Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXII: Del error de los infieles acerca del sacramento de la eucaristía

CAPÍTULO LXII

Del error de los infieles acerca del sacramento de la eucaristía

Y así como, al pronunciar Cristo las citadas palabras, algunos discípulos se turbaron, diciendo: “¡Duras son estas palabras! ¿quién puede oírlas?”, así también los herejes se levantaron contra la doctrina de la Iglesia, negando la verdad de este sacramento. Pues dicen que en este sacramento no están realmente el cuerpo y la sangre de Cristo, sino simbólicamente, queriendo dar a entender que cuando Cristo, después de mostrar el pan, dijo: “Esto es mi cuerpo”, quiso decir: “Este es el signo o la representación de mi cuerpo”; igual que cuando el Apóstol dijo: “Y la roca era Cristo”, o sea, la “representación de Cristo”. Este mismo sentido dan a todo cuanto hay de semejante en las Escrituras.

Y toman como motivo de su opinión las palabras del Señor, que, hablando de comer su cuerpo y de beber su sangre, como viera surgir el escándalo entre sus discípulos, dijo, como explicándose a sí mismo: “Las palabras que yo os he dicho son espíritu y son vida”, como si lo que acababa de decir hubiera de entenderse no literalmente, sino en sentido espiritual.

Indúcenles también a disentir las muchas dificultades que, al parecer, se siguen de esta doctrina de la Iglesia, encontrando, en consecuencia, duras las palabras de Cristo y de la Iglesia.

[Objeciones.]

Y en primer lugar parece difícil comprender de qué modo empieza a estar en el altar el verdadero cuerpo de Cristo. Porque una cosa comienza a estar donde antes no estaba de dos maneras: o por movimiento local o por conversión de otra en ella, como vemos en el fuego, que comienza a estar en alguna parte porque se enciende allí o porque allí se lleva. Y es evidente que el cuerpo de Cristo no estuvo siempre en este altar, pues la Iglesia confiesa que Cristo subió a los cielos con su cuerpo.

Parece, pues, imposible decir que algo se convierta aquí de nuevo en el cuerpo de Cristo. Porque nada puede convertirse en lo que ya existe; pues aquello en que algo se convierte, comienza a existir por esta conversión. Pero es evidente que el cuerpo de Cristo prexistía como concebido en el vientre virginal. Luego, al parecer, no es posible que comience a existir de nuevo en el altar por la conversión de otro en él.

Igualmente, tampoco puede ser por mutación local, porque todo lo que se mueve localmente comienza a estar en un lugar cuando deja de estar en el anterior. Luego sería preciso decir que, cuando Cristo comienza a estar en este altar en que se celebra este sacramento, deja de estar en el cielo, adonde llegó por la ascensión. Además, ningún movimiento local termina simultáneamente en dos lugares. Y es claro que este sacramento se celebra simultáneamente en diversos altares. Luego no es posible que el cuerpo de Cristo comience a estar allí por movimiento local.

La segunda dificultad proviene del lugar. Las partes de uno no están separadamente en diversos lugares si él permanece íntegro. Es manifiesto que en este sacramento están separadamente el pan y el vino en lugares separados. Luego, si la carne de Cristo está bajo la especie de pan y la sangre bajo la especie de vino, parece seguirse que Cristo no permanezca íntegro, sino que siempre que se realiza este sacramento su sangre se separa del cuerpo.

Parece imposible también que un cuerpo mayor esté incluido en un lugar menor. Pues es evidente que el verdadero cuerpo de Cristo es de mayor cantidad que el pan que se ofrece en el altar. Luego parece imposible que el verdadero cuerpo de Cristo esté total e íntegramente donde sólo aparece el pan. Pero si no está todo allí, sino alguna de sus partes, surgirá el primer inconveniente, es decir, que siempre que se realice este sacramento, el cuerpo de Cristo se dividirá en partes.

Es imposible, además, que un cuerpo exista en varios lugares. Mas es evidente que este sacramento se celebra en varios lugares. Luego parece que el cuerpo de Cristo esté contenido verdaderamente en este sacramento. A no ser, quizás, que alguien dijere que está aquí según una partícula y en otro lugar según otra. Pero de esto resulta nuevamente que el cuerpo de Cristo se divide en partes por la celebración de este sacramento, cuando, con todo eso, parece que ni la cantidad del cuerpo de Cristo es suficiente para dividirse en tantas partículas cuantos son los lugares donde se celebra este sacramento.

La tercera dificultad se refiere a lo que percibimos sensiblemente en este sacramento. Pues percibimos sensiblemente en este sacramento, aun después de la consagración, todos los accidentes de pan y de vino, o sea, el color, el sabor, el olor, la figura, la cantidad, la medida, acerca de los cuales no podemos engañarnos, “porque el sentido no se engaña respecto a su sensible propio”. Ahora bien, estos accidentes no pueden estar en el cuerpo de Cristo como en un sujeto, como tampoco en el aire circundante, porque, como muchos de ellos son accidentes naturales, requieren un sujeto de determinada naturaleza, y no precisamente la del cuerpo humano o la del aire.

Ni pueden subsistir por sí, porque “lo esencial del accidente es existir en otro”.

Además, como los accidentes son formas, no pueden individualizarse si no están en un sujeto. Por eso, quitado el sujeto, serían formas universales. La solución es, pues, que dichos accidentes están en sus determinados sujetos, es decir, en la substancia del pan y del vino. Luego allí está la substancia del pan y del vino y no la substancia del cuerpo de Cristo, pues vemos que es imposible que dos cuerpos estén simultáneamente en un mismo lugar.

La cuarta dificultad nace de las virtudes activas y pasivas que se manifiestan en el pan y en el vino después de la consagración, como también antes. Porque el vino, si se tomara en gran cantidad, calentaría y embriagaría, y el pan confortaría y nutrida. También parece que, si se guardan por mucho tiempo y sin precaución, se pudren, o serían comidas por los ratones, pudiendo ser también quemadas y reducidas a cenizas y evaporarse. Y todo esto no puede convenir al cuerpo de Cristo, puesto que la fe lo declara impasible. Luego parece imposible que el cuerpo de Cristo esté substancialmente en este sacramento.

La quinta dificultad parece provenir especialmente de la fracción del pan. La cual, en verdad, aparece sensiblemente y no puede darse sin sujeto. También parece absurdo decir que el sujeto de dicha fracción sea el cuerpo de Cristo. Luego, al parecer, allí no está el cuerpo de Cristo, sino solamente la substancia del pan y del vino.

En resumen, estas y otras dificultades son la causa de que la doctrina de Cristo y de la Iglesia sobre este sacramento parezca tan extremada.

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