Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 27: Respuesta a los argumentos sobre el estado de mayor perfección de párrocos y de arcedianos que el de los religiosos

CAPÍTULO 27

Respuesta a los argumentos sobre el estado de mayor perfección de párrocos y de arcedianos que el de los religiosos

Ha llegado el momento de examinar cuidadosamente cada uno de los argumentos propuestos. Haciendo esto, quedará claro que son frívolos, que casi dan risa, que en buena parte contienen error. Carecen de eficacia para lo que intentan.

Alegar textos canónicos para decir que párrocos y arcedianos viven en un estado no viene a propósito. Los capítulos alegados no dicen nada sobre estado; hablan del grado. El primero dice literalmente: Si un obispo, presbítero o diácono toma mujer o retiene la que había tomado, sea depuesto de su grado. El segundo dice: Si alguien, falto de temor de Dios y de las Santas Escrituras, practica la usura, sea depuesto de su grado y no forme parte del clero. Esto no sirve para mostrar, mediante proceso inverso, que alguien posea estado; se habla sólo de grado. Y así tiene que ser, porque donde hay orden o cualquier forma de superioridad, allí tiene que haber algún grado.

La frivolidad del segundo argumento es cosa que advierte cualquier persona inteligente. Nadie duda de que el vocablo estado tiene múltiples acepciones. Cuando uno se yergue, se dice que está [de pie]. La magnitud da origen a estado, en cuanto se hace distinción entre estado de principiantes, de proficientes y de perfectos. El estar implica también firmeza. En este sentido dice el Apóstol: Estad firmes e inconmovibles (1 Cor 15,58) en la práctica del bien. Pero no hablamos de estado en este sentido; el concepto hace referencia a que hay estado de servidumbre y estado de libertad. Así lo entiende el derecho cuando, por ejemplo, dice: Tratándose de causa capital o relativa al estado, si es preciso hacer alguna interpelación, háganla ellos mismos, no por intermediarios. Tomando en este sentido el vocablo estado, tienen estado de perfección aquellos que se hacen siervos en orden a practicar obras de perfección: como se dijo anteriormente. Para esto se requiere un voto vinculante de por vida, puesto que la servidumbre [de que se trata] se contrapone a la libertad. Siempre que alguien permanece libre para dejar de practicar obras de perfección, no se encuentra en estado de perfección: como quedó dicho ya.

Lo del tercer argumento es una frivolidad tan grande que no necesita respuesta. Cuando se dice: Los presbíteros que ejercen bien el gobierno…, la perfección ni siquiera es mencionada. El presidir no constituye estado, sino grado. Por su parte, el honor no es debido solamente a la perfección, sino, de manera universal, a la virtud, la cual está expresada en las palabras presiden bien. Está escrito: Gloria, honor y paz a todo el que obre bien (Rom 2,10).

El cuarto argumento contiene evidente falsedad, diciendo que en tiempo de Jerónimo y de Agustín no se hacía distinción entre obispo y presbítero. En carta a Jerónimo, Agustín dice expresamente lo contrario: Aunque, por lo que se refiere a las palabras que son ya de uso común en la Iglesia, el episcopado sea superior al presbiterio, en muchas cosas, sin embargo, Agustín es inferior a Jerónimo.

Para que nadie piense que fue en tiempo de Jerónimo cuando se introdujo la práctica de considerar el episcopado superior al presbiterado, hay que referirse a la autoridad de Dionisio, el cual describió la jerarquía eclesiástica, tal como se encontraba en los comienzos de la Iglesia. Dice, en efecto: En la jerarquía de la Iglesia hay tres órdenes, a saber: el de los obispos, el de los presbíteros y el de los diáconos. Donde es de notar que, según dice, el orden de los diáconos tiene la función de purgar; el de los sacerdotes, de iluminar, y el de los obispos, de perfeccionar. El mismo, en el capítulo 6 del citado libro, dice que a estos tres órdenes [de ministros] corresponden tres órdenes [de fieles]. Al orden de los diáconos tiene que someterse el orden de los impuros o de los que necesitan ser purificados. Al orden de los presbíteros se subordina el de los que han de ser iluminados, o sea, el pueblo santo que es iluminado por los presbíteros recibiendo los sacramentos. Al orden de los obispos corresponde el de los perfeccionados, o sea, el de los monjes, que mediante las enseñanzas de ellos es instruido acerca de la perfectísima perfección de actuar mirando hacia lo alto. Por todo esto, es evidente que, según Dionisio perfección es atribuida solamente a los obispos y a los monjes: a los obispos como a perfeccionadores, a los monjes, en cambio, como a perfeccionados.

