Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 6: Los religiosos, ¿pueden desprenderse de todo y no poseer nada ni personal ni comunitariamente?

CAPÍTULO 6

Los religiosos, ¿pueden desprenderse de todo y no poseer nada ni personal ni comunitariamente?

[Argumentos de impugnación]

En Prov 30,8-9 se dice: No me des pobreza ni riqueza; concédeme solamente lo necesario para mi alimentación; no sea que saciado, te niegue y diga: ¿quién es Yahvé? O que, a causa de la miseria, robe y blasfeme del nombre de mi Dios. Ahora bien, el que, abandonadas todas las cosas, entra en una orden pobre que no tiene posesiones, se priva de lo necesario para la vida y se expone a la necesidad de tener que mendigar, sobre todo si no lleva el propósito de procurarse el alimento con trabajo manual. Se pone, por tanto, en peligro de robar y de perjurar. Y por este motivo merece reprensión.

En Ecl 7,12 se dice: la sabiduría es más útil con riquezas. La Glosa aclara diciendo: más que si estuviera ella sola. Por consiguiente, es digno de reprensión quien opta por sabiduría sin riquezas, desprendiéndose de las riquezas para dedicarse a la sabiduría.

En Eclo 27,1 se dice: Muchos pecaron a causa de la indigencia. La Glosa entiende que indigencia puede ser la del corazón o la del cuerpo. Ahora bien, lo que es ocasión de peligro debe ser evitado. Nadie, por tanto, puede hacerse indigente, abandonando todo lo suyo.

En 2 Cor 8,12 el Apóstol propone a los fieles el modelo para práctica de la limosna, cuando dice: Si la voluntad está dispuesta de acuerdo con lo que tiene, sin pretender ir más allá de lo que tiene —reteniendo, según dice la Glosa, solamente lo necesario y sin ir más allá de las propias posibilidades— pues no se trata de que para unos haya desahogo y para vosotros estrechez, o sea ‘pobreza’, comenta la misma Glosa. Ahora bien, quien lo da todo no retiene para sí lo necesario, sino que, dando más de lo que sus posibilidades permiten, sufre indigencia. Hace, pues, donación desordenada y contraria al modo propuesto por el Apóstol.

En 1 Tes 5,12 se lee: Os rogamos, hermanos, que acojáis a quienes entre vosotros trabajan. Acerca de lo cual la Glosa dice: Así como las riquezas generan negligencia en orden a la salvación, de manera semejante la estrechez, ansiando ser saciada, se desvía de la justicia. Ahora bien, quienes, habiéndolo dejado todo, entran en una orden religiosa pobre, se ponen en estrechez, o sea, en peligro de alejarse de la justicia: y esto es reprensible.

En 1 Tim 6,8 se dice: Teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos estamos contentos. La Glosa lo comenta: Aunque nada hemos traído a este mundo y nada nos llevaremos de él, no por eso hay que rechazar totalmente estos bienes temporales. Pero quien, habiendo abandonado todas las cosas, entra en una orden religiosa que carece de posesiones temporales, desecha la totalidad de los bienes temporales. Con ello se comporta desordenadamente.

En Lc 3,11 se dice: quien tiene dos túnicas, dé al que no tiene. La Glosa lo explica así: El precepto de repartir es dado a quien tiene dos túnicas, porque dividiendo una, ni uno ni otro queda vestido. A su misericordia le es señalada una medida de acuerdo con las posibilidades de la condición humana, a fin de que no se quede uno sin nada, sino de quehaga al pobre participar en lo que él tiene. Por tanto, quien lo da todo a los pobres, sin reservarse nada, da sin medida y faltando a la moderación, comete un pecado.

En relación con aquello de no andéis buscando qué comeréis (Lc 10,29), dice la Glosa: No se manda que los santos no reserven ningún dinero, con que proveer a los usos de necesidad, puesto que del Señor mismo se lee que tenía bolsa. Ahora bien, si el reservar algo no fuese cosa buena, el hecho de reservar estaría prohibido y el Señor no se habría reservado nada. Por tanto es bueno reservarse algo y no desprenderse de todo.

Dar lo que se ha de dar y lo que no se ha de dar es acto de prodigalidad. Ahora bien, el que se desprende de todo, se coloca en esa situación. Comete, por tanto, pecado de prodigalidad.

Sobre lo de vuestro razonable obsequio (Rom 12,1), dice la Glosa: ¡Cuidado con el exceso! Ahora bien, darlo todo es dar con exceso: excede el [justo] medio que la liberalidad mantiene en el dar, dando algo y reservando algo. Por tanto, quien, dándolo todo, entra en religión, no ofrece a Dios un obsequio razonable.

En Éx 20,12 está mandado: no matarás. La Glosa explica: Dejando de dar a quien debes un consejo que le ayude a vivir. Los bienes temporales encarnan un consejo sobre conservación de la vida. Por tanto, quien a sí mismo —que es para quien tiene el máximo deber de aconsejarse para vida— se priva de todos los bienes temporales, actúa contra el precepto del decálogo ‘no matarás’, poniendo la mano sobre sí mismo.

En Lam 4,9 se dice: A los asesinados con la espada les fue mejor que a quienes perecieron de hambre. Por consiguiente, exponerse al hambre es peor que exponerse a la espada. Pero esto no está permitido, mientras el hombre, sin pecar, pueda hacer algo: como dice Agustín. Por tanto, mucho menos se permite exponerse al hambre, que es lo que parecen hacer quienes lo dejan todo, sin reservarse nada.

El hombre está más obligado para consigo mismo que para con otro. Ahora bien, pecaría si a ese otro le arrebatase todo aquello con que se sustenta la vida y, en cierto sentido, sería como asesinarlo. Pan de indigente es la vida de los pobres; quien se lo quita es hombre sanguinario (Eclo 34,21). Por tanto, peca, a la manera del suicida, quien lo abandona todo para ingresar en una religión sin bienes comunes de que sustentarse.

El modelo de toda perfección es la vida de Cristo. Ahora bien, Cristo tenía algo con que sustentarse. En Jn 12,6 se lee que tenía bolsa. Y en Jn 4,8 se lee que los discípulos habían ido a la ciudad para comprar alimentos. Por consiguiente, la perfección no requiere que alguien lo dé todo, sin reservarse nada.

Toda observancia religiosa tiene origen en el comportamiento de los discípulos de Cristo. Ése es el motivo por el que Jerónimo dice que en la Iglesia primitiva todos los cristianos eran como son los religiosos de máxima perfección’. Esto mismo consta por las ‘colaciones de los padres’; también por la Glosa sobre Hch 4,32 acerca de la ‘multitud de los fieles’. De los miembros de esta multitud se dice que lo tenían todo en común y que ninguno, entre ellos, pasaba necesidad (Hch 4,32.34). Por tanto quien, después de abandonar lo propio, no tiene posesiones comunes y, por lo mismo, no puede menos de ser indigente, abraza una vida no religiosa, sino supersticiosa.

