Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 24: Dicen que los tiempos del anticristo están amenazando

CAPÍTULO 24

Dicen que los tiempos del anticristo están amenazando

Veamos ahora cómo cargan sobre los religiosos los males que se temen para el final del tiempo de la Iglesia, diciendo que son mensajeros del anticristo. Con este fin tratan de mostrar dos cosas: primera, que amenazan ya los tiempos del anticristo; segunda, que los mensajeros del anticristo son de manera especial los religiosos que predican y oyen confesiones. De cada una de estas cosas trataremos por su orden.

Para el intento de probar que los tiempos últimos no están lejos, alegan las palabras del Apóstol, que dice: Somos nosotros, para quienes ha llegado el fin de los tiempos (1 Cor 10,11). Alegan también estos otros pasajes: Hijitos, es la hora última (1 Jn 2,18). El que ha de venir vendrá, sin retrasarse (Heb 10,37). El juez está ya a la puerta (Sant 5,9). De todo esto sacan la conclusión siguiente: Dado que, desde el tiempo de los apóstoles, cuando estas palabras fueron dichas, pasó ya mucho tiempo, ahora los tiempos del anticristo tienen que estar cercanos. Si lo que se intenta con esto es tan sólo decir que la cercanía de los tiempos del anticristo es la inherente al hecho de que, en la Sagrada Escritura, cualquier espacio de tiempo es corto, comparado con la eternidad, no habría nada que objetar. Está escrito, en efecto: El tiempo es corto (1 Cor 7,29). Pero lo que afirman no tiene valor alguno para demostrar su opinión. Lo que pretenden es dejar asentado que ahora hemos de estar precavidos contra los peligros que se consideran vaticinados para los tiempos de máxima proximidad a los del anticristo y que acontecerán por obra de los religiosos que ahora viven. Quieren que, acerca de todo esto, [los religiosos] sean sometidos a indagación por los prelados. Si con este modo de hablar quieren dar a entender un tiempo determinado, quedan convictos, por la fuerza de muchas autoridades, de ser presuntuosos en sumo grado. Para el caso, es indiferente afirmar siete años, o cien, o mil.

Cuando los discípulos preguntaban por un tema parecido a éste, el Señor respondió: No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que el Padre se reservó con su poder (Hch 1,7). Tomando esto como punto de partida, Agustín argumenta, en la carta a Hesiquio, que si el conocer esto no era competencia de los apóstoles, mucho menos lo será de otros. Se dice también: Acerca de aquel día y de aquella hora nadie sabe nada, ni siquiera los ángeles del cielo (Mt 24,36). Lo mismo se dice en Mc 13,32. En 2 Tes 2,2 se lee: No os alarméis ni perdáis el sentido, pensando que el día del Señor está para llegar. Agustín, en la carta citada, habla con Hesiquio, diciendo: Tú afirmaste: según el evangelio, nadie sabe la hora. Yo, de acuerdo con las posibilidades de mi entendimiento, digo que tampoco puede ser conocido ni el mes ni el año de su venida. Alguien quizá podría buscar esta salida: aunque no sea posible conocer el año, acaso se pudiera conocer la semana o la década de años. Y un poco después añade: Si tampoco esto puede llegar a ser conocido, pregunto si el tiempo de su llegada podría ser precisado dentro de duraciones como, por ejemplo, cincuenta años, cien años, o con cualquier otro número de años, sea mayor, sea menor. Por fin dice: Si ni siquiera te consideras capaz de esto, piensas lo mismo que yo. En la primitiva Iglesia, como dice Jerónimo en el libro De illustribus viris y Eusebio en la Ecclesiastica historia, fue reprobada la doctrina de algunos; afirmaban ser inminente la venida del Señor: que es lo que éstos parecen afirmar. No es posible fijar espacio alguno de tiempo, corto o largo, dentro del cual haya de ocurrir el fin del mundo, para el cual se espera que vengan Cristo y el anticristo. Por eso se dice que el día del Señor vendrá como ladrón (1 Tes 5,2). Y esto otro: Como en los días de Noé no conocieron, hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos, así será la venida del hijo del hombre (Mt 24,37-39). Por este motivo, Agustín, en la citada carta a Hesiquio, hace pasar a tres que están a la espera de la venida del Señor: uno opina que el Señor vendrá más pronto, otro que vendrá más tarde, y el tercero confiesa su ignorancia acerca del tema. Al último le da preferencia; al primero, lo desautoriza.

