Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LX: El hombre no recibe la especie del entendimiento pasivo, sino del entendimiento posible

CAPÍTULO LX

El hombre no recibe la especie del entendimiento pasivo, sino del entendimiento posible

Mas, en conformidad con la opinión expuesta, se objeta con estas razones. Dice el ya citado Averroes que el hombre se diferencia específicamente de los brutos por el entendimiento que Aristóteles llama “pasivo”, o sea, “la facultad cogitativa”, que es propia del hombre, en lugar de la cual los animales tienen cierta “estimativa natural”. Y propio de esta facultad cogitativa es distinguir las intenciones individuales y compararlas entre sí; así como el entendimiento, que es “separado” y “sin mezcla”, compara y distingue entre sí las intenciones universales. Y como por esta facultad, juntamente con la imaginación y la memoria, se preparan los fantasmas a recibir la acción del entendimiento agente, por el que se hacen inteligibles en acto, como acontece con ciertas artes que preparan la materia al artífice principal, por esto dicha facultad se denomina “entendimiento” y “razón”, la cual, según dicen los médicos, tiene su sede en la cavidad central de la cabeza. Y, según la disposición de esta facultad, un hombre se diferencia de otro en ingenio y en otras cosas concernientes a la inteligencia. Y mediante su uso y ejercicio adquiere el hombre el hábito de la ciencia. De ahí que los hábitos científicos estén en el entendimiento pasivo como en su propio sujeto. Y este entendimiento pasivo está ya en el niño desde un principio, y de él recibe la especie humana antes de ser inteligente en acto.

(Respuesta.) Claramente se ve que estas cosas son falsas y dichas abusivamente, Porque las operaciones vitales son con respecto al alma como los actos segundos con respecto al primero, como consta por Aristóteles, en el II “Sobre el alma”. En un mismo sujeto, el acto primero precede temporalmente al segundo; por ejemplo, la ciencia precede a la reflexión. Luego, si encontramos en un ser una operación vital, deberemos suponer que una parte de su alma sea con respecto a esa operación lo que el acto primero es al segundo. Consta que el hombre tiene una operación propia que no tienen los otros animales, o sea, el entender y razonar, que es del hombre en cuanto tal, como dice Aristóteles en el I de los “Éticos”. Luego debe haber en el hombre algún principio cuya particularidad sea conferirle la especie y que con relación al entender sea lo que el acto primero es para el segundo. Tal principio no puede ser el entendimiento pasivo, porque el principio de dicha operación debe ser “impasible” y “no mezclado con el cuerpo”, como lo demuestra el Filósofo; y el entendimiento pasivo es todo lo contrario. Luego no es posible que por la facultad cogitativa, que se llama entendimiento pasivo, reciba el hombre la especie y se distinga de los otros animales.

Una pasión de la parte sensitiva no puede estar en un género de vida superior a la misma vida sensitiva, e igualmente una pasión del alma nutritiva no puede situarse en un género superior de vida que la misma vida nutritiva. Sabido es que la fantasía y las potencias que de ella derivan, como la memoria y sus semejantes, son pasiones de la parte sensitiva, como lo demuestra el Filósofo en el libro “Sobre la memoria”. Luego por estas potencias, o alguna de ellas, ningún animal puede situarse en un género de vida superior a la vida sensitiva. Pero el hombre está en un género superior de vida, como lo demuestra el Filósofo en el II “Sobre el alma”, quien, al distinguir los géneros de vida, añade el intelectivo -que atribuye al hombre- al sensitivo, que atribuye en común a todo animal. Luego el hombre no vive su propia vida por dicha potencia cogitativa.

Todo lo que se mueve a sí mismo, según lo prueba el Filósofo en el VIII de los “Físicos”, se compone de motor y de movido. El hombre, como los otros animales, se mueve a sí mismo. Luego divídese en motor y movido. Ahora bien, el primer motor en el hombre es el entendimiento, porque éste, mediante su especie inteligible, mueve la voluntad. Y no puede decirse que el único motor sea el entendimiento pasivo, porque el entendimiento pasivo versa sobre lo particular, y para mover se requiere una consideración universal, propia del entendimiento posible, y otra particular, que puede ser del entendimiento pasivo, como lo demuestra Aristóteles en el III “Sobre el alma”. Luego el entendimiento posible es una de ambas partes del hombre, la más noble y característica. En consecuencia, de éste recibe la especie y no del entendimiento pasivo.

