Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 6: Perfección de amor divino que se requiere en este mundo para alcanzar la salvación

CAPÍTULO 6

Perfección de amor divino que se requiere en este mundo para alcanzar la salvación

Hay otro modo de amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas. Consiste en que no haya en nosotros cosa alguna que no esté referida a Dios actual o [por lo menos] habitualmente. Esta perfección de amor a Dios es la requerida por el precepto dado al hombre.

El precepto requiere, en primer término, que el hombre lo ordene todo a Dios como a fin, de acuerdo con la enseñanza del Apóstol, cuando dice: Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios (1 Cor 10,31). Se cumple esto cuando el hombre ordena toda su vida al servicio de Dios; de este modo, todo lo que hace para bien suyo queda virtualmente ordenado, a no ser que se trate de cosas que apartan de Dios, como los pecados. Así se hace efectivo que el hombre ama a Dios de todo corazón.

En segundo lugar, el precepto requiere que el hombre someta a Dios su entendimiento, como dice el Apóstol: Someted a obediencia vuestro entendimiento para gloria de Cristo (2 Cor 10,5). De este modo, Dios es amado con toda la mente.

En virtud del precepto se requiere, en tercer lugar, que el hombre ame en Dios todo lo que ama y, hablando de manera universal, que ordene todos sus afectos al amor de Dios. Es lo que dice el Apóstol: Si somos exagerados, lo hacemos por Dios; si nos quedamos cortos, también. Lo que nos apremia es la caridad de Cristo (2 Cor 5,13-14). Así, Dios es amado con toda el alma.

Se requiere, en cuarto lugar, que todo lo perteneciente a nuestra vida exterior, palabras y obras, se derive de la caridad, de acuerdo con lo que dice el Apóstol: Hacedlo todo por caridad (1 Cor 16,14). Así, Dios es amado con todas las fuerzas.

Éste es el tercer modo de un perfecto amor de Dios, al cual todos están obligados por el precepto. El modo segundo a nadie es posible en esta vida sin ser simultáneamente viador y comprehensor, como el Señor Jesucristo.

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