Nadie diga que Dionisio transmite un orden de la jerarquía eclesiástica instituido por los apóstoles, mientras que, por institución del Señor, presbíteros y obispos serían una misma cosa. Esto es manifiestamente falso, como se ve por Lc 10,1, donde se lee: Después de estas cosas, designó el Señor a otros setenta y dos… A propósito de estas palabras, la Glosa dice: Así como en los apóstoles tenemos lo típico de los obispos, así en los setenta y dos, lo propio de los presbíteros de segundo orden. Bien de admirar es hasta qué punto ellos mismos no se dan cuenta de lo que dicen; después de haber citado este pasaje, ellos mismos afirman que la distinción entre presbíteros y obispos tuvo lugar en tiempo de Jerónimo.

Y si alguien quiere retroceder hasta los tiempos antiguos, encontrará que en la ley antigua hay distinción entre los pontífices y los sacerdotes menores. Durante la vigencia de aquella ley, el sacerdocio era simple figura. En el derecho mismo está escrito: Los sumos pontífices y los sacerdotes inferiores fueron instituidos por Dios a través del ministerio de Moisés, el cual, por mandato del Señor, ungió a Aarón como sumo pontífice, mientras que a sus hijos los ungió para sacerdotes inferiores.

Por consiguiente, entiende mal lo que dice Jerónimo. No es intención de Jerónimo afirmar que en la Iglesia el orden y estado de los obispos era el mismo que el de los presbíteros. Lo que él dice es que el uso de vocablos no estaba diversificado: los presbíteros eran llamados obispos por el deber de estar alerta; los obispos eran llamados presbíteros por razón de la dignidad. Por lo cual, en un texto que ha pasado al Decreto dice Isidoro: Los presbíteros inferiores, aunque son sacerdotes, no tienen la plenitud pontifical; éste es el motivo por el que no signan con crisma en la frente, ni dan el Espíritu Paráclito; estas unciones, como dicen los Hechos de los Apóstoles, son propias de los obispos. Y termina diciendo: Entre los antiguos, obispos y presbíteros fueron la misma cosa, porque éste es nombre de dignidad, no de edad. Por donde se ve que había diferencia en la realidad y, al mismo tiempo, identidad en el nombre, por razón de la dignidad implicada en el nombre de presbiterado. Posteriormente, para evitar el error de posible cisma consiguiente a la indeterminación de los vocablos, los presbíteros mayores fueron llamados obispos; el nombre de presbíteros quedó reservado para los menores.

El quinto argumento carece de valor. La vida contemplativa tiene preferencia sobre la activa, no sólo porque da mayor seguridad, sino sencillamente porque es mejor. Es el Señor quien lo ha dicho: María escogió la mejor parte (Lc 10,42). En la medida en que la contemplación es superior a la acción, en esa misma permite comprender que hace más por Dios quien, por amor a él, sufre algún detrimento de la preferida contemplación con el fin de atender a la salvación del prójimo.

Atender a la salvación del prójimo con algún detrimento de la contemplación, aceptado por amor a Dios y al prójimo, implica una perfección de caridad mayor que el tener una tal adhesión a la contemplación que, ni por trabajar en la salvación del prójimo, se acepte recorte alguno. Por atender a la salvación del prójimo, el Apóstol aceptó sufrir retraso no sólo en la contemplación de la vida presente, sino también en la de la gloria del cielo. Me siento en aprieto entre dos cosas, con deseo de partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor; pero permanecer en esta vida es más necesario por causa de vosotros (Flp 1,23-24).

Cuando se trata de la caridad que, según se dijo con palabras de Agustín, consiste ante todo en la disposición de ánimo, muchos de quienes practican vida contemplativa tienen también esta perfección: la de estar dispuestos a aceptar ocasionalmente, según el beneplácito de Dios, alguna merma en el ocio de la preferida contemplación, a fin de ocuparse en la salvación del prójimo. Ocurre, sin embargo, que esa perfección de caridad no existe en muchos de los que se dedican al servicio del prójimo; la contemplación les inspira un tedio que empuja a centrar el deseo en lo exterior. Ante hechos de esta índole se comprueba que pertenece a la perfección del amor el posponer ocasionalmente el bien preferido por atender a la obra de salvación. Pero el defecto de algunos no puede motivar perjuicio al estado o ministerio en cuanto tal. El solo hecho de tener solicitud por el prójimo para prestarle servicio debe ser juzgado acto de perfección, puesto que pertenece al perfecto amor a Dios y al prójimo.

