Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO CIV: Las obras de los magos no proceden solamente de la influencia de los cuerpos celestes

CAPÍTULO CIV

Las obras de los magos no proceden solamente de la influencia de los cuerpos celestes

Hubo quienes dijeron que las obras hechas por artes mágicas, y que a nosotros nos admiran, no son realizadas por algunas substancias espirituales, sino por virtud de los cuerpos celestes. Y parece probarlo el hecho de que los que ejercen tales obras se fijan en determinada posición de las estrellas y añaden, además, como auxilio ciertas hierbas y cosas corporales, como para disponer la materia inferior para recibir la influencia de la virtud celeste.

Pero esto es contrario a lo que sabemos ciertamente por experiencia. Pues como no es posible que el entendimiento sea causado por ciertos principios corporales, según se probó (c. 84), síguese que es imposible que los efectos que son propios de la naturaleza intelectual sean causados por la virtud del cuerpo celeste. Ahora bien, en tales operaciones de los magos aparecen ciertas cosas que son propias de la naturaleza intelectual, pues se da contestación de robos ocultos y asuntos semejantes, lo cual no puede hacerse sin mediar el entendimiento. Según esto, pues, no es verdad que dichos efectos sean causados por la sola virtud de los cuerpos celestes.

El lenguaje mismo es un acto propio de la criatura racional. Y en la magia aparecen algunos que conversan con los hombres o razonan sobre diversas cosas. Luego no es posible que esto se haga solamente por virtud de los cuerpos celestes.

Pero si alguien dijere que estos fenómenos no tienen realidad externa sino sólo en la imaginación, se ve inmediatamente que tal afirmación no es verdadera. Pues para que las formas imaginarias se le presenten a uno como verdaderas es preciso enajenarlo de los sentidos externos; porque no es posible que se tome lo imaginario como real si no está suspendido el dictamen del sentido. Pero estos coloquios y apariciones son realizados por hombres que usan libremente de los sentidos externos. Por consiguiente, no es posible que tales cosas vistas u oídas sean sólo imaginarias.

Además, nadie puede adquirir un conocimiento intelectual de cualesquiera formas imaginarias si rebasa la facultad natural o adquirida de su entendimiento, como puede verse en los sueños, en los cuales, aunque haya alguna señal previa de lo futuro, sin embargo, quien lo ve en sueños no entiende su significado. Mas por todas esas cosas vistas u oídas que aparecen en las obras mágicas muchas veces adquiere uno un conocimiento intelectual de cosas que exceden el poder de su entendimiento; por ejemplo, el descubrimiento de tesoros ocultos, la manifestación de futuros y, en ocasiones, verdaderas respuestas sobre doctrinas científicas. Es preciso, pues, que o quienes aparecen y conversan no sean vistos sólo imaginariamente o que por virtud de algún entendimiento superior llegue el hombre mediante dichas imaginaciones a conocer tales cosas y no sólo por virtud de los cuerpos celestes.

Lo que se hace por virtud de los cuerpos celestes es un efecto natural, pues las formas causadas en la naturaleza inferior por virtud de los cuerpos celestes son naturales. Luego lo que no es natural para una cosa no puede ser producido por virtud de los cuerpos celestes. Es así que algunas de esas cosas son producidas, según se dice, por dichas operaciones; por ejemplo, que ante la sola presencia de uno se abra un cerrojo, que alguien se vuelva invisible, y muchos otros casos que se cuentan. Por tanto, no es posible que esto se haga por virtud de los cuerpos celestes.

A quien por virtud celeste se le confiere lo que es naturalmente posterior, dásele también lo anterior. Es así que el moverse es consecuencia de tener alma, porque el moverse a sí mismo es propio de los seres animados. Luego es imposible que una cosa inanimada se mueva por sí misma en virtud de los cuerpos celestes. Y dícese que por artes mágicas se consigue que una estatua se mueva por sí misma o que hable. Luego el efecto de las artes mágicas no puede atribuirse a la virtud celeste.

También seria imposible decir que dicha estatua recibe un principio de vida por virtud de los cuerpos celestes. Porque el principio de vida para todos los vivientes es la forma substancial; “pues para los vivientes vivir es ser”, como dice el Filósofo en el II “Del alma”. Y no es posible que algo reciba de nuevo una forma substancial sin dejar antes la que tenía, “porque la generación de un ser es la corrupción de otro”. Ahora bien, cuando se fabrica una estatua no se pierde ninguna forma substancial, puesto que sólo hay un cambio de figura, que es cosa accidental, ya que la forma de bronce o de cualquier otra materia permanece. Luego no es posible que dichas estatuas reciban algún principio vital.

Si algo se mueve por un principio vital, es necesario que tenga sentido, “porque lo que se mueve es de naturaleza sensible o intelectual”. Pero, en las cosas que se engendran y corrompen, el entendimiento está junto con el sentido. Y el sentido no puede existir donde no hay tacto, ni éste sin un órgano justamente temperado. Y tal temple no se da en la piedra ni en la cera o en el metal con que puede hacerse una estatua. Así, pues, no es posible que tales estatuas se muevan por un principio vital.

Los vivientes perfectos son engendrados no sólo por la virtud celeste, sino también por el semen, “porque al hombre lo engendran el hombre y el sol”. Ahora bien, por sola virtud celeste y sin semen son engendrados los animales que nacen de la putrefacción, los cuales son los más viles de todos. Luego, si tales estatuas reciben el principio de vida -por el cual se mueven a sí mismas- por la sola virtud celeste, deberán ser los más viles animales. Lo cual sería falso si obraran por un principio intrínseco de vida; pues entre sus actos se dan operaciones nobles, como el responder sobre cosas ocultas. No es, pues, posible que obren o se muevan por un principio vital.

El efecto natural producido por virtud de los cuerpos celestes puede darse sin que intervenga el arte; porque, aunque alguien coopere mediante algún artificio a la generación de las ranas o cosas semejantes, sucede también que las ranas se engendran sin artificio alguno. Luego si tales estatuas, que se hacen por arte nigromántica, reciben por virtud celeste el principio de vida, habrá que averiguar si es posible hacerlas sin tal arte. Pero esto no se da. Por tanto, es evidente que semejantes estatuas no tienen principio de vida ni se mueven por virtud del cuerpo celeste.

Con esto se rechaza la opinión de Hermes, quien, según refiere San Agustín en el VIII de “La ciudad de Dios”, dijo: “Como Dios es el hacedor de los dioses celestes, así el hombre es el escultor de los dioses que hay en los templos, conformes con su parecido humano; quiero decir las estatuas animadas, dotadas de sentido y de espíritu, que hacen tales y tan grandes cosas. Estatuas que conocen los futuros y dicen mucho sobre sueños y otras cosas; motivan las flaquezas humanas y las remedian, y dan por méritos alegría o tristeza”.

Esta opinión se refuta también con la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues se dice en el salmo: “Los ídolos de los gentiles, oro y plata, obras de las manos del hombre. Tienen boca y no hablan; no hay aliento vital en su beca”,

No obstante, parece que no se ha de negar en absoluto que en ellas existe algún poder causado por la virtud de los cuerpos celestes, limitado, sin embargo, a aquellos efectos que pueden producir los cuerpos inferiores per virtud de los cuerpos celestes.

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