Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXX: De la ordenación de los ángeles entre sí

CAPÍTULO LXXX

De la ordenación de los ángeles entre sí

Como las cosas corporales están gobernadas por las espirituales, según consta (c. 78), y entre las corporales existe un cierto orden, es menester que los cuerpos superiores Sean gobernados por las substancias intelectuales superiores, y los inferiores por las inferiores. Además, porque cuanto más superior es una substancia, tanto más universal es su virtud. Ahora bien, la virtud de la substancia intelectual es más universal que la virtud corpórea; en efecto, las substancias intelectuales superiores poseen virtudes que no pueden desempeñarse por virtud corporal alguna, y por esto no están unidas a cuerpos; sin embargo, las inferiores poseen virtudes parciales y que pueden ser desempeñadas por algunos instrumentos corporales, y por esto es precisa que estén unidas a los cuerpos.

Y como las substancias intelectuales superiores tienen una virtud más universal, por eso también es más perfectamente dispuestas por Dios, de manera que conocen al detalle la finalidad del orden que Dios les comunica. Y esta manifestación de la ordenación divina, realizada por Dios, llega incluso hasta las substancias intelectuales más inferiores, como lo confirma el dicho de Job: “Innumerables son sus servidores, y ) sobre cuál de ellos no resplandece su luz?” No obstante, las inteligencias inferiores no la reciben de manera tan perfecta, que puedan conocer al detalle cuanto han de ejecutar en miras a lo ordenado por la providencia, sino solamente en general; así que, cuanto más inferiores son, menos conocimiento detallado del orden divino reciben al ser iluminadas divinamente por primera vez; entre tanto, el entendimiento humano, que posee el último grado de conocimiento natural, sólo tiene noticia de algunas cosas universalísimas.

Así, pues, las substancias intelectuales superiores reciben inmediatamente de Dios un conocimiento perfecto del orden divino y, en consecuencia, lo han de comunicar a las inferiores, tal como, según dijimos (c. 75), el conocimiento universal del discípulo es perfeccionado por el del maestro, que conoce al detalle. Por esto, Dionisio, hablando de las supremas substancias intelectuales, que llama “primeras jerarquías”, es decir, “sagrados principados”, dice que “no han sido santificadas por otras, sino que alcanzan inmediata y plenamente de Dios la santidad, y, en cuanto, cabe, son transportadas a la contemplación de la belleza inmaterial e invisible y al conocimiento de los motivos de las obras divinas”; y dice que por ellas “son adoctrinados los órdenes subalternos de espíritus celestes”. Según esto, las inteligencias más elevadas reciben del principio más alto la perfección de su conocimiento.

En cualquier disposición de la providencia, la ordenación tal de los efectos proviene de la forma del agente, pues es preciso que el efecto proceda de la causa en atención a cierta semejanza. Ahora bien, al comunicar el agente la semejanza de su forma a los efectos, lo hace por algún fin. Luego, en la disposición de la providencia, lo primero de todo es el fin; lo segundo, la forma del agente, y lo tercero, la disposición del orden de efectos. Por lo tanto, en la ordenación del entendimiento, lo primero que se ha de mirar en atención al fin es la razón del orden; lo segundo, lo que corresponde a la forma, y, por último, conocer en sí misma, y no en otro principio, la disposición tal del orden. Por eso, el arte que mira al fin es directora de la que atiende a la forma, como lo es la de gobernar respecto a la ingeniería naval; y la que cuida de la forma dirige a la que sólo mira a la ordenación de los movimientos ordenados a la forma, como la ingeniería naval respecto de los constructores.

Así, pues, entre aquellas inteligencias que perciben inmediatamente en el mismo Dios el conocimiento perfecto del orden de la divina providencia hay cierta jerarquía, porque los superiores y primeros ven la razón del orden de la providencia en el mismo último fin, que es la bondad divina; pero unos con mayor claridad que otros. Y éstos se llaman “serafines”, como si dijéramos “ardientes” o “abrasadores”, porque suele designarse con el incendio la intensidad del amor o del deseo, que son dos tendencias hacia el fin. Por eso dice Dionisio, en el capítulo 7 de “La jerarquía celeste”, que con este nombre que llevan se designa “su rapidez, respecto a las cosas divinas, ferviente y flexible, y su atracción de las cosas inferiores hacia Dios”, como a su fin.

