Santo Tomás de Aquino

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CAPÍTULO LXXVI: El entendimiento agente no es una substancia separada, sino algo del alma

CAPÍTULO LXXVI

El entendimiento agente no es una substancia separada, sino algo del alma

De todas estas razones se puede concluir que tampoco el entendimiento agente es uno en todos los hombres, contra la doctrina de Alejandro y Avicena, quienes no admiten la unidad del entendimiento posible.

Si tanto el agente como el recipiente son cosas proporcionadas, es necesario que a todo principio pasivo le corresponda su propio principio activo. El entendimiento posible se compara al agente como principio pasivo, o recipiente suyo, porque el agente es para él lo que “el arte es a la materia”, como se dice en el III “Sobre el alma”. Luego, si el entendimiento posible es algo del alma humana y se multiplica en atención a la multiplicación de los individuos, como ya se demostró (c. 73), igual será el entendimiento agente, y no será uno para todos.

El entendimiento agente no actualiza las especies inteligibles con el fin de entender mediante ellas, sobre todo si es substancia separada, porque no está en potencia, sino que hace esto para que por ellas entienda el entendimiento posible. Luego las convierte en tales cuales deben ser para que entienda el entendimiento posible. Pero las hace tales cual es él, “pues todo agente produce algo semejante a sí mismo”. Luego el entendimiento agente está proporcionado al entendimiento posible. Y así como el entendimiento posible es parte del alma, el entendimiento agente no será una substancia separada.

Así como la materia prima se perfecciona por las formas naturales, existentes fuera del alma, así también el entendimiento posible se perfecciona por las formas entendidas en acto. Es así que las formas naturales se reciben en la materia, no por la acción de una substancia separada solamente, sino por la acción de una forma del mismo género, es decir, que radica en la materia; por ejemplo, esta carne se engendra por la forma que está en estas carnes y en estos huesos, como lo demuestra Aristóteles en el VII de los “Metafísicos”. Luego si el entendimiento posible es parte del alma y no substancia separada, como se probó (c. 59), el entendimiento agente, por cuya acción se producen en aquél las especies, no será una substancia separada, sino una potencia activa del alma.

Platón dijo que la ciencia es producida en nosotros “por las ideas”, las cuales, decía, son substancias separadas; opinión que rechaza Aristóteles en el I de los “Metafísicos”. Consta, sin embargo, que nuestra ciencia depende del entendimiento agente como de su primer principio. Luego, si el entendimiento agente fuera una substancia separada, poca o ninguna diferencia habría entre esta opinión y la de Platón, rechazada por el Filósofo.

Si el entendimiento agente es una substancia separada, será necesario que su acción sea continua y no intermitente, o, por lo menos, deberemos afirmar que la continuación y la interrupción no están sujetas a nuestro arbitrio. Pero, como su operación es hacer a los fantasmas actualmente inteligibles, o hará esto siempre o no lo hará; si no lo hace siempre, procederá así sin contar con nuestro arbitrio. Y como nosotros en tanto en tendemos actualmente en cuanto los fantasmas son actualmente inteligibles, se seguirá necesariamente o que siempre entenderemos o que careceremos de poder entender actualmente.

La relación de la substancia separada con todos los fantasmas existentes en todos los hombres es única, como única es también la relación del sol con todos los colores. Ahora bien, tanto los sabios como los ignorantes se percatan igualmente de las cosas sensibles y, en consecuencia, tienen los mismos fantasmas. Cosa parecida sucederá, pues, con los inteligibles y el entendimiento agente. Luego del mismo modo entenderían los sabios y los ignorantes.

Puede afirmarse que el entendimiento agente hace cuanto le pertenece, y, sin embargo, los fantasmas no siempre se hacen inteligibles en acto, sino únicamente cuando están en disposición para ello Y como tal disposición depende de la potencia cogitativa, cuyo uso está a nuestro arbitrio, síguese que el entender en acto depende de nosotros. Por esto sucede que no todos los hombres entienden las cosas de las cuales tienen fantasmas, sino sólo los instruidos y acostumbrados a ejercitar convenientemente la potencia cogitativa.

