Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 6: Es arrancada la raíz del error señalado

CAPÍTULO 6

Es arrancada la raíz del error señalado

Para extirpar radicalmente este error, es necesario dar con su raíz o con su origen. El error señalado parece proceder de esto: piensan que la perfección consiste principalmente en los consejos y que los preceptos se ordenan a los consejos como lo imperfecto se ordena a lo perfecto; de manera que el paso de los preceptos a los consejos se asemeja necesariamente al paso de lo imperfecto a lo perfecto. Dado que ésta es su idea central acerca de los preceptos, es preciso decir: se engañan.

Es evidente que los mandamientos principales son los de amor a Dios y al prójimo. El Señor mismo lo ha dicho. El primero y supremo mandamiento de la ley es: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,37-39). La perfección cristiana consiste esencialmente en estos dos preceptos. Por lo cual dice el Apóstol: Ante todo, tened caridad que es el vínculo de la perfección (Col 3,14). Acerca de esto dice la Glosa: Los otros mandamientos hacen perfecto al hombre, en cuanto que se ordenan a la caridad; la caridad, por su parte, ata o mantiene todas las virtudes unidas. Por este motivo, el Señor después de haber propuesto los preceptos de la caridad, añadió: Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Las palabras nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mt 19,27), son explicadas por San Jerónimo, diciendo: Puesto que no basta abandonar, añade aquello que da la perfección, o sea, te hemos seguido. Los apóstoles seguían al Señor no tanto caminando con él cuanto entregándole el corazón. De modo semejante, acerca del sígueme de Lc 5,27, dice Ambrosio: Manda que le sigan no con pasos corporales, sino con el afecto del espíritu.

Una cosa queda definitivamente clara: la perfección de la vida cristiana consiste ante todo en el afecto de caridad para con Dios. Y esto es lo conforme a razón. La perfección de cada cosa consiste en la consecución de su propio fin. Ahora bien, el fin de la vida cristiana es la caridad, a la cual ha de ser ordenado todo lo demás, de acuerdo con la sentencia del Apóstol: El fin del precepto es la caridad (1 Tim 1,5). Al respecto, dice la Glosa: La caridad es el fin o sea la perfección del precepto, es decir, de todos los preceptos, cuyo cumplimiento está en amar a Dios y al prójimo.

Hay que tener en cuenta que una cosa es juzgar acerca del fin y otra juzgar acerca de las cosas ordenadas al fin. Lo que está ordenado al fin ha de ajustarse a la medida que se deriva del fin mismo. El fin, en cambio, no está sujeto a medida, de modo que cada uno lo alcanza en la medida que él puede. Así, por ejemplo, el médico regula la dosis de medicina, evitando el exceso; para la salud, en cambio, no piensa en límite, sino que trata de restituirla lo más perfectamente posible. De modo semejante, el precepto del amor a Dios, que es el fin último de la vida cristiana, no está sujeto a límite alguno. Nunca se podrá decir: el precepto recae sobre tal medida, de modo que una medida más alta fuese de consejo. Para cada uno está preceptuado que ame a Dios todo cuanto puede. El enunciado del precepto lo dice con claridad: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (Dt 6,5). Cada uno cumple esto según su propia posibilidad: uno más perfectamente, otro menos perfectamente. Falla en el cumplimiento de este precepto quien, en el ámbito del amor, no da preferencia a Dios sobre todas las demás cosas. Quien lo prefiere a todo lo demás como fin último, cumple el precepto más o menos perfectamente, según que la medida de amor que se le queda pegado a otras cosas sea menor o mayor. En relación con esto dice Agustín: Para la caridad es veneno la esperanza de alcanzar o de recibir bienes temporales, lo cual ha de entenderse en la hipótesis de que sean esperados como fin último. De la caridad es alimento la disminución de la codicia; es perfección el no tener codicia alguna.

Un modo perfecto de cumplir este precepto no es posible durante la vida presente. Dice Agustín: En la plenitud de caridad que se realizará en la patria, será cumplido el precepto: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Y añade enseguida: ¿Por qué no se habría de preceptuar al hombre esta perfección, aunque durante la vida presente nadie la posea? No es posible correr acertadamente si no se conoce la meta. Ahora bien, ¿cómo sería posible conocerla si no fuese propuesta por ningún precepto?

