Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO III: Si hay un modo posible de manifestar la verdad divina

CAPÍTULO III

Si hay un modo posible de manifestar la verdad divina

No es único el modo de manifestar las diferentes clases de verdades. Dice el Filósofo, y Boecio insinúa, que “es propio del hombre ordenado intentar apoderarse de la verdad solamente en la medida que se lo permite la naturaleza de la cosa”. Primeramente, pues, debemos señalar cuál sea el modo posible de manifestar la verdad propuesta.

Sobre lo que creemos de Dios hay una doble verdad. Hay ciertas verdades de Dios que sobrepasan la capacidad de la razón humana, como es, por ejemplo, que Dios es uno y trino. Otras hay que pueden ser alcanzadas por la razón natural, como la existencia y la unidad de Dios; las que incluso demostraron los filósofos guiados por la luz natural de la razón.

Es evidentísima, por otra parte, la existencia de verdades divinas que sobrepasan absolutamente la capacidad de la razón humana. Como el principio del conocimiento de una cosa determinada es la captación de su substancia, pues la “esencia”, dice el Filósofo, es el principio de demostración, el modo con que sea entendida la substancia de un ser será también el modo de todo lo que conozcamos de él. Si, pues, el entendimiento humano se apodera de la substancia de una cosa, de la piedra, por ejemplo, o del triángulo, nada habrá inteligible en ella que exceda la capacidad de la razón humana. Mas esto no se realiza con Dios. Porque el entendimiento humano no puede llegar naturalmente hasta su substancia, ya que el conocimiento en esta vida tiene su origen en los sentidos y, por lo tanto, lo que no cae bajo la actuación del sentido tiene imposibilidad de ser aprehendido por el entendimiento humano, sino en tanto es deducido de lo sensible. Mas los seres sensibles no contienen virtud suficiente para conducirnos a ver en ellos lo que la substancia divina es, pues son efectos inadecuados a la virtud de la causa, aunque llevan sin esfuerzo al conocimiento de que Dios existe y de otras verdades semejantes pertenecientes al primer principio. Hay, en consecuencia, verdades divinas accesibles a la razón humana, y otras que sobrepasan en absoluto su capacidad.

La graduación de entendimientos muestra fácilmente esta misma doctrina. Entre dos personas, una de las cuales penetra más íntimamente que la otra en la verdad de un ser, aquella cuyo entendimiento es más intenso capta facetas que la otra no puede aprehender: así sucede con el rústico, que de ninguna manera puede conocer los argumentos sutiles de la filosofía. Ahora bien, dista más el entendimiento angélico del entendimiento humano que el entendimiento de un óptimo filósofo del entendimiento del ignorante más rudo, porque la distancia de éstos se encuentra siempre dentro de los límites de la especie humana, sobre la cual está el entendimiento angélico. Ciertamente, el ángel conoce a Dios por un efecto más noble que el hombre; su propia substancia, por la cual el ángel viene naturalmente al conocimiento de Dios, es más digna que las cosas sensibles, y aún más que la misma alma, mediante la cual el entendimiento humano se eleva al conocimiento de Dios. Y mucho más que el angélico al entendimiento humano sobrepasa el entendimiento divino al angélico. La capacidad del entendimiento divino es adecuada a su propia substancia. Conoce perfectamente qué es y todo lo que tiene de inteligible. En cambio, el entendimiento angélico no conoce naturalmente lo que Dios es, porque la misma substancia angélica, camino que a Él conduce, es un efecto inadecuado a la virtualidad de la causa. Naturalmente, pues, el ángel no puede conocer todo lo que Dios conoce de sí mismo, como tampoco el hombre puede captar lo que el ángel con su virtud natural. Mucho más necio sería el hombre si conociese como falso lo que, por ministerio de los ángeles, le ha sido revelado, con excusa de que racionalmente no puede llegar a ello, que el ignorante juzgando falsas las proposiciones de un filósofo por no poder comprenderlas.

Todavía aparece también esta verdad en las deficiencias que experimentamos a diario al conocer las cosas. Ignoramos muchas propiedades de las cosas sensibles, y las más de las veces no podemos hallar perfectamente las razones de las que aprehendemos con el sentido. Mucho más difícil será, pues, a la razón humana descubrir toda la inteligibilidad de la substancia perfectísima de Dios.

La afirmación del Filósofo está de acuerdo con lo expuesto, cuando asegura que “nuestro entendimiento se halla con relación a los primeros principios de los seres, que son clarísimos en la naturaleza, como el ojo de la lechuza respecto del sol”.

Y la Sagrada Escritura da también testimonio de esta verdad. En el libro de Job se dice: “)Crees tú poder sondear a Dios, llegar al fondo de su omnipotencia?” Y más adelante: “Mira: es Dios tan grande, que no le conocemos”. Y en San Pablo: “Al presente, nuestro conocimiento es imperfectísimo”.

Por consiguiente, no se ha de rechazar sin más, como falso, todo lo que se afirma de Dios, aunque la razón humana no pueda descubrirlo, como hicieron los maniqueos y muchos infieles.

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