Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO L: El pecado original se transmite por nuestro primer padre a la posteridad

CAPÍTULO L

El pecado original se transmite por nuestro primer padre a la posteridad

Luego, por lo dicho anteriormente (cc. 28, 49), está demostrado que no es imposible lo que enseña la fe católica sobre la encarnación del Hijo de Dios. Ahora tenemos que demostrar, en consecuencia, la conveniencia de que el Hijo de Dios asumiera la naturaleza humana (cf. c. 27).

Y parece que el Apóstol atribuye la razón de esta conveniencia al pecado original, que a todos se transmite; pues dice: “Así como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron hechos pecadores, así también por la obediencia de un solo hombre muchos serán justificados”. Sin embargo, es preciso demostrar que los hombres nacen con pecado original, cuya existencia negaron los herejes pelagianos.

Y vamos a comenzar aduciendo lo que dice el Génesis: “Tomó, pues, Yavé Dios al hombre y le puso en el jardín de Edén, para que lo cultivase y guardase, y le dio este mandato: De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas; porque el día que de él comieres ciertamente morirás”. Pero, como Adán no murió en el acto el día en que comió, conviene interpretar la expresión “ciertamente morirás” de este modo: “Estarás sujeto necesariamente a la muerte”. Cosa que se hubiera dicho inútilmente si el hombre tuviese que morir necesariamente por la disposición original de su naturaleza. Hay que decir, pues, que la muerte y la necesidad de morir son una pena impuesta al hombre por su pecado. Pero la pena no se impone justamente si no existe una culpa. Luego en cuantos se encuentre esta pena se deberá encontrar también alguna culpa. Ahora bien, esta pena se encuentra en todo hombre, incluso en el momento de nacer, pues se nace sujeto ya a la muerte; por eso algunos mueren al nacer, “pasando del vientre al sepulcro”, como se dice. Luego en ellos hay algún pecado. Pero no es un pecado actual, porque los niños no tienen uso de razón, sin el cual nada se le imputa al hombre como pecado, según consta por lo dicho en el libro tercero (c. suprimido por los ed. de la Leonina). Debemos, pues, afirmar que el pecado está en ellos transmitido por origen.

Esto se ve claramente por las palabras del Apóstol: “Así, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así también la muerte se propagó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado”.

Y no se puede afirmar que por un hombre, a quien se imitó, entrase el pecado en el mundo. Porque entonces el pecado no afectaría sino a quienes al pecar imitan al primer hombre; y como la muerte entró en el mundo por el pecado, ésta no alcanzaría sino a quienes al pecar imitan al primer hombre pecador. Mas, para evitar esta interpretación, añade el Apóstol: “La muerte reinó desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no hablan pecado como pecó Adán”. Por lo tanto, el Apóstol no entendió que por un hombre a quien pecando se imitó, entrase el pecado en el mundo, sino por transmisión original.

Además, si el Apóstol hablase de la entrada del pecado en el mundo por imitación de un ejemplar, mejor diría que entró por el diablo que por un hombre, como se dice expresamente en el libro de la Sabiduría: “Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen”.

Y David dice en el salmo: “Mira que en la maldad fui formado y en pecado me concibió mi madre”. Lo cual no puede referirse al pecado actual, porque David fue concebido y nació de legítimo matrimonio. Es preciso, pues, que esto se refiera al pecado original.

Además, se dice en Job: “¿Quién podrá hacer puro al concebido de impura semilla?” ¿No eres tú solo quien lo puede hacer?” De donde se deduce que de la inmundicia de la simiente humana participe el hombre concebido por ella. Inmundicia que es preciso atribuir al pecado, motivo único por el que el hombre es llevado a juicio, como dice el versículo anterior: “¿Y a un tal le persigues con ojos abiertos y le citas a tu tribunal?” Así, pues, hay un pecado que el hombre contrae al nacer, y se llama “original”.

Por otra parte, el bautismo y los otros sacramentos de la Iglesia son ciertos remedios contra el pecado, como diremos después (c. 56). Mas el bautismo, según la costumbre ordinaria de la Iglesia, se confiere a los niños recién nacidos. En vano, pues, se administraría si no hubiera algún pecado en ellos. Ahora bien, en ellos no hay pecado actual, porque carecen del uso de razón, sin la cual ningún acto se le imputa al hombre como culpa. Luego se debe afirmar que en ellos está el pecado transmitido por origen, pues, en las obras de Dios y de la Iglesia nada hay vano o inútil.

Y si se dijere que el bautismo se da a los niños, no para limpiarles del pecado, sino para que entren en el reino de Dios, al cual no pueden llegar sin bautismo, pues dice el Señor: “Quien no naciere del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos”, tal aserto es una vana suposición. Porque nadie es excluido del reino de Dios si no es por alguna culpa. Pues el fin de toda criatura racional es llegar a la bienaventuranza, que sólo está en el reino de Dios. Y este reino no es otra cosa que la “sociedad ordenada de aquellos que gozan de la visión divina”, en la que consiste la verdadera bienaventuranza, como se ve por lo expuesto en el libro tercero (c. 48 ss.). Ahora bien, nada falla en la consecución del propio fin si no es por algún pecado. Luego si los niños no bautizados no pueden llegar al reino de Dios, es preciso decir que en ellos existe algún pecado.

Luego, según la tradición de la fe católica, se ha de creer que los hombres nacen con pecado original.

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1 comentario

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  1. Jorge Garcés Manzanos

    Es muy posible que al infundir Dios el espíritu en la persona de Adán, también con el mismo espíritu le infundiera el privilegio de no tener que morir físicamente. Sin embargo, si el castigo por el pecado es solo la muerte física, ¿qué sucede con la verdadera muerte del hombre que, en realidad es la muerte eterna (física y espiritual). Luego es obvio que el castigo por el pecado llama inexorablemente a la muerte física y también a la muerte espiritual si se confabula uno con el pecado desobedeciendo a Dios sistemáticamente. Recordemos en los primeros versículos del GENESIS del arrepentimiento y la vergüenza de Adan y Eva por haber cometido el primer pecado. Por tanto ellos son admitidos a la misericordia de Dios por este hecho. El espíritu del mentiroso y seductor enemigo es condenado a arrastrarse y a ser aplastado por el pie Inmaculado por su mala intención.

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