Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 23: Sobre el estado de presbítero y arcediano: ¿Es más perfecto que el religioso?

CAPÍTULO 23

Sobre el estado de presbítero y arcediano: ¿Es más perfecto que el religioso?

Hay quienes no están contentos con anteponer el estado de los obispos al de los religiosos, sino que anteponen también el de los arciprestes, de los párrocos rurales, de los arcedianos y el de cualesquiera otros que cumplen algún ministerio pastoral. Creen tenerlo seguro por múltiples razones.

El Crisóstomo, en el libro sexto de su diálogo, dice: Si me presentas un monje que, hablando exageradamente, sea un Elías, mientras vive solitario y no se turba por nada, ni peca gravemente, puesto que nada lo seduce ni lo exaspera, de ningún modo puede ser comparado a quien, puesto al servicio del pueblo y obligado a soportar los pecados de muchos, se mantiene irreductible y fuerte. Por donde parece claro que el monje, aun siendo perfecto, no puede ser igualado a nadie que tenga cura pastoral y la desempeñe bien.

En el mismo libro, poco después se añade: Si, supuesta mi voluntad de hacer lo que más agrada [al Señor], alguien me diese a escoger entre el ministerio sacerdotal y la soledad de los monjes, sin posible duda, escogería lo primero. Por lo tanto, sin posible comparación, el estado de quienes tienen cura de almas ha de ser preferido al de la soledad monacal, que es considerado el más perfecto entre religiosos.

En carta a Valerio dice Agustín: Con ese tu sentido cristiano date cuenta que en esta vida y, sobre todo, en este tiempo, nada hay más fácil, más letificante, más gratificante ante los hombres que el ministerio del obispo, del presbítero o del diácono; pero si esto es realizado como para cumplir o para recibir adulación, nada, ante Dios, más peligroso que el ministerio del obispo, del presbítero o del diácono. Ante Dios, sin embargo, no hay cosa alguna más beatificante, a condición de practicar la milicia como nuestro emperador nos manda. Por consiguiente, el estado de los religiosos no es más perfecto que el de los presbíteros o diáconos con cura de almas, en cuyo ministerio se incluye el trato con los hombres.

Agustín, además, escribiendo a Aurelio, dice: Es muy lamentable exaltar a los monjes hasta una tan ruinosa soberbia y juzgar merecedores de tan gran reproche a los clérigos, entre los que nos contamos, si la gente dice, bromeando: un mal monje sería un buen clérigo, cuando, en realidad, a veces un buen monje con dificultad sería un buen clérigo. Por tanto es mayor la perfección del buen clérigo que la del buen monje.

En el mismo lugar citado, dice poco antes: A los siervos de Dios, es decir, a los monjes, no se les debe dar pretexto para que piensen con ligereza que podrán ser escogidos para cosa mejor, o sea, para el ministerio clerical, si se perjudican a sí mismos, como ocurriría si abandonasen el monasterio. Por consiguiente es mejor el ministerio de clérigo que el estado monástico.

Jerónimo, por su parte, dice al monje Rústico: Vive en el monasterio de manera que merezcas ser clérigo. Por consiguiente, es mejor el ministerio de clérigo que el modo monástico de vida.

Por último, no está permitido pasar de lo que es más a lo que es menos. Ahora bien, está permitido pasar del estado monástico al ministerio de presbítero con cura pastoral. Así lo dice el papa Gelasio y se encuentra en el Decreto, que dice: Si se prevé que algún monje de santa vida es merecedor del sacerdocio, y si el abad bajo cuya autoridad milita al servicio de Cristo pide al obispo que lo ordene, debe ser elegido y ordenado en el lugar conveniente, para que desempeñe fructuosamente el ministerio sacerdotal, de acuerdo con la decisión del pueblo o del obispo. Se añaden también otras muchas cosas. De todo esto se deduce que el estado de cualesquiera clérigos con cura pastoral tiene preferencia sobre el estado religioso.

Pero si se trae a la memoria lo dicho anteriormente, es fácil comprender el modo de hablar que se encuentra en los pasajes citados. Se dijo, en efecto: una cosa es realizar obras de perfección; otra, encontrarse en estado de perfección. No se entra en el estado de perfección, si no se asume para toda la vida el deber de ocuparse en obras de perfección. Hay muchísimos (plurimi), sin embargo, que, sin asumir el deber, practican obras de perfección, como quien guarda continencia, o vive en pobreza, sin hacer voto alguno.

Hay que tener en cuenta también que, en los presbíteros y diáconos con cura pastoral, es preciso distinguir dos cosas, a saber: la cura pastoral y la dignidad del orden. Es evidente que, asumiendo la cura pastoral, no contraen obligación perpetua, puesto que muchas veces abandonan la cura asumida, como se ve en quienes dejan las parroquias o arcedianatos y abrazan vida religiosa. Con lo dicho anteriormente queda claro que sin obligación de por vida no hay estado de perfección. Ahora bien, es evidente que los arcedianos, los párrocos y también los preconizados [obispos] antes de su consagración no han entrado en estado de perfección, como tampoco los novicios religiosos antes de la profesión.

Ocurre, sin embargo, como se dijo antes, que alguien, no hallándose en estado de perfección, practica obras de perfección y es perfecto en la caridad. Signo evidente de esto es la peculiar solemnidad eclesial que acompaña al acto por el que algunos son consagrados o se obligan de por vida a una cosa determinada; es lo que se hace con quienes son consagrados obispos o reciben la bendición de la profesión religiosa, de que hay ya comprobación en antiguo rito de la Iglesia, testimoniado ya por Dionisio. Ahora bien, nada de esto se realiza al encomendar el arcedianato o la parroquia. La investidura consiste en poner un anillo o en cosa parecida. Queda, pues claro que, recibiendo el arcedianato o la parroquia, nadie entra en un estado al cual se obligue de por vida.

