Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO 9: Es rechazada la teoría propuesta

CAPÍTULO 9

Es rechazada la teoría propuesta

Para mostrar la falsedad de esta teoría, es preciso, ante todo, tomar como punto de partida un hecho: Pedro y Andrés, al ser llamados por el Señor, de inmediato lo dejaron todo y lo siguieron (Mt 4,20). En encomio de ellos, dice el Crisóstomo: Cuando se encontraban en plena faena, al escuchar al que manda, no dieron largas. No dijeron: Cuando volvamos a casa ya hablaremos con los amigos, sino que, dejándolo todo, lo siguieron, como hizo Eliseo con Elías. Ésta es la obediencia que Cristo nos pide, para que no nos retrasemos ni un instante. El tema sigue con Santiago y Juan, los cuales, llamados por el Señor, abandonaron de inmediato todas las cosas, dejaron a su padre y lo siguieron (Mt 4,21-22). Como dice Hilado, cuando ellos dejan el oficio y la casa paterna, nos enseñan que el seguimiento de Cristo nos exime de ocuparnos en la vida secular y nos libera de mantener el trato familiar.

Después se añade que Mateo al ser llamado por el Señor, se levantó y lo siguió (Mt 9,9). A propósito de lo cual dice el Crisóstomo: Aprende de la obediencia de quien ha sido llamado: no resistió ni pidió ir a casa a consultar con los suyos. Como dice Remigio: Tuvo en nada los peligros que pudieran llegarle de los príncipes por el hecho de haber dejado sin completar las cuentas de su oficio. Con todo esto queda claro que ningún asunto de nuestra vida humana debe retrasarnos en el servicio de Dios.

Otra cosa hay que tener presente. En Mt 8,21-22 y en Lc 9,59 se lee que cierto discípulo de Cristo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre. El Señor le respondió: Sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos. El Crisóstomo lo expone diciendo: Con esto no manda rechazar la reverencia debida a los padres; muestra que lo más necesario para nosotros es no desentendernos de las cosas del cielo; antes, al contrario, debemos dedicarnos a ellas con todo empeño y no incurrir en retraso alguno por inevitables y atrayentes que sean las cosas. ¿Qué cosa más necesaria que dar sepultura al padre? ¿Qué cosa más fácil? Desde luego, no era necesario emplear mucho tiempo. El mismo, en otra homilía añade: El diablo insiste y pone mucha atención, queriendo encontrar alguna entrada; por poca que sea la negligencia, causa grande pusilanimidad. Por ello, el Sabio amonesta diciendo: «no lo retrases de un día para otro». Se nos enseña así que no debemos perder tiempo alguno, por insignificante que sea, aunque haya mil cosas urgentes; más aún, nos enseña que las cosas espirituales han de ser preferidas a todas las demás, incluso a las necesarias.

Agustín, por su parte, dice: Ha de ser honrado el padre. Pero hay que obedecer a Dios. Yo te llamo para servicio del evangelio; me eres necesario para una obra distinta. Esto es más que lo que tú quieres hacer; hay quienes den sepultura a sus muertos. Lo que es primero no debe quedar pospuesto: amad a los padres, y sea Dios antepuesto a los padres. Si por cosa tan necesaria el Señor reprende a quien pedía un aplazamiento de tiempo muy corto, ¿con qué cara pueden afirmar que a los consejos de Cristo debe preceder una larga deliberación?

En el evangelio de Lucas, seguido, se lee: Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de los míos (Lc 9,61). Exponiendo estas palabras, dice Cirilo, doctor insigne de los griegos: La promesa es de imitar y merece toda alabanza. Pero pedir volver para despedirse de los familiares, es muestra de que en él hay alguna división. Mantener la comunicación y consultar con prójimos que no quieren saber lo que debe ser hecho, es indicio de un espíritu débil y vacilante. Por lo cual tiene que escuchar del Señor: Nadie que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios. Mira hacia atrás quien busca aplazamiento con ocasión de volver a casa, a consultar con los parientes. No hicieron esto los apóstoles, los cuales dejando la barca y el padre siguieron a Cristo de inmediato. Pablo, igualmente, ni por un momento condescendió con los impulsos de la naturaleza. Así han de ser los que quieren seguir a Cristo.

