Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO CXXXIII: Cómo la pobreza es buena

CAPÍTULO CXXXIII

Cómo la pobreza es buena

Pero, para que se manifieste la verdad de lo dicho anteriormente, consideremos, desde el punto de vista de las riquezas, qué ha de pensarse sobre la pobreza. Las riquezas exteriores son necesarias, sin duda alguna, para el bien de la virtud, en cuanto que por ellas sustentamos el cuerpo y socorremos a los demás. Por otra parte, es necesario que lo que se ordena al fin de él reciba su bondad. Por lo tanto, es menester que las riquezas exteriores sean un bien del hombre, aunque no principal, sino secundario; pues el fin es esencialmente bueno, y las demás cosas, en cuanto que a él se ordenan. Por esto pareció a algunos que las virtudes eran los mayores bienes del hombre, y las riquezas exteriores, bienes ínfimos. Es, pues, necesario que lo que se ordena al fin reciba su modalidad según la exigencia del fin. Por consiguiente, las riquezas son buenas en cuanto son útiles al ejercicio de la virtud; mas, si se excede esta medida de manera que impida el ejercicio de la virtud, no han de computarse ya entre las cosas buenas, sino entre las malas. De aquí que para algunos que usan de ellas para la virtud sea bueno poseer riquezas, mientras que para otros que por ellas se apartan de la virtud, ya por demasiada solicitud, ya por demasiado apego a las mismas o por la distracción de la mente que de ellas proviene, es malo el poseerlas.

Mas, como quiera que haya virtudes de la vida activa y de la vida contemplativa, unas y otras necesitan las riquezas de distinto modo. Pues las virtudes contemplativas las necesitan únicamente para la sustentación de la naturaleza, y las virtudes activas las necesitan para esto y para socorrer a otros con quienes se ha de convivir. De aquí que incluso en esto es más perfecta da vida contemplativa, o sea, en necesitar menos cosas.

Y parece ser propio de esta vida que el hombre se dedique totalmente a las cosas divinas: perfección esta aconsejada por la doctrina de Cristo. Por eso a quienes siguen esto perfección les basta un mínimo de riquezas exteriores, esto es, lo estrictamente necesario para el sustento de la naturaleza; por lo cual dice el Apóstol: “En teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos con eso contentos”.

Así, pues, la pobreza es laudable en cuanto que libra al hombre de aquellos vicios en que algunos caen a causa de la riqueza. Y es útil para algunos que, sin duda alguna, están dispuestos a ocuparse de cosas mejores, en cuanto que quita la solicitud que nace de las riquezas; pero es nociva para algunos que, exentos de esta solicitud, caen en peores ocupaciones. Por lo cual dice San Gregorio en el VI de los “Morales”: “Frecuentemente, los que, estando bien ocupados, hubieran vivido según las costumbres humanas, han sido muertos por la espada de su ociosidad”. -Mas en cuanto que la pobreza obstaculiza el bien que las riquezas ocasionan, como el socorro a los demás y la propia sustentación, es completamente mala, a no ser que la ayuda que se presta al prójimo en las cosas temporales pueda compensarse con un bien mayor, por ejemplo, porque el hombre que carece de riquezas puede dedicarse más libremente a las cosas espirituales y divinas; pero el bien de la propia sustentación es tan necesario, que no puede ser compensado por ningún otro bien, pues no debe el hombre sacrificar el sustento de su propia vida por la adquisición de cualquier otro bien.

Esta pobreza es, pues, laudable cuando el hombre, exento por ella de los cuidados terrenos, se dedica más libremente a las cosas espirituales y divinas, pero de tal manera que con ella le quede al hombre posibilidad de alimentarse de un modo lícito, para lo que no se requieren muchas cosas. Y tanto más laudable será la pobreza cuanto menos cuidados exija, y no cuanto mayor fuese ella; pues la pobreza no es buena en sí misma, sino en cuanto que exime al hombre de todo cuanto le impide tender a las cosas espirituales. Por tanto, según el modo en que el hombre se ve exento de los impedimentos anteriormente citados, será la medida de su bondad. -Y esto es común a todas las cosas exteriores, que en tanto son buenas en cuanto son útiles para la virtud, mas no lo son en sí mismas.

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