El Señor, cuando envió a sus discípulos a predicar, les impuso dos preceptos: el de no llevar nada consigo y el de no ir a las ciudades gentiles (cf. Mt 10,8-10; Mc 6,8-9; Lc 9,2; 10,4). El primero parece haberlo revocado cuando estaba a punto de comenzar la pasión. Dijo en efecto: ahora el que tenga bolsa que la lleve y lo mismo la alforja (Lc 22,36). El segundo precepto parece haberlo revocado cuando dijo: Id al mundo entero (Mc 16,15). El segundo precepto, después de su revocación, no puede ser observado, antes bien, urge anunciar el evangelio a los gentiles. Por consiguiente, tampoco el precepto primero puede ser observado en el sentido de que alguien se desprenda totalmente de los medios de vida.

En el Decreto se dice: Es recomendable que se mantenga la posesión de los bienes de la iglesia y que los propios sean desechados por amor a la perfección. Y un poco más adelante: Está suficientemente demostrado que es bueno abandonar los bienes propios con vistas a la perfección y que, sin embargo, está permitido, sin impedimento para la perfección, retener los bienes de la iglesia, los cuales evidentemente son comunes. Por tanto, aunque algunos abandonen todas sus cosas por volar a una orden religiosa, deben elegir una que tenga bienes comunes.

También en el Decreto se dice que los sacerdotes supremos dejaron establecido que fueran otorgadas posesiones a la iglesia para que entre quienes hacen vida común no haya ningún indigente. Por consiguiente, quienes, desechadas las posesiones comunes, viven en estrechez: ésos actúan contra lo establecido por los santos padres y, por lo mismo, pecan.

Acerca de las palabras si eres Hijo de Dios, échate de ahí abajo (Mt 4,4), dice la Glosa’: Nadie debe tentar a Dios, cuando la razón humana basta para lo que hay que hacer. Y añade: Cuando la razón humana ya no llega, encomiéndese el hombre a Dios, no tentando, sino con rendida confianza. Ahora bien, quien posee riquezas para hacer frente a lo que produce desgaste del cuerpo, como el calor natural y cosas semejantes, contra las cuales nos defendemos mediante el alimento y el vestido, ya sabe por la sola razón humana qué hacer. Por tanto si, privándose de estos medios, espera de Dios el alimento, peca tentando a Dios. Si uno, viendo que el oso viene, se desprendiese de las armas, con que podía defender su vida, tentaría a Dios.

No se puede rechazar lo que diariamente pedimos a Dios. Pero a Dios le pedimos las cosas necesarias para la vida, diciendo: Danos hoy nuestro pan cotidiano. Luego no está permitido desechar la totalidad de los bienes temporales sometiéndose voluntariamente a una situación de pobreza.

En el Decreto se dice que la iglesia no debe ser edificada antes que aquel que desea la edificación la haya provisto de todo lo referente a luces, guarda y cuidado de la misma, con estipendio para quienes la toman a su cargo. Por tanto quienes viven en comunidades cuyas iglesias no tienen posesiones, llevan una vida contraria a lo decidido por los santos padres.

El vivir con posesiones comunes dentro de la vida religiosa está aprobado por padres antiguos: Agustín, Benito, Basilio y otros muchos. Resulta, pues, temerario introducir otro modo diferente.

El Nuevo Testamento impone a los discípulos la obligación de socorrer a los pobres. Ahora bien, esto no pueden hacerlo quienes no tienen posesiones ni propias ni comunes. Por consiguiente, ese modo de vivir no puede ser aprobado.

[Encuadramiento y planteamiento de la cuestión]

A veces para entender las cosas hace falta conocer su origen. Veamos, pues, el nacimiento y el desarrollo de la cuestión que venimos tratando. En la antigüedad, hubo en Roma un hereje llamado Joviniano, el cual cayó en el error de enseñar que todos los bautizados fieles a su bautismo tendrán en el cielo un mismo premio. Así lo refiere Jerónimo en el libro que escribió contra él. De aquí pasó a decir que las vírgenes, las viudas y las casadas, una vez lavadas en Cristo [bautizadas], son iguales entre sí a no ser que por razón de otras obras haya que establecer distinción, como tampoco la hay entre renunciar a los alimentos y tomarlos con acción de gracias. De este modo igualó matrimonio y virginidad, reduciendo a nada el consejo de virginidad dado por el Señor, cuando dice: No todos entienden esta palabra —la de renunciar al matrimonio—. El que pueda entender que entienda (Mt 19,11). El Apóstol, por su parte, dice: Acerca de las vírgenes, no tengo precepto del Señor, pero doy un consejo (1 Cor 7,25). Por eso su opinión [la de Joviniano] fue condenada como herética, según refiere Agustín. El error de Joviniano resurgió con Vigilancio. De ello habla Jerónimo en la carta que escribió contra Vigilancio, el cual rechazaba la verdad de fe. San Jerónimo lo presenta así: alguien que aborrece la castidad y en los banquetes clama contra los santos que ayunan. No se contentó con imitar a Joviniano, negando el consejo de virginidad, añadió la total negación del consejo de pobreza. Por lo cual Jerónimo dice de él: Opina que quienes hacen uso de sus cosas y poco a poco reparten entre los pobres el fruto de sus posesiones obran mejor que quienes, vendidas las posesiones, lo entregan todo de una vez. A esto no necesito responder yo. Responde el Señor mismo con estas palabras: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Después ven y sígueme (Mt 19,21).

Este error ha ido transmitiéndose a través del tiempo y llega a nuestros mismos días, como se pone de manifiesto en un cierto Desiderio, hereje lombardo de nuestro tiempo el cual escribió un tratado contra la verdad católica; en él condena, entre otras cosas, el estado de quienes, abandonándolo todo, quieren vivir pobres con Cristo. Actualmente, está ocurriendo algo mucho más horrendo: el antiguo error ha sido renovado por aquellos mismos que parecían defender la fe. Siguiendo la dinámica de quienes yerran, no se contentaron con igualar la riqueza con la pobreza, como Joviniano, o con dar primacía a las riquezas frente a la pobreza como Vigilancio, sino que condenan en su totalidad la pobreza, diciendo que no es lícito abandonar por Cristo todo lo que se tiene, a no ser que la religión escogida tenga posesiones o que la persona lleve la decisión de trabajar manualmente. Dicen también que la pobreza encomiada en la Sagrada Escritura no es la pobreza actual, por la que alguien se despoja de todos los bienes temporales, sino la habitual, por la que alguien, en su corazón, desprecia las cosas temporales, aunque efectivamente las posea.