Agustín, exponiendo este punto, dice: Te llama el Oriente, ¿y tú miras al Occidente? Oriente es Cristo a quien se aplica el dicho del profeta: He aquí un hombre. Oriente es su nombre (Zac 6,12). Occidente, en cambio, es cualquier hombre que cae en la muerte y que puede caer en las tinieblas del pecado o de la ignorancia. Hace injuria a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, quien, una vez escuchado su consejo, todavía piensa que debe recurrir al parecer de un hombre mortal.

Piensan que pueden eludir todo esto con la ridícula tergiversación que hacen. Dicen, en efecto, que la reflexión precedente es válida cuando alguien es llamado por la voz del Señor mismo: reconocen que entonces no habría motivo alguno para desconfiar y que no existiría el deber de pedir consejo a nadie. Pero cuando el hombre interiormente recibe impulso de entrar en religión, entonces tiene el deber de hacer larga deliberación, solicitando el consejo de muchos, para discernir si esto procede de una inspiración divina.

Pero esta respuesta es un completo error. Las palabras de Cristo que están consignadas en las Escrituras, debemos acogerlas como si las oyésemos de la boca del Señor mismo. Es él quien proclama: Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: velad (Mc 13,37). Y en otra parte se lee: Lo que ha sido escrito fue escrito para instrucción nuestra (Rom 15,4). La explicación es dada por el Crisóstomo, el cual dice: Si hubiesen sido para ellos solos, no habrían sido escritas; así, pues, fueron dichas por ellos, pero fueron escritas para nosotros. Por lo cual el Apóstol, alegando la autoridad del Antiguo Testamento, dice: Os habéis olvidado de la exhortación dirigida a vosotros como a hijos: hijo mío, no rechaces la corrección (Heb 12,5). Por donde queda claro que las palabras de la Escritura hablan no sólo para los presentes, sino también para la posteridad.

Veamos en especial si el consejo dado por el Señor al joven: Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21) fue dado para él solo o para la totalidad. Para guiamos, fijémonos en la sucesión de los relatos. Cuando Pedro dijo: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, el Señor promete universalmente el premio y dice para todos: Todo el que deje casa, hermanos…, por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna (Mt 19,27-28). Cada uno de los llamados debe seguir este consejo no menos que si por boca del Señor mismo fuese proferido en singular para cada uno.

En relación con todo esto, Jerónimo, escribiendo al presbítero Paulino, le dice: , una vez oída la sentencia del Salvador ‘Si quieres ser perfecto‘ conviertes las palabras en obras y, en desnudez, sigues la cruz desnuda. Aunque hablando con el joven le dirigió las palabras en singular, en otra ocasión propuso su consejo bajo forma universal, diciendo: Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16,24). Respecto del cual dice el Crisóstomo: Aquí el Señor propone esta máxima a todo el mundo, diciendo: si alguien quiere, alguien, quien sea, mujer o varón, rey, libre, esclavo. La negación de sí mismo, según Basilio, es olvido total de uno mismo y alejamiento de los propios gustos; de este modo resulta evidente que en la negación de uno mismo se incluye el desprendimiento de las riquezas que se poseen por voluntad propia. Por lo tanto el consejo dado por el Señor al joven ha de ser entendido como si fuese propuesto a todos por boca del Señor.

