Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXX: Dios conoce los seres viles

CAPÍTULO LXX

Dios conoce los seres viles

Conforme al orden anteriormente establecido, después de lo probado en el artículo anterior, se ha de demostrar que Dios conoce los seres viles y que esto no va contra la nobleza de su ciencia. En efecto:

Cuanto más potente es una virtud activa, tanto más extiende su acción, como se ve claramente en las acciones de los seres sensibles. Ahora bien, la potencia del entendimiento divino al conocer las cosas es semejante a una virtud activa, pues el entendimiento divino conoce, no por la acción de las cosas, sino más bien por su influjo en ellas. Por ser, pues, el acto de su inteligencia de virtud infinita (c. 43), su conocimiento ha de llegar necesariamente hasta los seres más remotos. Pero en todos los seres el grado de nobleza o de vileza se mide según la proximidad o la distancia que existe entre ellos y Dios, que está en la cúspide de la nobleza. Luego Dios conoce, por el gran poder de su entendimiento, todos los seres, por muy viles que sean.

Todo lo que es, sea substancia o accidente, está en acto, y es semejanza del acto primero, y por ello tiene nobleza. Lo que es en potencia participa de la nobleza por su relación al acto; en este sentido se dice que es. Queda, por lo tanto, probado que todo ser, considerado en sí mismo, es noble, y si se le llama vil, es con relación a un ser más noble. Ahora bien, los seres más nobles no distan menos de Dios que las más bajas de las criaturas distan de las, más altas. Si, pues, esta distancia impidiese el conocimiento divino, mucho más lo impediría aquélla. Y, por consiguiente, se seguiría que Dios no conoce los otros seres. Pero esta consecuencia es contra lo probado anteriormente (c 49). Si, pues, conoce los otros seres, por muy nobles que sean, por la misma razón conoce cualquier ser, por muy vil que sea.

El bien que resulta del orden del universo es más noble que cualquier parte de él, porque cada una de ellas tiene por fin el bien del orden del todo, como enseña el Filósofo (“Metaf.”, XII). Si, pues, Dios conoce alguna naturaleza noble, con más razón conocerá el orden del universo. Ahora bien, este orden no puede ser aprehendido si no se conocen los seres más nobles y los más viles, en cuyas distancias y relaciones consiste el orden del universo. Queda, por lo tanto, probado que Dios conoce no sólo los seres nobles, sino también los que se reputan como más viles.

La vileza del objeto conocido no redunda de suyo en el sujeto cognoscente, pues es propio del conocimiento que el cognoscente contenga la especie de lo conocido a su manera. Puede redundar, sin embargo, accidentalmente, y es porque, fijándose en lo vil, deja de pensar en lo noble, o porque su consideración le incita a afecciones indebidas. Pero esto es imposible en Dios (cc. 39, 55). El conocimiento de lo vil no desdora, por lo tanto, la nobleza divina, sino que más bien pertenece a su perfección, en el sentido de que todo lo posee de antemano (c. 29).

No se juzga pequeña la virtud que puede ejercer su acción sobre cosas pequeñas, sino da que es determinada a ellas, porque la potencia que tiene facultad para cosas grandes puede también ejercerla en cosas pequeñas. Por lo tanto, el conocimiento que tiene posibilidad de comprender lo noble y lo vil no se ha de tener por vil, sino el que solamente puede comprender lo vil, como sucede en nosotros. Nosotros, en efecto, no consideramos de la misma manera las cosas divinas y las humanas, y es distinta la ciencia de ambas; por esto, en comparación de la más noble, la inferior se tiene por más vil. Pero en Dios no es así, ya que, en virtud de una misma ciencia y consideración, se conoce a sí mismo y a los otros seres. A su ciencia, por lo tanto, no se adhiere vileza alguna, por más que conozca todas las cosas viles.

Esta doctrina está conforme con lo que dice la Sagrada Escritura de la Sabiduría divina: “Que se derrama a causa de su pureza y lo penetra todo y nada manchado hay en ella”.

Se ve claramente en lo que precede que la objeción propuesta no repugna a esta verdad. La nobleza de la ciencia se aprecia por el objeto principal a que se ordena y no por todo lo que cae bajo de ella. No sólo los seres más elevados, sino también los ínfimos caen bajo la más noble de nuestras ciencias. La filosofía primera, en efecto, extiende su mirada desde el ente primero hasta el ente potencial, que es el último de todos. Y así se hallan agrupados bajo la ciencia divina los más ínfimos de los seres, conocidos de una vez con el objeto principal, pues la esencia divina es el objeto principal del conocimiento de Dios, que en ella ve todas las cosas (cc. 48 y 49).

Es claro también que esta verdad no contradice lo dicho por el Filósofo en el libro XI de los “Metafísicos”, pues allí intenta probar solamente que el entendimiento divino no conoce algo extraño que le perfeccione como objeto principal. Y, en este sentido, dice que es mejor ignorar que conocer los seres viles, cuando es distinto el conocimiento de los viles y de los nobles y el primero impide el segundo.

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