Para demostrar su intento, alegan también esta razón. Con la venida de Cristo comenzó la etapa última. Ninguna de las otras duró más de mil años. Por consiguiente, dado que, desde la venida de Cristo, han transcurrido ya más de mil años, hay que esperar para pronto la conclusión de esta etapa. Frente a este razonamiento, hay que tener en cuenta lo que dice Agustín: Frecuentemente, la ancianidad ocupa tanto tiempo como todas las otras edades juntas. Esta edad o etapa última la compara con la ancianidad. Y concluye, diciendo: En cuanto a la edad última del género humano, la que comienza con la venida [el nacimiento] del Señor y llega hasta el fin del mundo, es imposible precisar de cuántas generaciones constará. Con razón, Dios quiso dejarlo oculto; así está escrito en el evangelio (cf. Mt 24,36), y el Apóstol lo testifica, diciendo que el día del Señor llegará como un ladrón (cf. 1 Tes 5,2).

Alegan también ocho señales, con las cuales quieren demostrar que la llegada del anticristo está cercana. La primera está tomada de las palabras pensará que puede cambiar los tiempos (Dan 7,25). Refiriéndose al anticristo, la Glosa dice: La soberbia lo hará considerarse tan alto que intentará cambiar las leyes y el culto. Ahora bien, dado que ha llegado el tiempo en que algunos quieren cambiar el evangelio de Cristo por otro evangelio que dicen eterno, concluyen como cosa manifiesta que los tiempos del anticristo están llegando ya. Este evangelio del que hablan es una Introducción preparada con vistas a los libros de Joaquín, la cual ha sido desaprobada por la Iglesia, o también la doctrina misma de Joaquín, la cual, según dicen, cambia el evangelio de Cristo. Aun suponiendo todo esto, la señal carece de valor, pues ya en tiempo de los apóstoles hubo quienes quisieron cambiar el evangelio. Me sorprendo de que tan pronto, abandonando al que os llamó, os hayáis pasado a otro evangelio (Gál 1,6).

La segunda señal la toman de lo que se dice en Sal 9,21: Señor, establece sobre ellos un legislador. La Glosa hace esta aplicación: Se trata del anticristo, dador de la ley perversa. Ahora bien, dado que la aludida doctrina, la cual declaran ser ley del anticristo, fue enseñada en París, representa una señal de que los tiempos del anticristo están llegando. Sin embargo, hay que tener en cuenta esto: La doctrina de Joaquín y la de aquella Introducción contiene alguna cosa que ha de ser desaprobada, pero no representan la doctrina que será predicada por el anticristo. El anticristo proclamará que él es Dios, de acuerdo con la palabra del Apóstol se sienta en el templo como siendo Dios y se alza contra todo lo que recibe el nombre de Dios y el culto debido a Dios (2 Tes 2,4). Si se considera doctrina del anticristo cualquier doctrina falsa, a la manera como los herejes son llamados, todos ellos, anticristos, esta señal no tiene valor alguno, porque no hubo tiempo alguno, ya desde la Iglesia primitiva, en que rio hayan sido propuestas doctrinas heréticas. Por lo cual está escrito: Muchos se han hecho anticristos (1 Jn 2,18). Y la Glosa afirma: Anticristos son todos los herejes.

Como tercera señal alegan Dan 5,25; Is 21,4. Estos pasajes hablan de que en la Babilonia réproba fue vista la mano de alguien escribiendo: Mane, Thecel, Phares. Dicen que esta escritura ha sido vista en la Babilonia amada, es decir, en la Iglesia. ‘Mane’ significa: hizo cuenta de tu reino y lo completó, o sea, lo dio por terminado. Según la susodicha escritura, el reino de Cristo tiene una cuenta o número: se dice que durará mil doscientos sesenta años. ‘Thecel’ lo explican así: Has sido puesto en la balanza y no das el peso, porque, según la susodicha escritura, un evangelio eterno ha de ser preferido al de Cristo. ‘Phares’ quiere decir: tu reino ha sido dividido y entregado a Medos y Persas. De manera semejante, éstos dicen que el reino de la Iglesia acabará y que será traspasado a otros. Por lo cual, así como aquella escritura significa que el final de Babilonia está llegando, así también esta otra escritura proclama el final de la Iglesia.