En la precedente respuesta evasiva, es preciso fijarse en otra cosa. Ya se dijo que la locución con que el Señor nos habla en las Escrituras tiene la misma autoridad que si las palabras fuesen proferidas para cada uno por el Salvador mismo. Hay también otro modo como Dios habla interiormente al hombre, de acuerdo con lo que dice un salmo: escucharé lo que el Señor Dios habla dentro de mí (Sal 84,4). Esta habla interior tiene preferencia sobre cualquiera otra exterior. En efecto, dice Gregorio en una homilía de Pentecostés: El creador mismo no habla eficazmente para instrucción del hombre si no habla al hombre mismo mediante la unción del Espíritu Santo. Ciertamente, Caín, antes de haber perpetrado el fratricidio, oyó: pecaste, déjate ya de eso. Pero como fue amonestado por unas culpas que daban voces, pero no por la unción, pudo oír palabras de Dios pero no se cuidó de practicarlas. Por consiguiente, si, como dicen, es necesario obedecer la voz del creador exteriormente propuesta, con mucho mayor motivo hay que evitar cualquier resistencia a la interior locución con que el Espíritu Santo actúa sobre la mente, obedeciendo sin titubear. Como de boca del profeta Isaías, o más bien de Cristo mismo, está dicho: El Señor Dios me abrió el oído, mediante inspiración interna; yo, por mi parte, no contradigo ni me echo atrás (Is 50,5), como quien olvidando lo pasado se proyecta hacia adelante, según se dice en Flp 3,13.

El Apóstol dice: Los que son movidos por el Espíritu Santo, ésos son hijos de Dios (Rom 8,14). En relación con estas palabras dice una glosa de Agustín: No es que no hagan nada, sino porque en ellos actúa la fuerza impetuosa de la gracia. Ahora bien, el que resiste o se retrasa no es movido por el ímpetu del Espíritu Santo. Por consiguiente, lo propio de los hijos es ser movidos impetuosamente hacia lo mejor, sin necesidad de estar a la espera de consejo. A este ímpetu se acomoda lo del profeta: Vendrá como río empujado por el Espíritu del Señor (Is 59,19). Este ímpetu debe ser secundado en cumplimiento de lo que dice el Apóstol: Caminad en el Espíritu. Si os dejáis guiar por el Espíritu no estáis bajo la ley (Gál 5,16.18). El Espíritu está en todo el desarrollo: Si vivimos por el Espíritu, caminemos bajo su acción (v.25). San Esteban echa en cara a quienes lo juzgaban una gran culpa, diciendo: Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (Hch 7,51). Y el Apóstol dice: No apaguéis el Espíritu (1 Tes 5,19). Sobre lo cual comenta la Glosa: Si en un momento, el Espíritu Santo revela algo a alguno, no le impidáis hablar. Ahora bien, el Espíritu Santo revela no sólo enseñando lo que el hombre debe proclamar, sino también sugiriendo interiormente lo que el hombre debe hacer, como está indicado en Jn 14,28. Por lo tanto, cuando el hombre es movido por instinto del Espíritu Santo a entrar en religión, no le está permitido dar largas para requerir consejo, sino que ese hombre debe seguir de inmediato el impulso del Espíritu Santo. Por lo cual se dice: Hacia donde se movía el Espíritu, hacia donde caminaba, hacia allí también se dirigían las ruedas, siguiéndolo (Ez 1,20).

Esto no sólo se comprueba por los pasajes de la Escritura, sino que también aparece de manera manifiesta en el comportamiento de los santos. Agustín refiere este hecho: Eran dos soldados; uno de ellos, después de haber leído la vida de Antonio, se sintió en un instante lleno de amor santo y dijo a su amigo: he decidido entregarme a Dios y lo hago aquí mismo en este momento. Si a ti te desagrada imitarme, no me lo impidas. El otro respondió que se le asociaba como compañero. Los dos se estimularon con el mutuo ejemplo, dejándolo todo y siguiendo a Cristo.

