Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXVII: No es imposible que el entendimiento posible y el agente convengan en la única substancia del alma

CAPÍTULO LXXVII

No es imposible que el entendimiento posible y el agente convengan en la única substancia del alma

Tal vez pudiera parecerle a alguno imposible que una misma substancia, a saber, la de nuestra alma, esté en potencia para todo lo inteligible, cosa perteneciente al entendimiento posible, y que convierta lo inteligible en acto, que es propio del entendimiento agente, pues nadie obra cuando está en potencia, sino cuando está en acto.

Pero si uno considera esto rectamente, no encontrará dificultad ni inconveniente. Pues nada impide que esto con respecto a aquello esté, en cierto sentido, en potencia, y en otro sentido, en acto; por ejemplo, el aire es húmedo en acto y seco en potencia, y la tierra viceversa. Pues ésta es la comparación que existe entre el alma intelectiva y los fantasmas, porque el alma intelectiva posee unas veces en acto lo que el fantasma tiene en potencia, y otras está en potencia con respecto a lo que en el fantasma se encuentra en acto. La substancia del alma humana posee la inmaterialidad, y, como consta por lo ya dicho, por eso tiene naturaleza intelectual, pues toda substancia inmaterial es intelectual. Sin embargo, esto no le basta para que se asimile a esta o a aquella cosa determinada, requisito necesario para que nuestra alma conozca esta o aquella cosa determinada, porque todo conocimiento es el resultado de la asimilación de lo conocido por el cognoscente. Luego el alma intelectiva permanece en potencia respecto a determinadas semejanzas de las cosas cognoscibles, que son las naturalezas de las cosas sensibles. Y estas determinadas naturalezas de las cosas sensibles son las que en realidad nos presentan los fantasmas. Sin embargo, carecen todavía de inteligibilidad, porque son semejanzas de las cosas sensibles según sus condiciones materiales, es decir, las propiedades individuales, que están aún en los órganos materiales. Por eso no son inteligibles en acto. Y, no obstante, como es posible tomar en este hombre, cuya semejanza representan los fantasmas, la naturaleza universal despojada de todas las condiciones individuales, son ya inteligibles en potencia. Luego tienen la inteligibilidad en potencia, pero una determinada semejanza de las cosas en acto. En el alma intelectiva se da lo contrario, porque en ella hay una potencia activa respecto de los fantasmas, que los hace inteligibles en acto, y se llama “entendimiento agente”; y hay otra que está en potencia para recibir las semejanzas determinadas de las cosas sensibles, y es el “entendimiento posible”.

Sin embargo, existe una diferencia entre lo que se encuentra en el alma y lo que se encuentra en los agentes naturales. Porque en ellos, uno está en potencia para algo, tal como esto se encuentra en acto en el otro; así, la materia del aire está en potencia para recibir la forma del agua tal como en el agua se encuentra dicha forma. Y, por esto, los cuerpos naturales, que tienen materia común, en el orden que obran se afectan respectivamente. Sin embargo, el alma intelectiva no está en potencia para recibir las semejanzas de las cosas que hay en los fantasmas tal como están allí, sino en cuanto tales semejanzas adquieren una forma superior, es decir, cuando son abstraídas de las condiciones individuantes materiales, por lo que se hacen inteligibles en acto. Y por esto la acción del entendimiento agente en el fantasma precede a la recepción del entendimiento posible. Y así la primacía de la acción no se atribuye a los fantasmas, sino al entendimiento agente. Por eso dice Aristóteles que es con respecto al posible “lo que el arte a la materia”.

Tendríamos un ejemplo absolutamente semejante de esto si el ojo, a la vez que es diáfano y susceptivo del color, tuviera tal cantidad de luz que pudiese hacer los colores visibles en acto, como se dice de ciertos animales, que con la luz de sus ojos iluminan suficientemente los objetos, y por eso ven más de noche que de día; pero son débiles de ojos, pues con poca luz se mueven y, sin embargo, con mucha se confunden. Algo parecido pasa con nuestro entendimiento, que “respecto de lo clarísimo es como el ojo de la lechuza frente al sol”; y así, una luz inteligible pequeña, que nos es connatural, basta para nuestro entender.

Ahora, que la luz inteligible connatural a nuestra alma basta para activar el entendimiento agente, lo ve quien considere la necesidad de contar con el entendimiento agente. Porque el alma aparecía en potencia respecto de los inteligibles, como el sentido respecto de los sensibles; y así como no siempre sentimos, tampoco siempre entendemos. Y estos inteligibles que entiende el alma intelectiva humana, dijo Platón que eran inteligibles en sí mismos, es decir, “ideas”; y por eso no era necesario contar con el entendimiento agente para los inteligibles. Mas, si esto fuera verdadero, seria necesario que cuanto más inteligibles son algunas cosas, más las entendiéramos nosotros. Y esto es falso, pues resulta que lo más próximo al sentido es para nosotros lo más inteligible, cuando, considerado en sí, es realmente menos inteligible. De donde Aristóteles decidióse a establecer que lo inteligible para nosotros no es por si mismo inteligible, sino que nace de las cosas sensibles. Por esto fue necesario que pusiera una facultad para hacer esto. Y es el entendimiento agente. Luego el entendimiento agente está para hacer los inteligibles proporcionados a nosotros. Esto no excede el alcance de la luz inteligible que nos es connatural. Luego nada impide atribuir la acción del entendimiento agente a la luz de nuestra alma, y sobre todo cuando Aristóteles compara el entendimiento agente a la luz.

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