Para eliminar el error, he aquí el recorrido:

Mostraremos, en primer lugar, que a la perfección evangélica pertenece no solamente la pobreza habitual sino también la actual, que consiste en desprenderse de todas las cosas.

En segundo lugar, mostraremos que esta perfección se mantiene, aunque se tengan posesiones en común.

En tercer lugar, veremos que esta perfección, en quienes carecen de posesiones, no siempre requiere trabajo manual.

Por último, en cuarto lugar, daremos respuesta a las objeciones.

[Exposición doctrinal de la cuestión]

El primer punto afirma la conexión entre pobreza actual y perfección evangélica. Para mostrarlo, tenemos, por ejemplo, el pasaje de Mt 19,21 que dice: Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Ahora bien, el que lo vende todo y lo da alos pobres elige una pobreza no solamente habitual, sino también actual. Por consiguiente, la pobreza actual pertenece a la perfección evangélica.

La perfección evangélica consiste en la imitación de Cristo. Ahora bien, Cristo fue pobre no sólo por actitud de voluntad, sino también en la realidad. Por eso, en relación con las palabras vete al mar y echa el anzuelo (Mt 17,28), dice la Glosa: La pobreza del Señor fue tan grande que ni siquiera tenía con qué pagar el tributo. Y en relación con las palabras las zorras tienen sus cuevas (Lc 9,58), la Glosa dice: Yo vivo en pobreza tan grande que ni tengo vivienda propia ni me cobijaré bajo techo. Se podrían alegar, con toda facilidad, muchas otras expresiones bíblicas que prueban lo mismo. Por tanto, la pobreza actual pertenece a la perfección evangélica.

La pobreza evangélica brilló sobre todo en los apóstoles, los cuales practicaron la pobreza actual, abandonando todas sus cosas. Por lo cual dijo Pedro: Nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido (Mt 19,27). Jerónimo, escribiendo a Edibia, dice: Si quieres ser perfecta y mantenerte en la cima de esa dignidad, haz lo que hicieron los apóstoles; vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; sigue la desnuda y sola cruz con una desnuda virtud practicada en soledad. Por consiguiente, la pobreza actual pertenece a la perfección evangélica.

Acerca de las palabras qué difícil será, para quienes tienen riquezas, entrar en el reino de los cielos (Mc 10,23), dice la Glosa: Una cosa es tener riqueza, y otra, amarla. Muchos la tienen y no la aman, muchos no la tienen y la aman, otros la tienen y la aman. Otros, en cambio, se gozan de que ni la tienen ni la quieren. Éstos van más seguros, porque, con el Apóstol, pueden decir: el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Por tanto, la pobreza que es juntamente actual y habitual, ha de ser preferida a la pobreza habitual.

Lo mismo se contiene en las palabras difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos (Mt 19,23). Sobre ellas la Glosa dice: Lo más seguro de todo es no tener ni querer riquezas.

En Sant 2,5 se lee: ¿Acaso no eligió Dios a los pobres de este mundo? Según la Glosa se entiende por ‘pobres’ aquellos que carecen de bienes temporales. Así, pues, los actualmente pobres son elegidos de Dios.

En Lc 14,33 se lee: el que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío. La Glosa dice a este respecto: Entre renunciar a todo y abandonarlo todo hay una diferencia. Renunciar es obra de quienes, usando debidamente las posesiones, con su espíritu, aspiran a lo eterno. Abandonar es propio de los perfectos solamente, o sea, de quienes despreocupándose de todo lo temporal, sólo aspiran a lo eterno. Por consiguiente, el abandonar, en el cual va incluida la pobreza actual, pertenece a la perfección evangélica, mientras que el renunciar, que según la Glosa citada pertenece a la pobreza habitual, es necesario para la salvación.

Jerónimo, en la carta a Vigilancio, después de las palabras citadas, añade: Para dirigirse a su interlocutor, el Señor dice: si quieres ser perfecto Por tanto, quiere ser perfecto el que, con los apóstoles, abandona padre, barca y redes. Aquel a quien tú encomias —o sea al que distribuye entre los pobres el fruto de sus posesiones— está en segundo o tercer lugar, y nosotros lo aceptamos, siempre que tengamos conciencia de que lo primero debe ser preferido a lo segundo y esto a lo tercero. Es, por tanto, evidente que quienes lo abandonan todo han de ser preferidos a quienes, con sus posesiones, socorren a los pobres.

También Jerónimo, en carta al monje Rústico, dice: Si tienes bienes, véndelos y da el dinero a los pobres. Si no los tienes, has sido liberado de un gran peso. Sigue desnudo a Cristo desnudo. Exigente, sublime, difícil. Pero grandes los premios. De las cartas de Jerónimo podrían tomarse otras muchas cosas semejantes, las cuales han de ser entendidas necesariamente de la pobreza actual. Todo eso, ahora se omite por motivo de brevedad.

Agustín, en el libro De ecclesiasticis dogmatibus, dice: Bueno es administrar los bienes temporales practicando el reparto de limosnas a los pobres. Pero es mejor, si se hace con la intención de seguir al Señor, darlo todo de una vez y, quedando libre de preocupaciones, ser pobre con Cristo. La conclusión es, por tanto, la misma de antes.

Ambrosio dice: Las riquezas no prestan servicio alguno para una vida dichosa. El Señor lo mostró con toda evidencia en el evangelio, diciendo: dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Por consiguiente, la pobreza, el hambre, el sufrimiento, que son considerados como males, no sólo no impiden una vida dichosa, sino que le prestan ayuda, como quedó demostrado con toda claridad. Ahora bien, esto no puede ser entendido de la pobreza habitual por la que el hombre domina las riquezas, pues nadie piensa que este tipo de pobreza sea impedimento para la vida dichosa. Se trata, por tanto, de la pobreza actual, la que desecha la totalidad de los bienes.

Gregorio, por su parte, dice: Cuando alguien, de lo suyo, ofrece a Dios algo y deja de ofrecerle algo, realiza un sacrificio. En cambio, cuando ofrece a Dios omnipotente todo lo que tiene, todo aquello de lo que vive, todo aquello que da sabor, realiza un holocausto. Ahora bien, el holocausto era el sacrificio de máxima dignidad. O sea, dejarlo todo por Dios es la obra de máxima perfección.

