Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LV: Dios entiende todas las cosas a la vez

CAPÍTULO LV

Dios entiende todas las cosas a la vez

Se demuestra, por la doctrina anterior, que Dios conoce todas las cosas a la vez. En efecto:

Nuestro entendimiento no puede entender en acto muchas cosas a la vez. Porque, como el entendimiento en acto es lo que se entiende actualmente, si aprehendiese muchas cosas a la vez, se seguiría que el entendimiento sería muchas cosas a la vez con un solo género, y esto es imposible. Y digo en un solo género, porque nada impide que un mismo sujeto sea informado por formas de diversos géneros, como, por ejemplo, un mismo cuerpo tiene figura y color. En cambio, las especies inteligibles, que informan el entendimiento para que los seres sean actualmente conocidos, todas son de un mismo género, como quiera que tienen una misma manera de ser en cuanto al ser inteligible, aunque las cosas de quienes son especies no tengan una manera de ser idéntica; y de aquí que no sean contrarias, por más que haya contrariedad entre las cosas que existen fuera del alma. Por esto, cuando muchos seres se encuentran de alguna manera unidos, son entendidos a la vez. Vemos, en efecto, a la vez un todo continuo y no una parte después de otra; e igualmente se entiende a la vez una proposición no el sujeto primero y después el predicado, porque se conocen todas las partes bajo la misma especie del todo. Podemos concluir, por lo tanto, que se puede entender a la vez todo lo que se conoce por una sola especie. Ahora bien, todo lo que Dios conoce lo conoce por una sola especie, que es su esencia; Dios, por lo tanto, puede conocer todas las cosas a la vez.

La facultad cognoscitiva nada conoce en acto si no media la intención; por esto no vivimos en la imaginación los fantasmas conservados en el órgano, porque la intención no se dirige a ellos. Porque en los seres que obran por voluntad es el apetito el que mueve al acto a las otras potencias. Luego en nosotros no cabe la intuición simultánea de muchos seres, a los cuales no se dirige simultáneamente nuestra intención. En cambio, las cosas que son objeto de una sola intención es necesario que sean entendidas a la vez. En efecto, el que considera la comparación de dos seres, dirige su intención hacia ambos e intuye a la vez a los dos.

Ahora bien, es necesario que caiga bajo una sola intención todo lo que se halla en la esencia divina. Dios intenta ver perfectamente su esencia, y esto es verla en toda su virtualidad, la cual alcanza a todas las cosas Dios, pues, viendo su esencia, intuye todas las cosas a la vez.

El entendimiento que considera sucesivamente muchas cosas, es imposible que tenga una sola operación; como quiera que las operaciones difieren según los objetos, la operación del entendimiento que considera lo primero debe ser necesariamente distinta de la que considera lo segundo. Ahora bien, el entendimiento divino no tiene más que una sola operación, que es su esencia, como se ha probado (c. 45). Por lo tanto, no considera sucesivamente, sino de una vez, todo lo que conoce.

No se comprende la sucesión sin tiempo, ni el tiempo sin movimiento; pues tiempo es la medida del movimiento habida cuenta de lo anterior y posterior. Pero en Dios es imposible cualquier movimiento, como puede deducirse de lo dicho anteriormente (c. 13). Ninguna sucesión se da, pues, en la consideración divina. Y, por lo tanto, considera de una vez todo lo que conoce.

Está ya puesto en claro que el entender de Dios es su propio ser. Pero en el ser de Dios no hay prioridad ni posterioridad, sino que todo Él es a un tiempo. Por lo tanto, la consideración de Dios no tiene antes y después, sino que entiende todas las cosas a la vez.

Todo entendimiento que conoce una cosa después de otra, unas veces está en potencia y otras en acto; es decir, cuando conoce lo primero en acto, conoce lo segundo en potencia. Pero el entendimiento divino nunca jamás está en potencia, sino siempre entendiendo. No conoce, pues, las cosas sucesivamente, sino a la vez.

La Sagrada Escritura da también testimonio de esta verdad, pues dice Santiago: “En Dios no hay mudanza ni sombra de alteración”.

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