Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO CVII: La substancia intelectual de cuyo auxilio se valen las artes mágicas no es mala por naturaleza

CAPÍTULO CVII

La substancia intelectual de cuyo auxilio se valen las artes mágicas no es mala por naturaleza

No es posible que se dé maldad natural en las substancias intelectuales con cuyo auxilio se realizan las artes mágicas.

Una cosa tiende a lo que le es natural tender, no accidentalmente, sino esencialmente, como lo pesado hacia abajo. Pero, si tales substancias fueran malas por naturaleza, tenderán naturalmente al mal, y no accidental, sino esencialmente. Mas esto es imposible, porque ya hemos demostrado (c. 3 ss.) que todo tiende esencialmente hacia el bien y nada tiende hacia el mal sino accidentalmente. Según esto, tales substancias intelectuales no son malas por naturaleza.

Todo cuanto hay en las cosas es preciso que sea causa o cosa causada; de lo contrario, no tendría relación con lo demás. Luego tales substancias o son únicamente causas o son también causadas. Si lo primero, ya hemos dicho que el mal sólo puede ser accidentalmente causa de algo (c. 14), y todo lo que es accidentalmente debe reducirse a lo que es esencialmente. Así, pues, debe haber en ellas algo que sea anterior a su maldad, y por lo cual sean causas. Y lo primero que hay en cualquier ser es su naturaleza y esencia. Por tanto, tales substancias no son malas por naturaleza.

Y lo mismo resulta si son causadas, puesto que ningún agente obra sino tendiendo al bien. Así, pues, el mal sólo puede ser efecto de una causa accidentalmente. Ahora bien, lo que sólo es causado accidentalmente no puede ser según la naturaleza, ya que toda naturaleza tiene un modo determinado de llegar a la existencia. Luego no es posible que semejantes substancias sean naturalmente malas.

Cualquiera de los entes tiene su propio ser en conformidad con su naturaleza. Es así que el ser, considerado como tal, es bueno, como lo demuestra el hecho de que todas las cosas lo apetecen. En consecuencia, si dichas substancias fueran malas por naturaleza, no tendrían ser.

Ya se demostró que nada puede existir si no ha recibido el ser del primer ente (l. 2, c. 15), y que el primer ente es el Sumo Bien (l. 1, c. 41). Si, pues, todo agente, en cuanto tal, hace algo semejante a sí, síguese que todo lo que existe por el primer ser es bueno. Según esto, dichas substancias, en cuanto existen y tienen una naturaleza, no pueden ser malas.

No es posible que exista una cosa totalmente privada de la participación del bien; porque como lo apetecible y lo bueno se identifican, si algo careciera por completo de bien, nada tendría en sí de apetecible, y, sin embargo, cada cosa apetece su ser. Luego es preciso que, si algo se dice malo por naturaleza, no sea considerado como un mal esencial, sino como un mal para éste o para tal cosa. Por ejemplo, el veneno no es un mal esencial, sino un mal para tal individuo; por eso resulta que lo que es para uno veneno, para otro es alimento. Y esto sucede porque el bien particular propio de éste es contrario al bien particular propio de aquél. Por ejemplo, el calor, que es un bien del fuego, es contrario al frío, que es un bien del agua, y por eso lo destruye. Por consiguiente, lo que se ordena por su naturaleza al bien, no particular, sino en absoluto, no puede llamarse malo, incluso en este sentido. Y tal es el entendimiento, porque su bien está en su propia operación, que versa sobre lo universal y sobre el ser en cuanto tal. Luego es imposible que haya un entendimiento malo por naturaleza, no sólo en absoluto, sino en cualquier sentido.

En todo ser inteligente, el entendimiento mueve según el orden natural al apetito, porque el objeto propio de la voluntad es el bien entendido. Pero el bien de la voluntad consiste en seguir al entendimiento; porque en nosotros es bueno lo que está conforme con la razón, y malo lo contrario. Por tanto, según el orden natural, la substancia intelectual quiere el bien. Luego es imposible qué las substancias intelectuales, de cuyo auxilio se valen las artes mágicas, sean naturalmente malas.

Como la voluntad tiende naturalmente al bien entendido Bcomo a su propio objeto y finB, es imposible que una substancia intelectual tenga naturalmente mala voluntad, a no ser que su entendimiento yerre naturalmente en la apreciación del bien. Pero ningún entendimiento puede ser así, pues los juicios falsos en las operaciones intelectuales son como los monstruos en la naturaleza, que no son cosas naturales, sino antinaturales; porque tanto el bien como el fin natural del entendimiento es el conocimiento de la verdad. Por tanto, es imposible que un entendimiento cualquiera se equivoque naturalmente en la apreciación de lo verdadero; como también es imposible que cualquier substancia intelectual tenga por naturaleza voluntad mala.

Ninguna potencia cognoscitiva falla en el conocimiento de su objeto si no es por algún defecto o por propia corrupción, puesto que está esencialmente ordenada al conocimiento do tal objeto. Por ejemplo, la vista no falla al conocer el color si no existe alguna corrupción acerca del mismo. Mas todo defecto, como toda corrupción, es antinatural, porque la naturaleza busca el ser y la perfección de la cosa. Es imposible, pues, que haya alguna potencia cognoscitiva que falle naturalmente en la apreciación de su objeto. Ahora bien, el objeto propio del entendimiento es la verdad. Luego es imposible que exista algún entendimiento que yerre naturalmente en el conocimiento de lo verdadero. En consecuencia, ninguna voluntad puede por naturaleza fallar acerca del bien.

Confírmalo también la autoridad de la Escritura. Pues se dice en la primera a Timoteo (c. 4): “Toda criatura de Dios es buena”. Y en el génesis: “Vio Dios todas las cosas que hiciera, y eran muy buenas”.

Con estas razones se rechaza el error de los maniqueos, quienes sostenían que las substancias intelectuales llamadas corrientemente “demonios” o diablos eran naturalmente malas.

Y se refuta también la opinión referida por Porfirio en la “Carta a Anebonte”, donde dice: “… algunos opinaron que existía cierto género de espíritus destinados a escuchar a los magos; naturaleza falaz, que reviste todas las formas simulando dioses, demonios y almas de difuntos. Y éste –género- es el que hace todas esas cosas que parecen buenas o malas. Fuera de esto, acerca de las cosas que son verdaderamente buenas, nada puede ayudar, pues ni siquiera las conoce. Sin embargo, concilia y disimula males, estorba a veces a quienes siguen cuidadosamente la virtud, y está lleno de temeridad y de fasto; se alegra con el incienso y recibe adulaciones”. En realidad, estas palabras de Porfirio declaran abiertamente la maldad de los demonios, de cuyo auxilio se valen las artes mágicas. Únicamente son reprensibles al decir que los demonios poseen dicha maldad por naturaleza.

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