Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO IV: Qué opinó Fotino sobre el Hijo de Dios, y su refutación

CAPÍTULO IV

Qué opinó Fotino sobre el Hijo de Dios, y su refutación

Algunos hombres perversos, presumiendo abarcar con su inteligencia la verdad de esta doctrina, concibieron acerca de lo dicho algunas opiniones equivocadas.

Algunos de ellos creyeron que la Escritura acostumbraba, llamar “hijos de Dios” a quienes son justificados por la gracia divina, según los textos siguientes: “Dióles potestad de venir a ser hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre”. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos”. A los cuales tampoco olvida la Escritura llamarlos “engendrados por Dios”. Porque se dice: “De su propia voluntad nos engendró por la palabra de la verdad”; y también: “Quien ha nacido de Dios no peca, porque la simiente de Dios está en él”. Y lo que es más admirable, se les atribuye el nombre de la “divinidad”. Así dijo el Señor a Moisés: “Te he puesto como dios para el Faraón”; y, asimismo, en el libro de los Salmos: “Yo dije: Sois dioses, y todos vosotros sois hijos del Altísimo”; y también, como dijo el Señor: “Llamó dioses a aquellos a los que fue dirigida la palabra de Dios”.

De este modo, opinando que Jesucristo es un puro hombre y que procede originariamente de María Virgen y que por el mérito de su santa vida alcanzó más que nadie el honor de la divinidad, lo creyeron hijo de Dios por el espíritu de adopción, igual que los demás hombres, y engendrado por Él mediante la gracia; y que es llamado Dios en la Escritura por cierta semejanza con Dios, pero no por su naturaleza, sino por una participación de la bondad divina, tal cual se dice de los santos: “Para hacernos participantes de la divina naturaleza, huyendo de la corrupción que por la concupiscencia existe en el mundo”.

Y trataron de confirmar esta opinión con la autoridad de la Sagrada Escritura.

[Opiniones.]

Porque el Señor dice: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Ahora bien, si Él fuese Dios eternamente, no hubiese recibido el poder en el tiempo.

Asimismo se dice del Hijo que “fue hecho para él (es decir, para Dios), de la descendencia de David según la carne”, y que “fue constituido Hijo poderoso de Dios”. Más lo que es constituido y hecho, parece no ser eterno.

Dice el Apóstol: “Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre”. Lo cual parece demostrar que, en recompensa de su obediencia y de los sufrimientos, se le hizo merced de un honor divino, y fue ensalzado sobre todas las cosas.

Asimismo dice Pedro: “Tenga, pues, por cierto, toda la casa de Israel, que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien habéis crucificado”. Luego parece ser que fue hecho Dios en el tiempo, y no nacido antes de todo tiempo.

Aducen también en apoyo de su opinión cuanto en la Escritura parece importar alguna imperfección en Cristo, tal como el ser llevado en un seno de mujer, el que creciese en edad, el que padeciese hambre, se fatigase por el cansancio y se sometiese a la muerte; el progresar en sabiduría; el confesar que ignoraba el día del juicio; el turbarse por el terror de la muerte, y otras cosas semejantes que no pueden convenir a quien es Dios por naturaleza. De donde concluyen que en recompensa alcanzó por gracia el honor divino, y no que fuese de naturaleza divina.

Los inventores de esta opinión fueron algunos herejes antiguos, Cerinto y Ebión. Después, Pablo de Samosata la renovó; afirmándola, por último, Fotino, de manera que los que la defienden se llaman fotinianos.

Sin embargo, para quienes estudian con diligencia las palabras de la Sagrada Escritura es evidente que en ella no cabe el sentido que tales hombres le atribuyeron con su parecer. Porque cuando Salomón dice: “Antes que los abismos fui engendrada yo”, demuestra suficientemente que esta generación existía antes que todo lo corporal. De donde resulta que el Hijo, engendrado por Dios, no recibió el principio de su ser de María. Y aunque se esfuercen por torcer, con una perversa interpretación, estos testimonios y otros semejantes, diciendo que deben entenderse según la predestinación, o sea, que antes de la creación del mundo se dispuso que el Hijo de Dios naciese de María Virgen, pero no que fuese Hijo de Dios, convénzanse que existió antes que María no sólo por la predestinación, sino también en realidad. Porque, después de las palabras ya citadas de Salomón, se añade: “Cuando echó los cimientos de la tierra, estaba yo con él como arquitecto”; ahora bien, si hubiese existido sólo en la predestinación, nada hubiera podido hacer. Lo mismo resulta según las palabras de Juan Evangelista, porque al anteponer: “Al principio era el Verbo”, con cuyo nombre se entiende el Hijo, como se demostró (c. prec.), para que nadie lo interpretara según la predestinación, añadió: “Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada”; lo cual no sería verdad si no hubiera existido antes que el mundo. Asimismo dice el Hijo de Dios: “Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”. Además: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Luego es evidente que Él existió antes que descendiese del cielo.