Sin embargo, parece que esta respuesta no fuera del todo suficiente. Pues tal disposición, operada por la potencia cogitativa para entender, debe ser o una disposición del entendimiento posible para recibir las especies inteligibles que brotan del entendimiento agente, como dice Avicena, o una disposición de los fantasmas a convertirse en inteligibles en acto, como dicen Averroes y Alejandro. Lo primero no parece conveniente. Porque el entendimiento posible está naturalmente en potencia para recibir las especies inteligibles actualizadas; por eso es con relación a las mismas lo que lo diáfano con relación a la luz o a la diversidad de colores. Pues quien está naturalmente en disposición de recibir una forma, de nada precisa para disponerse nuevamente, a no ser que haya en él disposiciones contrarias, como sucede con la materia del agua, que se dispone para la evaporación cuando pierde la frialdad y la densidad. Sin embargo, en el entendimiento posible no hay contrario que pueda impedirle la recepción del inteligible de cualquier especie, porque las especies inteligibles de cosas contrarias dejan de ser tales en el entendimiento, como lo prueba Aristóteles en el Vil de es “Metafísicos”, ya que una sola es la razón de conocer ambos. Porque, si se da falsedad en el juicio del entendimiento cuando compone o divide, esto no proviene de que en el entendimiento posible haya algo entendido, sino de algo que le falta. Luego el entendimiento posible, en cuanto tal, no precisa de preparación alguna para recibir las especies inteligibles que brotan del entendimiento agente.

Los colores, visibles actualmente por la acción de la luz, imprimen ciertamente su imagen en lo diáfano y, por consiguiente, en la vista. Luego, si los fantasmas iluminados por el entendimiento agente no imprimiesen sus especies en el entendimiento posible, sino que únicamente lo dispusieran para recibir, la comparación que establece Aristóteles de los fantasmas al entendimiento posible, como de los colores para con la vista, no tendría objeto.

Según esto, los fantasmas no serían esencialmente necesarios para entender y, en consecuencia, tampoco lo sería el sentido; fuéranlo sólo accidentalmente, a manera de excitantes y dispositivos del entendimiento posible para recibir. Y esto, que es la opinión de Platón, es contra el proceso formativo del arte y de la ciencia que expone Aristóteles en el I de los “Metafísicos”, diciendo que “del sentido nace la memoria, de muchas memorias la experiencia, y de muchas experiencias el concepto universal, que es principio de la ciencia y del arte”. Esta suposición de Avicena está en consonancia con lo que dice de la generación de las cosas naturales. Pues dice que los agentes inferiores con sus acciones preparan únicamente la materia para recibir las formas que se insertan en las materias por la acción de la inteligencia agente separada. De donde, fundado en esto, dice que los fantasmas preparan al entendimiento posible, pero las formas inteligibles fluyen de la substancia separada.

Del mismo modo, si el entendimiento agente se supone una substancia separada, no parece conveniente que los fantasmas sean dispuestos por la cogitativa para hacerse inteligibles en acto. Pues esto parece estar en conformidad con la opinión de quienes dicen que los agentes inferiores son únicamente disposiciones para la perfección última, pero que la última perfección la da el agente separado; lo cual es contra la sentencia de Aristóteles en el VII de los “Metafísicos”. Pues no parece que el alma humana tenga que encontrarse más imperfectamente para la operación de entender que las naturalezas inferiores con respecto a sus propias operaciones.

En estas naturalezas inferiores, los efectos más nobles son producidos no sólo por los agentes superiores, sino también por agentes de su mismo género, “porque al hombre le engendra el sol y el hombre”. Y de este mismo modo vemos en otros animales perfectos que algunos animales viles se engendran exclusivamente por la acción del sol, prescindiendo de todo principio activo de su propio género, como se ve en los animales engendrados de la putrefacción. Pero el entender es el efecto nobilísimo que hay en estos inferiores. Luego ro basta para ello con un agente remoto, sin contar con un agente próximo. Sin embargo, este argumento no va contra Avicena, porque, según él, todo animal puede ser engendrado sin semen.

La intención del efecto manifiesta al agente. Por eso los animales engendrados de la putrefacción no obedecen a la intención de la naturaleza inferior, sino de la superior, pues sólo son producidos por un agente superior. Por eso Aristóteles, en el VII de los “Metafísicos”, dice que son hechos “fortuitamente”. Sin embargo, los animales que nacen de semen obedecen a la intención de las naturalezas superior e inferior. El efecto, pues, de abstraer las formas universales de los fantasmas está en nuestra intención y no solamente en la intención del agente remoto. Luego es necesario suponer en nosotros un principio próximo de tal efecto. Y éste es el entendimiento agente. Luego no es una substancia separada, sino una potencia de nuestra alma.