Se demuestra que el entendimiento posible no es un acto corporal, porque conoce todas las formas sensibles de un modo universal. Luego ninguna potencia cuya operación pueda llegar al conocimiento universal de todas las formas sensibles podrá ser un acto corporal. Tal es la voluntad, porque de todo lo que entendemos podemos tener voluntad, al menos de conocerlo. La universalidad del acto de la voluntad aparece en este ejemplo: “porque odiamos -como dice Aristóteles en su “Retórica”- universalmente a los ladrones genéricamente considerados, y, sin embargo, nos irritamos sólo contra los particulares”. Luego la voluntad ni puede ser una función corporal ni puede proceder de una potencia corpórea. Y como, hecha excepción del entendimiento propiamente dicho, las demás partes del alma son actividades del cuerpo, por eso la voluntad está en la parte intelectiva, de ahí que Aristóteles dice, en el III “Sobre el alma”, que “la voluntad está en la razón, mas el irascible y el concupiscible (apetitos) en la parte sensitiva”. Por eso, el apetito concupiscible y el irascible actúan mediante la pasión, mientras que la voluntad actúa mediante la elección. Mas la voluntad humana no es algo extrínseco al hombre, como fundada en cierta substancia separada, sino que está en el hombre mismo. Pues, de lo contrario, no sería dueño de sus actos, porque obraría con la voluntad de cierta substancia separada, y en él habría solamente potencias apetitivas que obrarían pasivamente, es decir, el irascible y el concupiscible, que están en la parte sensitiva; como sucede con los otros animales, los cuales, más que actuar, son actuados. Y esto, además de imposible, es destructor de toda la filosofía moral y de la ciencia política. Luego debe haber en nosotros un entendimiento posible, por el que nos diferenciemos de los brutos, y no sólo por el entendimiento pasivo.

Así como nadie es capaz de obrar si no es por la potencia activa que hay en él, así nadie es capaz de “padecer” si no es por la potencia pasiva que en él reside; por ejemplo, lo combustible es capaz de quemarse no sólo porque hay en él algo capaz de quemarlo, sino porque tiene también en sí la potencia para quemarse. “Pues entender implica cierta pasividad”, como se dice en el III “Sobre el alma”. Si, pues, el niño es inteligente en potencia, aunque actualmente no entienda, deberá haber en él alguna potencia mediante la cual sea capaz de entender. Y esta potencia es el entendimiento posible. Luego el entendimiento posible deberá estar unido al niño antes de que éste entienda en acto. Por consiguiente, el entendimiento posible no se une al hombre mediante la forma actualmente entendida, sino que ese mismo entendimiento posible está en el hombre, desde un principio, como cosa suya.

A esto contesta Averroes. Y declara que el niño se dice inteligente en potencia por dos razones. Primera, porque los fantasmas que hay en él son inteligibles en potencia. Segunda, porque el entendimiento posible es capaz de unirse a él, y no porque ya esté unido.

Debemos, sin embargo, demostrar que esta doble unión es insuficiente. Pues una es la potencia mediante la cual el agente puede obrar y otra la potencia mediante la cual el paciente puede padecer, las cuales se dividen por oposición. Porque por lo que a uno le conviene la capacidad de obrar no puede convenirle la capacidad de padecer. Es así que poder entender es poder padecer, “pues entender implica cierta pasividad”, como dice el Filósofo. Luego no se dice que el niño está en potencia para entender porque los fantasmas existentes en él puedan ser entendidos en acto, pues esto pertenece a la potencia de obrar, ya que los fantasmas mueven al entendimiento posible.

La potencia que se deriva de la especie no le conviene al ser por razón de aquello que no da la especie. Mas el poder de entender se deriva de la especie humana, porque entender es una operación del hombre en cuanto tal. Es así que los fantasmas no dan la especie humana, sino que se derivan de la operación del hombre. Luego no es por razón de los fantasmas por lo que el niño es inteligente en potencia.