Dice también Gregorio en el Prólogo de sus Morales: Cuando mi espíritu me forzaba como a servir a este mundo presente, la preocupación misma por el mundo hizo que, a partir de él, fueran surgiendo contra mí asuntos que no sólo parecían retener mi mente, sino que efectivamente la aprisionaban: y esto es mucho más grave. Finalmente, poniendo empeño en huir de todo, acudí al puerto del monasterio y, abandonadas todas las cosas de este mundo, salí desnudo del naufragio de este mundo. Por donde se ve que es peligroso poseer las cosas del mundo, pues su posesión ata peligrosamente el espíritu. Es, por tanto, más laudable abandonar la posesión de bienes temporales, asumiendo la pobreza actual, para que el espíritu se vea libre de la solicitud por las riquezas.

El Crisóstomo dice: ¿En qué perjudicó a los apóstoles la escasez de bienes temporales? ¿Acaso no pasaron la vida en hambre, sed y desnudez, de modo que, esclarecidos por este comportamiento, eran mirados como ejemplar de maravillosa grandeza? Caminando por esta senda, alcanzaron una gran familiaridad con Dios. De todo lo cual se sigue que la pobreza actual, que consiste en la escasez de cosas temporales, pertenece a la perfección apostólica.

Bernardo, en carta al arzobispo de Sens, Feliz el que no se reserva nada; no tiene madriguera, como tienen las zorras; tampoco nido, como los pájaros; sin bolsa, que tenía Judas; ni casa, como tampoco María la tuvo en el mesón: lo cual, sin duda, ocurrió para imitación de aquel que no tiene donde reclinar la cabeza. Por lo cual es evidente que el no poseer nada en el mundo pertenece a la perfección cristiana.

En el Decreto se lee: Ciertamente, quien se despoja de todo o el que no posee ni desea poseer, es más perfecto que quien, de lo mucho que posee, hace donación de algo a la iglesia. Por consiguiente, queda claro que el no poseer nada pertenece a la perfección cristiana.

Quien se consagra a la contemplación de las realidades divinas debe estar más liberado de las cosas del mundo que aquellos que se dedicaban a la contemplación filosófica. Ahora bien, los filósofos, para dedicarse libremente a la filosofía, se hacían encomiables por rechazar las riquezas del mundo. Por lo cual Jerónimo dice al presbítero Paulino: El Sócrates aquel de Tebas que algún tiempo fue riquísimo, cuando se encaminó hacia Atenas para dedicarse a la filosofía, se deshizo del oro en gran cantidad, pensando que no le era posible poseer las virtudes juntamente con las riquezas. Por consiguiente, para dedicarse a la contemplación de las cosas divinas, es laudable abandonar todas las cosas. De acuerdo con esto, a propósito de las palabras si quieres ser perfecto (Mt 19,21), dice la Glosa interlinear: Está mostrando que la vida contemplativa pertenece al evangelio.

No es debido un premio de alta calidad sino a quienes sobresalen por su merecimiento. Ahora bien, a la pobreza actual le es debido un magnífico premio, es decir, el poder de juzgar. En relación con las palabras vosotros, que lo dejasteis todo y me habéis seguido, os sentaréis sobre doce tronos para juzgar (Mt 19,29), dice la Glosa: Quienes lo dejaron todo y siguieron al Señor, ésos serán jueces. En cambio, quienes usaron con rectitud las cosas que legítimamente poseían, estarán entre los juzgados. Por consiguiente, la pobreza actual encarna un mérito de alta calidad.

En 1 Cor 7,33, el Apóstol, a la hora de dar el consejo de guardar virginidad, indica la razón, que es la de vivir sin preocupaciones. Ahora bien, la renuncia a todas las riquezas temporales contribuye de manera eficacísima a liberar de preocupaciones. Las riquezas, en efecto, dan a sus dueños muchas preocupaciones. Este es el motivo por el que, en Lc 8,34, las riquezas son comparadas a espinas, pues, con las preocupaciones que causan, ahogan la palabra de Dios en el corazón de quienes la oyen. Por lo tanto, de manera semejante a la virginidad, también la pobreza actual pertenece a la perfección evangélica.

El comienzo de esta perfección tuvo lugar en Cristo y en los apóstoles. Pero de ellos no se lee que, después de haberlo abandonado todo, hayan tenido posesiones comunes. Más aún, lo que está dicho es que ni siquiera tenían casa donde residir: como anteriormente quedó demostrado. Por consiguiente, la perfección de la pobreza no requiere posesiones comunes.

Agustín reflexiona sobre aquellos que del judaísmo se convirtieron a Cristo en la primitiva Iglesia y dice que por su cercanía con hombres de espíritu, fueron tan capaces de [recibir] el Espíritu Santo que vendieron todo lo que poseían y pusieron el precio a disposición de los apóstoles para socorrer a los necesitados. Y un poco después añade: Sobre ninguna de las iglesias de gentiles se escribió esto; no estaban tan cercanas, pues habían llamado dioses a las figuras hechas por sus manos. Por lo cual es evidente que Agustín prefiere la perfección de la Iglesia primitiva, compuesta de judíos, a la perfección de la iglesia procedente de la gentilidad; aquellos primitivos discípulos lo vendieron todo para socorrer a los pobres. Pero, después de haber vendido lo propio, no se reservaron posesión alguna en común. Por consiguiente, es más perfecta la pobreza sin posesiones en común que la pobreza con dichas posesiones.

Jerónimo, en carta a Heliodoro, bromeando sobre la muerte de Nepociano, dice: De monjes sean más ricos que lo habían sido de seglares, bajo Cristo pobre posean riquezas que no poseyeron bajo el opulento diablo, y gima la Iglesia por unos ricos que en el mundo habían sido mendigos. Esto es lo que puede ocurrir con frecuencia en órdenes religiosas que tienen posesiones comunes; no en las que carecen de posesiones. Por consiguiente, en la vida religiosa es más laudable carecer de posesiones comunes que tenerlas.

Dice también Jerónimo, escribiendo al ermitaño Lucinio; Cuando vivimos entre asuntos de mundo y nuestro espíritu tiene que ocuparse en la administración de posesiones y rentas, no tenemos libertad para poner el pensamiento en Dios. A los religiosos, por tanto, les conviene más carecer de rentas y posesiones que tenerlas.

Gregorio, hablando del siervo de Dios Isaac, dice: Frecuentemente los discípulos le insinuaban que aceptase para el uso del monasterio las posesiones que le eran ofrecidas; pero él, celoso guardián de su pobreza, mantenía la rigurosa sentencia según la cual el monje que en la tierra busca posesiones no es monje. Tenía tanto temor de perder su pobreza cuanto suele ser el empeño de los ricos avarientos por guardar unas riquezas perecederas. Por consiguiente es de mayor perfección y seguridad carecer de posesiones comunes que tenerlas.

Entre los monjes de Egipto, acerca de los cuales nos son ofrecidas lecturas en el libro Vidas de los Padres, eran considerados más perfectos aquellos que hacían vida solitaria en el desierto y de los cuales consta que en el desierto no tenían posesión alguna. Por consiguiente, para vivir la pobreza evangélica, no se requiere tener posesiones comunes.