Además, según dicha opinión, el hombre se acercó a la divinidad, por el mérito de la vida. Por el contrario, el Apóstol declara que, siendo Dios, se hizo hombre. Dice: “Existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo, y haciéndose semejante a los hombres, y en la condición de hombre”. Luego dicha opinión no concuerda con la sentencia del Apóstol.

Más aún: Entre los que poseyeron la gracia de Dios, Moisés la tuvo copiosamente, del cual se dice que “Yavé hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo”. Ahora bien, si Jesucristo no se llamase Hijo de Dios más que por la gracia de adopción, como los otros santos, Moisés se llamaría Hijo por la misma razón que Cristo, por más que Cristo fuese dotado de una gracia más abundante; porque también entre los demás santos uno es colmado de mayor gracia que otro, y, no obstante, todos se llaman hijos de Dios por la misma razón. Moisés, sin embargo, no se llama Hijo de Dios por la misma razón que Cristo; porque el Apóstol distingue a Cristo de Moisés como el hijo del siervo; dice: “Moisés fue fiel en toda su casa, como ministro que ha de dar testimonio de todo lo que ha de decir; pero Cristo está como hijo en su casa”. Es, pues, evidente que Cristo no se llama Hijo de Dios por la gracia de adopción, como los otros santos.

La misma doctrina puede inferirse, además, de otros muchos lugares de la Sagrada Escritura, la cual llama a Cristo Hijo de Dios de un modo particular con preferencia a los demás. En efecto, unas veces llamándole en singular “Hijo”, con exclusión de los demás, como al resonar la voz del Padre en el bautismo: “Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Otras veces lo llama Unigénito; por ejemplo: “Lo hemos visto como Unigénito del Padre”; y también: “El Unigénito, que está en el seno del Padre, ése nos le ha dado a conocer”. Ahora bien, si se le llama “hijo” de un modo común, como a los demás, no hubiera podido llamarse unigénito. Y otras veces es llamado además “Primogénito”, para manifestar que la filiación de los demás deriva de Él, según los textos: “A los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos”; y también: “Envió Dios a su Hijo para que recibiésemos la adopción de hijos”. Luego Él es Hijo por una razón particular, y los demás se dicen hijos por una semejanza de esta filiación.

Además, en la Sagrada Escritura se atribuyen algunas obras tan propiamente a Dios, que no pueden convenir a nadie más, como la santificación de las almas y la remisión de los pecados; así se dice: “Yo, Yavé, os santifico”; y también: “Yo soy quien por mi amor borro tus pecados”. Ambos textos los aplica la Sagrada Escritura a Cristo. Pues se dice: “Todos, el que santifica como los santificados, de uno solo vienen”; además: “Jesús, a fin de santificar por su propia sangre a su pueblo, padeció fuera de la puerta”. Incluso el mismo Señor declaró de sí mismo “que tenía poder de perdonar los pecados”, y lo confirmó con un milagro, como consta. Esto mismo anunció el ángel sobre Él: “Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Luego Cristo, que santifica y perdona los pecados, no es llamado Dios por la misma razón con que se llaman dioses los que son santificados y reciben el perdón de sus pecados; Él es Dios porque tiene poder y naturaleza divinos.

Más: los testimonios de la Escritura con que intentaban demostrar que Cristo no es Dios por naturaleza, no son eficaces para probar su opinión. Porque en Cristo, Hijo de Dios, después del misterio de la encarnación, confesamos dos naturalezas, o sea, la humana y la divina. De ahí que se afirme de Cristo tanto lo que es propio de Dios, por razón de su naturaleza divina, como lo que parece importar deficiencia, por razón de su naturaleza humana, como se explicará después con más extensión (capítulos 9, 27). De momento, para el presente estudio sobre la generación divina, demos por demostrado suficientemente que, según la Escritura, Cristo es llamado Hijo de Dios, y Dios no sólo por la gracia de adopción, como puro hombre, sino por su naturaleza divina.

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