Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXIII: Del sacramento de le extremaunción

CAPÍTULO LXXIII

Del sacramento de le extremaunción

Como el cuerpo es el instrumento del alma, y el instrumento está al servicio del agente principal, necesariamente la disposición del instrumento ha de ser tal cual corresponde al agente principal; por eso el cuerpo se dispone tal cual conviene al alma. Según esto, de la enfermedad del alma, que es el pecado, deriva alguna vez la enfermedad al cuerpo por justa permisión divina. Y esta enfermedad corporal, en verdad, es útil en ocasiones para la salud del alma: conforme el hombre soporta humilde y pacientemente la enfermedad corporal, así se le computa como pena satisfactoria. Otras veces es también un impedimento de la salud espiritual, o sea, cuando las virtudes están impedidas por ella. Según esto, fue conveniente que se diera alguna medicina espiritual contra el pecado, cuando la enfermedad corporal procede de él; y por esta medicina espiritual se cura algunas veces la enfermedad corporal, por ejemplo, cuando es conveniente para la salvación. Y ésta es la finalidad del sacramento de la extremaunción, del cual dice Santiago: “¿Enferma alguno entre vosotros? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe sanará al enfermo”.

Y no es contra la virtud del sacramento el que alguna vez los enfermos a quienes se administra no curen totalmente de la enfermedad corporal; porque en ocasiones la salud corporal, aun para quienes reciben dignamente este sacramento, no es útil para la salud espiritual. Pero, aunque no se siga la salud corporal, no lo reciben inútilmente. Porque como se administre contra la enfermedad del cuerpo, considerada como consecuencia del pecado, se ve también que se administrará contra otras secuelas del pecado, las cuales son la inclinación al mal y la dificultad para el bien; y con mayor motivo, puesto que estas enfermedades del alma están más cerca del pecado que la enfermedad corporal. Y semejantes enfermedades espirituales ciertamente han de ser curadas por la penitencia, en cuanto que el penitente, por las obras de virtud de las cuales se sirve para satisfacer, se aleja de los males y se inclina al bien. Mas, como el hombre por negligencia o por las varias ocupaciones de la vida, o también por causa de la brevedad del tiempo o cosas parecidas, no cura de raíz y perfectamente dichos defectos, se le provee saludablemente para que por este sacramento logre dicha curación y se libre de la pena temporal, de modo que, al salir el alma del cuerpo, nada haya en él que pueda impedir a su alma la percepción de la gloria. Y por esto dice Santiago que “el Señor le aligerará”. Acontece también que el hombre no conoce o no recuerda todos los pecados que cometió, con el fin de borrar cada uno de ellos por la penitencia. Hay, además, pecados cotidianos que acompañan de continuo la vida presente, de los cuales es conveniente que se purifique el hombre por este sacramento al partir, con la finalidad de que nada haya en él que impida la percepción de la gloria. Y por esto añade Santiago: “Si está en pecado, se le perdonará”.

Todo esto demuestra que este sacramento es el último y, en cierto modo, el que consuma toda la curación espiritual, sirviendo como de medio para que el hombre se prepare para percibir la gloria. Y por esto se llama “extremaunción”.

Y es fácil ver también que este sacramento no se ha de administrar a cualesquiera enfermos, sino solamente a aquellos cuya enfermedad, al parecer, se acerca al fin. No obstante, si éstos convalecieren, nuevamente se les puede administrar si se encuentran en un estado semejante. Porque la unción de este sacramento no es para consagrar, como a unción de la confirmación, la ablución del bautismo y algunas otras unciones, que por esto no se repiten, porque la consagración permanece tanto cuanto dura la cosa consagrada, por causa de la eficacia de la virtud divina de quien consagra. Mas la unción de este sacramento es para sanar, y una medicina saludable debe repetirse tantas veces cuantas vuelve la enfermedad.

Y aunque algunos estén en peligro inminente de muerte, incluso sin enfermedad, como se ve en el caso de los condenados a muerte, y, no obstante, tuvieren necesidad de los efectos espirituales de este sacramento, a pesar de ello, sólo se ha de administrar al enfermo, puesto que se administra como una medicina corporal, la cual únicamente corresponde a quien está corporalmente enfermo, pues es conveniente observar la significación en cada sacramento. Luego, así como yen el bautismo se requiere la ablución deparada al cuerpo, igualmente, en este sacramento se requiere la medicina aplicada a la enfermedad corporal. Por eso, el óleo es también la especial materia del mismo, pues tiene la eficacia para sanar corporalmente, mitigando los dolores; como el agua, que limpia corporalmente, es la materia del sacramento en que se hace la purificación espiritual.

Por lo tanto, es evidente también que, así como la medicina corporal se ha de aplicar a la raíz de la enfermedad, así también esta unción se aplica en aquellas partes del cuerpo de las que procede la enfermedad del pecado, que son: los instrumentos de los sentidos, las manos y los pies, mediante los cuales se hacen los pecados; y también, según la costumbre de algunos, los riñones, en los que está la fuerza de la sensualidad.

Y como por este sacramento se perdonan los pecados, v el pecado no se perdona sino por la gracia, es evidente que en este sacramento se confiere la gracia.

Pero la administración de aquellas cosas mediante las cuales se confiere la gracia, que ilumina la mente, es exclusiva de los sacerdotes, cuyo ministerio es iluminar, como dice Dionisio. Tampoco se requiere para ad ministrar este sacramento el obispo, porque en él no se confiere la excelencia de estado, como en aquellos cuyo ministro es el obispo.

Y como este sacramento produce la curación perfecta y requiere abundancia de gracia, corresponde que en su administración estén presentes muchos sacerdotes y que la oración de toda la Iglesia coopere para producir su efecto. Por eso dice Santiago: “Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia… y la oración de la fe sanará al enfermo”. Mas si está presente un solo presbítero, entiéndese que este sacramento se realiza en virtud de toda la Iglesia, cuyo ministro es y a cuya persona representa.

Mas el efecto de este sacramento se impide si se recibe ficticiamente, como acontece en los demás sacramentos.

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