Por consiguiente, a estos preceptos del amor de Dios y del prójimo se ordenan como a fin todos los otros preceptos y los consejos. Por este motivo dice Agustín: Todas las cosas que Dios manda, entre las cuales está «no cometerás adulterio» y todas aquellas otras que no son mandadas pero que son propuestas por vía de consejo espiritual, como, por ejemplo, «bueno es para el hombre no tocar mujer», entonces son cumplidas rectamente cuando son ordenadas al amor de Dios y al del prójimo por Dios.

El modo como a los preceptos de caridad se ordenan los otros preceptos difiere del modo como a esos mismos preceptos se ordenan los consejos. Una cosa se ordena al fin de tal manera que sin ella el logro del fin es imposible: es el caso del alimento para la conservación de la vida. El orden que dicen otras cosas consiste en que hacen la obtención del fin más fácil, más segura, más perfecta. A la conservación de la vida del cuerpo se ordena el alimento como cosa necesaria; la medicina, en cambio, como recurso que conserva la salud para que sea mantenida con mayor plenitud y seguridad. Los preceptos de la ley se ordenan a la caridad del primer modo: es imposible que cumpla los preceptos de la caridad quien adore a otros dioses, con lo cual se aleja del amor de Dios; o quien comete homicidio o robo, que son contrarios al amor del prójimo.

Los consejos, en cambio, se ordenan a la caridad del segundo modo. En cuanto al consejo de virginidad es bien claro que, de acuerdo con lo que dice el Apóstol, se ordena al amor de Dios. El célibe tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado anda solícito con las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer (1 Cor 7,32-33). En cuanto al consejo de pobreza, es el Salvador mismo quien dice que se ordena a su seguimiento (Mt 19,21). Ahora bien, el seguimiento, como ya se dijo, consiste principalmente en el afecto de caridad. La caridad, a su vez, se perfecciona haciendo que disminuya la codicia; la codicia misma y el amor a las riquezas disminuyen o son eliminados por completo mediante la renuncia a ellas. Dice Agustín en carta a Paulino y Terasia: Lo ya conseguido se apega más fuertemente que lo apetecido. Una cosa es no querer añadir nada de lo que falta, y otra desprenderse de lo que ya se tiene.

Ambos consejos se ordenan también al amor del prójimo. Lo que el Señor dice en el capítulo quinto de Mateo (v.38-48), en relación con el amor al prójimo, ha de ser cumplido en la disposición de ánimo. Ahora bien, es evidente que el mejor modo de tener el ánimo dispuesto, consiste en no andar preocupado con lo propio. Llegado el caso de necesidad, está más dispuesto a soportar que le arrebaten la túnica o el manto quien decidió no poseer nada que quien vive pensando en la posesión de algo, mientras le dure la vida en este mundo.

La caridad es no solamente el fin, sino también la raíz de todas las virtudes y de todos los preceptos, los cuales recaen sobre actos de virtudes. Por lo tanto, así como mediante los consejos el hombre progresa para amar más perfectamente a Dios y al prójimo, de manera semejante progresa también para cumplir con mayor perfección aquellas cosas que se ordenan a la caridad como requisito necesario. Quien se ha propuesto guardar continencia o pobreza por amor a Cristo, se aleja más del adulterio y del robo. En el estado religioso se añaden muchas observancias, como vigilias, ayunos, apartamiento de la vida de los seglares, con todo lo cual el hombre se aleja más de los vicios y progresa más fácilmente en la perfección de la virtud. De este modo, la observancia de los consejos presta servicio para el cumplimiento de los otros preceptos, aunque no estén ordenados a éstos como a fin. Nadie guarda virginidad para evitar el adulterio, sino para progresar en el amor de Dios. Lo que es superior no se ordena a lo inferior como a fin.

Por consiguiente, queda claro que los consejos pertenecen a la perfección de vida [cristiana], no porque la perfección consista principalmente en ellos, sino porque son unas concretas vías o instrumentos para llegar a caridad perfecta. Por este motivo, Agustín, hablando sobre vida de los religiosos, dice: Toda su atención se centra en dominar la concupiscencia y en mantener el amor fraterno. Allí mismo añade: Todo el empeño se centra en la caridad: a la caridad se ajusta la virtud, el discurso, la actitud, el rostro. En las Colaciones de los Padres, dice el abad Moisés: Por ésta, por la pureza de corazón y por la caridad, lo hacemos todo, lo soportamos todo; por ella nos desprendemos de parientes, patria, dignidades, riquezas, deleites y placeres del mundo: todo desechado. Por ella, los ayunos hasta pasar hambre. Dormir poco, trabajar, insuficiencia de vestido. Nos ocupamos en la lectura y practicamos las restantes virtudes, con el fin de que con estos recursos podamos preparar nuestro corazón y conservarlo libre de toda nociva pasión, de modo que sea posible subir hasta la perfecta caridad a través de estos peldaños.