Aquí es preciso tener en cuenta una cosa importante: No todo el que tiene lo que es más perfecto se encuentra en estado más perfecto. Nadie puede dudar que la guarda de la virginidad pertenece a la perfección; de ella dice el Señor: El que pueda entender, entienda (Mt 19,12). El Apóstol, por su parte, dice: Acerca de las vírgenes, no tengo precepto del Señor. Pero doy un consejo (1 Cor 7,25). Los consejos se refieren a obras de perfección. Sin embargo, la virginidad practicada sin voto no introduce en estado de perfección. Hablando de la virginidad, dice Agustín: La virginidad misma no es encomiada por ser virginidad, sino por estar consagrada a Dios; por este motivo, aunque practicada corporalmente, se hace espiritual, en cuanto prometida y custodiada a impulsos de una continencia que nace de la piedad [para con Dios]. Y añade poco después: Entre los bienes del alma ha de ser contada como merecedora de mayor encomio aquella continencia en virtud de la cual la integridad misma del cuerpo es prometida, consagrada y vivida para el Creador del alma.

Es evidente que los arcedianos y los párrocos, aunque tengan cura pastoral, no están comprometidos por voto a mantenerla; de otro modo, sin autorización de quien puede dispensar el voto perpetuo, no podrían abandonar la cura pastoral del arcedianato o de la parroquia. Aunque el arcediano o el párroco realicen algún acto o cumplan algún ministerio de perfección, ellos mismos no se encuentran en estado de perfección. Bien pensadas las cosas, el estado de perfección lo tienen, más que los arcedianos y párrocos mismos, aquellos religiosos que por voto de su orden están obligados a esto, es decir, por vocación deben prestar servicio a los obispos, en lo relativo a la cura de almas, predicando y oyendo confesiones.

Dentro del argumento sexto hay también falsedad por lo dicho. Es falso, efectivamente, decir que el aumento de caridad no es posible en persona que no tenga estado de perfección. En el estado de perfección hay quienes tienen una caridad imperfecta o nula: es el caso de muchos obispos y religiosos que viven en pecado mortal. Aunque muchos buenos párrocos tengan caridad perfecta de modo que estén dispuestos a dar su vida por el prójimo, no por esto se encuentran en estado de perfección. No faltan muchos laicos incluso casados que tienen caridad perfecta y están dispuestos a dar la vida por el prójimo. Sin embargo, no se puede decir que se hallen en estado de perfección.

Si los siete diáconos instituidos por los apóstoles se hallaban en estado de perfección, no se puede saber ni por el texto ni por la Glosa. Diciendo que estaban llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, se da a entender su perfección, la cual es posible también en quienes no viven en estado de perfección. Lo que se dice en la Glosa de Beda, o sea, que pertenecían a un nivel más alto y que estaban cercanos al altar, significa la eminencia de su grado o ministerio. Pero una cosa es poseer un grado; otra, vivir en estado de perfección, como ha sido dicho ya. Es verdad, sin embargo, que aquellos siete diáconos vivieron en estado de perfección, de aquella perfección acerca de la cual el Señor dice: Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19,12). Dejadas todas las cosas, siguieron a Cristo, sin tener nada propio, pues todas las cosas les eran comunes, como se dice en Hch 4,32. En su ejemplo han tenido origen todas las religiones.

En relación con el octavo argumento, concedemos que los arcedianos Esteban y Lorenzo vivieron en estado de perfección, pero no por el arcedianato, sino por el martirio, el cual tiene preferencia respecto de cualquier perfección religiosa. A este propósito dice Agustín: De esta realidad da clamoroso testimonio la autoridad de la Iglesia en la cual los fieles no pueden menos de ver dónde, al celebrar el misterio del altar [el sacrificio eucarístico], son recitados los nombres de los mártires y dónde el de las santas religiosas. En este sentido digo también que Sebastián vivió en estado de perfección, y lo mismo Jorge. Pero, por este motivo, nunca diremos que los soldados se encuentren en estado de perfección.