Las posesiones comunes pueden ser arrebatadas por los tiranos. Por tanto, si no está permitido abandonar todas las cosas a no ser entrando en una religión que tenga posesiones comunes, estaría en el poder de los tiranos el hacer imposible la perfección de la pobreza evangélica: lo cual es absurdo.

La pobreza es recomendada para restar fuerza a la solicitud por las cosas del mundo. Ahora bien, las posesiones, aunque sean comunes, originan muchas preocupaciones para conservarlas, preservarlas y desarrollarlas. Por lo cual, el consejo de pobreza es cumplido más perfectamente por quienes no tienen posesiones comunes.

Ahora hay que explicar el punto tercero, o sea, que la pobreza no requiere, por necesidad, trabajo manual.

Agustín dice: Quienes cuando vivían en el mundo tenían recursos para vivir sin el trabajo propio de un operario y los distribuyeron entre los pobres cuando se consagraron a Dios, no deben ser obligados al trabajo manual. Ahora bien, esas personas, por amor a Cristo, asumen laudablemente la pobreza voluntaria, aunque no tengan posesiones comunes. Agustín, en el pasaje citado, dice también que en la Iglesia primitiva de Jerusalén había muchos cristianos de esa condición. Por consiguiente, quienes eligen la pobreza evangélica, aunque no tengan posesiones comunes, no están obligados al trabajo manual.

Por precepto [divino] nadie está obligado a trabajo manual, fuera del caso en el que no puede adquirir de otro modo lo necesario para vivir. Ahora bien, quienes no tienen posesiones comunes no están obligados al trabajo manual más que en virtud de dicho precepto, o por razón de un voto. Por lo tanto, no es verdad que estén obligados, sin más, al trabajo manual; lo están en el caso en que no puedan conseguir, por otro medio, lo necesario para la vida, como lo estaría cualquier otro en ese mismo caso. Hay también obligación de trabajo manual cuando la regla lo impone.

El consejo de pobreza dado por el Señor se ordena a la vida contemplativa. Acerca de las palabras si quieres ser perfecto (Mt 19,21), la Glosa dice: Está señalando la vida contemplativa, la cual forma parte del evangelio. Ahora bien, quienes para vivir han de ocuparse en el trabajo manual encuentran muchas trabas para la contemplación. Por tanto, si los que eligieron vida en pobreza por amor a Cristo han de estar ocupados en labores manuales, la consecuencia es que el consejo de pobreza, lejos de promover, impide aquello a lo que se ordena. Sería un consejo indiscreto: lo cual es absurdo.

Pongamos que quienes lo abandonan todo por Cristo han de tener intención de trabajar manualmente. La intención se ordena al trabajo de manos en sí, o al trabajo como medio de procurarse lo necesario en la vida, o por razón de hacer limosnas con lo producido mediante el trabajo. Esto supuesto hay que decir lo siguiente. Sería ridículo afirmar que la perfección espiritual encarnada en la pobreza, se ordena al trabajo manual. Sería un modo de anteponer el trabajo manual a la perfección espiritual. Tampoco se puede mantener que deban orientar la intención a la provisión de lo necesario para vivir, sea porque podían vivir de lo que abandonaron, sea porque el trabajo manual no suele dar lo suficiente para la vida a unos pobres de Cristo que se consagran a la oración y a otras obras de índole espiritual; aunque hagan trabajo manual, ordinariamente necesitan ayuda de los fieles, como Agustín dice. Tampoco se puede afirmar que deban ocuparse en el trabajo manual para hacer limosnas, porque con los bienes que antes poseían podían haber hecho limosnas mucho más copiosas; carecería de sentido dejar todas las cosas para tener que hacer limosnas con el trabajo manual.

En conclusión: quienes abandonan todas las cosas sin tener posesiones comunes, no están obligados a trabajar manualmente. A esto habría que añadir todo lo dicho anteriormente acerca del trabajo manual.

[Respuesta a los argumentos de la impugnación]
Ahora llega el momento de responder a las objeciones de los adversarios.

A lo de no me des mendicidad ni riquezas, hay que decir que, así como la culpa no está en las riquezas, sino en el abuso de ellas, de manera semejante tampoco hay culpa en la mendicidad o pobreza, sino en el abuso, como cuando alguien es obligado a la pobreza contra su voluntad o la soporta con impaciencia; entonces puede ocurrir que, por el deseo de riquezas, caiga en muchos pecados. Los que quieren enriquecerse caen en muchas tentaciones, en lazos del diablo y en muchas codicias locas y perniciosas (1 Tim 6,9). Y esto es lo que dice el Crisóstomo, exponiendo a Mateo: Escuchad todos vosotros, los que sois pobres; más aún, también vosotros, los que ansiáis enriqueceros: el mal no está en ser pobre; está en no querer ser pobre. Es, pues, evidente que la pobreza forzada lleva anejos unos peligros que están muy lejos de la pobreza voluntaria: quienes voluntariamente abrazan la pobreza, no quieren hacerse ricos. Lo de Salomón no me des pobreza ni riquezas, se entiende de la pobreza involuntaria, como se ve por lo que sigue, no sea que agobiado por la estrechez, robe (Prov 30,9). Dice también la Glosa: Aquel con quien está Dios pide que ni la abundancia ni la carencia de cosas transitorias lo lleven a olvidarse de lo eterno. Una cosa, por tanto, es evidente: el Sabio enseña a evitar el abuso de las riquezas y de la pobreza, no las riquezas ni la pobreza en sí.

A lo de es más provechosa la sabiduría con las riquezas (Ecl 7,12), hay que decir que aquella palabra de Salomón está en sintonía con lo que el Filósofo enseña, o sea, que el máximo bien, como la felicidad, comparado con el bien ínfimo, es preferible. Por esto mismo, la sabiduría, que se cuenta entre los bienes máximos, es preferible a las riquezas que se cuentan entre los mínimos. Pero, de acuerdo con este modo de razonar, un bien máximo junto con otro bien máximo, es preferible al que va unido con alguno de los mínimos, o está él solo. Por lo tanto, la sabiduría juntamente con la perfección evangélica de la pobreza, que se cuenta entre los bienes máximos, es preferible a la sabiduría en sí sola o a la que va unida con las riquezas.

A lo de por la indigencia muchos perecieron (Eclo 27,3), hay que decir que las palabras se refieren a la pobreza involuntaria, la cual lleva unido necesariamente consigo el deseo de riquezas. Por lo cual se hace a continuación una advertencia al que tiene apetencia de enriquecerse, porque éste, como indica la Glosa, aparta su ojo interior del temor de Dios.

