Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 22: El estado episcopal, aunque más perfecto, no debe ser apetecido

CAPÍTULO 22

El estado episcopal, aunque más perfecto, no debe ser apetecido

El Apóstol dice: Aspirad a los carismas mejores (1 Cor 12,31). Por consiguiente, dado que el estado episcopal es más perfecto que el religioso, debería uno tener mayor deseo de conseguir el estado prelaticio que de entrar en el estado religioso.

Pero quien reflexione con diligente serenidad, se dará cuenta de que el estado religioso puede ser apetecido meritoriamente y que el estado pontifical no es buscado sino con riesgo de ambición. Quien asume el estado religioso, renunciando a sí mismo y a sus cosas, se somete a otros por amor a Cristo. En cambio, el que es promovido al estado pontifical queda honoríficamente sublimado en lo relativo a las realidades cristianas. Ahora bien, la apetencia de lo honorífico parece indicio de presunción, porque el honor y la autoridad son cosas debidas a los mejores.

Por tal motivo dice Agustín: El Apóstol quiso explicar en qué consiste el episcopado. Es nombre o título de trabajo, no de honor. La palabra está tomada del griego y significa que quien está puesto al frente debe estar atento al trabajo, es decir, al servicio de aquellos a quienes preside. `Scopos’, en efecto, significa diligente atención. Por consiguiente, si el `episcopin’ lo hacemos equivalente al verbo latino superintendere’, damos a entender que no es obispo quien desea presidir pero no pone empeño en prestar servicio. A nadie se le prohíbe buscar el conocimiento de la verdad, lo cual pertenece a un laudable ocio. En cambio, el puesto más alto sin el cual es imposible ejercer el gobierno del pueblo, aunque alguien lo tenga y lo ejercite como es debido, sería indecoroso buscarlo. La caridad de la verdad apetece el ocio santo; a ocuparse en ‘negocio justo’ sólo impulsa una caridad que urge practicar. Y si nadie impone esta carga, lo adecuado es dedicarse al estudio y contemplación de la verdad. Si la carga es impuesta, ha de ser asumida por deber de caridad.

El Crisóstomo, exponiendo las palabras sus gobernantes los oprimen (Mt 20,25), dice: Cosa buena es desear el trabajo, porque es un acto de nuestra voluntad y a la vez nos proporciona lo que necesitamos. En cambio apetecer primacías en el honor es nuestra vanidad. El Apóstol, en efecto, no merece encomio ante Dios por haber sido apóstol; se requiere haber cumplido bien el trabajo del propio apostolado. Hay que desear un comportamiento mejor, no un grado de mayor dignidad.

Es preciso tener en cuenta otro dato. El estado religioso no presupone perfección, sino que guía hacia la perfección. En cambio, la dignidad pontifical presupone la perfección, porque quien recibe el honor del pontificado, asume el magisterio espiritual. Por ello decía el Apóstol: Digo la verdad y no miento, que he sido hecho heraldo, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad (1 Tim 2,7). Pero sería ridículo que alguien, sin conocer experimentalmente la perfección, fuese constituido maestro de perfección. Como dice Gregorio, el comportamiento de quien preside debe ser tan superior al del pueblo cuanto dista, por lo común, la vida del rebaño de la del pastor.

La diversidad se deduce claramente de las palabras del Señor. A la hora de dar el consejo de pobreza, el Señor usó estas palabras: Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). Por donde se ve que el hecho de asumir la pobreza no presupone la perfección, sino que guía hacia ella. En cambio, el Señor, al encomendar a Pedro el oficio de presidencia, le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Y sólo cuando Pedro respondió Tú sabes que te amo, el Señor añadió Apacienta mis ovejas (Jn 21,15-17). Con lo cual claramente se da a entender que la asunción de la presidencia presupone caridad perfecta.

