Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO CXXXVIII: Contra los que impugnan los votos

CAPÍTULO CXXXVIII

Contra los que impugnan los votos

Algunos consideraron como una necedad el que alguien se obligue con voto a obedecer o a observar alguna cosa, porque un bien cualquiera parece tanto más perfecto cuanto más libremente se hace. Pero cuanto alguien se obliga con más estrechos lazos a observar algo, tanto menos libremente parece hacerlo. Luego, parece que se menoscaba el mérito de los actos virtuosos cuando se hacen por necesidad o voto de obediencia.

Mas, al parecer, dichos hombres ignoran el aspecto formal de la necesidad. Pues la necesidad es doble. Una, de coacción, que disminuye el mérito de los actos virtuosos porque contraria al voluntario, pues es forzado lo que es contrario a la voluntad. -Y otra necesidad que procede de la inclinación interior, y ésta no disminuye el mérito del acto virtuoso, sino que lo aumenta, pues hace que la voluntad tienda más intensamente a dicho acto. Porque está claro que el hábito virtuoso, cuanto más perfecto fuere, tanto más vehementemente hace que la voluntad tienda al bien de la virtud y se aparte menos de él. Y si hubiese llegado al fin de la perfección, llevaría consigo cierta necesidad de obrar el bien, como ocurre en los bienaventurados, que no pueden pecar, como más adelante se verá (l. 4, c. 92). Y, sin embargo, nada pierden por esto ni la libertad de la voluntad ni la bondad del acto.

Y hay también otra necesidad que proviene del fin, como cuando se dice que alguien necesita tener una nave para atravesar el mar. Pero es evidente que esta necesidad no disminuye la libertad de la voluntad ni la bondad de los actos; antes bien, lo que uno hace como necesario para el fin es meritorio por tal motivo, y tanto más meritorio cuanto más lo es el fin.

Y es evidente que la necesidad de observar lo que uno prometió con voto o de obedecer a quien se sometió no es necesidad de coacción ni tampoco necesidad proveniente de la inclinación interior, sino de ordenación al fin; pues es necesario que quien hizo voto haga esto o aquello, si ha de cumplir el voto o guardar obediencia. Por consiguiente, siendo estos fines meritorios, puesto que por ellos se somete el hombre a Dios, dicha necesidad no disminuye el mérito de la virtud.

Ha de considerarse, además, que cuando alguien cumple lo que prometió con voto o lo que manda aquel a quien se sometió por Dios, tales cosas son dignas de mayor mérito y recompensa. Sucede a veces que un acto da lugar a dos vicios, cuando el acto de un vicio se ordena al fin del otro vicio; por ejemplo, cuando alguien hurta para fornicar, el acto es en verdad de avaricia según su especie, pero según su intención es de lujuria. Y del mismo modo, también en las virtudes el acto de una se ordena a otra virtud, como cuando alguien da lo suyo para tener con otros amistad de caridad, el acto es por su especie ciertamente de liberalidad, pero por el fin es de caridad. Pero semejante acto tiene más mérito por parte de la virtud mayor, o sea, por la caridad que por la liberalidad. Por consiguiente, aunque en él se prescinda de lo que pertenece a la liberalidad, por ordenarlo a la caridad, será más meritorio y más digno de mayor recompensa que si se hiciera más liberalmente, pero sin orden a la caridad.

Luego supongamos que alguien hace una obra virtuosa, por ejemplo, que ayuna o se abstiene de los deleites carnales; si lo hace sin voto, será un acto de abstinencia o de castidad; pero, si lo hace con voto, se referirá en último término a otra virtud, a la cual corresponde prometer con voto algo a Dios, es decir, a la religión, que es más excelente que la castidad o la abstinencia, dado que nos hace dirigirnos directamente a Dios. Por lo tanto, el acto de castidad o el de abstinencia será más meritorio en quien lo hace con voto, aunque de este modo no se complazca en la abstinencia o en la castidad, porque tiene la complacencia en otra virtud más excelente, que es la religión.

Lo más excelente en la virtud es el fin debido, porque del fin dimana principalmente la razón de bien. Por lo tanto, supuesto un fin más excelente, aunque uno proceda débilmente a realizar el acto, dicho acto será más virtuoso; como si uno se propone por virtud andar un largo camino, y otro un camino breve, tendrá más mérito quien intente por virtud algo mayor, aunque camine más lentamente. Mas, si alguien hace algo por Dios, ofrece ese acto a Dios; pero, si lo hace por voto, ofrece a Dios no sólo el acto, sino también la potencia, y así es manifiesto que su propósito es ofrecer a Dios algo mayor. Por consiguiente, su acto será más virtuoso en virtud del mayor bien intentado, aunque en la práctica Otro parezca más virtuoso.

Asimismo, la voluntad que precede al acto persiste virtualmente mientras dura dicho acto y le hace meritorio, aunque el agente no piense al ejecutar el acto en el propósito de la voluntad por el cual comenzó el acto. Porque es evidente que quien prometió hacer algo con voto lo quiso más intensamente que quien sólo se propuso hacerlo, pues no sólo quiso hacerlo, sino que quiso asegurarse para no dejar de hacerlo. Luego, por esta intención de la voluntad, la ejecución del voto con cierta intensidad se hace meritoria, aunque la voluntad no se incline actualmente a la obra o lo haga con indecisión.

En consecuencia, en igualdad de circunstancias, lo que se hace con voto tiene más mérito que lo que se hace sin él.

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