Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO CXVII: La ley divina nos ordena al amor del prójimo

CAPÍTULO CXVII

La ley divina nos ordena al amor del prójimo

De ahí resulta que la ley divina intenta también el amor al prójimo.

Entre aquellos que tienen un fin común debe existir unión de afectos. Es así que los hombres tienen como fin último para todos la bienaventuranza, al cual han sido ordenados por Dios. Por tanto, es preciso que los hombres se unan entre sí con un mutuo amor.

Quien ama a otro, es lógico que ame también a los que aquél ama y a los que están unidos con él. Mas los nombres son amados por Dios, quien les preparó la fruición de sí mismo como último fin. Es preciso, pues, que, al hacerse uno amador de Dios, se haga también amador del prójimo.

Como el hombre es “naturalmente un animal social”, precisa ser ayudado por los demás para conseguir su propio fin. La mejor manera de ayudarse es el amor mutuo entre los hombres. Luego de la ley de Dios, que dirige los hombres a su último fin, recibimos el mandato del mutuo amor.

El hombre precisa de paz y tranquilidad para dedicarse holgadamente a lo divino. Es así que todo cuanta: puede perturbar la paz se quita principalmente con el amor mutuo. Por consiguiente, puesto que la ley divina ordena a los hombres el vacar a lo divino, será necesario que de ella derive el mutuo amor entre los hombres.

La ley divina se da al hombre en auxilio de la ley natural. Mas es natural a todos los hombres el amarse mutuamente, como lo demuestra el hecho de que un hombre, por cierto instinto natural, socorre a otro, incluso desconocido, en caso de necesidad, por ejemplo, apartándolo de un camino equivocado, ayudándole a levantarse, si se presenta, etc., “como si todo hombre fuera naturalmente para su semejante un familiar y amigo”. Luego el amor mutuo entre los hombres está preceptuado por la ley de Dios.

De aquí viene lo que se dice en San Juan: “Este es mi mandato, que os améis mutuamente”. Y en la primera de San Juan: “Este mandato hemos recibido de Dios, que quien ama a Dios ame también a su hermano”. Y en San Mateo se dice que “el segundo mandamiento es: amarás a tu prójimo”.

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