Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXIX: Dios conoce cosas infinitas

CAPÍTULO LXIX

Dios conoce cosas infinitas

Siguiendo el orden propuesto, después del capítulo anterior, nos toca demostrar que Dios conoce los seres infinitos. En efecto:

Dios, conociendo ser El mismo causa de las cosas, conoce los otros seres (c. 49). Ahora bien, Él es causa de los seres infinitos, si es que existen infinitos seres; pues Él es causa de todo lo que existe. Conoce, por lo tanto, los infinitos.

Hemos demostrado que Dios conoce perfectamente su virtud (c. 47). Y no puede conocerse perfectamente una virtud si no se conoce todo aquello en que ejerce su poder, ya que es así como se aprecia, en cierto modo, la intensidad de la virtud. Ahora bien, la virtud de Dios, por ser infinita, se extiende hasta los infinitos (c. 43). Es, por lo tanto, conocedor de los infinitos.

Si, como se ha dicho, el conocimiento de Dios llega a todo lo que de cualquier manera existe (c. 50), debe conocer no sólo el ser en acto, sino también el ser en potencia. Pero en las cosas naturales existe el infinito en potencia, aunque no exista en acto, como prueba el Filósofo (“Físicos”, Hl). Por lo tanto, Dios conoce los infinitos. De la misma manera que la unidad, que es principio del número, conocería las especies infinitas de números si conociese lo que en ella está en potencia, porque la unidad es todo número en potencia.

Dios conoce en su esencia, como en su medio ejemplar, los otros seres. Pero, como por ser de perfección infinita (c. 43) pueden salir de este ejemplar infinitos seres que tengan perfecciones finitas, porque ni cada uno de ellos ni todos juntos han de igualar la perfección del ejemplar, siempre queda algún nuevo modo en que imitarle. Nada se opone, por lo tanto, a que Él conozca por su esencia los infinitos.

El ser de Dios es su entender. Por lo tanto, así como su ser es infinito, también lo es su entender (c. 43). Ahora bien, lo finito es a lo finito como lo infinito a lo infinito. Si, pues, con nuestro entender, que es finito, podemos conocer los finitos, Dios con su entender infinito puede comprender los infinitos.

Según el Filósofo (“Del alma”, III), el entendimiento que conoce el más grande de los seres inteligibles no conoce menos, sino más, los seres menos inteligibles; pues el entendimiento no se corrompe por la excelencia del objeto, como sucede en el sentido, sino más bien se perfecciona. Pero, si admitimos infinitos entes que sean de una misma especie, como hombres, o de infinitas especies, aunque alguno de ellos o todos sean infinitos cuantitativamente, si esto fuera posible, la multitud de ellos tendría menos infinitud que Dios, pues cada uno de ellos o todos juntos tendrían un ser recibido y limitado a tal especie o a tal género, y así sería finito según algo y, por consiguiente, no alcanzaría a la infinitud de Dios, que es absolutamente infinito (c. 43). Como quiera que Dios se comprende perfectamente a sí mismo, nada se opone a que conozca tal suma de infinitos.

Un entendimiento, cuanto más tenaz y más claro es conociendo, más cosas puede comprender por medio de una sola; como toda virtud es más una cuanto más fuerte. Ahora bien, el entendimiento divino es infinito en eficacia o perfección (c. 45); puedo, por lo tanto, mediante una cosa que es su esencia, conocer los infinitos.

El entendimiento divino, como su esencia, es absolutamente perfecto. No le puede faltar, por lo tanto, ninguna perfección inteligible. Pero el objeto por el cual nuestro entendimiento está en potencia es su perfección inteligible. Ahora bien, está en potencia respecto de todas las especies inteligibles, las cuales son infinitas, pues también son infinitas las especies de los números y figuras. Queda, por lo tanto, probado que Dios conoce estos infinitos.

Como nuestro entendimiento tiene facultad para conocer los infinitos en potencia, pues puede multiplicar hasta el infinito las especies de los números, si el entendimiento divino no conociese los infinitos también en acto, se seguiría que el entendimiento humano podría conocer más cosas que el divino o que éste no conocería en acto todo lo que puede conocer en potencia. Las dos consecuencias son imposibles, como se deduce de lo dicho anteriormente (cc. 16 y 29).

El infinito repugna al conocimiento en cuanto repugna a la enumeración, pues es imposible numerar las partes del infinito en si, porque esto implica contradicción. Ahora bien, conocer una cosa por la enumeración de sus partes es propio del entendimiento que conoce sucesivamente una parte después de la otra, no del que comprende todas las partes de una vez. Como quiera, pues, que el entendimiento divino conoce todas las cosas de una vez sin sucesión, no tiene más dificultad para conocer los infinitos que para conocer los finitos.

Toda cantidad consiste en una cierta multiplicación de partes, y por esto el número es la primera de las cantidades. Por lo tanto, en donde la pluralidad no provoca ninguna diferencia, allí tampoco produce diferencia lo que se sigue de la cantidad. Ahora bien, en el conocimiento de Dios muchas cosas se conocen como una sola; no se conocen, en efecto, mediante diversas especies, sino por una sola, que es la esencia de Dios. De aquí que Dios comprende muchas cosas de una vez. Y de esta manera la pluralidad no provoca ninguna diferencia en su conocimiento; luego tampoco el infinito que sigue a la cantidad. Por lo tanto, en nada se diferencia el conocimiento divino de los infinitos del de los finitos. Y, en consecuencia, conociendo los finitos, nada impide que conozca también los infinitos.

Esto, por otra parte, está de acuerdo con lo que dice el Salmo: “Y su sabiduría es inenarrable”.

En lo dicho se ve claramente por qué nuestro entendimiento no conoce lo infinito como el entendimiento divino. La diferencia que hay entre ellos estriba en cuatro puntos: 1) Nuestro entendimiento es absolutamente finito, y el entendimiento divino, infinito. 2) Como nuestro entendimiento conoce los diversos seres mediante diferentes especies, no puede conocer los infinitos como el entendimiento divino, en un conocimiento único. 3) Nuestro entendimiento, por conocer los diversos seres mediante diferentes especies, es imposible que conozca muchas cosas de una vez, y, por lo tanto, no puede comprender los infinitos sino enumerándolos sucesivamente. En cambio, esto no sucede con el entendimiento divino, el cual intuye muchas cosas de una vez vistas en una sola especie. 4) El entendimiento divino ve lo que es y lo que no es (c. 66).

Es manifiesto también que las palabras del Filósofo (“Fis.”, I) cuando dice que el infinito como tal es desconocido, no se oponen a esta doctrina, porque si la razón de infinito conviene a la cantidad, como él mismo dice, el infinito como tal será conocido, si se llega a adquirir su noción por la medida de sus partes, y éste es precisamente el verdadero conocimiento de la cantidad. Ahora bien, Dios no lo conoce de esta manera. No lo conoce, por decirlo así, en cuanto infinito, sino en cuanto que, respecto a su ciencia, es como si fuese finito.

Mas hay que observar que Dios no conoce los infinitos con ciencia de visión, para servirnos de términos de otros, porque los infinitos no son actualmente, ni fueron, ni serán, ya que, según la fe católica, la generación por ninguna parte es infinita. Sin embargo, los conoce por ciencia de simple inteligencia. Conoce los infinitos que no son, ni serán, ni fueron, pero que están en la potencia de la criatura. Y sabe también los que existen en su potencia y no son, ni serán, ni fueron.

Por lo que respecta al conocimiento de los singulares, se puede responder negando la mayor: los singulares no son infinitos. Pero, si lo fueran, Dios no los conocería menos.

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