Los segundos conocen perfectamente la razón del orden de la providencia en la misma imagen de Dios. Y se llaman “querubines”, que quiere decir “plenitud de ciencia”, ya que la ciencia se perfecciona por la forma cognoscible. Por esto dice Dionisio, en el mismo lugar, que tal nombre significa que son “contempladores de la primera virtud operante de la divina belleza”.

Sin embargo, los terceros contemplan la disposición de las órdenes divinas en ellas mismas. Y se llaman “tronos”, porque trono significa la potestad de Juzgar, según el dicho: “Te sientas en el trono y distribuyes justicia”. Conforme a esto, dice Dionisio que con este nombre se declara que son “portadores divinos y toman parte familiarmente en todas las determinaciones divinas”.

Pero lo dicho no se ha de entender de manera que creamos que una cosa es la bondad divina, otra su esencia y otra su ciencia, que contiene la disposición de las cosas, sino que hay que tomarlo como los distintos aspectos de una sola realidad.

Por otra parte, entre los espíritus inferiores que para ejecutar el orden divino reciben de los superiores un conocimiento perfecto, es preciso establecer un orden. Pues los más altos de ellos tienen una virtud más universal de conocimiento; por eso conocen el orden de la providencia en los principios y causas más universales, mientras que los inferiores lo obtienen en causas más particulares. Pues mayor sería el entendimiento de un hombre que pudiera conocer todo el orden natural en los cuerpos celestes que el de aquel que para alcanzar un conocimiento perfecto precisa mirar a los cuerpos inferiores. Según éstos, aquellos que pueden conocer perfectamente el orden de la providencia en las causas universales, que están entre Dios, que es causa universalísima, y las causas particulares, son intermediarios de quienes tienen suficiente con considerar en Dios la razón de dicho orden y, a la vez, de quienes necesariamente lo han de considerar en las causas particulares. Dionisio los coloca en la jerarquía media, que, así como es dirigida por la suprema, así también ella dirige a la ínfima. Lo dice en el capítulo 8 de “La jerarquía celeste”.

También estas substancias intelectuales han de tener cierto orden. Porque, efectivamente, la disposición universal de la providencia se distribuye, en primer lugar, entre muchos ejecutores. Y esto se realiza por el orden de las “dominaciones”, pues es propio de los señores el mandar lo que han de ejecutar los otros. Por eso dice Dionisio que este nombre de “dominación” designa “cierto señorío que rebasa toda servidumbre y es superior a toda sujeción”.

En segundo lugar, la providencia es distribuida y aplicada a varios efectos por el que obra y ejecuta. Y esto se hace mediante el orden de las “virtudes”, cuyo nombre, según dice Dionisio en el mismo lugar, significa “cierto robusto poder aplicado a todas las obras deiformes, que no abandona a ningún movimiento deiforme a su propia debilidad”. Y esto demuestra que el principio universal de actividad pertenece a este orden. Según esto, parece que el movimiento de los cuerpos celestes, de los cuales proceden, como de ciertas causas universales, los efectos particulares de la naturaleza, pertenece a este orden. Por este motivo se llaman “virtudes celestes” en el capítulo 21 de San Lucas, donde se dice: “Se moverán las virtudes celestes”. Parece también que la ejecución de las obras divinas que se realizan al margen del orden natural pertenece a esta clase de espíritus, porque tales obras son lo más sublime de los ministerios divinos. Por esta razón dice San Gregorio que “se llaman virtudes aquellos espíritus que frecuentemente hacen cosas milagrosas”. En conclusión, si en el cumplimiento de las órdenes divinas hay algo principal y universal, es conveniente que pertenezca a este orden.

En tercer lugar, el orden universal de la providencia, establecido ya en los efectos, es preservado de toda confusión por la coacción ejercida sobre aquello que podría perturbarlo. Cosa que corresponde al orden de las “potestades”. Por eso dice Dionisio en el mismo lugar que el nombre de “potestad” implica “cierta ordenación, bien dispuesta y sin confusión alguna acerca de lo establecido por Dios”. Y por esto dice San Gregorio que corresponde a este orden “el contener a las potestades contrarias”.

Las últimas de las superiores substancias intelectuales son aquellas que conocen divinamente el orden de la divina providencia a través de las causas particulares, y son las inmediatas superiores a las cosas humanas. De ellas dice Dionisio que “este tercer orden de espíritus manda, por consiguiente, a las jerarquías humanas”. Y por cosas humanas se ha de entender todas las naturalezas inferiores y causas particulares que están ordenadas al hombre y sujetas a su servicio, como consta por lo dicho (c. 71).

