Algunos monjes, sin tener misión alguna otorgada por el propio obispo, vienen a la ciudad de Constantinopla y ocasionan perturbación de la paz eclesial. De ello se habla más por extenso en la historia eclesiástica. Los santos padres, con razones y con decretos, trataron de reprimir aquella presunción. De sus expresiones abusan algunos perversos personajes de nuestro tiempo que, siendo ignorantes y volubles, deforman lo que aquellos padres explicaron: a ejemplo de quienes deforman las Escrituras para su propia perdición, como se dice en 2 Pe 3,16. Esos hombres perversos llegan al extremo de decir que al religioso no le es lícito ejercer ni recibir el oficio de enseñar, y que este oficio no se le debe encomendar. En primer lugar mostraremos que esto es falso, y después daremos respuesta a sus argumentos.

En primer lugar, vengamos a la autoridad de Jerónimo cuando escribe a Rústico, diciendo: De tal manera vive en el monasterio que merezcas ser clérigo. Durante largo tiempo ocúpate en aprender para que después seas capaz de enseñar. Al mismo en el capítulo siguiente: Si te atrae el deseo de la clericatura, aprende lo que deberás enseñar. De todo lo cual se deduce que los monjes pueden recibir el encargo de enseñar.

Esto mismo se pone de manifiesto por el ejemplo de los santos que, practicando vida religiosa, ejercieron la enseñanza. Es el caso, por ejemplo, de Gregorio Nacianceno que, siendo monje, fue llevado a Constantinopla para enseñar Sagrada Escritura: como refiere la historia eclesiástica. Lo mismo hizo el Damasceno, el cual, siendo monje, enseñó a los escolares no solamente Sagrada Escritura, sino también artes liberales, como consta por el libro De miraculis beatae Virginis. Jerónimo también, en el Prólogo de la Biblia, aunque era monje, promete al monje Paulino la enseñanza de la Sagrada Escritura, o sea, que él se la enseñará; y al mencionado monje lo exhorta al estudio de la Sagrada Escritura. De Agustín se lee también: Con posterioridad instituyó un monasterio en el cual comenzó a vivir de acuerdo con una regla compuesta a la luz de los santos apóstoles, dedicándose a escribir libros y a instruir a los indoctos”. Esto mismo es evidente en otros doctores de la Iglesia, como Gregorio, Basilio, Crisóstomo y otros muchos, los cuales fueron religiosos y doctores principales de la Iglesia.

Es fácil mostrar esto mismo también con razones. La doctrina de la Sagrada Escritura tiene su comprobación en las obras. En Hch 1,1 se dice: Jesús empezó a hacer y a enseñar. La Glosa comenta: Habiendo comenzado por hacer y enseñar, señaló la característica del buen doctor, el cual debe practicar lo que enseña. Ahora bien, la doctrina evangélica contiene no sólo preceptos, sino también consejos. Por tanto es conveniente en sumo grado que enseñe la doctrina evangélica quien guarda no solamente los preceptos, sino también los consejos: como es el caso de los religiosos.

Quien muere a un modo de vida, ya no practica las obras de aquella vida; y quien comienza a vivir una determinada vida, se hacen sumamente apropiadas para él las obras que corresponden a esa vida. Por lo cual Dionisio en el capítulo segundo de la Ecclesiastica hierarchia explica que el no bautizado no puede realizar las acciones divinas, pues, como él mismo dice, es necesario primero existir y después actuar. Ahora bien, el religioso por el voto de religión muere al mundo y vive para Dios. Así, pues, por el hecho de ser religioso, le quedan prohibidas las acciones del campo secular, pero no las acciones divinas, o sea, las que requieren que el hombre viva en Dios. De este género es la alabanza divina que se practica mediante la enseñanza. Dice el Salmo: No te alabarán, Señor, los muertos, sino nosotros los que vivimos etc. Así, pues, los religiosos, en virtud del voto de religión, no quedan excluidos del ministerio de la enseñanza.

Son sumamente idóneos para enseñar aquellos que pueden captar los misterios divinos principalmente por medio de la contemplación. Es el motivo por el cual Gregorio dice: En la quietud de la contemplación absorban lo que han de trasvasar cuando estén ocupados en el trato con el prójimo..