Dado que son dos los modos de observar los preceptos, uno perfecto y otro imperfecto, dos son también los modos prácticos de cumplirlos: uno consiste en su perfecta observancia, y este modo de cumplirlos tiene su origen en los consejos, como puede verse por lo ya dicho. Otro modo de cumplimiento se concreta en la observancia imperfecta de los preceptos: que es lo que ocurre en la vida secular que prescinde de los consejos. Cuando se dice que alguien, antes de pasar a la práctica de los consejos, debe ejercitarse en los preceptos, es lo mismo que si se dijera: Es necesario que el hombre se ejercite en la imperfecta observancia de los preceptos antes de que se ejercite en la observancia perfecta de los mismos. Ahora bien, dirigiendo la mirada sea hacia los preceptos de la caridad, sea hacia los consejos mismos, todo esto tiene las apariencias de una gran tontería (valde inepte dicitur).

¿Quién, que esté en su sano juicio, cuando alguien quiere amar a Dios perfectamente, podrá retenerlo obligándolo a que primero lo ame imperfectamente? ¿Acaso esto no está en contradicción con el modo de amar que requiere de nosotros el precepto del amor a Dios, cuando se nos dice amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón? ¿Se puede acaso temer que el hombre empiece a amar perfectamente a Dios demasiado pronto, como si en el amar pudiese desentenderse del modo en que está preceptuado? Está escrito: Dando a Dios tanta gloria como os sea posible, todavía os quedará mucho (Eclo 43,32). Por ello el Apóstol amonesta: Corred como para poder alcanzarlo (1 Cor 9,24). Y este otro pasaje: Démonos prisa para entrar en aquel descanso (Heb 4,12). Por muy pronto que el hombre inicie el camino de perfección, siempre le quedará largo recorrido para caminar, hasta que, en la patria, alcance la perfección última.

Si nos fijamos en el ejercicio mismo, la cosa es más absurda todavía. Sí alguien desea guardar continencia o virginidad, ¿quién le dirá que primero viva castamente en el matrimonio? Al que tiene voluntad de sufrir pobreza por Cristo, ¿quién le dirá que primero viva justamente en medio de las riquezas, como si las riquezas fuesen un medio para preparar el espíritu del hombre a la pobreza, y no fuesen, más bien, un impedimento contra el propósito de pobreza? Es cosa bien clara en el joven que recibió del Señor el consejo de pobreza; se fue triste, porque era rico (cf. Mt 19,16-22).

Esto ha sido dicho estableciendo la comparación entre consejos y preceptos de la caridad. Pero si comparamos los consejos con los otros preceptos, se seguirá un absurdo que nadie puede menos de ver. Dado que mediante los consejos se quitan ocasiones de pecados que son otras tantas transgresiones de los preceptos, ¿quién no ve que es mucho más necesario evitar las ocasiones de pecar? ¿Acaso habrá que decir al joven: por ahora vive entre mujeres y en compañía de gente desvergonzada, para que, ejercitado de este modo en la castidad, más tarde guardes la castidad en la vida religiosa? Como si fuese más fácil guardar la castidad en la vida secular que en religión. Y lo mismo se echa de ver a propósito de las otras virtudes y pecados.

Los promotores de esta doctrina son semejantes a generales que colocasen en los puestos del más duro combate a los soldados bisoños que están comenzando su adiestramiento. Confesamos que si en la vida secular hay cristianos ejercitados en los preceptos, esos mismos pueden progresar mejor en la vida religiosa. Sin embargo, así como, por una parte, la observancia de los preceptos en vida secular prepara la persona para observar mejor los consejos, por otra, el ambiente de la vida secular pone impedimento a la observancia de los consejos. Por este motivo Gregorio, al comienzo de los Morales, dice: Cuando mi disposición interior me orientaba a prestar servicio al mundo presente, tan sólo como en apariencia, la atención a este mismo mundo hizo que en mí se desarrollasen, en contra de mí, muchas cosas, de modo que me sintiese retenido en él no sólo en apariencia, sino también con mi espíritu: lo cual es más grave.

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