En el mismo libro, Agustín se reprende a sí mismo de que retrasaba la conversión. Dice, en efecto: No tenía nada que responder, convencido como estaba de la verdad. Sólo tenía palabras lentas y soñolientas: Ahora, enseguida, espera un momento. Pero el ‘un momento, un momento’ rebasaba todos los momentos; lo de ‘espera un poco’ iba para largo. Y añade en el mismo libro: Estaba muy avergonzado de mí mismo, porque todavía me resonaba el murmullo de aquellas tonterías, de los atractivos mundanos y carnales, y me sentía como paralizado pensando en aquello. Por consiguiente no es laudable, sino, más bien, vituperable que, una vez recibida la vocación, sea por vía interior o exterior, venida de una palabra o de la Escritura, la persona llamada aplace la decisión como quien busca consejo en asuntos dudosos.

Pertenece a la eficacia de la inspiración interior que los hombres inspirados sean elevados de inmediato a cosas más altas: es lo que está expresado en el hecho de que, reunidos los discípulos y viniendo de repente sobre ellos el Espíritu Santo, los hizo proclamar las grandezas de Dios, como se lee en el capítulo segundo del libro de los Hechos. La Glosa da esta pincelada: La gracia del Espíritu Santo no entiende planes de lentitud. Está escrito: Para Dios es fácil tributar honor al pobre en un momento (Eclo 11,23).

Sobre la eficacia de la interna inspiración divina, habla también Agustín en otra parte, donde, después de haber citado las palabras todo el que oyó del Padre y aprendió, viene a mí (Jn 6,45), dice: Está muy lejos de los sentidos corporales esta escuela en la cual se escucha al Padre cuya enseñanza es que vengamos al Hijo. Para esto no se sirve del oído corporal sino del oído del corazón. Y añade un poco más adelante: Así, pues, la gracia que secretamente es infundida en el corazón del hombre por divina largueza, no es rechazada por ningún corazón duro. Es infundida precisamente para arrancar la dureza de corazón.

Sobre la eficacia de la interna inspiración habla también Gregorio en una homilía de Pentecostés, diciendo: ¡Oh, qué artífice es este Espíritu! No necesita de tiempo para hacer aprender todo lo que quiere; con sólo tocar la mente enseña; tocar y enseñar es la misma cosa. En un momento ilumina el alma y la transforma. De repente hace desaparecer lo que se tenía; de repente da lo que no se tenía. Por consiguiente, desconoce el poder del Espíritu Santo o le resiste quien intenta detener el movimiento impreso por el Espíritu Santo, pasando largo tiempo en asesoramiento.

La falsedad de lo que dicen es puesta en evidencia no sólo por la autoridad de los santos doctores, sino también por escritos de los filósofos. Aristóteles, en un capítulo de la Ética a Eudemo, que se titula Buena fortuna, dice: Cuando se busca el principio del movimiento en el alma, inmediatamente se ve claro: totalmente, Dios. El principio de la razón no es la razón, sino alguna cosa mejor. Ahora bien, ¿qué habrá mejor que la ciencia y el entendimiento, sino Dios? Y luego añade acerca de las cosas que son movidas por Dios: No tienen que tomar consejo; tienen dentro un principio de tal naturaleza que supera la ciencia y el entendimiento. Avergüéncese, por tanto, quien, diciéndose católico, se empeña en que las personas divinamente inspiradas necesitan unos consejos de los cuales el filósofo pagano afirma que no tienen necesidad.

Veamos para qué necesitan consejo aquellos a quienes fue inspirado el propósito de vida religiosa. En primer lugar, la duda sobre si lo que Cristo aconsejó es mejor, es pecado de sacrilegio; en cambio, dudar si por el disgusto que sufrirán los amigos o por algún daño en lo referente a bienes temporales se puede dar de lado el propósito de religión, es propio de un espíritu dominado todavía por un amor sensible. Por lo cual, en carta a Heliodoro, dice Jerónimo: Aunque un sobrino chiquito se abrace a tu cuello, aunque la madre, con la cabellera revuelta y rasgado el vestido, te muestre los pechos con que te alimentó, aunque el padre se tienda a la entrada, pasa por encima del padre y con ojos enjutos vuela hasta el estandarte de la cruz. La única piedad posible en estos casos consiste en ser cruel. Y luego añade: El enemigo tiene la espada en la mano para darme muerte, ¿y yo me detendré a pensar en las lágrimas del padre? ¿Desertaré de la milicia por mi padre a quien, por Cristo, ni siquiera debo la sepultura? Con esto se relacionan también otras muchas de las cosas anteriormente dichas.