Esta señal es muestra de frivolidad. Lo vio ya Agustín. Él informa de que algunos afirmaron que el culto del nombre de Cristo había de durar trescientos sesenta y cinco años, y que, una vez completado este número, acabaría. Ya antes de Agustín pusieron número al tiempo de Cristo. Lo cual significa que la escritura de que se habla no es ninguna novedad. Con esto, por tanto, no se demuestra que la venida del anticristo sea inminente. En la obra citada, Agustín habla también de que ya en su tiempo algunos contaban los años desde la ascensión de Cristo hasta el último o el de su venida, y ponían: unos, cuatrocientos años; otros, quinientos; otros, mil. Los rechaza a todos, basado en la autoridad del Señor que dice: No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos (Hch 1,7). Allí también desaprueba el modo de argumentar que éstos emplean; hace referencia a quienes se basaban en las plagas de Egipto para fijar en diez el número de las persecuciones de la Iglesia: todo esto es simple conjetura humana, que no tiene garantía alguna de verdad. En relación con esta señal, es de notar que están en evidente acuerdo con el escrito mismo por ellos desaprobado, afirmando, efectivamente, que la Babilonia amada [la Iglesia] pronto será destruida. La semejanza que establecen no tiene valor alguno. Lo que en Babilonia apareció escrito tenía origen en una decisión de Dios y, por lo mismo, expresaba verdad. Pero el escrito de que éstos hablan tiene origen en el error, por lo cual es imposible sacar de él argumento alguno.

Las otras cinco señales las toman del evangelio de Mateo, donde el Señor habla de las que precederán a su venida.

La cuarta señal consiste en esto: Os darán muerte y seréis odiados por todos a causa de mi nombre (Mt 24,5). Dicen que esto se cumple ahora en la Iglesia, donde algunos, que parecen más santos, no soportan la corrección, y a quienes los corrigen los hacen pasar por tribulación, sufrir muerte y ser odiados por los hombres. Esta señal no tiene valor alguno. Quienes sufrieron las más grandes tribulaciones fueron los apóstoles y los mártires, a quienes el Señor predijo estas cosas. Ahora no hay persecuciones como aquéllas. Por consiguiente, esta señal no hace una referencia a la venida de Cristo distinta de la que entonces hacía.

La quinta señal es dada por estas palabras: Muchos se escandalizarán (Mt 24,10). Dicen que esto se cumple ahora, cuando los religiosos son difamados, y esto es para los hombres motivo de escándalo. Pero esta explicación es contraria a la Glosa, la cual a propósito del pasaje dice: Se escandalizarán, es decir, se apartarán de la fe por el temor y por la atrocidad de los tormentos. Como se comprende, esto se realizó en tiempo de los mártires. Tampoco es novedad el hecho de que los santos sean difamados por los impíos, pues a los apóstoles mismos les fue dicho: Dichosos vosotros cuando los hombres os maldigan y, con mentira, os hagan responsables de cualquier clase de males por mi causa. En la historia eclesiástica hay relatos acerca del empeño que los tiranos ponían en difamar a los cristianos con los vicios más vergonzosos.

La sexta señal la ven en que surgirán muchos falsos profetas y engañarán a muchos (Mt 24,10). Dicen que esto se cumple ahora, cuando han aparecido ciertos religiosos, a los cuales dan el nombre de pseudoprofetas, porque hacen encomio de sí mismos, y por otras cosas semejantes. Pero ésta es una explicación dada con mala fe. La Glosa sobre Mc 13,21, donde se leen estas mismas palabras, es la que dice que falsos profetas son los herejes, o aquellos miembros del pueblo hebreo que practicaron el engaño después de la pasión de Cristo y antes de la destrucción de Jerusalén. Para desechar todo esto, basta lo que ha sido dicho ya acerca de los falsos profetas.