Del mismo modo, tampoco puede decirse que el niño tiene poder de entender porque el entendimiento posible pueda unirse a él. Pues, de esta manera, se dice que uno puede obrar o padecer por la potencia activa o pasiva, como se llama “blanco” por la “blancura”. Y no se le llama a uno blanco antes de que le esté unida la blancura. Luego tampoco se dice que uno es capaz de obrar o padecer antes de que la potencia activa o pasiva le esté unida. Por lo tanto, no puede decirse del niño que es capaz de entender antes de que el entendimiento posible, que es la potencia de entender, le esté unido.

Una cosa es decir que uno tiene potencia para obrar antes de tener la naturaleza por la que obras y otra, cuando, teniendo la naturaleza, es, sin embargo, impedido de obrar accidentalmente; como de una manera se dice que un cuerpo tiene potencia para elevarse antes de ser leve, y de otra, cuando, engendrado ya leve, está, sin embargo, impedido en su movimiento. Es así que el niño es inteligente en potencia, no como si todavía no tuviese la naturaleza para entender, sino como teniendo impedimento para que entienda, porque está impedido para entender “por diversos movimientos existentes en él”, como se dice en el VII de los “Físicos”. Luego, si se dice que es capaz de entender, no es precisamente porque el entendimiento posible, que es el principio de entender, pueda unírsele, sino porque, teniéndolo ya, está impedido, sin embargo, por su propia acción; por eso, quitado el impedimento, inmediatamente “entiende”.

“Hábito es aquello por lo que uno obra cuando quiere”. Conviene, en consecuencia, que el hábito sea de quien es la operación habitual. Es así que considerar entendiendo, que es el acto propio del hábito de la ciencia, no puede ser del entendimiento pasivo, sino del mismo entendimiento posible, pues para que una potencia entienda es necesario que no sea acto de cuerpo alguno. Luego el hábito de la ciencia no está en el entendimiento pasivo, sino en el entendimiento posible. En nosotros está la ciencia por cuanto que nos llamamos científicos. Luego el entendimiento posible está en nosotros y, en cuanto al ser, no está separado de nosotros.

Ciencia es el resultado de la unión del esciente con la cosa conocida. Pero a la cosa conocida, en cuanto conocida, no se une el esciente sino mediante las especies universales, las cuales son objeto de la ciencia. Ahora bien, las especies universales no pueden estar en el entendimiento pasivo, pues es potencia que se sirve de órgano corpóreo, sino solamente en el entendimiento posible. Luego la ciencia no está en el entendimiento pasivo, sino solamente en el entendimiento posible.

El entendimiento habitual, como confiesa el adversario (Averroes), es efecto del entendimiento agente. Pero como los efectos del entendimiento agente son los inteligibles en acto, cuyo recipiente propio es el entendimiento posible, al cual se compara el entendimiento agente “como el arte a la materia”, según dice Aristóteles en el III “Sobre el alma”, deberá, pues, el entendimiento habitual, que es el hábito de la ciencia, estar en el entendimiento posible y no en el pasivo.

Es imposible que la perfección de una substancia superior dependa de la perfección de la inferior. Es así que la perfección del entendimiento posible depende de la operación del hombre, porque depende de los fantasmas que mueven al entendimiento posible. Luego el entendimiento posible no es una substancia superior al hombre. Por tanto, debe ser algo del hombre, como su acto y forma.

Las cosas separadas en cuanto al ser han de tener también operaciones separadas, pues las cosas se ordenan a sus propias operaciones como el acto primero a su segundo; por eso dice Aristóteles en el I “Sobre el alma” que, si hay alguna operación del alma independiente del cuerpo, “es posible que el alma esté separada”. Pero como el entendimiento posible precisa del cuerpo, pues dice el Filósofo en el III “Sobre el alma” que el entendimiento puede obrar por sí mismo, o sea, entender, cuando esté actualizado por la especie abstraída de los fantasmas, los cuales no existen sin el cuerpo. Luego el entendimiento posible no está totalmente separado del cuerpo.

Quien, en conformidad con su naturaleza, goza de una operación, ha de tener por naturaleza aquellos atributos sin los cuales no se puede realizar dicha operación, como lo demuestra Aristóteles en el II “Del cielo”, al decir que si las estrellas se moviesen con movimiento progresivo, al modo animal, diérales la naturaleza los órganos del movimiento progresivo. Como la operación del entendimiento posible se realiza mediante órganos corpóreos, en los que necesariamente han de estar los fantasmas, por eso la naturaleza unió al entendimiento posible con los órganos corpóreos. Luego, en cuanto al ser, no está separado del cuerpo.

