Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LVI: El conocimiento de Dios no es habitual

CAPÍTULO LVI

El conocimiento de Dios no es habitual

Es también claro, según los principios expuestos, que en Dios no hay conocimiento habitual. En efecto:

Todo ser que tenga conocimiento habitual no conoce todas las cosas a la vez, sino que unas las conoce actualmente y otras habitualmente. Pero Dios conoce todas las cosas a la vez. No hay, por lo tanto, en El conocimiento habitual.

El que tiene el hábito y no considera, está, en cierto modo, en potencia, aunque de distinta manera que antes de conocer. Pero ya se ha demostrado que el entendimiento divino de ningún modo está en potencia. Por lo tanto, de ningún modo hay en El conocimiento habitual.

La esencia de todo entendimiento que conoce algo habitualmente es distinta de su operación intelectual, que es la misma consideración: al entendimiento que conoce habitualmente le falta su operación, pero es imposible que le falte su esencia. Ahora bien, en Dios su esencia es su operación. No hay, por lo tanto, en su entendimiento conocimiento habitual.

El entendimiento que conoce sólo habitualmente no se halla en su última perfección, y por esto la felicidad, que es lo mejor, no consiste en un hábito, sino en un acto. Si, pues, Dios conoce habitualmente por su substancia, considerado en su substancia no sería omniperfecto. Pero esta conclusión es contraria a lo que se ha probado anteriormente.

Se ha demostrado ya que Dios conoce por su esencia, no por especies inteligibles añadidas a su esencia. Pero todo entendimiento en estado habitual conoce por algunas especies, porque el hábito o es una habilitación del entendimiento para recibir las especies inteligibles que le hacen inteligente en acto, o es una agrupación ordenada de estas especies que existen en el entendimiento, no según un acto completo, sino de un modo intermedio entre la potencia y el acto. No hay, por lo tanto, en La ciencia habitual.

El hábito es una cierta cualidad. Pero Dios no puede recibir ni cualidad ni accidente alguno. No es, pues, propio de Dios el conocimiento habitual.

Como la disposición del que considera, o quiere, u obra habitualmente, es semejante a la disposición de quien duerme, David, para apartar de Dios toda disposición habitual, dice: “He aquí que no dormitará ni dormirá el que guarda a Israel”. De ahí también que diga el Eclesiástico: “Los ojos del Señor son mucho más claros que el sol”; y esto porque el sol está siempre en acto de iluminar.

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