Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LVII: Todo entendimiento creado, de cualquier grado que sea, puede participar de la visión divina

CAPÍTULO LVII

Todo entendimiento creado, de cualquier grado que sea, puede participar de la visión divina

Como el entendimiento creado es elevado a la visión de la substancia divina con cierta luz sobrenatural, según consta (c. 53), no hay entendimiento creado, por ínfima que sea su naturaleza, que no pueda ser elevado a dicha visión.

Se ha demostrado que dicha luz (ib.) no puede ser connatural a ninguna criatura, puesto que excede el poder de toda naturaleza creada. Ahora bien, la diversidad de naturaleza no es obstáculo para lo que se realiza por virtud sobrenatural, pues la virtud divina es infinita; por eso, en la curación milagrosa de un enfermo, la diferencia de que esté muy o poco enfermo no cuenta. Luego la diversidad de grado de la naturaleza intelectual no es obstáculo para que lo inferior de ella pueda ser llevado a dicha visión con dicha luz.

La distancia que hay entre el entendimiento supremo del orden natural v Dios es infinita en perfección y en bondad. Sin embargo, la que hay entre él y el entendimiento más bajo es finita, pues entre dos cosas finitas no puede haber distancia infinita. Luego la distancia existente entre el entendimiento ínfimo y el supremo creado es como nada comparada con la existente entre el supremo creado y Dios. Según esto, lo que es como nada no puede introducir una variación sensible: como la distancia que hay entre el centro de la tierra y la vista es como nada comparada con la que hay entre nuestra vista y la octava esfera, en relación con la cual la tierra es como un punto; y por esto no se da variación sensible por el hecho de que los astrólogos se sirvan en sus demostraciones de nuestra vista como si fuera el centro de la tierra. Luego, para que un entendimiento sea elevado a la visión de Dios por dicha luz, nada significa la diferencia de sumo, medio o ínfimo.

Se probó anteriormente (c. 50) que todo entendimiento desea naturalmente la visión de la substancia divina. Y un deseo natural no puede ser vano. Luego cualquier entendimiento creado puede llegar a la visión de la substancia divina sin que cuente para ello la inferioridad de naturaleza.

De ahí que, en San Mateo, el Señor prometa a los hombres la gloria de los ángeles: “Serán -dice hablando de los hombres- como los ángeles de Dios en el cielo”. Y en el Apocalipsis se expresa “la misma medida para el hombre y el ángel”. Por eso en casi todos los lugares de la Sagrada Escritura se describen los ángeles en forma humana: total, como los ángeles que aparecieron a Abraham en figura de hombre, o parcial, como en los animales de Ezequiel, de quienes se dice que “debajo de las alas tenían manos de hombre”.

Y con esto se rechaza el error de algunos, que decían que el alma humana, por mucho que sea elevada, no llegará a igualarse con las inteligencias superiores.

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