Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LIV: Cómo la esencia divina, que es una y simple, es la propia semejanza de todos los seres inteligibles

CAPÍTULO LIV

Cómo la esencia divina, que es una y simple, es la propia semejanza de todos los seres inteligibles

Puede parecer difícil o imposible que lo que es uno y simple, como la esencia divina, sea la razón propia o la semejanza de los diversos seres. En efecto, como quiera que la distinción de los diversos seres estriba en las propias formas, lo que es semejante a alguno en virtud de su propia forma debe ser desemejante a otro. Pero, en cuanto tienen algo de común, no hay inconveniente en que haya alguna semejanza entre diversos seres, como entre el hombre y el asno en cuanto animales. Y de aquí se seguirá que Dios no tiene conocimiento propio de los seres, sino un conocimiento común; porque la operación del conocer es determinada por el modo de estar la semejanza de lo conocido en el cognoscente, como la calefacción, por ejemplo, es determinada por el modo del calor; y esto porque la semejanza de lo conocido está en el cognoscente a modo de forma, mediante la cual obra. Es necesario, por lo tanto, si Dios tiene conocimiento propio de muchos seres, que Él sea la razón propia de cada uno. De qué manera sea esto hemos de averiguar al presente.

Como dice el Filósofo en el libro VIII de los “Metafísicos”, las formas y las definiciones de las cosas que las enuncian son semejantes a los números; pues en éstos, si se añade o se resta una unidad, varía la especie del número, como se ve claramente en el dos y el tres; y lo mismo sucede en las definiciones, pues la adición o substracción de una diferencia varía la especie. Así, la substancia sensible sin racionalidad y con racionalidad difiere específicamente.

Ahora bien, en los seres que contienen en sí muchos elementos, el entendimiento no procede al modo de la naturaleza. Pues la naturaleza no permite que se dividan los elementos requeridos para constituir un ser determinado; y así, la naturaleza animal no permanece si se separa el alma del cuerpo. En cambio, el entendimiento es libre para considerar separadamente los elementos que se hallan unidos en un ser cualquiera, siempre que uno no sea incluido en el concepto del otro. Y, por esto, en el número tres puede considerarse solamente el dos, y en el animal racional sólo la parte sensible. De ahí que el entendimiento tiene la facultad de considerar el ser que contiene muchos elementos como la propia razón de ellos, fijándose en uno y haciendo caso omiso de los otros. Puede, por ejemplo, considerar al diez como la propia razón del nueve restándole una unidad o también como la propia razón de cada uno de los números inferiores incluidos en él. En el hombre puede considerar igualmente el ejemplar propio de animal irracional en cuanto tal y de cada una de sus especies, a no ser que se le añadan algunas diferencias positivas. Por esto, cierto filósofo llamado Clemente dijo que los seres más nobles son los ejemplares de los menos nobles.

Pero la esencia divina comprende en sí las excelencias de todos los seres, y las comprende no a modo de composición, sino de perfección, como se ha probado arriba. Ahora bien, toda forma, tanto la propia como la común, es una perfección en cuanto realiza una cosa, y no envuelve imperfección sino en cuanto le falta algo del verdadero ser. Por lo tanto, el entendimiento divino puede comprender en su esencia lo que es propio de cada ser, conociendo en qué imita su esencia y en qué se aparta de su perfección; es decir, conociendo su esencia como imitable por la vida sin conocimiento, ve la forma propia de la planta; si, por el contrario, la conoce como imitable por el conocimiento no intelectual, ve la forma propia de animal, y así en los otros seres. Está puesto en claro, por lo tanto, que puede considerarse a la esencia divina, en cuanta absolutamente perfecta, como la razón propia de cada uno de los seres. Y, por consiguiente, Dios puede tener por ella conocimiento propio de todos los seres.

Mas porque la razón propia de un ser se distingue de la razón propia de otro, y la distinción es principio de pluralidad, es necesario considerar en el entendimiento divino una cierta distinción y la pluralidad de las razones entendidas, en cuanto lo que está en el entendimiento divino es la razón propia de los diversos seres. De donde, como quiera que esto se verifica según que Dios entiende el propio orden de semejanza que cada criatura guarda con Él, se desprende que las razones de las cosas no son muchas o distintas en el entendimiento divino sino en cuanto que Dios conoce cómo las cosas se le pueden asemejar de muchas y diversas maneras. Y en este sentido dice San Agustín que Dios hace al hombre según una razón y según otra al caballo, y que las razones de las cosas se hallan en plural en la mente divina. En esta doctrina se salva de alguna manera la opinión de Platón, que admitía las ideas, en conformidad de las cuales era formado todo lo que existe en las cosas materiales.

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