Como séptima señal ponen lo que se añade allí mismo, o sea: Por el crecimiento de la perversidad, se enfriará la caridad de muchos. Dicen que esto se cumple cuando algunos, que parecen ser los más celosos en la Iglesia, abandonan el evangelio de Cristo y dan su adhesión al ‘evangelio eterno’: con esto se muestra que la caridad que deben profesar para con Cristo, se ha enfriado. Pero en esto mienten de lleno, pues aquellos de quienes hablan ni abandonan el evangelio de Cristo, ni se adhieren a otro distinto. Y, aunque fuera lo que dicen, ¿acaso, sin retroceder muchos años, no hubo en la Iglesia quienes parecían perfectos y que, sin embargo, inventaron nuevas herejías, abandonando el evangelio de Cristo? Ejemplo de ello son Pelagio, Nestorio, Eutiques y otros muchos por el estilo. Tampoco se puede decir que se ha enfriado la caridad en aquellos que, sin seguir la susodicha doctrina, tampoco se ocupan en perseguirla: no hay necesidad de perseguir aquello que no tiene defensor. Hacer esto sería un modo de resucitar los errores ya extirpados, con pretexto de corregirlos. Por lo cual Gregorio, hablando del hereje Eutiques, al comprobar que casi nadie seguía su enseñanza, dice que pasó por alto hacer impugnación de su enseñanza, para no dar la impresión de estar arrojando dardos de palabras contra pavesas.

La octava señal la toman de otras palabras que siguen en el texto: El evangelio del reino será predicado en todo el mundo (Mt 24,14). Dicen que esto se cumple ahora; lo realizan aquellos mismos que anuncian estas señales y estos peligros, los cuales quieren, además, que todos los anuncien, poniendo en práctica lo de predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2). Se les atribuye decir que quienes no cumplen esto son pseudoapóstoles, porque no tienen ojos por delante y por detrás, con que conocer el pasado y el futuro, a semejanza de los animales de que se habla en Ap 4,6. Pero también esta señal que ponen carece de valor. Ya desde los tiempos de la Iglesia primitiva hubo quienes, igualándolos en el cultivo de lo fútil, anunciaban señales inventadas, las cuales eran rechazadas por personas católicas y serias: de lo cual da testimonio la historia de la Iglesia. En relación con las palabras muchos vendrán en mi nombre… (Mc 13,6), dice la Glosa: Cuando la ruina de Jerusalén estaba llegando, muchos decían ser cristos y mentían anunciando tiempo de libertad. También en tiempo de los apóstoles, muchos cristianos lanzaron amenazas de que el día del Señor era inminente. Quienes se dedican a estos preanuncios, no se cuentan en el número de quienes anuncian el evangelio, sino en el de aquellos que engañarán a muchos. Por consiguiente, cuando el Señor dice el evangelio del reino será predicado… no se refiere al anuncio de estas señales carentes de contenido, sino a la predicación de la fe cristiana, la cual debe ser anunciada en todo el mundo antes de la venida del Señor. Por todo esto, Agustín, en la carta a Hesiquio, demuestra que el día del Señor no está a la vista, porque en su tiempo había muchos paganos, en relación con los cuales era totalmente cierto que el evangelio de Cristo aún no les había sido predicado. De este modo, se ve claro que caen en el hoyo que hicieron: cargan sobre otros la acusación de proponer una doctrina nueva, que llaman ‘evangelio del reino’, cuando ellos mismos dicen que estas señales que anuncian son evangelio del reino.

Además, estas últimas cinco señales evidentemente carecen de valor, como lo muestra en la carta a Hesiquio, en la cual se dice lo siguiente. Tal vez todo cuanto los tres evangelistas dicen acerca de la venida de Cristo, más cuidadosamente comparadas entre sí y valoradas, vengan a significar que él diariamente viene en este cuerpo suyo que es la Iglesia. De esta su venida dijo: Desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado

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