Teniendo esto en cuenta, es fácil responder a los argumentos contrarios.

El Crisóstomo, con las palabras aunque presentes un monje como Elías, no puede ser comparado a quien se ve en la necesidad de soportar el pecado de muchos, no pretende comparar estado con estado; claramente se ve que su intención es mostrar que la dificultad para perseverar en el bien es mayor en quien preside el pueblo que en quien hace vida solitaria: basta leer lo que dice. No dice que el monje no puede ser comparado con quien se ve en la necesidad de soportar los pecados del pueblo; él dice esto otro: El monje, si no se turba por nada ni peca gravemente mientras vive en soledad, no se puede comparar con quien se mantiene irreductible y fuerte en medio del pueblo. Es de mayor virtud conservarse ileso donde amenazan peligros más graves. Por lo cual inmediatamente antes de las palabras citadas dice: Cuando alguien, envuelto en el oleaje, consigue librar la embarcación de las olas y de la tempestad, entonces merece con toda razón recibir de todos el testimonio de perfecto timonel.

De manera semejante podría decirse que quien se comporta bien, viviendo entre gente perversa, muestra mayor virtud que quien se comporta virtuosamente entre los buenos. Por lo cual de Lot se dice: Este justo que habitaba en medio de ellos, sentía atormentada su alma un día y otro (2 Pe 2,8). Pero nadie puede decir que vivir entre gente perversa sea un estado de perfección; antes bien, según la enseñanza de la Escritura, es más prudente evitar semejante compañía. En conclusión de todo, se sigue que el estado de quienes tienen cura pastoral es más peligroso, no que sea más perfecto.

Esto permite dar clara respuesta a las palabras del mismo [San Juan Crisóstomo] que se añaden a las ya explicadas y dicen así: Si alguien, supuesta mi voluntad de hacer lo que más le agrade, me diese a escoger entre el ministerio sacerdotal y la soledad del monje, sin posible duda, escogería lo primero. Mi opción, pues, sería complacer al Señor en el ministerio sacerdotal.

Para comprender, es preciso fijarse bien en lo que dice. No dice que preferiría el ministerio sacerdotal a la soledad de los monjes. Lo que él prefiere es complacer al Señor en el sacerdocio, perseverando en su desempeño sin pecado: lo cual, como ya se dijo, es más difícil que en la soledad monástica. Donde el peligro es mayor, en evitarlo se muestra una virtud mayor. Todo sabio optaría por tener una virtud tan perfecta que capacitase para perseverar, sin daño alguno, en cualesquiera peligros. Pero nadie, a no ser el necio, antepondría el estado más peligroso, precisamente por peligroso, al estado más seguro.

Con lo dicho es fácil comprender las palabras de Agustín, en las que se afirma que nada más peligroso ni laborioso que el ministerio del obispo, del presbítero o del diácono, si es cumplido con fidelidad, y que nada tampoco es más agradable a Dios. Por lo mismo que es difícil perseverar sin pecado en el desempeño de este ministerio, se hace ver que la virtud es mayor y, por lo mismo, Dios lo acoge con mayor agrado. Pero de aquí no se sigue que el estado de los párrocos o de los arcedianos sea más perfecto que el estado religioso.

A los argumentos que siguen y a cualquiera otro semejante, hay una sola y la misma respuesta. Las ‘autoridades’ citadas comparan no el estado religioso con el de quienes tienen cura pastoral, sino el estado de monjes, en cuanto monjes, con el estado de los clérigos. Los monjes, por sólo monjes, no son clérigos, puesto que muchos monjes son laicos. Y antiguamente casi todos los monjes eran laicos, como consta en el Decreto. Ahora bien, es evidente que en la Iglesia de Dios los clérigos están dentro de un orden superior al de los laicos: se muestra en el hecho de que los laicos son promovidos a la clericatura como cosa mejor. Y porque el grado es más alto, es también mayor la virtud que se requiere para ser buen clérigo que para ser buen laico, aunque este laico sea monje.

En el monje clérigo se juntan dos cosas: la clericatura y el estado religioso. En el clérigo con cura de almas hay también dos cosas: la cura pastoral y la clericatura. El hecho de que los clérigos tengan preferencia sobre los monjes no implica en absoluto que quienes tienen cura, por tenerla, sean antepuestos a los monjes. Es verdad, sin embargo, que si cumplen bien y sin pecado su ministerio, muestran una virtud mucho mayor que la del monje que persevera sin pecado: como fue dicho ya.

El hecho de que el monje es asumido para desempeñar la cura de almas en las parroquias no significa que el estado de cura en cuanto cura sea más perfecto, puesto que el monje asumido para el servicio de la parroquia no pierde su prístino estado. Está determinado en el Decreto. Dice así: Establecemos que los monjes, si viven un tiempo prolongado fuera del monasterio y después obtienen las órdenes de la clericatura, no deben apartarse de su primer propósito. Por consiguiente, no se dice que el estado de clérigo con cura de almas sea más perfecto que el estado religioso, aunque los religiosos puedan recibir cura de almas, permaneciendo en su primer estado y propósito. Quienes son promovidos al episcopado asumen un estado de vida más alto.

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