Es ridículo decir que alguien deba ser excluido de la enseñanza a causa de aquello que le permite vivir en mayor quietud para dedicarse al estudio y a la enseñanza: como sería ridículo que a alguien se le prohibiese correr por haberse desprendido de lo que dificultaba la carrera. Ahora bien, los religiosos, mediante el triple voto, abandonaron aquellas cosas que causan la mayor inquietud de ánimo: como resulta evidente después de lo dicho. A ellos, por tanto, les compete en sumo grado el ministerio de estudiar y de enseñar. En relación con Eclo 38,25, dice la Glosa: La Sabiduría, la del escriba, apréndela en las tablas del corazón; cuando no hay trabajos que atender y los asuntos son pocos, se ganará sabiduría.

A los pobres de Cristo es sumamente apropiado el conocimiento de las Escrituras, como dice Jerónimo en el prólogo a las cuestiones hebreas Super Genesim que dice: Así como nosotros, humildes y pobres, ni tenemos riquezas, ni aceptamos recibir las que nos son ofrecidas, así también sepan ellos que el conocimiento de las Escrituras, o sea, las riquezas de Cristo, no pueden poseerlas juntamente con las del mundo. La enseñanza compete principalmente a quienes poseen conocimiento de las Escrituras. Así, pues, a los religiosos, por hacer profesión de pobreza, les compete muy especialmente el ministerio de enseñar.

Como ya se dijo anteriormente, para cualquier obra de misericordia puede ser instituida una religión. Ahora bien, enseñar es obra de misericordia; por eso pertenece al número de las limosnas espirituales. Es posible, por tanto, la institución de una religión para dedicarse a la enseñanza.

La milicia corporal, la que se practica con armas corporales, dista del designio religioso más que la milicia espiritual, la que usa armas espirituales, es decir, la que se sirve de los documentos sagrados [de la Sagrada Escritura] para rebatir errores, de acuerdo con lo que se dice en 2 Cor 10,4: Las armas de nuestra milicia no son de orden corporal etc. Ahora bien, existen religiones instituidas con la finalidad providencial de ponerse militarmente a la defensa de la Iglesia y protegerla frente a enemigos [que usan armas] corporales, aunque no falten a la Iglesia príncipes seculares que por oficio deben defenderla. Por lo tanto ha sido también saludable el instituir algunas religiones para enseñar, para que así, por medio de su enseñanza, la Iglesia sea defendida de enemigos, aunque haya también otros a quienes incumbe defender a la Iglesia de esta manera.

El que es idóneo para ser asumido a un ministerio más alto en el cual está incluido otro debe ser considerado idóneo para ser asumido a un ministerio de grado inferior que está incluido en el superior. Ahora bien, el religioso, aunque su religión no haya sido instituida para enseñar, puede ser asumido al oficio de prelación [al episcopado], como consta por múltiples documentos. Ahora bien, el oficio de prelación es superior al de doctor, que es el que ejercen los maestros en sus enseñanzas escolares. Este ministerio de prelación tiene también anejo el de la enseñanza. Por lo tanto no puede ser considerado un desacierto que el monje, con autorización de aquel a quien corresponda, sea asumido para el susodicho ministerio de enseñanza.

Los bienes menores pueden ser dados de lado en atención a otros mayores, como dice la Glosa en relación con Lc 9,60, donde se lee: Tú vete y anuncia el reino de Dios. El bien común es superior al privado. Ahora bien, el monje, en el monasterio, manteniendo el orden que le corresponde, se ocupa de un bien privado, es decir, de su propia salvación; en cambio el oficio de enseñar con él la instrucción llega a muchos, redunda en el bien común de toda la Iglesia. Por tanto, no hay inconveniente alguno en que el monje viva fuera del claustro, cuando es asumido para el oficio de enseñar, previa licencia de quien deba darla.

No es admisible que esto se haga solamente, como algunos pretenden, cuando urge una necesidad, la cual en este momento no aparece, porque hay maestros seculares en número holgadamente suficiente. El punto de partida es que, en relación con el bien común, no basta procurarlo de algún modo; hay que procurarlo del mejor modo posible. Cuanto mayor sea el número de docentes, tanto más se acrecienta para muchos el bien de la enseñanza. Porque a uno se le hace conocido lo que no lo es para otro. Por lo cual en Sab 6,36 se lee: La multitud de sabios es salud para el orbe de la tierra. A impulsos de ese celo Moisés, en Núm 11,39, dijo: ¿Quién hiciera que el pueblo entero profetizase? La Glosa lo comenta diciendo: El predicador fiel desea que, si es posible, la verdad que él solo no es capaz de proponer, sea proclamada por boca de muchos. Y un poco más adelante añade: Aquel quiso que todos profetizasen que no poseyó con envidia el propio bien.