En la naturaleza de todo lo que se mueve hay un principio para la operación natural del mismo; si esta operación consiste en actuar, tendrá un principio activo, como son las potencias del alma nutritiva en las plantas; mas si esta operación consiste en ser actuado, tendrá un principio pasivo, como son las potencias sensitivas de los animales. Sin embargo, el hombre es el más perfecto de todos los inferiores que se mueven, y su operación propia y natural es el entender, que no se realiza sino mediante cierta pasividad, en cuanto el entendimiento es afectado por el inteligible, y, al mismo tiempo, mediante una acción, en cuanto que el entendimiento convierte lo inteligible en potencia en inteligible en acto. Luego en la naturaleza del hombre es necesario que haya este doble principio propio de operación, a saber, el entendimiento agente y el posible, y que ambos no tengan una existencia separada de la existencia del alma humana.

Si el entendimiento agente es una substancia separada, es evidente que está sobre la naturaleza del hombre. Mas la operación que el hombre ejerce en virtud de una substancia sobrenatural es operación sobrenatural, como hacer milagros, profetizar y otras cosas semejantes que hacen los hombres por dispensación divina. Luego, como el hombre no puede entender si no es por la virtud del entendimiento agente, si éste fuera una substancia separada, seguiríase que el entender no sería operación natural del hombre. Y así, el hombre no podría definirse como ser “inteligente” o “racional”.

Nadie obra sino porque posee intrínsecamente una virtud para ello; por eso dice Aristóteles en el II “Sobre el alma” que “la forma y el acto es por lo que vivimos y sentimos” Y esta doble acción, a saber, el entendimiento posible y el entendimiento agente, conviene al hombre, pues el hombre abstrae los inteligibles de los fantasmas y los recibe actualmente en su mente, porque no podríamos obtener conocimiento de estas acciones si no las experimentáramos en nosotros mismos. Luego es necesario que los principios a que se atribuyen estas acciones, o sea, el entendimiento posible y el agente, sean unas potencies intrínsecamente existentes en nosotros.

Mas si se dijera que estas acciones se atribuyen al hombre porque ambos entendimientos se unen a nosotros, como dice Averroes, ya se demostró anteriormente que la unión del entendimiento posible con nosotros, si éste es una substancia separada, como él la entiende, no basta para que entendamos por él. Otro tanto puede decirse del entendimiento agente. Porque el entendimiento agente tiene con las especies inteligibles recibidas en el entendimiento posible una relación semejante a la del arte con las formas artificiales que el arte aplica a la materia, come lo demuestra el ejemplo de Aristóteles en el III “Sobre el alma”. Pues las formas artificiales no reciben la acción del arte, sino únicamente una semejanza formal; de ahí que el sujeto de estas formas no pueda realizar por ellas la acción del artífice. Luego tampoco el hombre, por el hecho de que están en él las especies inteligibles actualizadas por el entendimiento agente, puede realizar la operación del entendimiento agente.

Cualquiera que no puede exteriorizar su propia acción si no es movido por un principio extrínseco, mejor que obrar por sí mismo, dícese que es impulsado a obrar. Por eso, los animales irracionales, más que obrar por sí mismos, obran movidos por un principio extrínseco que les impulsa; por ejemplo, el sentido, movido por el sensible externo, impresiona la fantasía, y así ordenadamente procede con todas las potencias hasta llegar a las motoras. Pero la operación propia del hombre es el entender, cuyo primer principio es el entendimiento agente, que hace las especies inteligibles, por las que en cierto modo es afectado el entendimiento posible, él cual, puesto en acto, mueve la voluntad. Luego, si el entendimiento agente es cierta substancia que está fuera del hombre, toda la operación del hombre dependerá de un principio extrínseco. En consecuencia, no será el hombre quien obra, sino que actuará movido por otro. Y así no será dueño de sus acciones ni merecerá alabanza o vituperio, y perecerá toda la ciencia moral y el trato político; cosa que en modo alguno es conveniente. Luego el entendimiento agente no es una substancia separada del hombre.

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