Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO CLX: El hombre que está en pecado no puede evitar sin la gracia el pecado

CAPÍTULO CLX

El hombre que está en pecado no puede evitar sin la gracia el pecado

Pero lo que se ha dicho (c. prec.), de que depende del poder del libre albedrío el no poner obstáculo a la gracia, corresponde a aquellos en quienes está íntegra la potencia natural. Mas si por un desorden precedente se desviase hacia el mal, no dependerá absolutamente de su voluntad el no poner ningún obstáculo a la gracia. Pues aunque en un momento pueda por su propia voluntad abstenerse de un acto particular de pecado, sin embargo, si se abandona a sí mismo por largo tiempo, caerá en el pecado, con el cual se pone un obstáculo a la gracia. Pues cuando el ánimo del hombre se desvía del estado de rectitud, se aleja del orden del fin debido. Y, en consecuencia, lo que debería ser principal en el afecto, como último fin, se hace menos amado que aquello a lo que desordenadamente se vuelve el ánimo como a fin último. Por consiguiente, siempre que salga algo conveniente al fin desordenado y contrario al fin debido, será elegido, a no ser que el ánimo sea conducido de nuevo al fin debido, prefiriéndolo a todos los otros, lo cual es efecto de la gracia. Así, pues, cuando se elige algo que es contrario al fin último, se pone un obstáculo a la gracia, que conduce al fin. Por lo tanto, es manifiesto que, después del pecado, el hombre no puede abstenerse de todo pecado antes de ser reducido de nuevo por la gracia al orden debido.

Cuando la mente se ha inclinado a una cosa, no se encuentra con respecto a ambos contrarios de igual modo, sino que está más cerca de aquel hacia el cual se ha inclinado; y la mente elige aquello a lo que está más propensa, si una investigación racional no la desvía de ello con cierta cautela; por eso en las cosas espontáneas se manifiesta principalmente nuestra disposición interior. Y no es posible que la mente humana esté en continua vigilancia para discutir con la razón lo que debe querer u obrar. Se sigue, pues, que la mente elige a veces aquello a que está inclinada, permaneciendo la inclinación. Y así, si estuviese inclina, da al pecado, no permanecerá mucho tiempo sin pecar, ofreciendo un impedimento a la gracia, a no ser que se vuelva de nuevo al estado de rectitud.

Favorecen también esta situación los impulsos de las pasiones corporales y las cosas apetecibles según el sentido y muchas ocasiones de obrar el mal, que fácilmente provocan al hombre a pecar, a no ser que se retraiga por una fuerte adhesión al fin último, que es efecto de la gracia. Por eso se ve que es necia la opinión de los pelagianos, quienes decían que el hombre que está en pecado puede evitar sin la gracia los pecados. Contrariamente a lo que se ve cuando se pide en el salmo: “No me abandones cuando me faltaren las fuerzas”. Y el Señor nos enseña a pedir: “Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”.

Pero, aunque los que están en pecado no puedan evitar por su propia voluntad el ofrecer impedimento a la gracia, como se ha demostrado, a no ser que se les anticipe el auxilio de la gracia, no obstante, esto se les imputa como culpa, porque tal efecto es el residuo de una culpa precedente; como el ebrio no es disculpado del homicidio que cometió durante la ebriedad, en la que incurrió por su culpa.

Además, aunque el que está en pecado no tenga en sí poder para evitar absolutamente el pecado, puede por sí, no obstante, evitar en un momento determinado este o aquel otro pecado, como ya se dijo. Por eso todo lo que comete lo comete voluntariamente. Y de este modo, no sin razón se le imputa como culpa.

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