Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXII: Los que ven a Dios, perpetuamente le verán

CAPÍTULO LXII

Los que ven a Dios, perpetuamente le verán

Una consecuencia clara de lo anterior es que quienes alcancen la felicidad última por la visión de Dios, jamás la perderán.

“Todo lo que existe en un tiempo determinado y en otro no, es medido por el tiempo”, como se ve en el IV de los “Físicos”. Pero dicha visión, que hace bienaventuradas a las criaturas intelectuales, no se da en el tiempo, sino en la eternidad (c. prec.). Luego es imposible que, al hacerse uno participante de la misma, la pierda después.

La criatura intelectual no llega a su último fin mientras no se aquieta su deseo natural. Y así como desea naturalmente la felicidad, así también desea naturalmente la perpetuidad de la misma; porque como ella es perpetua en su substancia, lo que desea por sí misma y no por otra cosa deséalo para tenerlo siempre. Luego la felicidad no sería último fin si no permaneciera perpetuamente.

Todo lo que se posee con amor, si se sabe que alguna vez se perderá, produce tristeza. Dicha visión, que hace bienaventurados, como es deleitable y deseada en sumo grado, es amada también en sumo grado por quienes la poseen. Luego sería imposible que no se entristeciesen si supieran que alguna vez la perderían. Y si no fuese perpetua, lo sabrían; pues hemos demostrado ya (c. 59) que, viendo la substancia divina, conocen también algunas cosas que son naturales; ponlo tanto, con mayor motivo conocerán cuál es dicha visión, si perpetua o posible de perderse. Luego no tendrían tal visión sin tristeza. Y así, la felicidad, que debe estar inmune de todo mal, según se demostró (c. 48), no seria verdadera.

Lo que se mueve naturalmente hacia algo como al fin de su movimiento, no se desvía de ello si no es violentamente, como lo pesado cuando es lanzado hacia arriba. Pero consta por lo dicho (c. 50) que toda substancia intelectual tiende con deseo natural a dicha visión. Luego, si no la alcanza, será por violencia. Y nada se pierde por violencia de otro si el poder de quien lo arrebata no es mayor que el poder de quien lo causa. La causa de la visión divina es Dios, según probamos (c. 53). Luego, no habiendo poder que supere al de Dios, es imposible que dicha visión nos sea arrebatada por violencia. Por lo tanto, durará eternamente.

Si uno deja de ver lo que antes veía, esto obedecerá o a que le falta la facultad de ver, como cuando uno muere o enciega; o a que sufre algún determinado impedimento; o podrá ser también porque ya no quiere ver más, como cuando apartamos la vista de aquello que estábamos viendo, o porque el objeto desaparece. Esto sucede generalmente tanto si nos referimos a la visión del sentido como a la visión intelectual. Pero a la substancia intelectual que ve a Dios no Puede faltarle la facultad de verle: ni ponme deje de existir, pues es perpetua, según demostramos (l. 2. capítulo 55); ni tampoco por falta de la luz con que ve a Dios, puesto que tal luz se recibe de manera incorruptible tanto por parte del recipiente como por parte de quien la da. Ni puede tampoco faltarle voluntad de gozar de tal visión, puesto que se percata de que en ella está su última felicidad; igual como no puede querer no ser feliz. Incluso tampoco puede dejar de ver porque se le Substraiga el objeto, pues dicho objeto, que es Dios, permanece siempre inalterable, y no se aleja de nosotros si antes no nos alejamos. Luego es imposible que aquella visión, que hace bienaventurados, deje jamás de existir.

Es imposible que alguien quiera apartarse del bien que goza de no juzgar que hay algún mal en la fruición de tal bien, al menos porque presume que es impedimento de un bien mayor; pues como nada desea el apetito sino bajo la razón de bien, así nada huye sino bajo la razón de mal. Pero en la fruición de aquella visión no puede haber mal alguno, puesto que ella es lo mejor a que puede llegar la criatura intelectual. Ni tampoco puede suceder que quien goza de ella pueda presumir que en ella hay algún mal o que existe algo mejor, puesto que la visión de aquella Verdad Suprema excluye toda falsa suposición. Es imposible, pues, que la substancia intelectual que ve a Dios quiera privarse jamás de tal visión.