Mas si por naturaleza está separado del cuerpo, mejor conocerá las substancias que están separadas de la materia que las formas sensibles, porque son más inteligibles y más conformes con él. Sin embargo, no puede conocer las substancias totalmente separadas de la materia, porque éstas carecen de fantasmas; y este entendimiento, como dice Aristóteles en el III “Sobre el alma”, “nunca entiende sin fantasmas”; pues son para él los fantasmas “como los sensibles son para el sentido”, sin los cuales el sentido no siente. Luego no es una substancia separada por naturaleza del cuerpo.

En todo género, la potencia pasiva se extiende tanto cuanto la potencia activa de dicho género; de ahí que en la naturaleza no se dé ninguna potencia pasiva sin su correspondiente potencia activa natural. El entendimiento agente no hace otros inteligibles que los fantasmas. Luego el entendimiento posible tampoco es movido por otros inteligibles que las especies abstraídas de los fantasmas. Por esto no puede conocer las substancias separadas.

En las substancias separadas están las especies de las cosas sensibles de modo inteligible, y son el medio por el cual tienen ciencia de lo sensible. Luego, si el entendimiento posible entiende las substancias separadas, de ellas recibirá el conocimiento de lo sensible, sin recibirlo de los fantasmas, “porque la naturaleza no abunda en superfluidades”.

Pero, si se dijera que en las substancias separadas no se da el conocimiento de lo sensible, sería, al menos, necesario decir que están dotadas de un conocimiento superior. El cual no debería faltarle al entendimiento posible si tales substancias conoce. Y tendríamos, en consecuencia, un doble conocimiento: uno, mediante las substancias separadas, y otro, recibido por medio de los sentidos. Uno de los dos estaría de sobra.

El entendimiento posible es “por lo que el alma entiende”, como se dice en el III “Sobre el alma”. Luego si el entendimiento posible conoce las substancias separadas, también nosotros las conoceremos. Y esto es falso evidentemente, porque, como dice Aristóteles (“Metal.”, II), somos con respecto a ellas “como los ojos de la lechuza frente al sol”.

Sin embargo, y en conformidad con la opinión expuesta, se contesta a esto: el entendimiento posible, por ser en sí subsistente, conoce las substancias separadas y se halla con respecto a ellas en potencia, como lo diáfano con respecto a la luz. Y, en cuanto se une a nosotros, está originariamente en potencia para las formas abstraídas de los fantasmas. Luego nosotros originariamente no entendemos por él las substancias separadas.

Pero esto no puede sostenerse. Porque, según ellos, el entendimiento posible se dice que se une a nosotros en cuanto se perfecciona por las especies inteligibles abstraídas de los fantasmas. Mas lo primero que debe considerarse es el entendimiento como en potencia para dichas especies, y después que se una a nosotros. Luego no porque se une a nosotros está en potencia para dichas especies.

Pues, según esto, estar en potencia para dichas especies no le convendría por naturaleza, sino en virtud de otro. Y nada debe definirse por lo que no le conviene por naturaleza. Luego la razón del entendimiento posible no es precisamente su posibilidad para dichas especies, como lo define el mismo Aristóteles en el III “Sobre el alma”.

Es imposible que el entendimiento posible conozca muchas cosas simultáneamente, como no sea que conozca una mediante otra; porque una potencia no se perfecciona con muchos actos simultáneos, sino ordenadamente. Luego, si el entendimiento posible conoce las substancias separadas y las especies separadas de los fantasmas, deberá conocer las substancias separadas por medio de tales especies, o viceversa. Supuestas ambas cosas, se sigue que nosotros conocemos las substancias separadas; porque, si conocemos las naturalezas sensibles porque el entendimiento posible las conoce, el entendimiento posible, en cambio, las conoce porque conoce las substancias separadas; y del mismo modo nosotros las conocemos. Lo mismo sucedería si se tratase de lo contrario. Lo cual es evidentemente falso. Luego el entendimiento posible no conoce las substancias separadas y, en consecuencia, no es substancia separada.

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