Respecto a la cuarta objeción, es de notar que la Glosa alegada sufre una mutilación, por la cual se vuelve contra la intención del glosador. Esto es claro por lo que la Glosa añade a continuación de las palabras que se citan. Se lee, en efecto: No dijo eso porque dejase de ser mejor aquello, o sea, darlo todo y hacerse pobre, sino que lo dijo por consideración para con los débiles, respecto de los cuales tiene algún temor; los orienta, pero sin exponerlos a estrechez.

Cuando se dice que la indigencia aparta de la justicia, se entiende de la indigencia forzada que lleva consigo el deseo de riquezas, hasta lograr saciarse, con una saciedad que implica la abundancia buscada por quienes no se contentan con la moderación, de la cual se dice: Teniendo con qué alimentarnos y cubrirnos, estemos con eso contentos (1 Tim 6,8). Es significativo lo que añade: Quienes buscan enriquecerse caen en muchos lazos y en ansias perniciosas (v.9). La apetencia de abundancia produce frecuentemente alejamiento de la justicia.

Cuando se dice que los bienes temporales no han de ser desechados totalmente, se entiende dejando a salvo el uso para sustento de la vida: alimento, bebida, vestido. Es evidente por lo que se acaba de decir: Teniendo con qué alimentarnos y cubrirnos, estemos con eso contentos. Queda a salvo que está permitido desprenderse de la totalidad de los bienes poseídos.

Entre las cosas temporales, algunas son necesarias para sostener la vida en el momento presente, como el vestido con que me visto, y el alimento y bebida de que debo servirme ahora. En relación con estos bienes, si tengo tanto que baste para mí y para otro, tengo deber de proveer al necesitado; en otros casos, no tengo obligación de privarme de todo, de modo que me quede desnudo o sin alimento y bebida a la hora de comer. De estos bienes es de los que habla la Glosa. Hay otra clase de bienes temporales: los que se reservan para proveer a las necesidades corporales en el futuro, como el dinero, las posesiones y otras cosas por el estilo. Personas perfectas pueden abandonar totalmente estos bienes o darlos a otros; hecho esto, hay que contar con la divina providencia, como las Escrituras nos lo piden, y confiar en que, antes de que surja la necesidad, proveerá suficientemente.

Aunque no hay precepto de que no sea reservado dinero alguno para los usos necesarios, hay, sin embargo, un consejo. El Señor tenía bolsa no porque, de otro modo, hubiera sido imposible darle provisión, sino por asumir la persona de los débiles, a fin de que éstos creyesen que les estaba permitido lo que veían cumplido por Cristo. En Jn 12,6 se habla de la bolsa de Jesús que estaba en manos de Judas y era administrada por él. En relación con este pasaje, dice la Glosa: Aquel a quien sirven los ángeles tuvo bolsa para los gastos de los pobres, condescendiendo con los débiles. En relación con las palabras produces forraje para los que sirven al hombre (Sal 103,14), la Glosa dice. El Señor tenía bolsa para los usos de quienes le acompañaban y para los de él mismo. Algunas mujeres formaban parte del acompañamiento y le servían con sus bienes; en ellas acogía la persona de los débiles. Preveía, en efecto, que había de haber muchos débiles los cuales tendrían cuestión sobre esto. Representándolos a ellos dice: Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26,38). Pero una cosa es de notar. La bolsa no era llenada con bienes provenientes de posesiones, sino con las donaciones que le eran ofrecidas por devotos y fieles.

Como se dice en el libro segundo de los Éticos, el medio de la virtud no se toma por equidistancia de los extremos, sino según la debida proporción de los elementos concurrentes, la cual es obra de la recta razón. Por tanto, no es necesario que el medio de la virtud se sitúe entre lo excesivo y lo escaso, cualquiera que sea la situación en sí misma considerada; hay que determinarlo en una situación comparada con otra. Puede ocurrir que sea necesario cambiar el modo [o medida] de acuerdo con el cambio de la otra situación. Pongamos el ejemplo de la sobriedad. El modo de la circunstancia ‘qué’ varía de acuerdo con la circunstancia ‘quién’. Es claro que tomar algo como alimento puede ser moderado para una persona; para otra, en cambio, excesivo; para otra, por último, escaso. Por esto, puede ocurrir que la expresión máxima en una determinada situación señale el medio para establecer comparación con otra situación: es el caso de la magnanimidad. El magnánimo, como dice el Filósofo, busca los supremos honores. El que se aparta de esta virtud por exceso, a quien llama presuntuoso [jaúnos. Santo Tomás aquí escribe «caynum»], no se magnifica más que el magnánimo; rebasa el medio de la virtud, porque aquello que para el magnánimo era moderado, para él es excesivo. Es, por tanto, evidente que el medio de la virtud no es eliminado por el hecho de buscar lo máximo en una situación, siempre que esta situación mantenga con otras la proporción adecuada. Pongamos como ejemplo la liberalidad. Si reflexionamos acerca de lo que se ha de dar y llegamos al máximo, es decir, a darlo todo, en determinadas circunstancias será excesivo, convirtiéndose en vicio de prodigalidad. En otras circunstancias puede ser obra de liberalidad perfecta: es lo que sucede cuando alguien da todo lo suyo en servicio de la patria, caso que un peligro amenace destruirla. El filósofo moral no considerará a ese ciudadano pródigo, sino liberal en grado perfecto. De manera semejante quien da todo lo suyo para cumplir un consejo de Cristo, no es un pródigo, sino que realiza un acto perfecto de virtud. En cambio si lo diese en función de un fin no debido o por otras razones no justificadas, caería en prodigalidad. Con esto guarda analogía la virginidad y otras realidades semejantes, las cuales dan la impresión de exceso en relación con el modo ordinario de la virtud. Por consiguiente, darlo todo por Cristo no es lo mismo que dar lo que se puede y lo que no se puede dar. Es tan sólo dar lo que se ha de dar. No han de ser dadas todas las cosas por cualquier motivo o de cualquier modo. Por Cristo es legítimo darlo todo.