Alguien, quizá, se sentirá obligado a pedir consejo sobre si podrá cumplir lo que pretende. También a la solución de esta duda contribuye Agustín, el cual, hablando de sí mismo, dice que sentía miedo de asumir el consejo de continencia. Desde aquella parte a la que dirigía la mirada y hacia donde me daba miedo pasar, se me presentaba la casta dignidad de la continencia; honestamente me acariciaba para que sin vacilación fuese con ella, extendiendo hacia mí, para abrazarme, sus blandas manos llenas de los dones de frutos de buenos ejemplos. Allí niños y niñas, allí multitud de jóvenes, y toda edad. Allí viudas maduras y vírgenes ancianas. Y me reía de mí mismo con una risa de exhortación, que parecía decir: ¿No podrás tú lo que éstos y éstas? ¿Acaso éstos y éstas lo pueden de por sí y no por el Señor su Dios? El Señor Dios me entregó a todos éstos. ¿Por qué te quedas en ti mismo que no puedes sostenerte? Arrójate a él; no tengas miedo: no se apartará para que caigas. Lánzate con toda seguridad. El te recogerá y te sanará.

Quedan dos cosas acerca de las cuales pueden pedir consejo quienes tienen propósito de entrar en religión. Una cosa es la relativa al modo de entrar en religión; la otra recae sobre la posibilidad de tener algún impedimento contra el ingreso en religión, como estado de servidumbre, matrimonio, o alguna otra cosa semejante. A la hora de pedir este consejo, hay que excluir a los parientes. Está escrito: Trata tus problemas con el amigo y a extraños no les reveles un secreto (Prov 25,9). En asuntos de este género, los parientes según la sangre no son amigos, sino, más bien, enemigos, de acuerdo con lo que está escrito: Los enemigos del hombre, los de su propia casa (Miq 7,6). A ello se refiere también el Señor según Mt 10,36. En este caso hay que evitar sobre todo los consejos de parientes según la carne. Por este motivo, Jerónimo, en carta a Heliodoro, enumera los impedimentos alegados por los parientes según la carne contra la entrada en religión y dice: Tu hermana viuda te da tiernos abrazos; los servidores con quienes creciste, te dicen: ¿A quién serviremos, si nos dejas? También la que en un tiempo fue niñera, ahora ya anciana, y tu pedagogo que en el orden de sentimientos familiares es tu segundo padre, gritan: espera un poco, pues poco es lo que nos falta para morir y danos sepultura.

A este respecto dice Gregorio: El astuto adversario, cuando advierte que empieza a ser arrojado del corazón de los buenos, va en busca de quienes son muy queridos por ellos, y habla halagando por boca de aquellos que son más queridos que los demás, para que, a la vez que la fuerza del amor perfora el corazón, la espada de su persuasión penetre hasta los bastiones en que se apoya su interna rectitud.

Por este motivo, San Benito, como refiere Gregorio, huyendo ocultamente de su institutriz, fue a esconderse en lugar desierto; manifestó su propósito al monje Romano, el cual aceptó su deseo, mantuvo el secreto y prestó la ayuda.

Cuando se pide consejo, han de ser excluidos también hombres de criterio carnal, que consideran necedad la sabiduría de Dios. Por lo cual se dice en tono de burla: Trata de santidad con el irreligioso y de justicia con el injusto (Eclo 37,12). Y después añade: Para pedir consejo no te fijes nunca en ellos; pero trata asiduamente con el santo. Es a un santo a quien se deberá pedir consejo, si en asuntos de este género alguien sintiese necesidad de ser aconsejado.

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