Santo Tomás de Aquino

«...fere totius philosophiae consideratio ad Dei cognitionem ordinatur...»

CAPÍTULO LXXXII: Reparos que presentan algunas razones, dado que Dios no quiera necesariamente los otros seres

CAPÍTULO LXXXII

Reparos que presentan algunas razones, dado que Dios no quiera necesariamente los otros seres

Parece que se seguirán inconvenientes si Dios no quiere necesariamente lo que quiere. En efecto:

Si la voluntad de Dios no es determinada por algunos objetos queridos, parece que sería indiferente a ello. Toda virtud indiferente está de alguna manera en potencia, porque lo indiferente es una especie de contingente posible. La voluntad de Dios estaría, por lo tanto, en potencia. Luego no existiría la substancia divina, en la cual no hay potencia, como ya se ha demostrado más arriba (c. 16).

Si el ser potencial es, en cuanto tal, susceptible de ser movido, porque lo que puede ser puede no ser, síguese que la voluntad divina es variable.

Si es natural a Dios querer algo relativo a lo que Él ha causado, es necesario. Pero contrario a su naturaleza nada puede haber en Él, ya que en Él ni hay accidentes ni cosa violenta, como antes ya se ha probado (c. 19).

Si lo que es indiferente no se inclina más a una cosa que a otra, a no ser que lo determine otro, es necesario, o que Dios no quiera ninguno de los objetos para los que se halla indiferente, contra lo que ya demostramos (c. 75), o que sea determinado por otro. Y en este caso existirá un ser anterior a El que lo determine.

Mas no es necesario admitir ninguna de estas consecuencias. En efecto: una facultad puede ser indiferente de dos maneras: por parte de sí misma y por parte de su objeto. Por parte de sí misma, cuando todavía no ha alcanzado su perfección, que la determina a una cosa. Esto proviene de la imperfección de la facultad y manifiesta en ella una potencialidad. Por ejemplo, el entendimiento que duda por no haber adquirido aún los principios que le han de determinar a una de las partes. -Por parte del objeto, una facultad es indiferente cuando la perfección de su operación no depende de un objeto, sino que se aviene a uno y a otro; como el arte, que puede servirse indiferentemente de diversos instrumentos para realizar la misma obra. Aquí esto no proviene de la imperfección de la facultad, sino más bien de su excelencia, pues rebasa los límites de los objetos opuestos, que por esto no la determinan a uno y permanece indiferente. Esto es precisamente lo que sucede con la voluntad divina y los otros seres. Su fin no depende de ninguno de ellos, por estar unida perfectísimamente a su fin. No es necesario, por lo tanto, admitir una potencialidad en la voluntad divina.

Tampoco se puede admitir que sea mudable. Si no hay potencialidad en la voluntad divina, no recibe, tratándose de sus efectos, uno de los opuestos sin necesidad, como si se considerara en potencia para ambos, de suerte que primero los quisiera en potencia y después en acto, sino que siempre quiere en acto todo lo que quiere, no sólo lo propio, sino también lo relativo a sus efectos. Y como no hay un orden necesario entre el objeto querido y la bondad divina, que es el objeto propio de la voluntad de Dios, así como no enunciamos ninguna necesidad, sino una mera posibilidad, cuando no hay orden necesario del predicado al sujeto, de aquí que, cuando decimos Dios quiere este efecto, es claro que se trata de una proposición no necesaria, sino posible, no en el sentido de que se dice posible según alguna potencia, sino en el sentido de que no es necesario ni imposible ser, como dice el Filósofo en el libro V de la “Metafísica”. Por ejemplo, que el triángulo tenga dos lados iguales es una proposición posible, pero no precisamente con relación a una potencia, porque en las matemáticas no hay potencia ni movimiento. La exclusión, pues, de dicha necesidad, no destruye la inmutabilidad de la voluntad divina, confesada por la Sagrada Escritura: “El Triunfador de Israel no se doblegará”.

Aunque la voluntad divina no es determinada por sus efectos, no se puede decir que no quiere ninguno o que ella es determinada a querer por algo exterior. Como el bien conocido determina a la voluntad como objeto propio, y el entendimiento de Dios no es extraño a su voluntad, por ser ambos su propia esencia, si la voluntad de Dios es determinada a querer algo por el conocimiento de su inteligencia, esta determinación de la voluntad divina no realiza algo extraño. Pero el entendimiento de Dios aprehende no sólo el ser divino, que es su propia bondad, sino también los otros bienes, según se ha dicho (c. 49). Y a éstos los aprehende como semejanzas de la bondad y esencia divinas, no como sus principios. Y, por consiguiente, la voluntad de Dios va a ellos, no como necesarios, sino como convenientes a su bondad. -Sucede algo semejante con nuestra voluntad. Cuando se inclina a algo absolutamente necesario en orden a un fin, es movida hacia él por cierta necesidad. En cambio, si va hacia algo únicamente por alguna conveniencia, no tiende a ello necesariamente. Esto nos hace concluir que la voluntad divina no tiende necesariamente hacia sus efectos.

Tampoco fuerzan las objeciones propuestas a admitir algo antinatural en Dios, porque su voluntad con un mismo e idéntico acto quiere a sí misma y a los otros seres. Pero la relación consigo mismo es necesaria y natural. En cambio, la relación a los demás es en atención a cierta conveniencia, no ciertamente necesaria y natural, ni tampoco violenta o antinatural, sino voluntaria. Y lo que es voluntario no es necesario que sea ni natural ni violento.

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