Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXVII: Dios conoce los singulares contingentes futuros

CAPÍTULO LXVII

Dios conoce los singulares contingentes futuros

Lo que precede deja en claro de alguna manera que Dios conoce infaliblemente desde la eternidad los singulares contingentes, los cuales dejan por esto de ser contingentes. En efecto:

El contingente no repugna a la certeza del conocimiento sino en cuanto futuro, pero no en cuanto presente. Porque el contingente, cuando es futuro, puede no ser, y, en consecuencia, el conocimiento de quien cree que será futuro puede engañarse; se engañará en realidad si no se realiza lo que pensó que había de ser. En cambio, desde el momento en que es presente, no puede dejar de ser durante ese tiempo; es posible que no sea en el futuro, pero esto ya no pertenece al contingente como presente, sino como futuro. De aquí que no se le resta nada a la certeza del sentido cuando alguien ve correr a un hombre, aunque esto sea un hecho contingente. Por lo tanto, todo conocimiento que versa sobre el contingente en cuanto presente puede ser cierto. Ahora bien, la visión del entendimiento divino desde la eternidad tiene por objeto, en cuanto presente, todo lo que se realiza en el decurso del tiempo (c. 66). Queda, pues, probado que nada se opone a que Dios tenga desde la eternidad conocimiento o ciencia infalible de los contingentes.

Lo contingente y lo necesario se diferencian por la diversa manera de estar cada uno de ellos en su causa; lo contingente de tal manera i está en su causa, que puede ser y no ser producido por ella; lo necesario, en cambio, no puede más que ser producido por sus causas. Sin embargo, en cuanto a lo que uno y otro son en sí, no se diferencian por lo que respecta al ser, que es el fundamento de la verdad. Porque en el contingente, considerado en lo que es en sí, no hay ser y no ser, sino solamente ser, aunque en el futuro el contingente puede no ser. Ahora bien, el entendimiento divino conoce los seres desde la eternidad, no sólo en lo que tienen de ser en sus causas, sino en lo que tienen de ser en sí mismos. Nada impide, pues, que afirmemos que Dios tiene eternamente un conocimiento infalible de lo contingente.

Así como de una causa necesaria se sigue infaliblemente el efecto, así también se sigue de una causa contingente completa, si no es impedida. Pero como Dios conoce todas las cosas (c. 50), conoce no sólo las causas de los contingentes, sino también los obstáculos que pueden impedirlos. Conoce, por lo tanto, con certeza si los contingentes serán o no serán.

No sucede que el efecto sobrepase la perfección de la causa, mas algunas veces procede con defecto. Y de aquí que, como nuestro conocimiento es causado por las cosas, algunas veces sucede que no conocemos lo necesario con necesidad, sino con probabilidad. Ahora bien, así como las cosas son causa de nuestro conocimiento, el conocimiento de Dios es causa de las cosas conocidas. Nada se opone, por lo tanto, a que Dios tenga conocimiento necesario de lo que es contingente en sí mismo.

Es imposible que sea necesario el efecto cuya causa es contingente: sucedería en este caso que habría un efecto con causa remota. Mas el efecto último tiene causa próxima y remota. Si, pues, la próxima fuera contingente, su efecto habría de ser también contingente, aunque la causa remota sea necesaria. Por ejemplo, las plantas no fructifican necesariamente, aunque el movimiento del sol sea necesario, debido a las causas medias contingentes. Ahora bien, la ciencia de Dios, aunque sea por sí misma causa de las cosas, es, sin embargo, causa remota. Por lo tanto, la contingencia de los objetos conocidos no repugna a la necesidad de su ciencia, pues resulta que las causas medias son contingentes.

La ciencia de Dios no sería ni verdadera ni perfecta si las cosas no se realizaran conforme al conocimiento que Dios tiene de su realización. Mas Dios, por ser conocedor de todo el ser, de que es principio, ve cada uno de los efectos, no sólo en sí mismo, sino también en el orden que guardan con cualquiera de sus causas. Ahora bien, el orden de los seres contingentes con sus causas próximas es que proceden contingentemente. Por lo tanto, Dios conoce que algunas cosas se realizarán, y que se realizarán contingentemente, y, en consecuencia, la certeza y verdad de la ciencia divina no destruye la contingencia de los seres.

Las razones dichas nos manifiestan, pues, cómo se ha de refutar la objeción que niega a Dios el conocimiento de los contingentes. En efecto, la variación de los seres posteriores no indica la variabilidad de los anteriores, pues sucede que los efectos últimos contingentes proceden de las causas necesarias primeras. Ahora bien, las cosas conocidas por Dios no son anteriores a su ciencia, como sucede a nosotros, sino posteriores. Por lo tanto, si lo que Dios conoce puede ser variable, no se sigue que su ciencia sea falible o de algún modo variable. Nos engañamos, pues, si pensamos que todo conocimiento ha de ser variable porque el que nosotros tenemos de las cosas variables es variable.

Además, cuando se dice: “Dios sabe o supo tal futuro”, se supone un cierto medio entre la ciencia divina y el objeto conocido, es decir, el tiempo en que se habla, con relación al cual se dice futuro lo que Dios conoce. Pero no es futuro respecto a la ciencia divina, la cual, existiendo en el momento de la eternidad, está presente a todo. Si, respecto a la ciencia de Dios, hacemos abstracción del tiempo en que se habla, no hay lugar a decir que esto es conocido como no existente, ni hay lugar a preguntar si puede no existir, sino que se afirma que Dios lo conoce como visto en su existencia. Esto admitido, no cabe la cuestión propuesta, porque lo que ya es no puede, al menos en aquel instante, no ser. Por lo tanto, el engaño acontece porque el tiempo en que hablamos coexiste con la eternidad. Y ocurre lo mismo con el tiempo pasado, que se expresa cuando decimos: “Dios supo”; y de ahí que se atribuya a la eternidad la relación del tiempo pasado o presente con el futuro, por más que no le convenga. Y por esto sucede equivocarse accidentalmente.

Asimismo, si cada cosa es conocida por Dios como vista de presente, es necesario que exista lo que Dios conoce, como es necesario que Sócrates esté sentado desde el momento en que se le ve sentarse. Esto, sin embargo, no es necesario absolutamente o, como algunos dicen, “necessitate consequentis”, sino condicionalmente, o “necessitate consequentiae”. Así, pues, esta condicional es necesaria: “Si se le ve sentarse, está sentado”. Mas, si la condicional se convierte en categórica, diciendo: “Lo que se ve sentarse, es necesario que se siente”, es claro que, entendida “de dicto” y en sentido compuesto, es verdadera; pero entendida “de re” y en sentido diviso, es falsa. Y así, los que arguyen con estas razones y otras semejantes para negar el conocimiento de Dios acerca de los contingentes, se equivocan según la composición y la división.

Se prueba también por la Sagrada Escritura que Dios conoce los futuros contingentes. Se dice de la Sabiduría divina: “Ella conoce, antes de realizarse, los signos y prodigios y la sucesión de las estaciones y los tiempos”. Y en el Eclesiástico: “Nada se oculta a sus ojos; de un cabo al otro del mundo se extiende su mirada”; y en Isaías: “Yo te predije esto hace tiempo; antes que sucediera te lo di a conocer”.

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