Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO IV: El mal existente en las cosas no es intencionado

CAPÍTULO IV

El mal existente en las cosas no es intencionado

Resulta, como vemos por lo anterior, que se da el mal en las cosas sin que los agentes lo intenten.

Cuando de la acción de un agente resulta algo distinto de lo que él intentó, esto sucede al margen de su intención. Es así que el mal es diverso del bien que todo agente intenta. Luego el mal se da al margen de toda intención.

Cuando los principios de operación son defectuosos, las acciones y efectos son defectuosos también; ad, al corromperse el semen, sigue un parto monstruoso, y, al encorvarse la pierna, la cojera. Pero todo agente obra por lo que tiene de potencia activa y no por lo que le falta de la misma; además, según obra, así tiende al fin; y tiende al fin que corresponde a su potencia. Todo lo que resulte en relación con la falta de poder es, pues, ajeno a la intención del agente; y esto es el mal. Por consiguiente, el mal es ajeno a la intención del agente.

El movimiento del móvil y la moción del motor tienden a un mismo término. Ahora bien, todo móvil tiende de por sí a un bien; pero al mal, accidentalmente y al margen de su intención. Esto se ve indudablemente en la corrupción y generación. Pues la materia, cuando está bajo una forma, está en potencia respecto de otra y también respecto a la privación de la que tiene. Así, cuando está bajo la forma de aire, está en potencia respecto a la forma de fuego y respecto a la privación de la forma de aire. Además, el cambio de la materia de una forma a otra y a la corrupción de la que tenía es simultáneo: a la forma de fuego, cuando se engendra el fuego, y a la privación de la forma de aire, cuando éste se corrompe. Pero la materia no tiende ni apetece la privación, sino la forma, puesto que no tiende a lo imposible -como sería existir en una privación-, mientras que el estar en la forma es cosa posible. Por lo tanto, si termina en una privación, ello no ha sido intencionado, pues termina en ella cuando llega a la forma a que tendía, lo cual presupone necesariamente la privación de la otra. Así, pues, el cambio de la materia en la generación y corrupción está ordenado absolutamente a la forma, y la privación resulta al margen de toda intención; y así ha de ser en toda clase de movimientos. Por eso hay en todos ellos una generación y corrupción relativas. Así, cuando lo blanco se cambia en negro, aquél se corrompe y éste se engendra. Ahora bien, cuando la materia está perfeccionada por la forma y la potencia por el acto, entonces se da el bien; pero cuando está privada del acto debido, se da el mal. Por lo tanto, todo lo que se mueve intenta en su movimiento alcanzar el bien y sólo llega al mal al margen de su intención. De donde resulta que, como todo agente busca el bien, el mal es ajeno a su intención.

En quienes obran intelectualmente y con cierta apreciación, la intención responde a la aprehensión, puesto que la intención tiende a la aprehensión como fin. Si se da con algo que carece de especie aprehendida, será sin intención; como si uno intenta comer miel y come hiel, creyendo que es miel, lo hace sin intención. Mas todo el que obra intelectualmente tiende sólo hacia lo que concibe como bueno, según se demostró (c. prec.). Y si ello no fuera bueno, sino malo, sería ajeno a su intención. Por consiguiente, el que obra intelectualmente no hace el mal sin intentarlo. Luego, como el tender al bien es común al que obra intelectualmente y al que obra por instinto, el mal resulta al margen de la intención de todo agente.

Por eso dice Dionisio en el c. 4 “De los nombres divinos”: “El mal es ajeno a toda intención y voluntad”.

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