Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LVI: De la necesidad de los sacramentos

CAPÍTULO LVI

De la necesidad de los sacramentos

Y porque, según se ha dicho (c. 55, resp. a la 26), la muerte de Cristo es como la causa universal de la salvación humana, y es preciso que la causa universal se aplique a cada efecto, fue necesario poner al alcance de los hombres algunos remedios mediante los cuales se les aplicara de algún modo el beneficio de la muerte de Cristo. Y estos remedios se llaman sacramentos de la Iglesia.

Pero fue preciso también que semejantes remedios se aplicaran mediante algunos signos visibles.

En primer lugar, porque, del mismo modo que a todas las cosas, Dios provee al hombre atendiendo a su condición (cf. 1. 3, cc. 111, 119). Mas la condición del hombre es tal, que para captar las cosas espirituales e inteligibles ha de ser llevado naturalmente por las cosas sensibles. Luego fue preciso que se entregaran a los hombres los remedios espirituales bajo signos sensibles.

En segundo lugar, porque es preciso que los instrumentos estén proporcionados a la causa primera. Mas la causa primera y universal de la salvación humana es el Verbo encarnado, como consta por lo dicho (capítulo prec.). Por lo tanto, fue cosa apropiada que los remedios mediante los cuales llega la virtud de la causa universal a los hombres, fueran semejantes a dicha causa, o sea, de modo que la virtud divina obrara en ellos invisiblemente bajo signos sensibles.

En tercer lugar, porque el hombre cayó en el pecado uniéndose indebidamente a las cosas visibles. Por lo tanto, para que no creyera que las cosas visibles son malas por naturaleza y, en consecuencia, pecase adhiriéndose a ellas, fue conveniente que por medio de las cosas visibles se aplicasen a los hombres los remedios de salvación, y así vieran que dichas cosas son naturalmente buenas, como creadas por Dios; pero resultan perjudiciales a los hombres cuando éstos se apegan a ellas desordenadamente, y saludables cuando usan de ellas ordenadamente.

Con esta razón se rechaza el error de algunos herejes (cf. l. c., abajo), cuyo intento es suprimir todas estas cosas visibles de los sacramentos de la Iglesia. Y no hay por qué admirarse, pues estos mismos son quienes piensan que todas las cosas visibles son naturalmente malas y producidas por un autor malo, lo que reprobamos en el libro segundo (capítulos 40, 41, al final; cf. 1. 3, c. 7).

Ni hay inconveniente alguno en que la salud espiritual se administre por medio de cosas visibles y corporales, porque estas cosas visibles son como ciertos instrumentos del Dios encarnado y paciente, y el instrumento no obra por virtud propia, sino por virtud del agente principal, que lo aplica a la operación. Así, pues, tales cosas visibles producen a salud espiritual, no por su propia naturaleza, sino por institución del mismo Cristo, por la que consiguen su poder instrumental.

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