A uno mismo pertenece instruir de palabra a los presentes y por escrito a los ausentes. Por lo cual en 2 Cor 10,11, el Apóstol dice: Lo que somos de palabra por carta, estando ausentes, lo seremos al estar presentes. Ahora bien, nadie duda de que todos los armarios están llenos de obras o de libros que los religiosos escribieron para instrucción de la Iglesia. Luego pueden también enseñar de palabra estando presentes.

[Respuesta a los argumentos] Los argumentos en contrario son fáciles de resolver.

De muchas maneras se puede comprobar que es falso lo afirmado en primer término, o sea, que el Señor haya aconsejado evitar el magisterio. Aquello que en los consejos es supererogación tiene premio eminente. El pasaje de Lucas (10,35) lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta es aplicado por la Glosa a la supererogación de los consejos. Por tanto no puede caer bajo consejo la renuncia a actos merecedores de premio distinguido. A los Doctores les es debido premio de distinción como a las vírgenes, o sea, la aureola. Respecto de Dan 12,3 quienes enseñan la justicia a muchos serán como estrellas por toda la eternidad dice la Glosa que la enseñanza puede ser impartida de palabra o con el ejemplo. Así como no se podría decir que evitar la virginidad o el martirio cae bajo consejo, tampoco se puede afirmar que esté aconsejada la renuncia a la enseñanza.

Un consejo no puede recaer sobre lo que es contrario a un precepto o consejo. Ahora bien, el enseñar cae bajo precepto y bajo consejo. Se ve esto por Mt 28,19: Id y enseñad a todas las gentes etc. y Gál 6,1: Vosotros, que sois espirituales, instruid a los tales con espíritu de mansedumbre. No puede, por tanto, existir consejo de renuncia a la enseñanza.

El Señor quiso que los consejos propuestos por él mismo o de manera inmediata fuesen observados por los apóstoles, para que con su ejemplo, otros recibiesen estímulo para guardarlos. Por lo cual Pablo, al proponer el consejo de virginidad, dice en 1 Cor 7,7: Quiero que todos sean como yo. Pero la práctica de esto que llaman consejo, o sea, la renuncia a la enseñanza, no era aplicable a los apóstoles, puesto que ellos eran enviados para enseñar al mundo entero. Por consiguiente, la renuncia a la enseñanza no puede caer bajo consejo. Tampoco se puede afirmar que el consejo recaiga sobre renuncia a lo que da solemnidad a la enseñanza; estas solemnidades no nacen de orgullo, porque, en ese caso, deberían ser evitadas por todos, puesto que el evitar el orgullo es un deber para todos. Todo eso está ordenado a mostrar la importancia del oficio. Por consiguiente, así como no hay mengua de perfección porque el sacerdote tenga un asiento superior al del diácono o use ornamentos de seda, tampoco hay oposición alguna contra la perfección por el hecho de que alguien use las insignias de maestro. A propósito de las palabras de Mt 23,6 buscan los primeros asientos dice la Glosa: No prohíbe a los maestros ocupar los primeros asientos, sino que les reprende de que, ténganlos o no, los apetecen indebidamente.

Más ridículo aún es decir que, si bien no hay consejo de renuncia a la enseñanza, lo hay de renuncia al título de maestro. No cabe dar ni precepto ni consejo sobre aquello que no está en nuestra mano, sino en la de otro. Nosotros podemos enseñar o no enseñar, acerca de lo cual no hay consejos, como quedó demostrado. Pero el ser llamados doctores o maestros, no depende de nosotros, sino de aquellos que nos nombran. Por consiguiente no puede caer bajo consejo el que no seamos llamados maestros. Además, dado que los nombres han sido elegidos para significar las realidades, carece de sentido decir que está prohibido el nombre cuando para la realidad no hay prohibición alguna.