E incluso en esto hay también un orden. Pues en las cosas humanas hay cierto bien común, que es el bien de la ciudad o de los ciudadanos, y que, al parecer, pertenece al orden de los “principados”. Por eso, en el mismo capítulo, dice Dionisio que el nombre de “principados” significa “cierto caudillaje de carácter sagrado”. Conforme a esto, Daniel hace mención de “Miguel, príncipe de los judíos y príncipe de los persas y griegos”. Según esto, la disposición de los reinos, el traspaso de poder de un pueblo a otro, debe pertenecer al ministerio de este orden. Incluso la inspiración de aquellos que son príncipes entre los hombres respecto a cómo han de administrar su gobierno, parece que corresponde a este orden.

Hay, además, otro bien humano, que no es común, sino individual, aunque no redunda en beneficio suyo, sino en beneficio de muchos: como las cosas de fe, que todos y cada uno han de creer y observar; el culto divino, etc. Y esto corresponde a los “arcángeles”, de quienes dice San Gregorio que “anuncian lo más grande”; razón por la que llamamos “arcángel” a Gabriel, que anunció la encarnación del Verbo a la Virgen, para que todos la creyeran.

Hay, sin embargo, cierto bien humano que pertenece a cada uno en particular. Y los bienes de esta clase corresponden al orden de los “ángeles”, que, según San Gregorio, “anuncian las cosas pequeñas”; y por esto se llaman “custodios de los hombres”, según el dicho del salmo: “Te encomendará a sus ángeles para que te guarden en tus caminos”. Por eso dice Dionisio que los arcángeles son intermediarios entre los principados y los ángeles, y tienen con ambos algo común; en efecto, con los principados, “en cuanto que son jefes de los ángeles inferiores”, y no sin razón, porque lo que pertenece a, los hombres es menester dispensarlo en atención a lo que es común; y con los ángeles, porque “anuncian a los ángeles y, mediante éstos -cuyo oficio es manifestar a los hombres-, a nosotros lo que les corresponde según la categoría”. Por este motivo el orden último se apropia al nombre común como especialmente suyo, porque desempeña el oficio de anunciar a los hombres sin intermediarios. De ahí que los arcángeles tienen un nombre compuesto por los dos, pues se llaman arcángeles, como si dijera “príncipes de los ángeles”.

Sin embargo, San Gregorio distribuye de otra manera el orden de los espíritus celestes, pues coloca a los principados entre los espíritus medios e inmediatamente después de las dominaciones; y a las virtudes entre los últimos, antes que los arcángeles. Pero, bien mirado, hay una mínima diferencia entre ambas ordenaciones. Pues, según San Gregorio, se llaman principados, no porque estén al frente de la gente, sino “porque son superiores a los buenos espíritus”, o sea, como los primeros en ejecutar los ministerios divinos, pues dice que “imperar es ser el primero entre otros”. Y esto, dijimos que pertenece, según 1 nuestra clasificación, al orden de las virtudes. -Las virtudes, según San Gregorio, son los espíritus destinados a ciertas operaciones particulares, cuando en algún caso especial es preciso obrar milagrosamente al margen del orden general. Según esta razón, están bastante bien clasificados entre los últimos.

Las palabras del Apóstol sirven para probar ambas ordenaciones. Pues dice a los de Éfeso: “Y lo colocó, es decir, a Cristo, a su derecha en los cielos, sobre todo principado, potestad, virtud y dominación”. Y esto demuestra que, ascendiendo, puso las potestades sobre el principado, y sobre aquéllas las virtudes, sobre las cuales colocó las dominaciones. Orden que observó Dionisio. Sin embargo, hablando de Cristo, dice a los de Colosas: “Los tronos, dominaciones, principados, potestades, todo por Él y en Él fue creado”. Se ve, pues, que, descendiendo y comenzando desde los tronos, puso bajo éstos las dominaciones; después de éstas, los principados, y bajo éstos, las potestades. Orden que observó San Gregorio.

De los serafines se hace mención en Isaías (6, 2‑6); de los querubines, en Ezequiel (1, 3 y ss.); de los arcángeles, en la canónica de San Judas (v. 9): “Disputando Miguel Arcángel con el diablo”, etc.; de los ángeles, en los salmos, como hemos dicho ya.

Por último, en todas las virtudes ordenadas es común que todas las inferiores obren en virtud de la superior. Según esto, lo que dijimos que pertenece al orden de los serafines lo ejecutan las inferiores en virtud de los mismos. Y esto se ha de tener también en cuenta en las órdenes restantes.

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