Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO CLI: La gracia santificante causa en nosotros el amor de Dios

CAPÍTULO CLI

La gracia santificante causa en nosotros el amor de Dios

Como resultado de lo anterior, se ve que por el auxilio de la gracia divina santificante el hombre consigue amar a Dios.

En efecto, la gracia santificante es en el hombre el efecto del amor divino. Ahora bien, el efecto propio del amor divino en el hombre parece ser amar a Dios, ya que lo principal en la intención del amante es ser correspondido en el amor por el amado, pues la inclinación del amante tiende principalmente a atraer al amado hacia su amor; y si no ocurriera esto, sería necesario destruir el amor. Por lo tanto, el amar a Dios es en el hombre un efecto de la gracia santificante.

Entre las cosas que tienen un mismo fin es preciso que haya alguna unión, en cuanto se ordenan al fin; por lo cual los hombres se unen también en la ciudad mediante cierta concordia para poder conseguir el bien la misma nación; y los soldados deben unirse también y obrar acordes en la batalla para conseguir la victoria, que es el fin común. Mas el fin último, al cual es llevado el hombre por el auxilio de la gracia de Dios, es la visión de la esencia divina, que es propia del mismo Dios; y de este modo el bien final es comunicado al hombre por Dios. Luego el hombre no puede ser llevado a este fin si no se une a Dios, conformando su voluntad con la suya; porque “es propio de los amigos el querer y no querer las mismas cosas, el gozarse y condolerse de las mismas cosas”. En consecuencia, por la gracia santificante el hombre se convierte en amador de Dios, como quiera que el hombre se dirija por ella al fin que Dios le comunica.

Como el fin y el bien son el objeto propio del apetito o del afecto, es menester que por la gracia santificante, que dirige al hambre al fin último, se perfeccione principalmente el afecto del hombre. Ahora bien, la principal perfección del afecto es el amor, pues nadie desea, o espera, o se goza, a no ser por el bien amado; e igualmente, nadie huye, o teme, o se entristece, o se irrita, a no ser por lo que contraría al bien amado. Luego el efecto principal de la gracia es que el hombre ame a Dios.

La forma por la cual una cosa se ordena a un fin le da cierta semejanza con el fin; por ejemplo, el cuerpo adquiere por la forma de la gravedad la semejanza y conformidad con el lugar hacia el cual se mueve naturalmente. Pero se ha demostrado que la gracia santificante es en el hombre cierta forma por la cual se ordena al fin último, que es Dios. Por lo tanto, el hombre, mediante la gracia, adquiere la semejanza de Dios. Mas la semejanza es causa del amor: “Todo ser ama a su semejante”. Por consiguiente, el hombre se hace mediante la gracia amador de Dios.

Para que una operación sea perfecta, se requiere también que uno obre constante y prontamente; y esto lo hace el amor, por el cual aun las cosas difíciles parecen ligeras. Luego, como quiera que por la gracia santificante las operaciones del hombre deben hacerse perfectas, según consta por lo dicho (c. prec.), es preciso que mediante la misma gracia se constituya en nosotros el amor de Dios.

De aquí que diga el Apóstol: “El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. Y el Señor promete a sus amadores su propia visión, diciendo: “El que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él”.

Y por esto se ve que la gracia, que conduce al fin de la visión divina, causa en nosotros el amor de Dios.

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