La guarda de los consejos afecta sobre todo a los apóstoles, a través de los cuales llega a los demás. Ellos muestran que sobre el título de maestro no cae prohibición alguna, porque son ellos quienes se proclaman doctores y maestros. El apóstol Pablo lo repite: En Cristo Jesús, que digo la verdad y no miento: soy doctor de los gentiles en la fe y en la verdad (1 Tim 2,7). En orden al evangelio he sido constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles (2 Tim 1,11). En definitiva queda claro que cuando el Señor dice no os hagáis llamar maestros, no da un consejo, sino que impone un precepto vinculante para todos. No prohíbe ni la enseñanza ni el título de magisterio; prohíbe la ambición de magisterio. Por eso, cuando añade no os hagáis llamar maestros, la Glosa aclara: No tengáis apetencia de ser llamados. Tampoco reprime cualquier tipo de apetencia, sino la desordenada, como se ve por la Glosa alegada y porque previamente había hecho notar que se refería a la desordenada apetencia de los fariseos: Buscan los primeros asientos, etc.

Puede también entenderse de otro modo, según la Glosa y como la misma letra lo permite. El Señor prohíbe juntamente el título de padre y el de maestro por esta razón: porque nuestro padre es uno solo que está en los cielos y porque nuestro único maestro es Cristo. La Glosa comenta esto diciendo: El padre y el maestro lo son por naturaleza; el hombre es padre por concesión y maestro por ministerio. Así, pues, el Señor prohíbe que el poder de vida natural o espiritual o también el de la sabiduría sea atribuido a hombre alguno. Por lo cual la Glosa acerca de no os hagáis llamar maestros da el comentario siguiente: No tengáis la presunción de que os pertenezca lo que es debido a Dios; y no llaméis maestro a otros para no ofrecer a hombres el honor divino. En otra Glosa se dice que ha de ser llamado padre como señal de respeto a la edad, no para que sea tenido por autor de la vida; maestro por la unión con el maestro verdadero que como mensajero suyo sea honrado en atención a la misión que se le da. Por tanto queda claro que el Señor no dio verdadera prohibición, ni por precepto ni por consejo, respecto al nombre de padre y de maestro. De otro modo, ¿cómo los santos padres habrían soportado que quienes presiden en los monasterios fuesen llamados abades, o sea, padres? ¿Cómo el vicario de Cristo, que debe ser modelo de toda perfección, sería llamado papa, es decir, padre? Agustín y Jerónimo frecuentemente llaman papas, padres, a los obispos a quienes escriben. Sería, por tanto, una grandísima necedad pretender que, cuando el Señor dijo: No os hagáis llamar maestros, dio un consejo.

Dado que sea consejo, no se sigue que todos los perfectos estén obligados a él. Quien profesa estado de perfección no queda obligado a todos los consejos, sino solamente a aquellos a los cuales se vincula con voto. De no ser así, los otros apóstoles, por encontrarse en estado de perfección, habrían debido practicar la supererogación de Pablo consistente en no recibir estipendios de las Iglesias a las cuales predicaban. Puesto que no cumplían esto, como se colige de 1 Cor 9,13, pecaban. Se crearía confusión, si todas las religiones estuviesen obligadas a toda obra de supererogación y a todos los consejos; lo que una añadiese sería vinculante para todas, por lo cual, entre ellas, no habría ninguna distinción: lo cual es un inconveniente. Por lo tanto, los perfectos no están obligados a todos los consejos sino solamente a aquellos con los cuales se vinculan.

La segunda objeción que ponen, o sea que el oficio del monje es no enseñar, sino llorar, no les presta servicio alguno. Allí Jerónimo habla de lo que compete al monje, por ser monje, y que se concreta en hacer penitencia, no en enseñar, como pretendían aquellos monjes los cuales por serlo, se consideraban autorizados para enseñar. O quiere mostrar que el hecho de ser monje no obliga a enseñar: que es lo que Jerónimo dice en la carta contra Vigilancio. Pero de que el monje no tenga oficio de enseñar no se sigue que no pueda recibirlo: como tampoco se sigue que el subdiácono, por no tener como ministerio la lectura del evangelio, no pueda ser encargado de leerlo. Esto es lo que dice Graciano: Jerónimo quiso distinguir entre la persona del monje y la persona del clérigo, mostrando qué es lo que compete a cada uno en razón de su propio oficio. Una cosa es lo que a uno compete en cuanto monje y otra lo que le compete por ser clérigo. Por ser monje, debe llorar sus propios pecados y los ajenos; por clérigo tiene oficio de enseñar y de apacentar. Con esto se aclara la comprensión de otro capítulo antes indicado. Es evidente que Graciano en aquella cuestión se refiere a la doctrina en cuanto propuesta por la predicación de los prelados, no a la enseñanza escolar, de la cual los prelados no se ocupan gran cosa. Por lo cual esta objeción se funda en un equívoco.

