Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXII: La verdad divina es la primera y suma verdad

CAPÍTULO LXII

La verdad divina es la primera y suma verdad

Por lo ya demostrado se ve claramente que la verdad divina es la primera y suma verdad.

Como enseña el Filósofo (“Metaf.”, II), la disposición de las cosas respecto de la verdad es la misma que respecto al ser. Y esto es así, porque la verdad y el ser se siguen mutuamente; porque, en efecto, hay verdad cuando se dice ser lo que es y no ser lo que no es. Pero el ser divino es el primero y perfectísimo. Luego su verdad es la primera y suma verdad.

Lo que conviene a un ser en virtud de su esencia, le conviene de una manera perfectísima. Pero la verdad es un atributo esencial de Dios (c. 60); su verdad, por lo tanto, es la primera y suma verdad.

Hay verdad en nuestro entendimiento porque adecua con el objeto entendido. Ahora bien, la unidad es causa de la adecuación, como se prueba en el V de los “Metafísicos”. Como quiera que en el entendimiento divino es absolutamente idéntico el entendimiento y lo que se entiende, su verdad será la primera y suma verdad.

Lo que es medida en cualquier género es lo más perfecto en dicho género; de donde el blanco es medida de todos los colores. Pero la verdad divina es medida de toda otra verdad. En efecto, la verdad de nuestro entendimiento es medida por el objeto exterior, pues se dice que nuestro entendimiento es verdadero cuando concuerda con el objeto; en cambio, la verdad del objeto se mide con relación al entendimiento divino, que es causa de las cosas, como más adelante probaremos (cf. 2, c. 24). De la misma manera, la verdad de los objetos de arte es medida por el arte del artífice, pues un mueble es verdadero cuando concuerda con el arte. Ahora bien, como quiera que Dios es el entendimiento primero y el primer ser inteligible, necesariamente su verdad ha de medir la verdad de cualquier entendimiento, si, como dice el Filósofo, cada uno ha de ser medido por el primero de su género (“Metaf.”, X). Por lo tanto, la verdad divina es la primera y perfectísima verdad.

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