Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO CII: La bienaventuranza divina, perfecta y singular, excede a toda otra bienaventuranza

CAPÍTULO CII

La bienaventuranza divina, perfecta y singular, excede a toda otra bienaventuranza

También se puede considerar de lo dicho la excelencia de la bienaventuranza divina. En efecto:

Cuanto algo se encuentra más cercano a la bienaventuranza, tanto es bienaventurado de modo más perfecto. De donde, aunque se llame a alguien bienaventurado, por razón de la esperanza en conseguir la bienaventuranza, no se puede comparar con la bienaventuranza de quien ya la ha conseguido en acto. Pero lo más cercano a la bienaventuranza es la bienaventuranza misma, cosa que, en lo que se refiere a Dios, ya se demostró (c. 101). Luego Él es perfectamente bienaventurado de modo singular.

Como la delectación es causada por el amor, según se ha demostrado (c. 91), donde hay mayor amor, también hay mayor delectación al conseguir lo amado. Pero cada cosa, “caeteris paribus”, se ama más a sí que a lo demás; siendo indicio de esto que naturalmente uno ama más lo que le es más cercano. Luego más se deleita Dios en su bienaventuranza, que es El mismo, que los otros bienaventurados en la bienaventuranza que no es lo que ellos son. En consecuencia, más se aquieta el deseo y más perfecta es la bienaventuranza.

Lo que es por su esencia es mejor que lo que se dice ser por participación; como la naturaleza del fuego se encuentra de modo más perfecto en el fuego mismo que en las cosas ígneas. Pero Dios es bienaventurado por su esencia, cosa que no puede competer a otro alguno, pues nada más que él puede ser sumo bien, como puede verse con lo dicho (c. 41); por lo que es preciso que cualquier otro que sea bienaventurado por Él, sea bienaventurado por participación. Por consiguiente, la bienaventuranza divina excede a cualquier otra bienaventuranza.

Como ya se demostró (c. 100), la bienaventuranza consiste en la perfecta operación del entendimiento. Pero ninguna otra operación intelectual se puede comparar a la suya, como se ve no sólo porque es operación subsistente, sino porque con una operación Dios entiende a sí mismo tan perfectamente como es, y todo lo demás, exista o no exista, bueno o malo. Sin embargo, en los otros seres inteligentes, el mismo entender no es subsistente, sino acto del subsistente. Y nadie puede entender al mismo Dios, que es el sumo inteligible, tan a perfección como es la perfección que tiene, por no haber ser tan perfecto como el ser divino, y nunca la operación de nadie pueda ser más perfecta que su substancia. No hay, además, otro entendimiento que conozca todo lo que puede hacer Dios, pues entonces abarcaría la potencia divina. Tampoco otro entendimiento cualquiera conoce con una sola y única operación todo lo que conoce. Por consiguiente, Dios es incomparablemente más bienaventurado que todo lo demás.

Cuanto mayor es la unidad de un ser, tanto es más perfecta su potencia y bondad. Ahora bien, la operación sucesiva se divide en atención a las diversas partes del tiempo; por lo que en manera alguna puede compararse su perfección con la perfección de la operación que se verifica toda a la vez sin sucesión, y especialmente si no pasa en un momento, sino que permanece eternamente. Pero el entender divino no tiene sucesión, existiendo todo a la vez eternamente; mientras que nuestro entender tiene sucesión, en cuanto se le adjunta incidentalmente el continuo y el tiempo. Luego la bienaventuranza divina excede infinitamente a la humana, como la duración de la eternidad excede al ahora pasajero del tiempo.

La fatiga y las varias ocupaciones que necesariamente en esta vida se entremezclan con nuestra contemplación, en la que consiste principalmente la felicidad humana, si hay alguna en esta vida; además, los errores, dudas y sucesos varios a los que está sujeta la vida presente, demuestran que, en absoluto, la felicidad humana, principalmente la de esta vida, no puede compararse con la bienaventuranza divina.

La perfección de la bienaventuranza divina puede considerarse en cuanto comprende todas las bienaventuranzas de modo perfectísimo. Como felicidad contemplativa, tiene perfectísimamente conocimiento perpetuo de sí y de lo demás. Y como activa, gobierna, no la vida de un hombre o de una casa, ciudad o reino, sino todo el universo.

Añádase que la felicidad falsa y terrena no es sino cierta sombra de aquella felicidad perfectísima. Consiste en cinco cosas, según Boecio: en el deleite, riquezas, potestad, dignidad y fama. Pues bien, tiene Dios una excelentísima delectación de sí, mas un gozo universal de todos los bienes, sin mezcla alguna de lo contrario. Por riquezas, tiene omnímoda suficiencia de bienes en sí mismo, como se ha demostrado anteriormente (c. 100). Por potestad, tiene infinito poder. Por dignidad, tiene la primacía y gobierno de todos los seres. Por fama, tiene la admiración de todo entendimiento, de cualquier modo que le conozca.

Al que es, pues, singularmente bienaventurado, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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