Dado que a los monjes no les corresponda enseñar, no se sigue que tampoco corresponda a los canónigos regulares, los cuales se cuentan entre los clérigos. De ellos dice Agustín en el sermón acerca de la vida común de los clérigos: Quien haya tenido bienes o quiera tenerlos y vivir de lo propio, no me basta decirle que no permanecerá conmigo; ni siquiera será clérigo. Por donde se ve que aquellos que se reunían bajo la presidencia de Agustín, sin bienes personales, eran contados entre los clérigos. Aunque Agustín después revocó esta prohibición general de que no fuese clérigo quien no viviese sin propiedades personales, no revocó sin embargo la decisión de que quienes vivían bajo su presidencia sólo pudieran ser clérigos careciendo de bienes. Cuando se objeta que los canónigos regulares y los monjes cuentan para lo mismo, debe ser entendido en relación con las cosas comunes a todas las religiones [institutos religiosos], como vivir sin bienes personales, abstenerse de negocios, de la práctica de la abogacía en juicios o cosas parecidas; de otro modo, podría también sacar la conclusión de que los canónigos regulares están obligados a privarse de vestidos de lino, por el hecho de que los monjes se obligan a ello. Con mucho mayor motivo la enseñanza está permitida a aquellos religiosos cuya religión fue establecida especialmente para esto: aunque a los monjes no estuviera permitido. Algo así como a los templarios se les permite el uso de armas, y no se permite a los monjes.

Decir que el oficio de enseñar se opone al voto de religión es una falsedad manifiesta de múltiples perspectivas. Por el voto de religión los religiosos no renuncian al mundo como si no se les permitiera usar las cosas; renuncian a la vida mundana, o sea, a ocuparse en asuntos del mundo. Ciertamente están en el mundo en cuanto que usan las cosas del mundo; y, a la vez, no están en el mundo, por cuanto viven libres de las dedicaciones mundanas. Por consiguiente no es contrario al voto de religión que algunas se sirvan de riquezas e incluso de cosas deleitables. De lo contrario siempre que tuviesen el deleite de una buena comida pecarían mortalmente: lo cual no se puede admitir. Por consiguiente, tampoco es contrario al voto de religión el que a veces gocen de honores.

Al mundo, en el sentido que allí tiene la palabra, deben renunciar no solamente los religiosos, sino también todos los hombres: lo cual es manifiesto por lo que previamente había dicho Juan: Si alguien ama al mundo, el amor de Dios no está en él, porque todo lo que hay en el mundo, etc. A propósito de ese pasaje dice la Glosa: Todos los amadores del mundo no tienen nada fuera de estas tres cosas, dentro de las cuales están todas las categorías de vicios. Como allí se dice, al mundo pertenecen no las riquezas y las delicias, sin más, sino el desordenado apetito de ellas. De acuerdo con esto, afecta a todos, y no sólo a los religiosos, la prohibición de ambicionar el honor. Lo indica la Glosa al pasaje citado diciendo: Soberbia de la vida es cualquier forma de ambición de lo mundano.

Aun dado que el honor, sin más, pertenezca al mundo, esto no podría decirse de cualquier honor, sino solamente del que consiste en cosas mundanas. No se puede decir que el honor del sacerdocio pertenezca al mundo; tampoco el del magisterio, puesto que la doctrina a la cual acompaña dicho honor pertenece al orden de los bienes espirituales. Por consiguiente, los religiosos así como, por el voto de religión, no renuncian al sacerdocio, tampoco al magisterio.

Es falso que el magisterio sea un honor; es un oficio al cual el honor es debido. Aun dado que los religiosos hubiesen renunciado a cualquier honor, no renunciaron a las cosas merecedoras de honor, porque entonces habrían renunciado a las obras de virtud. Según el Filósofo en la Ética, el honor es premio de la virtud. Nadie tiene deber de renunciar al magisterio, porque el diablo engañe a algunos, envanecidos con el honor del magisterio, como tampoco hay que renunciar a las buenas obras, porque Agustín diga que la soberbia acecha también a las buenas obras para darles muerte.