Decir que los párrocos y los arcedianos son más semejantes a los obispos que los religiosos, es verdad en cuanto a una parte, o sea, en cuanto a la solicitud por los subordinados; pero en cuanto a la perpetua obligación, que es indispensable para que haya estado de perfección, los religiosos son más semejantes al obispo que los arcedianos y los párrocos: como ha sido demostrado ya.

Sin la menor duda, la administración de bienes de la Iglesia no causa merma en el estado de perfección. De lo contrario, en los institutos religiosos mismos los superiores y quienes deben cuidarse de lo temporal quedarían por debajo del grado de perfección. Lo que en ellos [en quienes administran bienes de la Iglesia] introduce alguna merma en el estado de perfección, es que no renuncian a lo propio, abandonándolo todo por Cristo. Antes bien, se apropian el producto de los bienes de la Iglesia.

Se hace una propuesta sin sentido que viene a renovar el error de Vigilancio; escribiendo contra él, dice Jerónimo: A la afirmación de que quienes usan sus cosas y poco a poco reparten los frutos entre los pobres hacen mejor que quienes, vendidas las posesiones, lo entregan todo junto, les será dada respuesta no por mí, sino por Dios, que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes…» (Mt 19,21). Está hablando a quien desea ser perfecto. Esto que tú encomias es el segundo o tercer grado. Los arcedianos y los párrocos no son más perfectos por el hecho de practicar una hospitalidad que los monjes, careciendo de bienes propios, no pueden ofrecer.

No hay duda de que el sacrificio más grato a Dios es el celo de las almas. Pero en el celo de las almas hay que guardar un orden, de manera que, en primer lugar, el hombre debe tener celo de su propia alma, liberándola de todo apego terreno, de acuerdo con la sentencia del Sabio: Ten compasión de tu alma para agradar a Dios (Eclo 30,24), sobre lo cual trata Agustín. Si alguien, una vez desechado el apego a las cosas terrenas y a sí mismo, avanza más y tiene celo de la salvación de otras almas, el sacrificio será más perfecto; será perfectísimo cuando, con voto o profesión, se obligue al celo de las almas, como el obispo o también los religiosos que estén obligados a esto por voto.

No se puede aceptar el punto de partida. Decir que el arcediano preside en su arcedianato y el párroco en su parroquia, a la manera como el patriarca preside en su patriarcado y el obispo en su obispado: es manifiestamente falso. Son los obispos quienes principalmente tienen la responsabilidad pastoral de todo lo perteneciente a su diócesis. Los párrocos y también los arcedianos cumplen algunos servicios en dependencia del obispo: se relacionan con el obispo a la manera como el valido o el prefecto con el rey. Por este motivo y en relación con las palabras del Apóstol unos ayudan, otros administran (1 Cor 12,28), dice la Glosa: el ayudar se cumple en quienes ofrecen recursos a otros mayores, como Tito al Apóstol o los arcedianos a los obispos; el administrar remite a presidencias que, siendo de inferior rango, como la del presbítero, son desempeñadas con edificación del pueblo. Esto mismo se manifiesta en la ordenación de los sacerdotes, de quienes el obispo, cuando la celebración llega al prefacio, dice: Por cuanto somos más frágiles, esto es, que los apóstoles, tanto tenemos de éstos mayor necesidad. Por eso está mandado: Todos los presbíteros, diáconos y demás clérigos han de ser cuidadosos de no hacer nada sin licencia del obispo propio. Ningún presbítero celebre la misa en su parroquia sin mandato de él. No bautice tampoco, ni haga cosa alguna sin su permiso. Se dice también: Los presbíteros no hagan nada sin mandato o consejo del obispo.

Presentar el caso de clérigos que por delitos enormes son recluidos en monasterios, pone de manifiesto cuál es su estado de ánimo y su intención. A este respecto, dice Gregorio: Es muy difícil que cuando los perversos predican cosas rectas, no hagan salir también aquello que, guardado en silencio, ambicionan. Piensan que los clérigos por la aspereza de la penitencia se hallan en estado [de perfección], y no los monjes, a pesar de que, siendo inocentes, la asumen voluntariamente, mientras que los clérigos delincuentes son forzados a practicarla. Este estado, el de los monjes, es ante Dios tanto más alto cuanto para el mundo es más abyecto. Por este motivo está escrito: El que se humilla, será enaltecido (Mt 23,12). Dios escogió a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino (Sant 2,5). Pero quienes ambicionan la gloria humana piensan que lo que se mantiene alto es lo perteneciente a la gloria y que las cosas humildes vienen al suelo.

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