Ahora bien, parece ser presuntuoso que alguien se considere perfecto; por ello dice el Apóstol: No es que lo haya alcanzado o que sea ya perfecto (Flp 3,12). Y después añade: Todos cuantos somos perfectos, pensemos así (v.15). En cambio, el hecho de que alguien desee la perfección y se ejercite en alcanzarla no es indicio de presunción, sino de aquella santa emulación a la que el Apóstol invita, diciendo: Aspirad a los carismas mejores (1 Cor 12,31).

Es, por tanto, laudable asumir el estado religioso; pero apetecer la altura de la presidencia es indicio de excesiva presunción. Por este motivo dice Gregorio: Quien recusó el oficio de presidencia, no se opuso por entero; quien deseó ser enviado, comenzó viéndose purificado por una brasa tomada del altar. Esto tiene la finalidad de enseñarnos que quien no ha sido purificado no debe tener el atrevimiento de ocuparse en los ministerios cristianos; y que quien ha sido escogido por gracia de lo alto no debe incurrir, bajo apariencia de humildad, en el orgullo de oponerse. Dado que es difícil tener conciencia de haber sido purificado, lo más seguro es rehuir el oficio de prelación.

Otra cosa hay que tener en cuenta también. El estado religioso da impresión de vileza en lo temporal; en cambio al estado de prelacía van unidos muchos bienes temporales. Así, pues, quienes asumen el estado religioso dan muestra de que no buscan bienes temporales y de que, desechándolos, apetecen los espirituales. En cambio, quienes asumen la dignidad pontifical no rara vez prestan mayor atención a los bienes temporales que a los eternos. Por este motivo dice Gregorio: Recibir el episcopado fue laudable cuando no cabía la menor duda que, asumiéndolo, la persona habría de soportar los tormentos más graves. Y añade: No pone amor en el ministerio, sino que desconoce totalmente sus exigencias quien, aspirando a la altura de la autoridad de gobierno, internamente se deleita en que otros le estén sometidos y en que él sea encomiado; se deja llevar de envanecimiento y se gloría con la posesión de bienes copiosos. Se busca lucro mundano, encubriéndolo con la dignidad en virtud de la cual los humanos lucros deben ser desechados.

Un último punto debe ser tenido en consideración. Quien aspira al estado de prelación se expone a muchos peligros. Dice, en efecto, Gregorio: Frecuentemente la ocupación de gobierno nos hace perder la práctica del bien que se mantenía con la vida tranquila. En un mar tranquilo, incluso el inexperto es capaz de guiar la embarcación; cuando, en cambio, está agitado por el oleaje, incluso un diestro timonel se siente desorientado. Ahora bien, ¿qué es la altura de la autoridad sino una tormenta espiritual que permanentemente golpea con sus olas la nave del corazón, como para que con imprevistos excesos de obra o de palabra encalle en las rocas con que tropieza?

De este peligro da ejemplo David, quien, como dice Gregorio en los pasajes ya varias veces señalados, aunque, a juicio del hagiógrafo, agradó a Dios en casi todos sus actos, cuando se vio libre de toda sujeción, cayó en delito y vino a ser fríamente cruel cuando la apariencia de una mujer lo hizo ser caprichosamente flojo. En tiempo anterior no había querido dar muerte al perseguidor que había caído en sus manos; después, sin embargo, hizo desaparecer un fiel soldado, con perjuicio del ejército.

Quien abraza el estado religioso evita los peligros de pecado. Por lo cual Jerónimo, hablando en calidad de monje, dice en su carta contra Vigilancio: Habiendo huido del mundo no soy vencido por aquel del que huyo; pero huyo precisamente para no ser vencido. No hay seguridad alguna cuando uno duerme cerca de la serpiente. Puede ocurrir que la serpiente no me muerda. Pero también es posible que alguna vez me muerda.

Por consiguiente, abrazar el estado religioso para evitar peligros de pecado es acto de prudencia. En cambio, aspirar por propio gusto al estado de prelacía, o presupone grande presunción, si uno se considera fuerte para permanecer seguro entre tantos peligros, o puede ser indicio de total despreocupación respecto de la propia salvación, si uno no cuida de evitar los pecados.

En conclusión: El estado de prelacía, aunque es más perfecto, no puede ser apetecido.

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