Es falso decir que los religiosos profesan perfecta humildad. No hacen voto de humildad, sino de obediencia. La humildad no cae bajo voto, como tampoco las otras virtudes; los actos de virtud son necesarios por estar preceptuados; el voto, en cambio, recae sobre algo que depende de la voluntad. Además la perfección de la humildad no puede caer bajo voto, como tampoco la perfección de la caridad, porque la perfección de las virtudes no procede de nuestro libre albedrío, sino de un don de Dios. Pero aun dado que los religiosos estuvieran obligados a la perfecta humildad, no se seguiría de ello que no puedan gozar de algunos honores, aunque no puedan poseer bienes por el hecho de hacer profesión de pobreza total. Poseer bienes se opone a la pobreza, mientras que a la humildad no se opone el disfrute de honores, sino el desordenado enaltecimiento en el disfrute de honores. Por lo cual, como Bernardo dice en el libro De consideratione, no hay piedra preciosa más brillante que la humildad, a saber, en el ornato del sumo pontífice. Así, con aquello que lo hace aparecer más alto ante los otros, con eso mismo, gracias a la humildad, aparece más brillante que ellos y superior a lo que él de suyo es. En Eclo 3,20 se dice: Cuanto mayor eres, humíllate más en todo. ¿Quién se atreverá a decir que Gregorio haya sufrido alguna pérdida de perfección por haber sido elevado a la cima del honor eclesiástico? Además, lo dicho muestra con evidencia que el magisterio no es un honor, y así la susodicha razón carece de valor [penitus nihil valet].

Dionisio presenta a los monjes como distintos en relación con los diáconos, los presbíteros y los obispos. Es, pues, evidente que habla de los monjes, los cuales en tiempo de la Iglesia primitiva no eran clérigos. En efecto, la historia eclesiástica da testimonio de que los monjes no fueron clérigos hasta el tiempo de Eusebio, de Zósimo y de Siricio. Por lo cual, de lo que dice Dionisio, no es posible sacar conclusión alguna en relación con los monjes que son obispos o presbíteros o diáconos. Su argumentación se basa en una errada comprensión de Dionisio. Él llama acciones sagradas a los sacramentos de la Iglesia; el bautismo produce purgación e iluminación, mientras que la confirmación y la eucaristía dan perfección: como se ve por lo que dice en el capítulo IV De ecclesiastica hierarchia. Solamente quienes recibieron las mencionadas órdenes pueden administrar estos sacramentos. Pero la enseñanza escolar no se cuenta entre las acciones sagradas de que habla Dionisio; si no fuera así, nadie que no fuera diácono o sacerdote podría impartir enseñanza escolar. Los monjes clérigos pueden también confeccionar el cuerpo de Cristo, para lo cual solamente los sacerdotes están habilitados. Así, pues, con mayor razón pueden ejercer la enseñanza, para la cual no hay necesidad de orden sagrado.

Se dice también que nadie puede desempeñar los oficios eclesiásticos y permanecer, según su orden, bajo la regla monástica, dificultad que se agrava cuando se trata de oficio escolar. Pero esto ha de entenderse no como referido a lo sustancial de la vida religiosa, lo cual, según se comprueba por las fuentes alegadas, es perfectamente posible a quienes desempeñan oficios eclesiásticos. Ha de ser referido a observancias como el silencio, el tiempo de sueño u otras cosas parecidas. Esto es también evidente por lo que se añade en el capítulo citado, que pide mantener el rigor del monasterio a quienes tienen obligación de desempeñar diariamente oficios eclesiásticos. No hay ningún inconveniente en que se dejen ciertas observancias regulares para que mediante la enseñanza presten servicio de utilidad común. Esto es evidente en aquellos que son asumidos para el oficio de prelación [para ser obispos], máxime teniendo en cuenta que también quienes permanecen en el claustro a veces reciben por algún motivo dispensa de esas mismas cosas. Además hay religiosos que, permaneciendo en sus claustros y guardando el rigor de su orden, se ocupan en la enseñanza escolar que les compete por razón de la institución misma de su orden.

Se sobrepasa más de la medida quien va más allá de lo que le es concedido, como la Glosa dice a propósito de aquel pasaje. Se presupone concedido lo que ninguna ley prohíbe. Por consiguiente, si un religioso hace algo que no le está prohibido por su regla, no se sobrepasa más allá de la medida, aunque la regla no lo mencione como cosa que se ha de hacer; de otro modo no estaría permitido a algunos religiosos que tienen reglas más holgadas asumir prácticas y proyectos de vida más perfecta: cosa contraria a lo que dice Pablo en Flp 3,13, o sea que olvidando las cosas que quedaban atrás, se proyectaba hacia lo de adelante. Además, es evidente que existen religiosos que, en razón de la finalidad de su orden, se dedican a la enseñanza y evidentemente a propósito de ellos la objeción no tiene sentido.