La gracia perfecciona la naturaleza. Por tanto, ninguna cosa perteneciente al orden de la gracia puede dañar a la naturaleza. Hay cosas que sirven de inmediato para sostén de la naturaleza, como el alimento, la bebida, el sueño y otras cosas semejantes. Tratándose de esto, el acto de la virtud gratuita no rebasa el medio adecuado para la conservación de la naturaleza. Por tanto, si en esto alguna cosa queda reducida más allá de lo que la naturaleza soporta, se excede el medio de la razón y el acto es vicioso. Es de esto de lo que habla el Apóstol, cuando se refiere a vuestras atenciones en las cosas indicadas (Rom 12,1). La Glosa lo entiende así: Habla de la mortificación corporal de la cual venía tratando; debe ser razonable, o sea, practicada con discreción, para no incurrir en excesos; debéis practicar con moderación la penitencia corporal para que el cuerpo no desfallezca por carecer de la atención debida a la naturaleza. Pero hay también cosas sin las cuales la naturaleza puede conservarse, como el uso de la sexualidad. En estas cosas, todas las reducciones que se hagan por Dios no pueden llegar a lo excesivo, a no ser que, por algún otro motivo, se introduzca algo defectuoso. La virginidad que implica abstención total del deleite sexual, es laudable. Algo semejante ocurre en el caso presente. Poniendo la esperanza en el multiforme auxilio divino, la naturaleza puede ser conservada sin tener el dominio de posesiones terrenas. Por mucho que se reduzca [la posesión], nunca se cometerá exceso, si se hace por Dios. Por consiguiente, la pobreza voluntaria, abrazada por amor a Cristo, no se aparta del medio de la virtud.

Quien lo da todo por Cristo, se priva de algo conducente a la vida. Pero no se priva de todo, porque todavía le queda el socorro de la providencia divina, la cual no le faltará en lo necesario, como tampoco la devoción de los fieles. Agustín replica a los adversarios, diciendo: ¿Piensas tú que al cristiano, al siervo de Dios, al que está consagrado a las buenas obras, al que es amado por su Señor, le habrá de faltar algo? ¿Piensas tú que faltarán los bienes terrenos a aquel a quien son otorgados los dones divinos? ¿De dónde este pensamiento falto de fe? ¿De dónde viene esta impía y sacrílega reflexión? ¿Qué hace en la casa de Dios un corazón descreído? ¿Por qué quien no cree en Cristo es llamado y dicho cristiano? Se le acomoda mejor el nombre de fariseo. Cuando en el evangelio el Señor disputaba acerca de la limosna y nos orientaba sobre la manera de conseguir amigos con las ganancias terrenas, la Sagrada Escritura añadió esto: oían esto los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él. Vemos en la Iglesia a quienes les son semejantes; sus oídos están cerrados y sus corazones ciegos; las espirituales y salvíficas enseñanzas derraman luz, pero no aceptan ni una sola de esas luces. Nada extraño que, cuando miran esas cosas, desprecien a los siervos de Dios, pues vemos que por esa clase de personas el Señor mismo fue despreciado. Queda, pues, claro que es un sacrilegio decir que quienes lo dan todo por Cristo se exponen a cometer homicidio.

Por lo ya dicho está claro que quien lo abandona todo por Cristo no se expone a una forma de hambre que le dé muerte, porque nunca es abandonado por Dios hasta dejarlo morir de hambre. A propósito de las palabras no te dejaré ni te abandonaré (Heb 13,5), dice la Glosa: Qué haremos si nos llegan a faltar las ayudas necesarias? Pronto es propuesto el motivo de consuelo, alegando el testimonio del libro de Josué: No te dejaré sin darte lo necesario; no te abandonaré. Sería abandonado el que pereciese de hambre. Pero como esto no ocurrirá, no andes con ansiedad. Y añade: Dice esto a todo el que ponga la esperanza en él, como Josué. Esto es lo que nos promete, si ponemos en él nuestra esperanza. La promesa está hecha no para los vigorosos ni para los de grandes aspiraciones, sino para los que esperan en Dios. Aparte de esto, se parte de un supuesto falso. El hombre podría laudablemente exponerse, por amor de Cristo, al peligro de ser muerto a espada, aunque le fuera posible hacer otra cosa: como se lee de muchos mártires, los cuales, en tiempo de persecución, se ofrecían espontáneamente, confesando públicamente el nombre de Cristo. De otro modo, no estaría permitido a los soldados atravesar el mar y exponerse a muchos peligros por el honor de Cristo.

El hombre es dueño de sus cosas. Pero no de las de otro, contra el cual cometería injusticia si le arrebatase sus posesiones. Pero él, desprendiéndose de sus posesiones, no es injusto contra sí mismo. El Filósofo enseña que no hay injusticia de uno contra sí mismo, hablando de injusticia en sentido propio. Además, quien arrebata a otro lo suyo, lo somete a pobreza involuntaria, la cual es peligrosa. En cambio, quien abandona lo propio asume una pobreza voluntaria, la cual, abrazada por amor de Cristo, es meritoria.

Como ya se dijo antes, el Señor hizo que se reservase dinero para los usos necesarios, por acomodarse a los débiles. Por nadie puede ser considerado supersticioso el hecho de que varones perfectos no quieran reservarse dinero alguno. También por condescender con los débiles, [el Señor] comía con los publicanos, bebiendo vino y sirviéndose de otros alimentos de uso común. No por eso, sin embargo, han de ser juzgados como supersticiosos los santos padres del desierto, los cuales se privaban de vino y de otros alimentos delicados. El dinero que el Señor mandaba reservar no procedía de posesiones propias, sino de donaciones con que, a modo de limosna, le proveían los fieles. En el capítulo octavo de Lucas se habla de las mujeres que seguían al Señor y le asistían con sus bienes.

Los apóstoles reservaban dinero y hacían colectas para socorrer a los pobres que, por amor de Cristo, habían vendido sus campos. Pero aquel dinero no procedía de posesiones, sino de limosnas de los fieles. Cuando se dice que ninguno pasaba necesidad, no ha de ser entendido como si los apóstoles y los discípulos de la Iglesia primitiva no hubiesen tenido que sufrir, por amor de Cristo, muchas penurias y estrecheces. Se lee, en efecto: Hasta el presente pasamos hambre, sed y desnudez (1 Cor 4,11). Desempeñamos el ministerio en medio de muchos sufrimientos, de tribulaciones, apuros (2 Cor 6,4). La Glosa lo compendia en la necesidad de alimento y vestido. De lo que tenían daban a cada uno lo que podían, a fin de que, según las posibilidades, remediasen las necesidades de todos.

El precepto no vayáis a los gentiles (Mt 10,5) fue revocado totalmente después de la resurrección. Estaba dispuesto que la palabra de Dios fuese anunciada primero a los judíos, para que pasara a los gentiles, de este modo, como se dice en Hch 13,48. Pero lo que el Señor había dicho a los apóstoles, o sea, que no llevasen consigo lo necesario, no lo revocó totalmente en la cena, sino solamente en el tiempo de persecución, cuando no podrían recibir de los perseguidores lo necesario para vivir. Jesús mismo señala la peculiaridad inherente a la persecución, como se ve por Lc 22,35. La Glosa se refiere a ello, diciendo: En la instrucción a los discípulos, les enseña que la regla de comportamiento en tiempos de persecución no es la misma que en tiempos de paz. Cuando envió los discípulos a predicar, les mandó que no llevasen nada para el camino, estableciendo que quien anuncia el evangelio viva del evangelio. Pero cuando llega el momento de la muerte y ante una multitud que perseguía al pastor juntamente con su grey, da una norma adecuada al tiempo aquel, permitiendo que se lleven consigo la provisión necesaria, hasta que pasada la crueldad de los perseguidores, retorne el tiempo de evangelizar. La Glosa, bajo una forma nueva, dice: En esto nos es dado un ejemplo. Surge impensadamente una situación que nos obliga a mitigar, sin culpa, alguna parte del rigor de nuestro plan. Si, por ejemplo, viajamos por regiones donde no se encuentra hospedaje, podemos llevar con motivo del viaje más de lo que tengamos en casa.