El hastío de una cosa con que antes gozábamos agradablemente, puede ser ocasionado por algún cambio que ella produce en el objeto, corrompiendo o debilitando su poder. Por esto las potencias sensibles -en cuyas acciones se presenta la fatiga a causa de un cambio producido por lo sensible en los órganos corporales-, pasado algún tiempo, se hastían de gozar de aquello en que antes hallaban deleite. Por esto también sufrimos hastío incluso en el entender, después de larga o intensa meditación, porque se fatigan las potencias que se sirven de órganos corporales, sin los cuales no es posible realizar al presente la consideración intelectual. Pero la substancia divina no corrompe, sino que perfecciona en sumo grado al entendimiento. Ni en su visión concurre acto alguno de los que se ejercen por los órganos corporales. Es imposible, pues, que alguien sienta hastío de aquella visión en la que desde el principio se goza agradablemente.

Nada de lo que se considera con admiración puede producir hastío, porque, mientras cae bajo la admiración, todavía mueve el deseo. Ahora bien, la substancia divina, es siempre vista con admiración por el entendimiento creado, puesto que ningún entendimiento creado la abarca por completo. Luego es imposible que la substancia intelectual se hastíe de dicha visión. Y así no es posible que voluntariamente desista de ella.

Si dos cosas que estaban antes unidas se separan después, es preciso que esto suceda por el cambio de alguna de ellas, porque la relación, así como para comenzar a existir requiere el cambio de uno de los relacionados, así también para dejar de existir lo requiere también. El entendimiento creado ve a Dios porque se une a Él de algún modo, como consta por lo dicho (c. 51). Luego si cesa dicha visión, al faltar semejante unión, es preciso que esto suceda o por el cambio de la substancia divina o por el del entendimiento de quien la ve. Y ambos extremos son imposibles, pues la substancia divina es inmutable, como demostramos en el libro primero (c. 13); y la substancia intelectual es elevada sobre todo cambio cuando ve la substancia de Dios. Luego es imposible que uno se separe de aquella felicidad por la que ve la substancia de Dios.

Cuanto más cerca está una cosa de Dios, que es absolutamente inmutable, tanto menos mudable es y más perseverante; por eso ciertos cuerpos, “por estar tan alejados de Dios”, no pueden durar perpetuamente, como se dice en el II “De la generación”. Pero ninguna criatura puede aproximarse más a Dios que aquella que ve su propia substancia. Luego la criatura intelectual que ve la substancia de Dios consigue la suprema inmutabilidad. Según esto, no es posible que cese jamás en tal visión.

Por esto se dice en el salmo: “Bienaventurados quienes habitan en tu casa, Señor; te alabarán por los siglos de los siglos”. Y en otro lugar: “No cambiará jamás quien habita en Jerusalén”. Y en Isaías: “Tus ojos verán Jerusalén, ciudad opulenta, tienda que jamás se moverá, cuyos clavos nunca serán arrancados y cuyas cuerdas no se romperán, porque allí está únicamente en su gloria el Señor Dios nuestro”. Y en el Apocalipsis: “Al vencedor lo haré columna del templo de mi Dios y jamás saldrá de él”.

Y con esto se rechaza el error de los plantónicos, quienes decían que las almas separadas, después de recibir la última felicidad, comenzarán por querer volver a los cuerpos, y que, terminada la felicidad de aquella vida, nuevamente serán envueltas con las miserias de ésta. -Y también el error de Orígenes, quien dijo que las almas y los ángeles, después de la bienaventuranza, podrán volver nuevamente a la miseria.

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