Cuando añaden que en una comunidad de religiosos no ha de haber dos doctores ponen al descubierto un designio injusto. Quedó demostrado que los religiosos no son menos capaces de enseñar que los seculares. Por consiguiente en tema de enseñanza la condición del religioso no debe ser peor que la del secular: como ocurriría en el plan propuesto, según el cual toda una multitud de religiosos no tendría mayor posibilidad de acceso al magisterio que la de un solo secular que individualmente se dedique al estudio, el cual, si aprovecha en el estudio, puede ser promovido al magisterio.

Este proyecto impediría el progreso del estudio entre los religiosos. Al combatiente se le dificultaría el ímpetu para luchar, si fuese retirado el premio de la lucha. Como dice el Filósofo, es entre los más aguerridos luchadores entre quienes los cobardes quedan descalificados y los valientes reciben honor. De modo parecido, para el estudiante sería impedimento en el estudio si se le quitase el magisterio, que viene a ser el premio del estudiante.

Sería como infligir a uno un castigo si, después de haber hecho los progresos [reglamentarios] en el estudio, le fuese negado el magisterio. Por consiguiente, si al religioso se le ponen más impedimentos que a otros para conseguir el magisterio, el religioso estará sometido a castigo por ser religioso. Y esto es castigar a los hombres por el bien [que hacen]: lo cual es una iniquidad.

[Respuesta a la otra serie de argumentos]

La autoridad alegada no afecta a los religiosos en mayor medida que a los seculares. En el Nuevo Testamento es cosa evidente que el nombre de «hermanos» es dado a todos los cristianos; y el concepto de iglesia se aplica a una comunidad de cristianos, cualesquiera que éstos sean. La indicada autoridad no recorta el número de maestros ni a los religiosos ni a los seculares, porque, como dice Agustín, hablamos de muchos maestros cuando enseñan cosas contrarias, mientras que, cuando muchos enseñan una misma cosa, son un solo maestro. Lo que se prohíbe, por tanto, no es la pluralidad de docentes, sino la contrariedad de la doctrina. Y más en consonancia con la letra, lo que prohíbe es asumir para el magisterio a cualquiera, indiferentemente. La Glosa pide que para la enseñanza sean asumidos los discretos y versados en las Escrituras. Y éstos son pocos. Otra Glosa dice que a los no versados en la palabra de la fe [en la S. Escritura], el pasaje citado los aparta del oficio de la palabra para que no pongan impedimento a los verdaderos predicadores. Acaso hable del magisterio que compete a los prelados de las Iglesias [a los obispos]. Se prohíbe que uno ejerza la presidencia en varias iglesias o muchos en una. Una Glosa dice: No apetezcáis ni uno ser maestro en varias Iglesias, ni muchos serlo en una sola Iglesia. Se trata, por tanto, de los prelados; ellos solos son los maestros de las Iglesias. Quien pertenece a una comunidad no es maestro de la iglesia por enseñar, aunque la comunidad a que pertenece sea llamada iglesia.

Los varios maestros pertenecientes a una comunidad no presiden en ella a la manera del piloto en la nave o de la reina entre las abejas.

Donde cada uno preside de ese modo es en su escuela. Por consiguiente, con la autoridad alegada no se prueba lo intentado, sino tan sólo que, en una clase, no pueden ser varios los maestros.

Por el hecho de que en una comunidad de religiosos se multipliquen los maestros, los seculares no quedan excluidos de la enseñanza, aunque las comunidades de religiosos sean muchas. No siempre en cada comunidad religiosa hay muchos que sean idóneos para la enseñanza, como tampoco nadie es impedido por la sola razón de que en una diócesis cualquiera puede haber tantos maestros cuantos son los que merecen serlo por idéntica razón. Y si hay también muchos que sean idóneos, de ambos grupos deberían ser preferidos los más dignos, sean religiosos, sean seculares, sin acepción de personas. La multitud de docentes no hace despreciable la Sagrada Escritura; lo que se requiere es que sean suficientes. El desprecio viene más bien de la insuficiencia, sobre todo si los maestros son pocos. Así, pues, no sería conveniente fijar un determinado número de maestros para no dar ocasión a que quienes son idóneos sean excluidos del magisterio.

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