Dado que algunos herejes, de quienes procede la dificultad, no admiten las Glosas, por el texto mismo hemos dejado claro que, al multiplicarse los fieles, los discípulos de Cristo no llevaban consigo lo necesario para el viaje. En la última [carta] canónica de Juan se dice: Carísimo, te muestras fiel con lo que haces por los hermanos, aun siendo peregrinos (v.4). Y añade: Por el nombre de él [de Jesús] se pusieron en camino, sin recibir cosa alguna de los gentiles; nosotros debemos acoger a hombres así (v.5). Aunque no hubieran recibido nada de los gentiles, no sería necesario que fueran acogidos por los fieles, si ellos llevasen consigo lo que necesitaban para el camino. La Glosa lo dice claro: Se pusieron en camino por el nombre de él, sin pensar en sus propias cosas.

Dado que en la Iglesia hay muchos débiles que, sin la satisfacción de posesiones temporales, probablemente no permanecerían en ella con un comportamiento genuinamente eclesial, es conveniente que en la Iglesia se disfrute de posesiones comunes, una vez abandonadas las propias; y principalmente para socorrer a los pobres. De aquí no se sigue que no sea apropiado a varones perfectos que se desprendieron de lo propio para llevar una vida religiosa en la que no hay posesiones comunes. La perfección apostólica, aunque no quede anulada en quienes tienen posesiones comunes, se conserva de manera más expresiva en quienes, abandonado lo propio, carecen también de posesiones comunes.

Aquel decreto no prohíbe a nadie elegir vida pobre por amor a Cristo. Es un precepto dado para los obispos y para quienes poseen bienes de las iglesias, que son bienes de los pobres, para que les provean, en cuanto puedan, con el producto de esos bienes, y así remedien su indigencia. Este sentido es evidente para quien lea el conjunto del capítulo citado.

Quien, abandonadas todas las cosas por amor de Cristo, tiene esperanza de que Dios lo proveerá de sustento, ni es presuntuoso ni tienta a Dios. Tener en Dios la debida confianza no es presunción, ni significa tentar a Dios. Tal es la confianza que deben tener en Dios los pobres y particularmente los predicadores de la verdad. En relación con las palabras no llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias (Lc 10,4), dice la Glosa: El predicador debe tener tanta confianza en Dios que, aunque no sepa cómo le llegarán los recursos para los gastos de la vida presente, esté seguro de que no le faltarán; así evitará que su espíritu, demasiado pendiente de lo temporal, decaiga en la predicación de lo eterno. Más aún, el no tener en Dios esta confianza sería tentarlo. Respecto de las palabras no tentemos a Cristo como algunos lo tentaron (1 Cor 10,9), dice la Glosa, dando la explicación: ¿Acaso podrá Dios prepararnos mesa en el desierto?

Respecto de las cosas en que el hombre se entrega totalmente a Dios, hay que establecer una distinción. Haciendo esto, a veces tienta a Dios, y a veces no. Hay cosas en las cuales el hombre no puede ser ayudado sino por un milagro de Dios. Quien se expusiera a peligros de ese género, tentaría a Dios, como, por ejemplo, si alguien se lanzase desde un muro, confiando en el auxilio divino, a no ser que Dios, mediante alguna inspiración, le hubiese dado certeza de lo que había de ocurrir. Un caso parecido es el de Pedro que, ante el mandato del Señor, se expuso al oleaje del mar. San Martín dijo: Yo penetraré seguro por las falanges de los enemigos protegido no con escudo o coraza, sino con la señal de la cruz. El evangelista Juan bebió confiadamente el veneno. Y Santa Águeda dijo: Nunca di a mi cuerpo medicina corporal. Pero tengo al Señor Jesucristo que, con sola su palabra, lo remedia todo. Hay también casos en los cuales es posible el remedio por medio de causas naturales. Cuando se trata de esto, no hay tentación a Dios por el hecho de entregarse al auxilio divino. Así, por ejemplo, no tienta a Dios el soldado que entra en combate fiado en la protección de Dios, aunque no esté seguro de que vaya a escapar [del peligro]. De acuerdo con esto, resulta claro que quien lo abandona todo por Cristo, no tienta a Dios, bien porque, lleno de confianza fundada en la autoridad divina, es eso lo que debe hacer, bien porque existen fieles devotos por medio de los cuales es posible y obligado darle lo suficiente. Tampoco tentaría quien, por algún motivo razonable, deja las armas cuando ve que el oso viene y están allí otros hombres armados los cuales podrían y deberían defenderlo.

Se nos manda pedir cosas temporales. Son las que necesitamos para sostén de la naturaleza. Por esta razón, no debemos desechar lo temporal en aquello de que tenemos necesidad para dar al cuerpo alimento y vestido.

Aquella norma fue establecida en favor de los ministros de la iglesia. Por consiguiente, si alguien, en acto de supererogación, quiere, sin posesiones, servir a la iglesia, realiza una obra más laudable. Pablo predicó el evangelio sin pedir el estipendio que el Señor tenía dispuesto para los predicadores (cf. 1 Cor 9,14).

Aunque los santos padres aprobaron aquel modo de actuar, no por eso reprobaron este otro. Por consiguiente, no es presuntuoso seguir éste; de lo contrario nunca podría ser establecido algo nuevo, que no hubiera sido observado ya desde la antigüedad. Sin embargo, este modo de vivir fue practicado por muchos santos padres, y lo fue también en la Iglesia primitiva.

El socorro a los pobres es un precepto que se dirige a quienes tienen riquezas. El dato bíblico es claro. Si alguien tiene bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo puede morar en él la caridad de Dios (1 Jn 3,17)? Sin embargo es mucho más laudable que alguien, después de haberlo dado todo, se entregue él mismo a Dios: lo cual pertenece a la perfección apostólica. Por esta razón dice Jerónimo al eremita Lucinio: Entregarse uno mismo a Dios es propio de los cristianos y de los apóstoles, los cuales entregaron al Señor todo el capital que poseían.

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